La división entre suníes y chiíes define la geopolítica de Oriente Medio y enfrenta hoy a los bloques de Irán y Arabia Saudí. En este artículo, Eduardo Vieitez, alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, analiza por qué comprender estas claves es vital para entender los conflictos y las alianzas actuales.
En el tablero político y estratégico contemporáneo, pocas divisiones religiosas tienen un impacto tan profundo y persistente como la que separa a suníes y chiíes. Aunque a menudo se presenta en Occidente como una brecha meramente teológica, su influencia trasciende lo doctrinal y se proyecta de lleno en la arquitectura geopolítica de Oriente Medio y, por extensión, en la política global.
Entender el origen, las ramificaciones y la evolución de esta fractura es fundamental para interpretar conflictos actuales, alianzas inesperadas y movimientos transnacionales como el salafismo o el yihadismo global.
La disputa sucesoria entre chiíes y suníes que modeló imperios
La distinción entre islam suní e islam chií nace en el año 632, tras la muerte del profeta Mahoma. El debate sobre quién debía sucederlo como líder de la comunidad musulmana no fue menor: se trataba de definir el modelo de legitimidad política en una religión que nacía fusionada con el poder temporal.
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Para los futuros suníes, el liderazgo debía recaer en la persona más capacitada y aceptada por la comunidad, lo que condujo a la designación de Abu Bakr, compañero cercano de Mahoma, como primer califa. Para los chiíes, en cambio, la autoridad debía seguir la línea familiar del Profeta. Su candidato legítimo era Alí ibn Abi Tálib, primo y yerno de Mahoma. De aquel desacuerdo inicial surgió una división que, con el tiempo, se convertiría no solo en una separación religiosa sino también en una orientación cultural, política e incluso civilizatoria.
Las batallas de Siffín (657) y Karbalá (680) consolidaron la ruptura. Esta última, en la que murió Huséin, hijo de Alí, es el punto fundacional de la identidad chií: un relato de martirio, injusticia y resistencia frente al poder ilegítimo. Los suníes, por su parte, desarrollaron un modelo de comunidad cohesionada en torno al consenso y la tradición profética, bases de una identidad más orientada hacia la unidad y la estabilidad política.
Con el tiempo, la divergencia se expandió y cristalizó en dos grandes culturas religiosas. Pero el islam nunca se limitó a esas dos ramas. A lo largo de los siglos, surgieron movimientos paralelos, corrientes místicas y escuelas jurídicas que enriquecieron (y en ocasiones tensaron) el panorama islámico.
Demografía de una fractura global
Hoy, aproximadamente el 85 % de los musulmanes son suníes, mientras que los chiíes representan entre el 10 % y el 15 %. Su distribución, sin embargo, no es homogénea. Irán, Irak, Azerbaiyán y Bahréin cuentan con mayorías chiíes; Líbano, Yemen y Siria tienen minorías decisivas para la correlación de poder regional. Arabia Saudí, Egipto, Turquía, Pakistán e Indonesia (pilares políticos y demográficos del mundo islámico) son de mayoría suní.
Esta distribución ha configurado una geopolítica marcada por dos ejes:
- Un bloque suní, liderado tradicionalmente por Arabia Saudí y más recientemente influido por Turquía y Catar.
- Un eje chií, articulado por Irán y sus aliados políticos y milicianos (Hezbolá en el Líbano, los hutíes en Yemen, diversas milicias chiíes iraquíes y la relación estratégica con el régimen sirio).
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Pero reducir la compleja realidad musulmana a una lucha entre bloques sería simplificar en exceso. Dentro del sunismo existen corrientes muy diversas (desde el sufismo hasta el wahabismo), y dentro del chiísmo conviven múltiples ramas, desde los duodecimanos (los más numerosos) hasta los ismailíes o los zaidíes. Esta diversidad es clave para entender por qué no existe una única voz islámica ni un único destino político derivado de la religión.
El islam suní: pluralidad jurídica y hegemonía política
El sunismo se organiza en torno a cuatro grandes escuelas jurídicas: hanafí, malikí, shafií y hanbalí, cada una con interpretaciones variadas de la ley islámica (sharía). Esta diversidad jurisprudencial permitió históricamente una mayor adaptación a las realidades locales, desde el Magreb hasta el Sudeste Asiático.
Sin embargo, la corriente que más ha influido en la política contemporánea es la hanbalí, especialmente a través de su versión reformista más estricta: el wahabismo, surgido en la península arábiga en el siglo XVIII. Impulsado por la alianza entre la familia Al Saud y el predicador Muhammad ibn Abd al-Wahhab, este movimiento promovió una lectura literalista y puritana de las fuentes islámicas, rechazando tanto el sufismo como las prácticas consideradas innovaciones (bid‘a).
El wahabismo adquirió notoriedad global tras el auge petrolero de Arabia Saudí, que financió mezquitas, imanes y centros culturales en todo el mundo. Su influencia ideológica es uno de los cimientos del salafismo contemporáneo y, en algunos casos, de las narrativas que inspiraron movimientos yihadistas, aunque Riad ha emprendido reformas recientes y una estrategia de contención del extremismo.
El islam chií: martirio, autoridad religiosa y resistencia política
El chiísmo, por su parte, se estructura en función de diferentes interpretaciones de la sucesión legítima de los imames. El grupo más numeroso es el duodecimano, dominante en Irán e Irak, que cree en una línea de doce imames descendientes de Alí, el último de los cuales (el Mahdí) se encuentra en ocultación y regresará al final de los tiempos.
La figura del ayatolá, especialmente desde la revolución iraní de 1979, ha otorgado al chiísmo un sistema jerárquico de autoridad religiosa mucho más visible que en el sunismo. Esta estructura ha permitido a Irán articular una red político–militar de influencia regional sustentada en vínculos doctrinales, solidaridad comunitaria y un relato compartido de resistencia frente al poder hegemónico suní y occidental.
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A diferencia del wahabismo, el chiísmo duodecimano incorpora elementos místicos y filosóficos en su teología, y mantiene un fuerte énfasis en la justicia social, la memoria del martirio y la legitimidad moral de la insurgencia frente a la opresión. Estas características han alimentado movimientos político–militares como Hezbolá, que combina una identidad religiosa chií con una estrategia geopolítica pragmática y militarmente sofisticada.
Más allá del binarismo: otras ramas del islam
El sufismo
El sufismo, presente tanto en el mundo suní como chií, apuesta por un camino interior hacia Dios a través de órdenes (turuq), rituales espirituales y un fuerte énfasis en la experiencia directa de lo divino. Aunque históricamente tolerado, en las últimas décadas ha sido objeto de persecución por parte de corrientes salafistas que lo consideran una desviación.
Los ismailíes
Una rama chií más esotérica y con liderazgo centralizado en torno al Aga Khan. Su presencia es minoritaria pero influyente, especialmente en Asia Central y África Oriental, donde han promovido proyectos educativos y de desarrollo.
Los zaidíes
Mayoría en el norte de Yemen, con una interpretación del islam chií más cercana al sunismo en aspectos jurídicos. Su rama política más conocida en el presente es el movimiento hutí, actor protagonista en el conflicto yemení.
Estas otras corrientes complejizan la imagen de una supuesta unidad monolítica dentro de cada bloque y evidencian que la distribución de poder en el mundo islámico responde tanto a factores históricos como a condiciones locales y alianzas contingentes.
Salafismo y yihadismo: corrientes transnacionales con impacto global
El salafismo: retorno a los orígenes
El salafismo es un movimiento de reforma surgido en los siglos XIX y XX que propone un retorno a la práctica de los «piadosos antecesores» (salaf al-salih). Aunque se inspira en el hanbalismo, no es idéntico al wahabismo, aunque ambos comparten un literalismo riguroso. El salafismo tiene tres vertientes:
- Salafismo quietista: centrado en la vida religiosa, evita la política.
- Salafismo político: busca transformar el Estado a través de medios legales o electorales.
- Salafismo yihadista: legitima la violencia como vía para instaurar un Estado islámico puro.
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El salafismo, en sus múltiples formas, se ha expandido influido por financiamiento de Estados del Golfo, redes educativas, la globalización digital y, en cierto momento, la guerra fría, en la que Occidente respaldó movimientos islámicos conservadores como contrapeso al comunismo.
El yihadismo global
El yihadismo no es una rama del islam, sino una interpretación ideológica–militar que instrumentaliza el concepto de yihad (tradicionalmente entendido como esfuerzo personal o defensa comunitaria) para justificar la lucha armada. Sus dos referentes principales:
- Al Qaeda, surgida en Afganistán tras la invasión soviética, se transformó en una red global a partir de los años 90.
- Daesh (ISIS), nacido de los restos de Al Qaeda en Irak, proclamó un «califato» en 2014 y llevó la violencia a una escala sin precedentes.
Ambos movimientos se apoyan en interpretaciones extremas del salafismo, pero han chocado incluso con los propios salafistas quietistas y con el wahabismo oficial de Arabia Saudí. El yihadismo también ha provocado reacciones políticas severas, desde guerras internacionales hasta reformas profundas en sistemas de vigilancia y estrategias de seguridad interna de decenas de países.
Geopolítica de la división: Irán y Arabia Saudí frente a frente
Aunque la fractura suní–chií no explica por sí sola todos los conflictos de Oriente Medio, sí constituye una línea de tensión persistente. Arabia Saudí e Irán son los polos opuestos de esta rivalidad. Ambos países combinan ideología religiosa, ambición regional y dinámica de poder interno para proyectar influencia:
- Irán, con una narrativa de resistencia antiimperialista, ha consolidado un «arco chií» que abarca Líbano, Siria, Irak y Yemen. Su estructura de milicias aliadas le permite actuar mediante guerras híbridas, evitando enfrentamientos directos.
- Arabia Saudí ha buscado contrarrestar esa expansión apoyando a actores suníes y financiando corrientes religiosas afines. Su alianza estratégica con Estados Unidos ha sido una de las bases de su política exterior, aunque en años recientes ha tomado una ruta más autónoma bajo el liderazgo del príncipe heredero Mohammed bin Salman.
El acercamiento diplomático de 2023 entre ambos países, mediado por China, abrió una ventana de distensión, pero las tensiones estructurales se mantienen, especialmente por los conflictos en Yemen, Siria y Líbano, así como por la lucha por la primacía ideológica en el islam global.
El peso de la identidad religiosa en los conflictos contemporáneos
Varias guerras del siglo XXI han sido interpretadas superficialmente como «conflictos religiosos» entre suníes y chiíes. Pero, en realidad, la religión ha funcionado como marcador identitario superpuesto a luchas por recursos, poder o influencia geopolítica.
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- Irak, tras la caída de Sadam Husein en 2003, experimentó una guerra civil donde la rivalidad sectaria se mezcló con el colapso estatal y la intervención extranjera.
- Siria, desde 2011, se convirtió en un escenario donde Irán y Hezbolá apoyaron a un gobierno dominado por la minoría alauí (vinculada al chiísmo), mientras Turquía, Arabia Saudí y Catar respaldaban a facciones suníes.
- Yemen vive una guerra de poder indirecto donde los hutíes zaidíes (respaldados por Irán) combaten a una coalición liderada por Arabia Saudí.
Pero incluso en estos conflictos, la lógica no es religiosa en esencia. Es geopolítica: la religión opera como vehículo de movilización, legitimación y alineamiento entre actores estatales y no estatales.
Europa, África y Asia: ecos globales de una división regional
Las tensiones entre suníes y chiíes también han repercutido fuera de Oriente Medio:
- Europa se ha convertido en territorio de competencia ideológica entre redes salafistas y comunidades chiíes transnacionales, en el contexto de la inmigración y las diásporas.
- África occidental ha visto el crecimiento de grupos yihadistas como Boko Haram, inspirados por la narrativa salafista-yihadista, mientras en el Cuerno de África Irán ha buscado influencia a través de comercio y diplomacia.
- En Asia meridional, Pakistán y Afganistán han vivido episodios de violencia sectaria alimentados por rivalidades regionales y dinámicas insurgentes.
- En el sudeste asiático, países como Indonesia o Malasia han experimentado tensiones entre corrientes tradicionales moderadas y movimientos salafistas financiados desde el Golfo.
La división suní–chií, pese a tener raíces teológicas, se ha convertido así en un fenómeno global, modelado por intereses estratégicos, rutas comerciales, discursos identitarios y la interacción entre Estados y actores no estatales.
Chiíes y suníes y la fractura religiosa con resonancias políticas
Comprender el islam contemporáneo exige superar la tentación de reducirlo a un conflicto milenario entre suníes y chiíes. Aunque esa división existe y es fundamental, su impacto en la
política internacional se debe tanto a factores modernos (como el colonialismo, la Guerra Fría, el auge del petróleo o la aparición del yihadismo global) como a la historia religiosa.
Hoy, la región se encuentra en un momento de transición: Arabia Saudí busca modernizarse y distanciarse de la rigidez wahabita; Irán navega grandes presiones internas y externas; Turquía aspira a recuperar influencia en el mundo suní; y los movimientos yihadistas, aunque debilitados territorialmente, siguen activos en múltiples regiones.
En ese contexto, la diferencia entre suníes y chiíes seguirá siendo una pieza clave para interpretar alianzas, rivalidades y conflictos. Pero solo es una de las capas de un entramado político mucho más complejo, donde religión, poder, identidad y geoestrategia se entrelazan de un modo que desafía cualquier simplificación.
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