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Rusia en 2026: redefiniendo equilibrios en medio de tensiones

En 2026, las tensiones entre Rusia, Europa y la OTAN alcanzan niveles críticos. El conflicto en Ucrania sigue marcando la agenda geopolítica global. En este artículo, Roberto Pozas Lázaro, alumni del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute analiza las amenazas veladas, la diplomacia incierta y los cuatro posibles escenarios que enfrenta Moscú.

Con la vista puesta en el conflicto en Ucrania, 2026 se presenta para Rusia bajo un clima de permanente tensión con la Unión Europea y la OTAN. Según las declaraciones oficiales, ambas partes no descartan escenarios de confrontación armada a corto y mediano plazo.

Mientras se negocia la propuesta del presidente estadounidense Donald Trump sobre un posible alto al fuego en Ucrania, el presidente ucraniano Volodymir Zelenski presentó a Washington una nueva iniciativa de 20 puntos. Esta contempla, entre otras disposiciones, la desmilitarización de tropas ucranianas en el Donbás.

El nuevo escenario obliga al Kremlin a atender nuevos equilibrios geopolíticos con Estados Unidos y China, condicionados por la reapertura del diálogo entre Washington y Moscú, y por la solidez de la estrecha alianza estratégica sino-rusa.

Al mismo tiempo, Beijing sigue de cerca los entresijos que surgen en este nuevo equilibrio entre Moscú y Washington. Permanece a la espera de conocer hasta dónde puede llegar esta entente entre Trump y su homólogo ruso, Vladimir Putin.

Más allá del posible desenlace de la guerra en Ucrania, la UE y la OTAN elevan constantemente el tono sobre lo que han denominado «la amenaza rusa». A mediados de noviembre, el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Francia, general Fabien Mandon, instó a los alcaldes franceses a «preparar a la población» ante la posibilidad de futuros conflictos. Señaló que Francia debe estar lista para «detener a Moscú» y asumir «sacrificios nacionales».

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Un tratamiento similar realizó el presidente Emmanuel Macron al defender la instauración del servicio militar voluntario, ante la «inminente guerra contra Rusia». No obstante, Macron no descarta la posibilidad de negociar con Putin una salida diplomática a la guerra ruso-ucraniana.

En Berlín, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, advirtió que la Alianza «será el próximo objetivo de Rusia» y que los aliados «deben prepararse para un conflicto.Rusia trajo de vuelta la guerra a Europa. La amenaza está a nuestras puertas».

En Londres, el Jefe del Estado Mayor de la Defensa británico, Richard Knighton, alertó sobre el agravamiento de la denominada «amenaza rusa», exigiendo una respuesta integral más allá del plano militar.  

Tras intervenir en un foro organizado en Moscú por el banco VTB el pasado 2 de diciembre, y antes de reunirse en el Kremlin con los enviados estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner para discutir el plan de paz en Ucrania, el presidente ruso Vladimir Putin fue enfático al responder sobre las expectativas de rearme europeo y la posibilidad de un conflicto.

Dijo: «Ellos mismos (por Europa) se abstienen de las negociaciones de paz y, al mismo tiempo, ponen trabas al presidente Trump. No tienen agenda de paz. Están a favor de la guerra. Rusia no quiere la guerra con Europa, pero estamos preparados por si empieza hoy mismo».

El pasado 17 de diciembre, durante un acto de condecoración militar, Putin tomó el pulso de la reunión que se realizaba en Berlín entre la UE y Ucrania. En ese encuentro se discutía el acuerdo entre Washington y Moscú. Putin afirmó que, si Kiev y sus aliados abandonan la mesa de negociación, tomará por la fuerza militar los territorios ucranianos que reclama.

Ante este contexto, Rusia afronta cuatro principales escenarios para este 2026:

  1. Tensiones en aumento con Europa y la OTAN, cuyos focos podrían acentuarse en torno a países miembros como Polonia y las repúblicas bálticas.
  2. Adaptación a una “economía de guerra” que implica igualmente una reconfiguración del poder político a favor del complejo militar-industrial y de los servicios de inteligencia. 
  3. Reequilibrios geopolíticos con EEUU y China que pondrán a prueba la consolidación del eje euroasiático sino-ruso ante el nuevo “deshielo” entre Moscú y Washington.
  4. El fortalecimiento de la idea rusa de «país-civilización», ampliando estrategias ideológicas vinculadas al patriotismo y herramientas de soft power ligadas a la preservación de valores tradicionales y conservadores.

Rusia, Europa y la OTAN: ¿es inevitable la guerra?

El clima de tensión con tintes prebélicos parece condicionar el estado de las relaciones ruso-europeas así como con la OTAN. Países miembros de la OTAN y de la UE como Polonia y las repúblicas bálticas (Lituania, Estonia y Letonia) estarían en el centro de estas tensiones. Desde Bruselas se argumenta que estos países podrían convertirse en posibles objetivos bélicos por parte de Moscú entre los próximos cinco o diez años.

Durante una cumbre de la OTAN celebrada en Helsinki, países miembros como Finlandia, Suecia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Bulgaria y Rumania firmaron una declaración conjunta. En ella situaron la defensa del flanco oriental europeo como una “urgencia estratégica”. También señalaron a Rusia como “el mayor peligro para la estabilidad y la seguridad del espacio euroatlántico”, tanto en el presente como a mediano y largo plazo. Europa acelera mecanismos para retomar el servicio militar obligatorio.

Mientras Rusia niega persistentemente esta posibilidad, la OTAN y la UE también señalan a Bielorrusia, estrecho aliado ruso, como una posible «cabeza de operaciones» del Kremlin. El reciente asesinato en Moscú del teniente general Fanil Sarvarov, que se suma a otros abatidos en territorio ruso desde 2024, refuerza esa percepción. A ello se suman los ataques con drones atribuidos a Ucrania, que sugieren una ampliación de las operaciones militares hacia territorio ruso.

Esto refuerza la radicalización de las expectativas rusas por la seguridad nacional en un contexto de creciente enfrentamiento con la OTAN.

Por su parte, EEUU adopta una actitud expectante. El presidente Donald Trump mantiene su estrategia de obligar a los países europeos miembros de la OTAN a cumplir con el techo del 5% de gasto del PIB en defensa. A diferencia de la administración de Joseph Biden, Trump pretende degradar el apoyo económico y militar estadounidense a Ucrania.

Además del costo económico, Washington observa el conflicto ruso-ucraniano en términos de disparidad de fuerzas, con notoria ventaja para Rusia. Ante esta realidad, Trump prefiere la opción de negociar directamente con Putin para buscar una salida al conflicto, diluyendo así la importancia de Ucrania, la UE y la OTAN como actores igualmente decisivos.

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La eventual desconexión estadounidense de sus compromisos con la OTAN obligaría a Europa a asumir sus capacidades de defensa en un contexto de «guerra encubierta» con Rusia ante la intensificación de las operaciones híbridas contra cables submarinos, redes eléctricas, ataques de drones y de oleoductos. 

De allí que en el seno de la Alianza Atlántica se emite la noción de una «OTAN 2027» sin el preponderante peso de Washington. La cumbre de la OTAN de 2026 prevista para principios de julio en Ankara presagia la definición de un nuevo rumbo estratégico dentro de la Alianza Atlántica ante la posibilidad de desconexión gradual de la ayuda estadounidense, cuya pretensión estratégica está más concentrada en Asia y el Indo-Pacífico. 

En este nuevo contexto, países como Alemania, Gran Bretaña, Polonia y Francia podrían asumir un nuevo rol político y militar en el seno de la OTAN pero también dentro de la UE. Diversas informaciones aseguran sobre presuntos planes de la OTAN y de la UE para eventualmente conformar ejércitos de voluntarios, integrados tanto por europeos como ucranianos de la diáspora, para combatir en el frente bélico contra Rusia. 

Estos informes aseguran que Alemania se convertiría en una especie de centro logístico de la defensa europea, encargándose de coordinar el transporte ferroviario, carreteras y apoyo civil-militar. Recientemente, la Bundeswehr, el Ejército alemán, realizó maniobras urbanas en Berlín para probar la preparación logística y militar.

No obstante, algunos informes revelan debilidades en infraestructura y coordinación civil-militar, lo que genera dudas sobre la capacidad defensiva contra rivales de alto nivel como Rusia y China.

Moscú ha rechazado categóricamente estos movimientos advirtiendo que serían vistos como una escalada grave que podría desencadenar una respuesta militar directa. A través de declaraciones oficiales, el Kremlin ha reiterado su rechazo absoluto a cualquier despliegue de tropas de la OTAN en Ucrania o en zonas fronterizas.

Las expectativas en torno a la eventual desconexión del «paraguas» defensivo estadounidense implican para Europa una apuesta de carácter existencial en la que predominan riesgos de seguridad como la intensificación de la guerra híbrida con Rusia y una pax rusa en Ucrania.

Con su compromiso de apoyo a Ucrania, por otro lado cada vez más oneroso para las arcas europeas, Bruselas intenta avanzar hacia la autonomía estratégica en materia defensiva con respecto a EEUU y la OTAN, aunque con escasa asertividad. El presupuesto de la OTAN es de US$ 2,9 billones este 2025, el 70% proveniente de Washington.

A mediados de diciembre, los fabricantes de drones ucranianos y alemanes constituyeron una empresa de defensa conjunta, Quantum Frontline Industries, como parte de la nueva iniciativa Build with Ukraine (“Construir con Ucrania”), allanando el camino para la primera producción industrial de drones ucranianos en Europa. 

No obstante, la UE no ha logrado alcanzar un consenso político interno en lo relativo a la utilización de los activos rusos decomisados en el exterior para financiar el esfuerzo bélico ucraniano. Rusia ha insistido en la ilegitimidad de esta operación

Con reticencias por parte de algunos países miembros, Bruselas redujo estas expectativas aprobando a mediados de diciembre un préstamo a Kiev de 90.000 millones de euros. El acuerdo incluye una importante excepción política: Hungría, Eslovaquia y la República Checa no asumirán ninguna obligación financiera derivada del préstamo. Según fuentes rusas citando medios estadounidenses, Washington incluso llegó a presionar a la UE para usar esos activos rusos con fines pacíficos en Ucrania.

Putin ha declarado oficialmente que Rusia no se opone al ingreso de Ucrania en la Unión Europea. Sin embargo, ha definido sus «líneas rojas» respecto a una eventual incorporación de Kiev a la OTAN y a una mayor expansión de la Alianza Atlántica hacia las fronteras rusas. Esto incluiría el uso de un territorio extenso como Ucrania, lo que aumentaría las capacidades operativas de la OTAN.

Se observan aquí tres escenarios que muy probablemente determinarán la evolución de las relaciones ruso-occidentales a partir de este 2026:

Intensificación del clima de confrontación con posible escalada militar entre la UE y la OTAN contra Rusia 

Es un escenario bastante probable que puede implicar una guerra directa entre Rusia y la OTAN, ya sea de carácter convencional o incluso nuclear/táctico de corto alcance. Esto podría ocurrir en escenarios específicos como Moldavia-Transnistria, Polonia, Rumanía o la región del Báltico. Putin mantiene inalterables sus objetivos iniciales en Ucrania, mientras Europa preserva su «línea dura» contra Rusia.

Úrsula von der Leyen sigue como presidenta de la Comisión Europea hasta 2029, y la ex primera ministra estonia Kaja Kallas es ahora responsable de Política Exterior de la UE. El eventual inicio de negociaciones de admisión en la UE para Ucrania y Moldavia, así como para los Balcanes Occidentales —donde Moscú también tiene intereses geopolíticos— pondrá a prueba el pulso entre Rusia y Occidente.

Reacomodo en las relaciones ruso-occidentales

Se trata de un escenario de escasa probabilidad, al menos a corto plazo, incluso si se alcanza un cese de hostilidades en Ucrania. Su factibilidad depende de factores circunstanciales y especulativos. A pesar de las políticas de la UE para reducir la dependencia energética de Rusia hacia 2026, este escenario podría agravarse en un contexto de crisis económica.

Otro factor relevante sería un cambio de liderazgos políticos en las próximas elecciones europeas, lo que podría implicar un «reseteo» en las relaciones con Rusia. Este giro podría apoyarse en un eventual acuerdo entre Ucrania y Rusia para cesar las hostilidades. También influiría la sensación de desgaste y frustración en Europa ante los objetivos militares en Ucrania y la falta de impacto de las sanciones. Esto podría llevar a abandonar los compromisos con Kiev y abrir una «nueva era» de distensión con Moscú.

Una estado latente de «guerra fría» 

Escenario más previsible. Aquí entraría en juego la disuasión nuclear como posible atenuante a la hora de dilatar un eventual conflicto directo entre Rusia, la OTAN y la UE. La guerra en Ucrania corre así el riesgo de «cronificarse» como un conflicto «congelado», sin solución definitiva, muy similar al contexto existente en la península coreana desde el armisticio de 1953. Con todo, se prevé una continuidad en las operaciones de “guerra híbrida” entre Rusia y la OTAN.

La «economía de guerra» diseña una nueva elite de poder

Con las tensiones abiertas con Europa, Rusia profundiza con determinación una etapa de aceleramiento de la «economía de guerra». Según fuentes oficiales, para 2026 Moscú planea destinar en defensa unos 13 billones de rublos (cerca de US$130-157 mil millones) aproximadamente el30-38% del gasto estatal total, aunque se proyecta una ligera reducción con respecto al récord alcanzado en 2025. 

El gasto militar alcanzaría aproximadamente el 7,7% del PIB ruso, principalmente destinado para la financiación del conflicto en Ucrania y el refuerzo militar. Tras aprobar un paquete presupuestario para este 2026, asumiendo un contexto de realidades condicionadas por el gasto militar, el Kremlin justifica el aumento del IVA (del 20% al 22%) para financiar este esfuerzo bélico. 

Para mediados de 2025, Rusia tenía alistados entre 620.000 y 700.000 soldados en Ucrania, una cifra récord desde el inicio del conflicto. Además, el ejército ruso se ha fortalecido en número de efectivos y armamento.

A principios de 2025 contaba con 500.000 soldados en el frente ucraniano, entre personal regular, movilizados y voluntarios. También desplegaba entre 1.500 y 2.000 carros de combate operativos, aunque muchos de ellos son modelos antiguos debido a las pérdidas acumuladas.

La ventaja militar rusa en el frente ucraniano viene determinada por su predominio en cuanto a efectivos, munición de artillería, drones y misiles balísticos, aspectos en los que ha destacado el apoyo de aliados como Irán, Bielorrusia y Corea del Norte.

Moscú ha aplicado con determinación una estrategia militar de desgaste para desangrar el esfuerzo bélico ucraniano, amparado por su ventaja en cuanto a recursos humanos. Toda vez en Ucrania escasean los efectivos, viéndose las autoridades militares en la obligación de acelerar campañas de reclutamiento forzoso en las calles.

Bajo un efectivo esquema que le permite sortear las sanciones occidentales manteniendo inalterable el apoyo de aliados como China e India, entre otros, Moscú ha adaptado su economía al esfuerzo de guerra pero limitando los sacrificios que exigía a una población que comienza a acostumbrarse a esta nueva realidad. La preponderancia del gasto militar se sostiene con niveles de crecimiento del PIB e inflación contenida en menos del 10%.

Rusia muestra su capacidad para atender las necesidades de su población y abastecer simultáneamente de personal y material a sus fuerzas armadas, pero priorizando el esfuerzo bélico en Ucrania y la necesidad de preservar la seguridad nacional ante las amenazas externas (OTAN)

Con este panorama, el Kremlin no ha mostrado síntomas de impaciencia a la hora de negociar un final de conflicto en Ucrania, consciente de que su superioridad militar le permite mantener la iniciativa en el campo político y diplomático con el objetivo de instaurar una pax rusa bajo sus condiciones. 

Por otro lado, el regreso de Trump a la Casa Blanca ha provocado la grieta que Putin y las elites rusas esperaban en cuanto al apoyo estadounidense a Ucrania, toda vez el entusiasmo pro-ucraniano ha empezado a desvanecerse en las sociedades europeas, a pesar de los reiterados llamamientos de apoyo por parte de varios de sus líderes políticos.

Fiel al esquema de la«teoría del caos» conceptualizada por think tanks de influencia en el Kremlin como el Club Valdai, Moscú cree que Europa debe mantenerse bajo presión constante, incluso si se firma un alto el fuego en Ucrania. 

La «economía de guerra» ha creado una nueva geometría de poder en el Kremlin con influencia en el círculo estrecho de Putin. Destacan aquí asesores como Yuri Ushakov y Kirill Dmitriev, los generales del Alto Mando de las Fuerzas Armadas y los servicios secretos y de inteligencia. 

El gobierno dirigido por el primer ministro Mijaíl Mishustin, el ministro de Defensa, desde 2024 bajo el mando de un civil, el economista Andréi Beloúsov, y el Banco Central, con su presidenta Elvira Nabiúllina (considerada como «la mejor general de Putin» por su habilidad para manejar las finanzas en tiempos de guerra y sanciones exteriores) se han visto reducidos a servir a las necesidades del ejército y del complejo militar-industrial.

La influencia del ejército ha crecido en esta nueva geometría de poder en Rusia debido a su control en la distribución de lucrativos contratos militares y su influencia en el ámbito empresarial, especialmente a la hora de evitar un reclutamiento militar que implique que sus empleados sean enviados al frente. 

En este sentido, la «economía de guerra» determina un pacto tácito entre el Kremlin, las elites, el complejo militar industrial, las empresas y el estamento burocrático para evitar un reclutamiento masivo, principalmente en las grandes ciudades rusas, que eventualmente genere temor y malestar entre los ciudadanos. Esta realidad determina porqué el ejército y los servicios de inteligencia son muy conscientes a la hora de observar riesgos de pérdida de peso político si la guerra termina

Rusia, EEUU y China: ¿tan lejos y tan cerca?

El regreso de Trump a la Casa Blanca supone para Rusia una reorientación de expectativas geopolíticas que abarcan el conflicto ucraniano, las crecientes tensiones con Europa y la consistencia de la alianza sino-rusa.

Para Trump, la apuesta por el deshielo con Putin retrotrae una estrategia anteriormente ensayada durante su primer mandato en la Casa Blanca (2017-2021): intentar quebrar el eje euroasiático entre Beijing y Moscú fortalecido desde el comienzo de las hostilidades en Ucrania. El objetivo de Washington es, cuando menos, neutralizar una alianza estratégica capacitada para contrarrestar el dominio hegemónico estadounidense.

Beijing observa con mucha atención este escenario de posible entente ruso-estadounidense donde un aliado económico, geopolítico y militar como Rusia podría desequilibrar esta relación vía mayor entendimiento con Washington, con capacidad para reformular la arquitectura geoeconómica y geopolítica global.

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Esto deja a Putin ante una disyuntiva estratégica a la hora de mantener los equilibrios geopolíticos con EEUU y China. En sus diversas reuniones con su homólogo chino Xi Jinping, Putin ha sido enfático en que la alianza estratégica sino-rusa es inquebrantable, incluso ampliando esta perspectiva como un factor de equilibrio en un sistema internacional determinado por la conflictividad y la incertidumbre. Un ejemplo que ilustra esta sintonía sino-rusa es la decisión de Moscú de eliminar los visados para ciudadanos chinos a partir de septiembre de 2026.

El comercio bilateral entre China y Rusia mantiene su nivel de consistencia aunque también se observan disparidades. Para octubre de 2025, China exportó US$8,51MM e importó US$11MM desde Rusia, resultando un balance comercial negativo para Beijing de $2,49MM.

Si bien esta relación muestra aspectos estratégicos para ambos países, es igualmente notoria la asimetría: China es dependiente de materias primas como el petróleo y gas natural ruso, cuyos precios son más baratos ante la pérdida de mercados por las sanciones occidentales. Toda vez, Rusia depende de la tecnología, las inversiones y el esquema financiero chino que precisamente le ha resultado vital para sortear esas sanciones occidentales.

No obstante, el deshielo con Trump implica ganancias geopolíticas para Putin, en especial por su capacidad para erosionar internamente a la OTAN y certificar el distanciamiento transatlántico con Europa. El Kremlin ha recibido con beneplácito la Nueva Estrategia de Seguridad de EEUU que contempla una etapa de «mayor cooperación estratégica» con Rusia en vez de calificar a este país de «amenaza», tal y como argumentan la OTAN y la UE.

Para Trump, atraer a Putin a su redil significa una reorientación de sus prioridades estratégicas tomando en cuenta el distanciamiento «atlantista». EEUU está reduciendo su presencia militar en Europa, que se estima será de 100.000 a 60.000 para 2026.

El objetivo estratégico estadounidense se está enfocando en la región del Indo-Pacífico, con interés principalmente en la contención de China, tal y como refleja la publicación en noviembre pasado de la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU, en la que Asia y la región del Indo-Pacífico tienen preponderancia en términos económicos y militares como las “regiones clave en materia de confrontación económica y geopolítica”.

Bajo la denominada «Perspectiva hacia Oriente» impulsada por el anteriormente mencionado Club Valdai, Rusia también juega sus cartas con determinación en Eurasia, consciente de que esta región se encamina a concentrar la atención geopolítica del siglo XXI.

En este apartado también entran en juego lo que el Kremlin denomina como la «diplomacia tecnológica», una estrategia que le permite tener influencia cultural en el espacio euroasiático.

La reciente visita de Putin a la India, la primera desde 2021, determina la estrategia multilateral del Kremlin por fortalecer y ampliar las relaciones conaliados estratégicos, en este caso una potencia emergente asiática como India, que le permita amortiguar los efectos de las sanciones occidentales toda vez acelera nuevos socios para su industria militar. Putin abre así la compuerta de una posible entente con India cuyos beneficios le permitirán a Moscú balancear sus relaciones con EEUU y China.

En el plano euroasiático, desde el punto de vista geopolítico y militar, Moscú intenta fortalecer esquemas de integración euroasiático (Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, OTSC, BRI, UEE) mientras profundiza nuevos esquemas defensivos conjuntos y socios militares (Corea del Norte, Irán y Bielorrusia, en este último caso con el despliegue de armas nucleares tácticas rusas desde 2023) y económicos (Mongolia)

Recientemente, Putin estuvo en una cumbre en Turkmenistán con motivo del 30º aniversario de la declaración de neutralidad permanente de ese país centroasiático y ex soviético. Allí también estuvieron presentes los mandatarios de Turquía, Irán, Irak, Kazajstán, Kirguistán, Uzbekistán, Armenia, Georgia, Azerbaiyán, Myanmar y Santo Tomé y Príncipe, aspecto que le otorgó a este encuentro un carácter netamente multilateral.

Ante elavance del patriotismo y del nacionalismo rusos, este aperturista giro euroasiático explica la necesidad del Kremlin de manejar con destreza cualquier riesgo de tensiones interétnicas dentro de la Federación rusa, especialmente en lo relativo a la presencia de poblaciones de origen tártaro, caucásico y centroasiático. Salvo casos excepcionales (Georgia, Armenia), Moscú busca generar relaciones equitativas y esquemas de cooperación bilateral con sus vecinos centroasiáticos y caucásicos.

Por otro lado, los intereses occidentales también entran en juego en este espacio euroasiático exsoviético, especialmente en el Cáucaso, al fomentar quiebras en las esferas de influencia rusas. Esta es una realidad muy bien conocida por Putin en años anteriores. Cobra relevancia el interés geoeconómico entre Rusia, Occidente, Irán, Turquía e incluso China e India por controlar o influir en las rutas de distribución energética desde el Mar Caspio.

Armenia ha manifestado su salida de la OTSC, la denominada «OTAN rusa», para acelerar sus mecanismos de acercamiento a Occidente vía admisión a la UE. Moscú ha logrado recuperar su influencia en la estratégica Georgia, otro foco de permanentes tensiones ruso-occidentales. 

Por su parte, Azerbaiyán asciende con peso geopolítico emergente, particularmente por sus riquezas energéticas y su victoria militar contra Armenia (2023) por el control del enclave de Nagorno Karabaj. Bakú, que ha tenido relaciones intermitentes de cercanía y roces con Moscú, mantiene una agenda geopolítica propia que le permite manejar equilibrios entre Occidente, Rusia, China y aliados históricos como Turquía, en este último caso bajo una perspectiva «panturca». Este contexto también pone a prueba las relaciones ruso-turcas, a menudo intermitentes en cuanto a períodos de acercamiento y de fricción.

América Latina y África

Las tensiones entre EEUU y Venezuela anuncian un escenario donde Moscú tiene intereses estratégicos: apostar por mantener en pie a sus aliados geopolíticos dentro de la esfera de influencia hemisférica de Washington, devolviendo así la moneda sobre los intereses occidentales en las esferas de influencia rusa en el espacio euroasiático. 

La crisis entre Washington y Caracas es igualmente un reflejo de cómo el eje sino-ruso mantiene su consistencia: ambos gobiernos han respaldado sin titubear la soberanía venezolana, una posición que fortalece el poder de su aliado, el presidente venezolano Nicolás Maduro, así como sus respectivos intereses geoeconómicos. 

En el contexto latinoamericano, el Kremlin tiene aliados estratégicos en Venezuela, Cuba y Nicaragua así como socios económicos relevantes en actores globales emergentes como son los casos de Brasil y México. Por otro lado, los recientes cambios de gobierno hacia la derecha en Argentina, Bolivia, Chile y Panamá han condicionado la capacidad de influencia de Moscú. 

Rusia amplía su presencia hemisférica a través de mecanismos económicos, de influencia política y militar (Venezuela) y desde la perspectiva mediática (medios estatales RT y Sputnik), con contenidos en español y portugués, que le permitan modificar a su favor la narrativa existente, tradicionalmente vinculada a medios afines a las políticas estadounidenses.

Por otro lado, la presencia empresarial rusa en América Latina se concentra en los sectores de energía, extracción de recursos naturales y fertilizantes. Participan compañías líderes del sector petrolero y gasífero como Rosneft, Gazprom y Lukoil; de energía nuclear como Rosatom; y del ámbito petroquímico como PhosAgro, EuroChem y Acron. También destaca la contratista de infraestructuras y defensa Rostec.

Paralelamente, Rusia mantiene una presencia significativa en los centros financieros offshore del Caribe, donde varias de las 125 mayores empresas rusas registran sus matrices. Sin embargo, alrededor del 80 % de estas empresas están bajo algún régimen de sanciones por parte de Estados Unidos y Europa. Esto representa un evidente factor de vulnerabilidad para Moscú.

En África, Moscú acelera su presencia económica, geopolítica y militar en la región del Sahel, especialmente en Malí, Burkina Faso y Níger. También fortalece vínculos con otros países como Egipto, Libia, Guinea Ecuatorial y Sudán. Este contexto representa una especie de «retorno» de Moscú al continente africano. Se trata de un espacio geopolítico e ideológico estratégico en tiempos de la URSS, que hoy recupera importancia con la crisis ruso-occidental por Ucrania.

El nivel de relación se ha fortalecido con la creación del Foro de Asociación Rusia-África, que celebro su segunda conferencia los días 19 y 20 de diciembre en Egipto. En ese foro resaltó igualmente el compromiso adoptado entre la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) y Rusia para fortalecer la cooperación en materia política, electoral y de lucha contra el terrorismo.

Las sanciones occidentales contra Rusia iniciadas ya en 2014 han fortalecido el nivel de relación de Moscú con sus socios africanos. En este sentido, Rusia observa con atención el apoyo de África, particularmente por sus 54 votos en la Asamblea General de la ONU, que le han permitido legitimar los intereses rusos tras la invasión militar a Ucrania. El desarrollo de vínculos políticos, económicos y militares con África le permite a Rusia alcanzar mercados alternativos vitales para amortiguar las sanciones occidentales.

El patriotismo ruso y la idea de «país-civilización»

Rusia aborda un fortalecimiento del patriotismo y del nacionalismo en diversos ámbitos culturales, sociales y educativos, una estrategia que acelera las expectativas de «des-occidentalización» y de recuperación de la identidad nacional rusa y los valores tradicionales

En este apartado, Rusia comienza a jugar la carta cultural enclave civilizatoria destinada a contrarrestar el auge de tendencias progresistas y liberales desde Occidente, así como de otras “corrientes exteriores” consideradas por el Kremlin como «perniciosas», especialmente por su capacidad de influencia en la juventud rusa.

Para ello, el Kremlin acelera herramientas de soft power destinadas a atraer ciudadanos principalmente occidentales que podrían sentirse descontentos con los cambios sociales y culturales existentes en sus respectivos países, en especial ante la degradación de los valores tradicionales y el auge de políticas catalogadas eufemísticamente como «progresismo woke». 

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Buscando captar simpatías en el exterior, principalmente en Europa y EEUU, el Kremlin ensaya iniciativas inéditas como la facilitación de permisos de residencias (la «Visa de Valores Compartidos», coloquialmente denominado «visado anti-Woke») con un claro perfil ideológico dirigido a aquellas personas alarmadas por el aumento del «progresismo liberal»en los países occidentales y la degradación de los valores tradicionales, en especial lo que se considera como la familia en versión tradicional. 

Trazando un cierto paralelismo sobre lo que fue la URSS en términos ideológicos para el socialismo, la Rusia de 2026 insiste en erigirse como un bastión «conservador», donde religión, sociedad y poder político pueden coexistir en términos de civilización propia.

Bajo una hábil maquinaria propagandística, la narrativa patriótica oficial refuerza los resortes del nacionalismo dentro de la sociedad rusa, fortalecido por la inserción de poblaciones «hermanas» ruso parlantes del Donbás y otras regiones del Este ucraniano ahora integrados en la Federación de Rusia. La glorificación de los veteranos de guerra, especialmente los que luchan en el frente ucraniano, es otra herramienta mediática clave para potenciar esta narrativa patriótica.

Argumentando una especie de «panrusismo» ya ensayado en regiones anteriormente bajo la soberanía ucraniana (Donbás, Jersón, Zaporiyie, Melitopol), Moscú podría interpretar que otras poblaciones ruso parlantes, existentes en países bálticos miembros de la UE y de la OTAN como son los casos de Letonia y Estonia así como Estados de facto como Transnistria, cuya soberanía es reclamada por Moldavia, y la región autónoma moldava de Gagauzia, se encuentran en una situación de discriminación étnica, cultural y lingüística que le obligue a salir en su defensa, incluso por medios militares. 

La atracción de poblaciones ruso parlantes dentro de un espacio geográfico post-soviético considerado por Moscú como su esfera de influencia natural, refuerza otro aspecto clave: la necesidad de aumentar la demografía ante la caída de las tasas de natalidad en Rusia. En julio de 2024, el portavoz del Kremlin, Dmitri Péskov, catalogó de «catastrófica» la tasa de natalidad en Rusia, la cual ha alcanzado mínimos históricos, rondando los 8.6 nacimientos por cada 1,000 personas y una tasa de fecundidad total de aproximadamente 1.4 hijos por mujer. 

En la actualidad, Rusia tiene 144 millones de habitantes. Las estimaciones oficiales indican que para 2030 la población rusa será de 143,2 millones, su nivel más bajo desde 2012. Para 2046 se espera que se sitúe en 138,7 millones de personas. 

Frenar el declive demográfico se ha convertido en una política pública imprescindible y vital para el Kremlin. Es por ello que los presupuestos oficiales de la Federación de Rusia incorporan un paquete de prestaciones sociales (familias, infancia, vivienda) que cumplen una función central de legitimidad política interna.

Entre ellas se incluyen los pagos a familias con dos o más hijos, la extensión del capital de maternidad hasta 2030 (ajustado a la inflación), subsidios regionales, subvenciones salariales, así como apoyo a proyectos estatales de infraestructura y vivienda. En particular, se asignan sumas considerables a la modernización de los servicios públicos y a proyectos nacionales de desarrollo tecnológico. 

En este sentido, el gasto social no sólo un instrumento de redistribución sino un atenuante de eventual descontento político dentro de la sociedad. Si el nivel de vida se deteriora en exceso, el malestar interno podría erosionar la legitimidad política. Por ello, aunque haya prioridades militares innegociables, Moscú no puede recortar bruscamente las ayudas familiares, subsidios regionales y programas de vivienda, sin arriesgarse a un descontento menos controlable.

Por otro lado, crecen los medios de información e instituciones públicas rusas que sostienen que el país debe proponer al mundo un proyecto civilizatorio basado en sus propios valores e identidad nacional.

De lo contrario, advierten que Rusia correría el riesgo de enfrentar una crisis existencial, quedando en una posición subordinada e incapaz de influir por sí misma en la agenda global. Esta pérdida de influencia afectaría directamente su estatus como potencia mundial.

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La intervención de Trump en Venezuela acelera la liberación del Dragón Chino en Taiwán

La caída del régimen de Nicolás Maduro bajo la Administración Trump y la evolución del conflicto en Ucrania no son episodios aislados, sino señales de un cambio más profundo en el orden internacional. Ambos casos apuntan a la normalización del hecho consumado como mecanismo de reordenación geopolítica, debilitando principios clave del derecho internacional. Desde la inteligencia estratégica, estos precedentes no pasan desapercibidos para potencias como China, que evalúan cómo la tolerancia al uso de la fuerza puede alterar los cálculos de disuasión y estabilidad global.

La eventual intervención militar de Estados Unidos en Venezuela bajo una Administración Trump —y la consiguiente caída del régimen de Nicolás Maduro— no puede ser analizada como un episodio aislado de política hemisférica ni como una anomalía coyuntural. Su alcance es más profundo: afecta directamente a los fundamentos normativos, estratégicos y doctrinales del orden internacional contemporáneo.

En combinación con la evolución del conflicto en Ucrania —donde se asume, de facto, la posibilidad de cesiones territoriales tras una invasión armada ilegítima—, se consolida una dinámica especialmente preocupante: la progresiva normalización del hecho consumado como mecanismo aceptable de reordenación del sistema internacional.

Desde una perspectiva de inteligencia estratégica, este fenómeno no pasa inadvertido en Pekín.

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Derecho internacional y uso de la fuerza: entre la norma y la práctica

El orden internacional surgido tras 1945 se articula, en términos jurídicos, en torno a tres principios estructurales consagrados en la Carta de las Naciones Unidas:

  1. La soberanía de los Estados.
  2. La integridad territorial.
  3. La prohibición del uso de la fuerza como instrumento político (artículo 2.4).

Las excepciones a este principio son limitadas y bien conocidas: la legítima defensa individual o colectiva, la autorización explícita del Consejo de Seguridad y, de forma mucho más controvertida, las intervenciones humanitarias vinculadas al principio de Responsibility to Protect, desarrollado a partir de los informes de la International Comission on Intervention and State Sovereignty (2001) y aceptado de manera desigual por la comunidad internacional.

Sin embargo, la práctica internacional ha demostrado reiteradamente que la legalidad formal no siempre coincide con la aceptabilidad política. Cuando un régimen carece de legitimidad democrática, se sostiene mediante la represión sistemática y genera inestabilidad regional, la condena jurídica tiende a diluirse frente a consideraciones estratégicas y de resultado.

Venezuela, en la percepción de buena parte de Occidente, encaja plenamente en esta categoría de régimen no legítimo. Y esta caracterización no es irrelevante: en derecho internacional, la aplicación selectiva de los principios erosiona su fuerza normativa.

La Ventana de Overton estratégica y la tolerancia al uso de la fuerza

Desde la teoría de las relaciones internacionales, la llamada Ventana de Overton permite analizar cómo determinadas opciones —antes impensables— pasan a ser debatibles y, posteriormente, aceptables para la mayoría. En el ámbito de la seguridad internacional, esta ventana se ha ido desplazando de forma gradual en relación con el uso de la fuerza por parte de grandes potencias.

Una intervención militar estadounidense en Venezuela, aunque formalmente cuestionada o incluso condenada, ensancha esa ventana si el resultado final fuera percibido como funcional: cambio político, reducción de una amenaza regional y ausencia de escalada mayor.

La experiencia histórica lo confirma. En casos como Kosovo (1999) o incluso Irak en determinadas fases posteriores, la comunidad internacional tendió a desplazarse desde la condena inicial hacia una aceptación pragmática de los hechos consumados. Este desplazamiento no elimina la ilegalidad original, pero reconfigura los incentivos estratégicos.

En términos sistémicos, el mensaje implícito es claro: si el resultado es aceptable, el método acaba siendo tolerado.

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Ucrania y la erosión del principio de integridad territorial

El conflicto en Ucrania introduce un precedente aún más delicado. Si una invasión militar a gran escala culmina en una negociación que consolida —aunque sea parcialmente— ganancias territoriales rusas, se estaría enviando una señal inequívoca al sistema internacional:

El uso de la fuerza puede modificar fronteras si el coste es asumible y el tiempo juega a favor del agresor.

Desde el punto de vista del derecho internacional público, esto supone una erosión directa del principio de integridad territorial y del uti possidetis. Desde la perspectiva geopolítica y doctrinal, constituye una lección operativa para otros actores revisionistas.

Las potencias no aprenden de los discursos, sino de los precedentes, ya que sirven de marco de referencia conceptual de legitimidad estratégica.

China y Taiwán: un cálculo estratégico racional

Pekín no analiza la cuestión de Taiwán desde parámetros morales ni emocionales, sino desde una lógica estrictamente racional y estratégica, coherente con la tradición realista y con su propia doctrina militar.

Las variables clave que China evalúa son conocidas:

  • ¿Puede una intervención justificarse bajo un marco narrativo excepcional (reunificación, estabilidad o amenaza externa)?
  • ¿Puede derivar en una negociación política que consolide hechos sobre el terreno?
  • ¿Es el coste económico, tecnológico y diplomático asumible a medio y largo plazo?

Si los precedentes recientes —Venezuela y Ucrania— apuntan a que la comunidad internacional acaba adaptándose al resultado, la percepción del riesgo estratégico disminuye, aunque el coste inicial sea elevado.

No se trata de analogías jurídicas. Taiwán no es Venezuela ni Ucrania. Se trata de analogías de comportamiento internacional, que son las que realmente influyen en la doctrina de disuasión china.

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Doctrina militar, disuasión y normalización de la excepción

Desde la perspectiva doctrinal, estamos ante un fenómeno clásico identificado tanto por el realismo estructural como por la teoría de la disuasión: la normalización progresiva de la excepción.

Cuando el uso de la fuerza deja de ser un tabú absoluto y se convierte en una opción contingente —dependiente del actor, del contexto y del resultado—, el umbral de empleo se reduce. En ese escenario, la disuasión ya no descansa únicamente en capacidades militares, sino en la credibilidad normativa del sistema. Y esa credibilidad está siendo erosionada.

Como advirtió Hedley Bull, cuando las normas dejan de ser universales, el orden internacional deriva hacia una sociedad anárquica gestionada por el poder, no por el derecho.

Cuál es el orden internacional resultante del uso de la fuerza actual

La cuestión estratégica no es si el régimen de Maduro genera o no empatía internacional. Tampoco si Ucrania “debe” o no ceder territorio. Esas son discusiones morales.

La pregunta relevante es otra: ¿Qué tipo de sistema internacional emerge cuando el hecho consumado vuelve a ser aceptable?

Cuando los principios de soberanía e integridad territorial se aplican de forma selectiva, dejan de ser normas y pasan a ser opciones. Y en geopolítica, las opciones se utilizan en pro de los objetivos estratégicos de una forma racional y oportunista.

No existe una cadena causal automática que conduzca a una invasión china de Taiwán. Pero sí una erosión acumulativa del marco que la disuade. Y esa erosión es, en sí misma, un riesgo estratégico de primer orden.

Por ello, la pregunta que deberíamos plantearnos ya no es si este precedente será utilizado, sino quién lo hará primero y en qué teatro estratégico.

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Ventana de Overton: qué es, cómo funciona y por qué explica los cambios políticos y geopolíticos actuales

La Ventana de Overton se ha convertido en una herramienta imprescindible para comprender los cambios políticos y geopolíticos del mundo actual. Ideas que antes eran impensables como las intervenciones militares, la alteración de fronteras o el uso abierto de la fuerza, hoy se debaten con creciente normalidad. En un entorno marcado por guerras, competencia entre grandes potencias y crisis sistémicas, este concepto permite analizar cómo se desplazan los límites de lo aceptable y anticipar transformaciones profundas en el orden internacional antes de que se consoliden como nuevos precedentes.

La Ventana de Overton es un concepto clave para entender por qué ideas que antes parecían inaceptables terminan convirtiéndose en políticas públicas, decisiones estratégicas o incluso acciones militares normalizadas. Aunque el concepto nació en el ámbito del análisis de políticas públicas, hoy es una herramienta esencial para analizar política internacional, geopolítica, seguridad y conflictos armados.

En un contexto global marcado por guerras, intervenciones y tensiones entre grandes potencias, comprender la Ventana de Overton permite anticipar cambios de paradigma antes de que se consoliden.

Definición: ¿Qué es la Ventana de Overton?

La Ventana de Overton es un modelo teórico desarrollado por Joseph P. Overton, analista del Mackinac Center for Public Policy, que describe el rango de ideas que una sociedad considera políticamente aceptables en un momento determinado.

Según Overton, los responsables políticos no suelen impulsar ideas fuera de esa ventana, porque hacerlo supondría un alto coste electoral, social o reputacional. En cambio, las ideas se desplazan progresivamente hasta entrar en la zona de lo aceptable, momento en el que pueden convertirse en políticas oficiales.

Desde una perspectiva académica, la Ventana de Overton es un modelo descriptivo sobre cómo cambian las normas sociales y políticas en respuesta a crisis, shocks externos o transformaciones estructurales.

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Cómo funciona la Ventana de Overton: las fases del cambio

La literatura especializada suele identificar varias fases o etapas en el desplazamiento de la Ventana de Overton:

  1. Impensable: la idea es tabú o socialmente inaceptable.
  2. Radical: se discute en círculos marginales o académicos.
  3. Aceptable: comienza a aparecer en debates públicos.
  4. Razonable: se presenta como una opción lógica o necesaria.
  5. Popular: obtiene respaldo social o mediático.
  6. Política pública: se implementa de forma oficial.

En política internacional, estas fases pueden acelerarse drásticamente debido a guerras, atentados, crisis económicas o conflictos geopolíticos.

La Ventana de Overton en política y relaciones internacionales

En el ámbito internacional, la Ventana de Overton no actúa sobre leyes internas, sino sobre normas, comportamientos y precedentes aceptables entre Estados. Esto incluye cuestiones sensibles como:

  • El uso de la fuerza militar
  • Las intervenciones en Estados soberanos
  • Las sanciones económicas masivas
  • La cesión de territorios tras conflictos armados

Cuando una acción se repite o produce resultados “funcionales”, la comunidad internacional tiende a normalizarla, aunque contradiga principios jurídicos previos.

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Ejemplos de la Ventana de Overton en geopolítica y conflictos bélicos

Ejemplo nº1. Intervenciones militares sin mandato de la ONU: del tabú jurídico al precedente funcional

Durante gran parte de la posguerra fría, una intervención militar sin autorización explícita del Consejo de Seguridad de la ONU era considerada una vulneración grave del orden jurídico internacional. 

El caso de Kosovo (1999) marcó un punto de inflexión relevante. La intervención de la OTAN, jurídicamente cuestionable al carecer de mandato, fue progresivamente aceptada bajo argumentos humanitarios, especialmente la prevención de crímenes masivos contra la población civil. 

Aunque no se modificó formalmente el marco legal, el resultado político-operativo —el fin de la violencia sistemática y la estabilización relativa del territorio— desplazó la Ventana de Overton en materia de uso de la fuerza. A partir de entonces, se consolidó una lógica peligrosa: la legitimidad política y moral percibida comenzó a competir directamente con la legalidad estricta, abriendo la puerta a intervenciones “excepcionales” justificadas por el resultado más que por el procedimiento.

Ejemplo nº2. Ucrania y la modificación de fronteras por la fuerza: la normalización del hecho consumado

Antes de 2014, la alteración de fronteras en Europa mediante el uso de la fuerza era considerada prácticamente impensable, no solo por razones jurídicas, sino por el consenso político surgido tras la Segunda Guerra Mundial y reafirmado en el Acta Final de Helsinki. 

La anexión de Crimea por parte de Rusia y la posterior invasión a gran escala de Ucrania en 2022 supusieron una ruptura frontal de ese consenso. Sin embargo, a medida que el conflicto se prolonga, el debate internacional ha evolucionado hacia la posibilidad de negociaciones que incluyan cesiones territoriales como vía de estabilización, algo que habría sido inaceptable en fases iniciales. 

La Ventana de Overton no ha legalizado la conquista territorial, pero sí ha desplazado el debate desde la condena absoluta hacia el pragmatismo estratégico, enviando una señal inquietante: el uso de la fuerza puede producir cambios duraderos si el agresor resiste el coste inicial y gestiona el tiempo a su favor.

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Ejemplo nº3. Taiwán y el cálculo estratégico de China: cuando el riesgo deja de ser disuasivo

Durante décadas, una invasión china de Taiwán fue considerada una opción extrema, con costes económicos, tecnológicos y militares tan elevados que actuaban como disuasión efectiva. 

No obstante, la acumulación de precedentes internacionales ha alterado progresivamente ese cálculo. Hoy, sin que haya desaparecido el riesgo, la posibilidad de una acción militar sobre Taiwán se analiza abiertamente en términos de escenarios, fases, costes asumibles y gestión posterior del conflicto. Este cambio no implica una decisión inminente, pero sí refleja un desplazamiento significativo de la Ventana de Overton global sobre el uso de la fuerza entre grandes potencias. 

Desde la perspectiva china, lo relevante no es la legalidad formal del acto —que siempre sería contestada—, sino la probabilidad de que el sistema internacional termine adaptándose al nuevo statu quo, como ha ocurrido en otros teatros. Cuando esa percepción se consolida, la disuasión normativa pierde peso frente al cálculo estratégico racional.

Ejemplo nº4. Venezuela y la intervención externa orientada a recursos estratégicos

La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela realizada el 3 de enero de 2026 por la Administración Trump, que culminó con la captura de Nicolás Maduro y el despliegue de empresas estadounidenses en el control y la extracción de recursos petrolíferos, introduce un nuevo vector en el desplazamiento de la Ventana de Overton. 

A diferencia de intervenciones justificadas explícitamente por razones humanitarias o de seguridad colectiva, este caso combina un cambio de régimen con la gestión directa de activos estratégicos sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU. 

Aunque jurídicamente controvertida, la reacción internacional inicial apunta a una rápida transición desde la condena formal hacia el pragmatismo político, especialmente si la operación deriva en estabilidad interna y continuidad del suministro energético. 

Este episodio refuerza la idea de que, cuando una intervención produce resultados considerados funcionales por los actores dominantes del sistema, la legalidad pasa a un segundo plano frente a la eficacia estratégica, consolidando precedentes con profundas implicaciones sistémicas.

Ventana de Overton y derecho internacional: una tensión estructural

Desde el derecho internacional público, la Ventana de Overton plantea un problema central: las normas dependen de su aplicación coherente. Cuando se aplican de forma selectiva, pierden fuerza normativa.

Autores como Hedley Bull o Martti Koskenniemi han señalado que el orden internacional se sostiene tanto en el derecho como en la percepción de legitimidad. Cuando esta percepción se erosiona, el sistema se aproxima a una lógica de poder y precedentes, más que de normas universales.

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¿La Ventana de Overton se manipula?

Una confusión frecuente es pensar que la Ventana de Overton siempre se desplaza de forma intencional y deliberada por los líderes políticos. En realidad, en política internacional suele moverse como resultado de crisis, guerras y decisiones acumulativas, no necesariamente de planes coordinados.

Los Estados no siempre buscan desplazar la ventana, pero aprenden rápidamente de los precedentes. En geopolítica, lo que funciona una vez, tiende a repetirse.

Por qué la Ventana de Overton es clave para entender el mundo actual

Comprender la Ventana de Overton permite:

  • Anticipar cambios políticos y estratégicos
  • Entender por qué lo impensable se vuelve inevitable
  • Analizar riesgos sistémicos más allá de un solo conflicto
  • Interpretar correctamente la evolución del orden internacional

En un entorno global inestable, quien no entiende cómo se desplaza la ventana, llega siempre tarde al análisis.

Conclusión: cuando lo impensable deja de serlo

La Ventana de Overton no justifica decisiones políticas ni militares, pero explica cómo cambian los límites de lo aceptable, tanto para los líderes políticos, como para la sociedad en su conjunto. En geopolítica, esos cambios tienen consecuencias profundas y sistémicas.

Cuando el uso de la fuerza, la intervención externa o la alteración de fronteras dejan de ser tabú y pasan a ser opciones debatibles, el sistema internacional entra en una fase de inestabilidad estructural.

Y la historia demuestra que, una vez que lo impensable se vuelve pensable, es más probable que acabe ocurriendo.

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¿Qué es Somalilandia y dónde se ubica?

Descubre la historia, la geografía y el estatus de Somalilandia, la región que se autodeclaró independiente en 1991 y que busca reconocimiento internacional.

La región del noroeste de África que hoy se conoce como Somalilandia ha vivido una trayectoria singular en las últimas décadas. Tras la desintegración de Somalia, emergió como una entidad con instituciones propias y una estabilidad relativamente destacada respecto a sus vecinos. Sin embargo, su estatus internacional sigue siendo ambiguo. Este artículo explora qué es Somalilandia, dónde se ubica y qué rasgos la definen en la vida diaria de sus habitantes y en la geopolítica regional.

¿Qué es Somalilandia?

Somalilandia es una región de la excolonia británica de Somalilandia requerida por Somalia tras la independencia el 18 de mayo de 1991. Con el paso de los años, ha desarrollado instituciones propias, un sistema de gobierno y una identidad administrativa que muchos describen como una república de facto, similar a Transnistria. Su capital es Hargeisa y tiene como sistema de gobierno una república presidencialista.

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Aunque no está casi reconocido como un país independiente por la mayoría de la comunidad internacional, Somalilandia funciona como una entidad política y administrativa autónoma con procesos electorales, un parlamento, una moneda y fuerzas de seguridad propias. Este desarrollo interno ha generado una sensación de estabilidad y continuidad para sus habitantes, a la vez que mantiene complejas relaciones con Somalia y otros actores regionales.

¿Dónde se ubica Somalilandia?

Somalilandia se encuentra en el extremo noroeste de África, a lo largo de la costa del mar Rojo. Limita al oeste con Yibuti, al norte con el Golfo de Adén, al sur con Etiopía y al este con Somalia, con una costa marítima en el océano Índico. Su ubicación la coloca en una zona estratégica para el comercio y la navegación. En términos de referencia geográfica, Somalilandia ocupa principalmente la región de Somaliland y comparte frontera terrestre con Etiopía al sur, mientras que al oeste mira hacia el Océano Índico y el estrecho de Bab el Mandeb en la distancia.

Territorio controlado por Somalilandia en verde oscuro; territorio ocupado y reclamado en verde claro / Autor: Flappiefh

Contexto histórico y geopolítico

  • Orígenes y desarrollo institucional: tras la caída del régimen central somalí en 1991, Somalilandia emergió con un marco institucional propio, estableciendo comisiones electorales, una constitución y procesos democráticos a nivel regional. Este desarrollo ha sido notorio frente a la persistente inestabilidad en otras partes de Somalia. Somalilandia ha logrado mantener procesos de transferencia de poder relativamente pacíficos y elecciones regionales periódicas.
  • Estatus internacional: a pesar de su funcionamiento autónomo, Somalilandia no está ampliamente reconocida como un estado soberano por la mayoría de las naciones y organizaciones internacionales. Este estatus de facto limita su participación plena en foros diplomáticos y acuerdos internacionales, a la vez que motiva esfuerzos continuos para obtener un reconocimiento formal. Este dilema diplomático afecta tanto a su economía como a sus relaciones exteriores.
  • Economía y sociedad: Somalilandia ha desarrollado una economía diversa que incluye comercio, servicios y sectores en crecimiento como la construcción y las telecomunicaciones. La estabilidad relativa ha fomentado inversiones y un entorno propicio para emprendedores locales. En el plano social, la identidad somalí y las tradiciones regionales permanecen fuertes, con un tejido comunitario que sustenta normas y estructuras sociales.

Desarrollo estable en una región inestable

Somalilandia representa un caso único de gobernanza y desarrollo en una región históricamente inestable. Su existencia de facto, con instituciones propias y una economía en crecimiento, contrasta con la ausencia de reconocimiento formal como estado independiente. Esta situación sigue marcando la dinámica regional y el horizonte de Somalilandia, que continúa buscando un estatus diplomático que complemente su realidad cotidiana. Somalilandia, con su historia reciente y su ubicación estratégica, continúa siendo un punto de atención para quienes estudian la geopolítica del Cuerno de África.

Masterclass | Resucitando a Sun Tzu: el arte de la guerra en el siglo XXI

Resucitando a Sun Tzu: el arte de la guerra en el siglo XXI

Masterclass organizada por LISA Institute

🗓️ El martes 20 de enero de 2026 – 17:30h (CET)

👉Inscríbete aquí y recibirás el enlace a Zoom al instante

💸 100% online y gratis. Plazas limitadas a las primeras 500 personas que se conecten a la Masterclass.

Quién participa

👤 Coronel José Luis Calvo Albero

  • Coronel de Infantería de Estado Mayor. Profesor de Estrategia e Historia Militar en la Escuela de Guerra del Ejército de Tierra. Ha ejercido como Director de la División de Coordinación y Estudios en la Secretaría General de Política de Defensa. Ha trabajado en el Estado Mayor Militar de la Unión Europea en Bruselas y en el Estado Mayor Conjunto en Madrid.
  • Ha sido docente en el US Army War College y actualmente es profesor en la Universidad de Granada, miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) y Académico correspondiente en la Academia de las Ciencias y las Artes Militares. Colabora como docente en el Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico y en el Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectiva de LISA Institute.
  • Máster en Estudios Estratégicos por el US Army War College.

👤 Marc Vendrell, profesor y director académico del área de Análisis de Inteligencia y Estrategia de LISA Institute y profesor del Curso de Analista Político Internacional.

  • A nivel profesional, anteriormente fue asesor político sobre proyectos europeos y Agenda 2030 en la Administración pública; profesor de Ciencias Políticas en INISEG; Reviewer en el área de Conflictos Geopolíticos en el I Congreso de CCPP de CIPARI. Consultor estratégico en INVES y analista en À Punt sobre Estados Unidos. Analista externo para el IEEE. Actualmente, es Profesor y Director académico del área de Análisis de Inteligencia y Estrategia de LISA Institute y profesor del Curso de Analista Político Internacional.
  • A nivel académico, es graduado en Ciencias Políticas por la UNED. Máster en Análisis de Inteligencia por la Universidad Pegaso (Italia). Máster en Estudios Estratégicos por la UGR. Postgraduate in International Relations and Geopolitics por la Universitat Oberta de Catalunya. Técnico avanzado en Inteligencia y operaciones psicológicas por CISDE. Máster en Pensamiento Estratégico y Seguridad Global por la Universidad de Granada. Autor del libro La teoría de juegos y el conflicto comercial chino-estadounidense.

Qué aprenderás en esta masterclass

«Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no deberás temer el resultado de cien batallas». Esta máxima milenaria de Sun Tzu sigue teniendo plena vigencia en el siglo XXI, donde los conflictos son cada vez más complejos, multidominio e híbridos. La masterclass «Resucitando a Sun Tzu: el arte de la guerra en el siglo XXI» ofrece una visión actualizada del pensamiento estratégico del clásico militar aplicado a los entornos contemporáneos de seguridad y defensa. De la mano de un Coronel del Ejército de Tierra con experiencia en organismos nacionales e internacionales, se analizarán los aprendizajes del pasado con los retos del presente.

Objetivos de aprendizaje

  • Analizar la vigencia del pensamiento de Sun Tzu en los conflictos modernos.
  • Comprender el impacto de la estrategia militar tradicional en los entornos actuales.
  • Identificar paralelismos entre los principios del «Arte de la Guerra» y las doctrinas contemporáneas.
  • Explorar la aplicación de la inteligencia y la información en la toma de decisiones estratégicas.
  • Evaluar las nuevas formas de guerra: híbrida, cibernética y multidominio.
  • Reflexionar sobre los retos actuales de seguridad y defensa en clave estratégica.
  • Conocer el rol de las Fuerzas Armadas en el contexto geopolítico actual.
  • Descubrir las competencias clave para ejercer como analista en conflictos internacionales.

Audiencia objetivo

Esta masterclass ha sido confeccionada para aquellos que trabajan o aspiran a trabajar como:

  • Analistas internacionales
  • Consultores de seguridad y defensa
  • Profesionales de las Fuerzas Armadas
  • Responsables de políticas de seguridad
  • Investigadores en estudios estratégicos
  • Periodistas especializados en conflictos y defensa
  • Estudiantes de relaciones internacionales
  • Miembros de think tanks o centros de análisis
  • Profesionales de inteligencia y prospectiva
  • Funcionarios en organismos internacionales

Además…

La masterclass «Resucitando a Sun Tzu: el arte de la guerra en el siglo XXI» forma parte de la serie de los más de 35 webinars en directo que LISA Institute y LISA News han organizado este año en el contexto del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico y del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectiva de LISA Institute.

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Primer reconocimiento a Somalilandia, operación antiterrorista en Turquía y la estafa más usada en WhatsApp

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👉 Esta semana… Israel reconoce a Somalilandia, Turquía detiene a más de 350 supuestos terroristas de Estado Islámico y el fraude del ‘hijo en apuros’ que lidera WhatsApp.

SEGURIDAD INTERNACIONAL Y GEOPOLÍTICA

🇮🇱 Israel reconoce a Somalilandia

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, anunció que Israel ha reconocido a Somalilandia como un «Estado independiente y soberano», convirtiéndose en el primer país del mundo en hacerlo. Este reconocimiento representa una primicia para la autoproclamada república, que se separó de Somalia en 1991 y nunca había sido reconocida internacionalmente.

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🇧🇬 Bulgaria entra en la zona euro

El país europeo se convierte en el 21º miembro de la eurozona en un momento político complicado tras la dimisión del gobierno y la prórroga de los presupuestos. Pese a eso, el presidente ha calificado el paso como «histórico». «La decisión de adoptar la moneda única europea ha sido una elección estratégica en un momento controvertido. La introducción del euro es el hito final de la integración de Bulgaria en la Unión Europea, un lugar que nos merecemos por los logros de nuestra cultura milenaria y las contribuciones civilizatorias de nuestro país», destacó Radev. El euro reemplazará a la leva búlgara.

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🇨🇭 Desastre en Suiza deja decenas de fallecidos

Una explosión seguida de un incendio devastó a la medianoche de Año Nuevo el bar Le Constellation, en Crans-Montana (Valais), dejando alrededor de 45 muertos y más de 100 heridos, la mayoría graves. «Se dará prioridad a la identificación de los fallecidos y la identificación puede llevar tiempo» ante la gravedad de las lesiones, indicaron las autoridades. Las autoridades explicaron que no se trata de un atentado y también informaron de la activación del Mecanismo de Protección Civil de la UE.


INTELIGENCIA

🇹🇷 Más de 350 presuntos terroristas detenidos en Turquía

Las autoridades de Turquía anunciaron este martes 30 de diciembre la detención de 357 supuestos integrantes de Estado Islámico en operaciones lanzadas tras la muerte de tres policías durante una redada contra presuntos yihadistas en Yavlova, en el noroeste del país. Las operaciones se llevaron a cabo de forma simultánea por la Policía en 21 provincias, según informó el ministro del Interior, Ali Yerlikaya.

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El Ejército de Israel recibe el ‘Rayo de Hierro’

El Ministerio de Defensa de Israel presentó el primer sistema láser operacional de defensa antiaérea, conocido como Rayo de Hierro, desarrollado con la empresa Rafael Advanced Defense Systems. Este avance, descrito como histórico, intercepta cohetes, misiles, proyectiles de mortero y drones con una precisión destacada y con costes operativos mucho más bajos que los sistemas tradicionales, según el propio ministerio y la empresa creadora.


CIBERSEGURIDAD

📱 El fraude del ‘hijo en apuros’ lidera las estafas de WhatsApp

Las estafas en WhatsApp crecieron en 2025, con el fraude del ‘hijo en apuros’, suplantaciones de organismos oficiales y grandes marcas, y el secuestro silencioso de cuentas, advierte Check Point Software. «Este año hemos visto cómo estafas muy distintas comparten un mismo patrón: llevar la conversación a WhatsApp para sacar al usuario de entornos más controlados y aumentar las probabilidades de éxito», explica Eusebio Nieva, director técnico para España y Portugal. Además, los ciberdelincuentes aprovechan la confianza, la urgencia y la inmediatez para engañar y ampliar el alcance de sus fraudes.

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🇰🇷 Corea del Sur se suma a la carrera de la IA

SK Telecom presentó A.X K1, el primer modelo de IA a hiperescala de Corea del Sur, con 519.000 millones de parámetros y rendimiento estable en razonamiento complejo, matemáticas y comprensión multilingüe. «Un modelo maestro» diseñado para transmitir conocimiento a modelos más pequeños de menos de 70.000 millones de parámetros, según la nota de prensa. «Buscamos colocar a Corea entre los tres grandes en IA y competir con Estados Unidos y China» en la carrera global, afirma el proyecto del gobierno coreano.


🌐 Otras noticias del mundo 🌐

  • Siria inaugura su nueva moneda nacional. El Banco Central de Siria presenta el diseño de la nueva moneda con símbolos agrícolas que sustituirá a la libra actual. El cambio busca reducir la dependencia del dólar y fortalecer la confianza económica.
  • UNICEF denuncia la violencia sexual «generalizada y estructural» contra la infancia en RDC. El conflicto, el desplazamiento y un sistema de atención precario agravan la falta de denuncias y de ayuda.
  • Corea del Norte anuncia un ensayo con un misil de largo alcance. El Ejército del país asiático probó el misil con el objetivo de obtener una «respuesta contraofensiva» de este dispositivo. «Volaron a lo largo de una trayectoria de vuelo establecida sobre el Mar Occidental de Corea y alcanzaron el objetivo», explicaron.
  • Israel, Grecia y Chipre suscriben un acuerdo de cooperación militar. Los ejércitos de los tres países sellaron el pacto para 2026 que incluye ejercicios conjuntos y consultas estratégicas que tiene como principal objetivo contrarrestar a Turquía.
  • Lituania abandona la Convención de Ottawa. El país báltico anunció formalmente la salida del pacto que restringe el uso y fabricación de minas antipersona debido a las tensiones con Rusia.
  • El FBI abandona su histórica sede. J. Edgar Hoover cierra de forma indefinida y se trasladarán a las antiguas dependencias de la antigua Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

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Suiza y el Projekt-26 (P-26): secretos y resistencia

En este artículo, Artiom Vnebraci Popa, alumno del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo de LISA Institute explica como la neutralidad suiza, pilar histórico de su política exterior, fue puesta a prueba durante la Guerra Fría. Ante el temor a una ocupación o influencia soviética, Suiza desarrolló en secreto el Projekt-26, una red clandestina de resistencia diseñada para operar tras una hipotética derrota militar. Inspirado en las estructuras stay-behind occidentales, este proyecto reveló las tensiones entre seguridad nacional, neutralidad declarada y control democrático, planteando un debate clave sobre los límites del secreto de Estado en una democracia contemporánea.

Durante gran parte de la historia suiza, este pequeño país se ha caracterizado por su neutralidad. Esta fue formulada como un principio jurídico en sus postulados de política exterior. La caracterización de la misma se basaba en principios democráticos que trascendían (o lo intentaban) las tesituras ideológicas del siglo XX. Pero la Guerra Fría puso en jaque los límites pragmáticos de tal modalidad. La antagonización de bloques europeos (occidentales liberales y socialistas) devino en un ecosistema de inseguridad constante donde incluso países como Suiza hubieron de buscar una respuesta estratégica.

Así, este país (situado en el centro de Europa y entre medio de países miembros de ambos bloques ideológicos), no ignoraba una posible ocupación militar por parte de los soviéticos en un futuro o al menos: un intento de influencia. En ese momento, el oficialismo nacional propuso internamente que la doctrina tradicional de la neutralidad podría no ser respetada en caso de un conflicto a gran escala. De esta forma, las instituciones operativas suizas buscaron una respuesta sutil a tal problemática, sin llamar mucho la atención del bloque soviético ni tampoco relegando su imagen de país neutral.

Es en este contexto donde surge Projekt-26 (P-26). Este fue creado para propiciar una estructura clandestina de resistencia (militares, espías, civiles) que posibilitaría la trascendencia del Estado suizo más allá de una derrota militar convencional. Su nacimiento se integra en una lógica estratégica parecida a múltiples países del bloque occidental que formularon redes stay-behind. Aún con todo ello, el caso suizo fue paradójico por su aparente incompatibilidad con su narrativa oficial de neutralidad.

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Evolución del Projekt-26

El Projekt-26 se consolidó a finales de los setenta. Su creación no se definía por ser reaccionarismo improvisado, sino por tratarse de un proyecto nacional cuidadosamente trazado e integrado en el aparato de seguridad suizo. La finalidad era dar respuesta y operar en el escenario más contraproducente: la ocupación total o parcial del país por una potencia extranjera. Se puede afirmar, que se trataba del primer caso aplicado (a tal escala) de la prospectiva estratégica anticipatoria.

Así, a diferencia de las tropas regulares, el P-26 no se encontraba vinculado a la defensa territorial inmediata. Su función era temporal y empezaría justo cuando las estructuras más formales y visibles del Estado hubieran colapsado. Su misión central era garantizar la resistencia política y psicológica del país. Esta modalidad defensiva a posteriori de una posible derrota nacional influyó en su diseño estructural y su futura autonomía. 

Este proyecto fue desarrollado en un entorno de máximo secreto, conocido por un porcentaje mínimo de responsables institucionales y militares. Muchos de los políticos oficiales ni sabían de su existencia y su período de actividad fue entre 1970-1990.

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Formación en tierras extranjeras

El aspecto más controvertido del Projekt-26 fue la formación y educación de sus agentes en el extranjero (en gran parte: Reino Unido). Estas formaciones asumían tanto formas de supervivencia en contextos hostiles como técnicas de comunicación clandestina. A pesar de que no se haya demostrado una influencia subordinada a potencias occidentales por parte de Suiza,este tipo de cooperaciones generaron dudas sobre la supuesta neutralidad suiza. 

A su vez, este elemento opaco introducía una complejidad: mientras Suiza anunciaba su independencia estratégica, mantenía al mismo tiempo vínculos encubiertos con estructuras de seguridad occidentales. Este tipo de ambigüedades conllevaron la sospecha de que el P-26 se integraba en nodos de redes informales más amplios relacionados con las organizaciones stay-behind vinculadas a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en otros países europeos. Con todo ello, tal relación directa nunca fue confirmada, pero sí se sabe de posibles vínculos operativos de intercambio de inteligencia y militar con la Alianza.

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Estructura organizativa

El Projekt-26 se encontraba compuesto en gran parte por civiles y en menor medida por fuerzas de seguridad. Ambos sectores eran cuidadosamente seleccionados y reclutados vía procesos rigurosos. El perfil que se necesitaba no se caracterizaba por el combatiente tradicional, sino por individuos “grises” (integrados socialmente, con trayectorias profesionales estables y “normales en cuanto a sus intereses” como para no llamar la atención). Una vez aceptados e integrados en el P-26, estos agentes operaban fuera de la cadena de mando del ejército nacional.

La estructura de la organización basada su funcionamiento en células compartimentadas, donde los miembros tenían un conocimiento limitado entre ellos. Este modelo organizativo hundía sus raíces en los clásicos movimientos de resistencia clandestina o de partisanos para imposibilitar la desarticulación completa en caso de infiltración.

Pero a su vez, este mismo modelo reforzaba el carácter secreto y opaco del P-26. Esto, asimismo, alejaba a la organización de cualquier forma de transparencia, rendición de cuentas y supervisión democrática. 

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Descubrimiento del Projekt-26 y crisis democrática

El Projekt-26 fue descubierto en 1990 durante la Fichenaffäre. Los ficheros revelados posibilitaron un escándalo que desveló una vigilancia sistemática a gran parte de la población suiza por los servicios de inteligencia suizos. En este ecosistema de emergente desconfianza hacia las instituciones tradicionales, la existencia de una organización secreta promovió una indignación popular de gran magnitud.

La investigación por parte del Parlamento reconoció que el P-26 se creó con fines defensivos, pero criticó de forma estricta la ausencia de bases legales claras y la exclusión del propio Parlamento de cualquier forma control efectivo sobre una organización de ese calibre en una democracia contemporánea. 

El debate público posterior cuestionó hasta dónde la “excusa” de la seguridad nacional pueda justificar la relegación de la rendición de cuentas. La disolución del P-26 fue a su vez una medida estatal como un anuncio simbólico que buscaba la restitución de la confianza ciudadana.

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Legado del Projekt-26

Aunque el P-26 compartía características con otras redes stay-behind europeas, su distinción reside en haberse creado en un Estado oficialmente neutral. Esto revela como algunos momentos históricos y sus consecuentes necesidades geopolíticas pueden cambiar incluso a actores que aspiran a mantenerse al margen de los bloques ideológicos enfrentados.

El Projekt-26 fue siempre durmiente y no acabó de activarse, pero su importancia estratégica ha sido más que relevante. Su legado no debe leerse en posibles éxitos operativos, sino en la duda sobre los límites que pueden llegar a tener los secretos de Estado en una democracia. Por último, el caso suizo desvela que la singularidad de una democracia no se debe a la sola resistencia contra fuerzas externas hostiles, sino en el escrutinio transparente de sus propios mecanismos de seguridad para posibilitar la rendición de una democracia saludable.

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Chiíes y suníes: la fractura histórica que define la geopolítica del mundo islámico 

La división entre suníes y chiíes define la geopolítica de Oriente Medio y enfrenta hoy a los bloques de Irán y Arabia Saudí.  En este artículo, Eduardo Vieitez, alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, analiza por qué comprender estas claves es vital para entender los conflictos y las alianzas actuales.

En el tablero político y estratégico contemporáneo, pocas divisiones religiosas tienen un  impacto tan profundo y persistente como la que separa a suníes y chiíes. Aunque a menudo  se presenta en Occidente como una brecha meramente teológica, su influencia trasciende lo  doctrinal y se proyecta de lleno en la arquitectura geopolítica de Oriente Medio y, por  extensión, en la política global.

Entender el origen, las ramificaciones y la evolución de esta  fractura es fundamental para interpretar conflictos actuales, alianzas inesperadas y movimientos transnacionales como el salafismo o el yihadismo global. 

La disputa sucesoria entre chiíes y suníes que modeló imperios

La distinción entre islam suní e islam chií nace en el año 632, tras la muerte del profeta  Mahoma. El debate sobre quién debía sucederlo como líder de la comunidad musulmana no  fue menor: se trataba de definir el modelo de legitimidad política en una religión que nacía fusionada con el poder temporal. 

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Para los futuros suníes, el liderazgo debía recaer en la persona más capacitada y aceptada por  la comunidad, lo que condujo a la designación de Abu Bakr, compañero cercano de  Mahoma, como primer califa. Para los chiíes, en cambio, la autoridad debía seguir la línea  familiar del Profeta. Su candidato legítimo era Alí ibn Abi Tálib, primo y yerno de Mahoma.  De aquel desacuerdo inicial surgió una división que, con el tiempo, se convertiría no solo en  una separación religiosa sino también en una orientación cultural, política e incluso  civilizatoria. 

Las batallas de Siffín (657) y Karbalá (680) consolidaron la ruptura. Esta última, en la que  murió Huséin, hijo de Alí, es el punto fundacional de la identidad chií: un relato de martirio,  injusticia y resistencia frente al poder ilegítimo. Los suníes, por su parte, desarrollaron un  modelo de comunidad cohesionada en torno al consenso y la tradición profética, bases de una  identidad más orientada hacia la unidad y la estabilidad política. 

Con el tiempo, la divergencia se expandió y cristalizó en dos grandes culturas religiosas. Pero  el islam nunca se limitó a esas dos ramas. A lo largo de los siglos, surgieron movimientos  paralelos, corrientes místicas y escuelas jurídicas que enriquecieron (y en ocasiones  tensaron) el panorama islámico. 

Demografía de una fractura global 

Hoy, aproximadamente el 85 % de los musulmanes son suníes, mientras que los chiíes  representan entre el 10 % y el 15 %. Su distribución, sin embargo, no es homogénea. Irán,  Irak, Azerbaiyán y Bahréin cuentan con mayorías chiíes; Líbano, Yemen y Siria tienen  minorías decisivas para la correlación de poder regional. Arabia Saudí, Egipto, Turquía, Pakistán e Indonesia (pilares políticos y demográficos del mundo islámico) son de  mayoría suní. 

Esta distribución ha configurado una geopolítica marcada por dos ejes: 

  • Un bloque suní, liderado tradicionalmente por Arabia Saudí y más recientemente  influido por Turquía y Catar. 
  • Un eje chií, articulado por Irán y sus aliados políticos y milicianos (Hezbolá en el  Líbano, los hutíes en Yemen, diversas milicias chiíes iraquíes y la relación estratégica  con el régimen sirio).

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Pero reducir la compleja realidad musulmana a una lucha entre bloques sería simplificar en  exceso. Dentro del sunismo existen corrientes muy diversas (desde el sufismo hasta el  wahabismo), y dentro del chiísmo conviven múltiples ramas, desde los duodecimanos (los  más numerosos) hasta los ismailíes o los zaidíes. Esta diversidad es clave para entender por  qué no existe una única voz islámica ni un único destino político derivado de la religión. 

El islam suní: pluralidad jurídica y hegemonía política 

El sunismo se organiza en torno a cuatro grandes escuelas jurídicas: hanafí, malikí, shafií y  hanbalí, cada una con interpretaciones variadas de la ley islámica (sharía). Esta diversidad  jurisprudencial permitió históricamente una mayor adaptación a las realidades locales, desde  el Magreb hasta el Sudeste Asiático. 

Sin embargo, la corriente que más ha influido en la política contemporánea es la hanbalí,  especialmente a través de su versión reformista más estricta: el wahabismo, surgido en la  península arábiga en el siglo XVIII. Impulsado por la alianza entre la familia Al Saud y el  predicador Muhammad ibn Abd al-Wahhab, este movimiento promovió una lectura literalista y puritana de las fuentes islámicas, rechazando tanto el sufismo como las prácticas  consideradas innovaciones (bid‘a).

El wahabismo adquirió notoriedad global tras el auge petrolero de Arabia Saudí, que financió  mezquitas, imanes y centros culturales en todo el mundo. Su influencia ideológica es uno de  los cimientos del salafismo contemporáneo y, en algunos casos, de las narrativas que  inspiraron movimientos yihadistas, aunque Riad ha emprendido reformas recientes y una  estrategia de contención del extremismo. 

El islam chií: martirio, autoridad religiosa y resistencia política 

El chiísmo, por su parte, se estructura en función de diferentes interpretaciones de la sucesión  legítima de los imames. El grupo más numeroso es el duodecimano, dominante en Irán e  Irak, que cree en una línea de doce imames descendientes de Alí, el último de los cuales (el  Mahdí) se encuentra en ocultación y regresará al final de los tiempos.

La figura del ayatolá, especialmente desde la revolución iraní de 1979, ha otorgado al  chiísmo un sistema jerárquico de autoridad religiosa mucho más visible que en el sunismo.  Esta estructura ha permitido a Irán articular una red político–militar de influencia regional  sustentada en vínculos doctrinales, solidaridad comunitaria y un relato compartido de  resistencia frente al poder hegemónico suní y occidental. 

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A diferencia del wahabismo, el chiísmo duodecimano incorpora elementos místicos y  filosóficos en su teología, y mantiene un fuerte énfasis en la justicia social, la memoria del  martirio y la legitimidad moral de la insurgencia frente a la opresión. Estas características han  alimentado movimientos político–militares como Hezbolá, que combina una identidad  religiosa chií con una estrategia geopolítica pragmática y militarmente sofisticada. 

Más allá del binarismo: otras ramas del islam 

El sufismo

El sufismo, presente tanto en el mundo suní como chií, apuesta por un camino interior hacia Dios a través de órdenes (turuq), rituales espirituales y un fuerte énfasis en la experiencia  directa de lo divino. Aunque históricamente tolerado, en las últimas décadas ha sido objeto de  persecución por parte de corrientes salafistas que lo consideran una desviación. 

Los ismailíes 

Una rama chií más esotérica y con liderazgo centralizado en torno al Aga Khan. Su presencia  es minoritaria pero influyente, especialmente en Asia Central y África Oriental, donde han  promovido proyectos educativos y de desarrollo. 

Los zaidíes 

Mayoría en el norte de Yemen, con una interpretación del islam chií más cercana al sunismo  en aspectos jurídicos. Su rama política más conocida en el presente es el movimiento hutí,  actor protagonista en el conflicto yemení. 

Estas otras corrientes complejizan la imagen de una supuesta unidad monolítica dentro de  cada bloque y evidencian que la distribución de poder en el mundo islámico responde tanto a  factores históricos como a condiciones locales y alianzas contingentes. 

Salafismo y yihadismo: corrientes transnacionales con impacto global

El salafismo: retorno a los orígenes 

El salafismo es un movimiento de reforma surgido en los siglos XIX y XX que propone un  retorno a la práctica de los «piadosos antecesores» (salaf al-salih). Aunque se inspira en el  hanbalismo, no es idéntico al wahabismo, aunque ambos comparten un literalismo riguroso.  El salafismo tiene tres vertientes:

  1. Salafismo quietista: centrado en la vida religiosa, evita la política. 
  2. Salafismo político: busca transformar el Estado a través de medios legales o  electorales. 
  3. Salafismo yihadista: legitima la violencia como vía para instaurar un Estado islámico  puro. 

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El salafismo, en sus múltiples formas, se ha expandido influido por financiamiento de Estados del Golfo, redes educativas, la globalización digital y, en cierto momento, la guerra  fría, en la que Occidente respaldó movimientos islámicos conservadores como contrapeso al  comunismo. 

El yihadismo global 

El yihadismo no es una rama del islam, sino una interpretación ideológica–militar que  instrumentaliza el concepto de yihad (tradicionalmente entendido como esfuerzo personal o  defensa comunitaria) para justificar la lucha armada. Sus dos referentes principales: 

  • Al Qaeda, surgida en Afganistán tras la invasión soviética, se transformó en una red  global a partir de los años 90. 
  • Daesh (ISIS), nacido de los restos de Al Qaeda en Irak, proclamó un «califato» en  2014 y llevó la violencia a una escala sin precedentes. 

Ambos movimientos se apoyan en interpretaciones extremas del salafismo, pero han chocado  incluso con los propios salafistas quietistas y con el wahabismo oficial de Arabia Saudí. El yihadismo también ha provocado reacciones políticas severas, desde guerras internacionales  hasta reformas profundas en sistemas de vigilancia y estrategias de seguridad interna de  decenas de países. 

Geopolítica de la división: Irán y Arabia Saudí frente a frente 

Aunque la fractura suní–chií no explica por sí sola todos los conflictos de Oriente Medio, sí  constituye una línea de tensión persistente. Arabia Saudí e Irán son los polos opuestos de  esta rivalidad. Ambos países combinan ideología religiosa, ambición regional y dinámica de  poder interno para proyectar influencia: 

  • Irán, con una narrativa de resistencia antiimperialista, ha consolidado un «arco chií»  que abarca Líbano, Siria, Irak y Yemen. Su estructura de milicias aliadas le permite  actuar mediante guerras híbridas, evitando enfrentamientos directos. 
  • Arabia Saudí ha buscado contrarrestar esa expansión apoyando a actores suníes y  financiando corrientes religiosas afines. Su alianza estratégica con Estados Unidos ha  sido una de las bases de su política exterior, aunque en años recientes ha tomado una  ruta más autónoma bajo el liderazgo del príncipe heredero Mohammed bin Salman. 

El acercamiento diplomático de 2023 entre ambos países, mediado por China, abrió una  ventana de distensión, pero las tensiones estructurales se mantienen, especialmente por los conflictos en Yemen, Siria y Líbano, así como por la lucha por la primacía ideológica en el  islam global. 

El peso de la identidad religiosa en los conflictos contemporáneos 

Varias guerras del siglo XXI han sido interpretadas superficialmente como «conflictos religiosos» entre suníes y chiíes. Pero, en realidad, la religión ha funcionado como marcador  identitario superpuesto a luchas por recursos, poder o influencia geopolítica. 

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  • Irak, tras la caída de Sadam Husein en 2003, experimentó una guerra civil donde la  rivalidad sectaria se mezcló con el colapso estatal y la intervención extranjera.
  • Siria, desde 2011, se convirtió en un escenario donde Irán y Hezbolá apoyaron a un  gobierno dominado por la minoría alauí (vinculada al chiísmo), mientras Turquía,  Arabia Saudí y Catar respaldaban a facciones suníes. 
  • Yemen vive una guerra de poder indirecto donde los hutíes zaidíes (respaldados por  Irán) combaten a una coalición liderada por Arabia Saudí. 

Pero incluso en estos conflictos, la lógica no es religiosa en esencia. Es geopolítica: la religión opera como vehículo de movilización, legitimación y alineamiento entre actores estatales y no estatales.

Europa, África y Asia: ecos globales de una división regional 

Las tensiones entre suníes y chiíes también han repercutido fuera de Oriente Medio: 

  • Europa se ha convertido en territorio de competencia ideológica entre redes salafistas  y comunidades chiíes transnacionales, en el contexto de la inmigración y las  diásporas. 
  • África occidental ha visto el crecimiento de grupos yihadistas como Boko Haram,  inspirados por la narrativa salafista-yihadista, mientras en el Cuerno de África Irán ha  buscado influencia a través de comercio y diplomacia.
  • En Asia meridional, Pakistán y Afganistán han vivido episodios de violencia sectaria  alimentados por rivalidades regionales y dinámicas insurgentes.
  • En el sudeste asiático, países como Indonesia o Malasia han experimentado tensiones  entre corrientes tradicionales moderadas y movimientos salafistas financiados desde  el Golfo.

La división suní–chií, pese a tener raíces teológicas, se ha convertido así en un fenómeno  global, modelado por intereses estratégicos, rutas comerciales, discursos identitarios y la  interacción entre Estados y actores no estatales

Chiíes y suníes y la fractura religiosa con resonancias políticas

Comprender el islam contemporáneo exige superar la tentación de reducirlo a un conflicto milenario entre suníes y chiíes. Aunque esa división existe y es fundamental, su impacto en la 

política internacional se debe tanto a factores modernos (como el colonialismo, la Guerra  Fría, el auge del petróleo o la aparición del yihadismo global) como a la historia religiosa. 

Hoy, la región se encuentra en un momento de transición: Arabia Saudí busca modernizarse y  distanciarse de la rigidez wahabita; Irán navega grandes presiones internas y externas; Turquía aspira a recuperar influencia en el mundo suní; y los movimientos yihadistas, aunque  debilitados territorialmente, siguen activos en múltiples regiones. 

En ese contexto, la diferencia entre suníes y chiíes seguirá siendo una pieza clave para interpretar alianzas, rivalidades y conflictos. Pero solo es una de las capas de un entramado  político mucho más complejo, donde religión, poder, identidad y geoestrategia se entrelazan  de un modo que desafía cualquier simplificación.

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¿Qué es Asia Central y qué países abarca?

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Ese artículo explica qué es Asia Central, dónde se localiza y qué países la integran, con el contexto necesario para entender su importancia histórica y política.

Asia Central es una de esas regiones que cuesta situar con precisión, aunque haya tenido un papel decisivo en la historia de Eurasia. Durante siglos fue tierra de paso, de comercio y de encuentros culturales, mucho antes de que existieran los Estados que hoy aparecen en los mapas.

Actualmente, su nombre sigue generando dudas. ¿Dónde empieza y dónde termina? ¿Qué países la forman exactamente? Para responder, hay que combinar geografía, historia reciente y algo de contexto político.

¿Qué es Asia Central y qué países abarca?

Asia Central es una subregión del continente asiático situada entre el mar Caspio y el oeste de China, sin salida directa al mar y con un territorio dominado por estepas, desiertos y grandes cordilleras.

Desde el punto de vista político actual, la región la forman cinco países que compartieron durante décadas una misma estructura estatal dentro de la Unión Soviética.

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Estos Estados surgieron como países independientes en 1991 y, aunque mantienen vínculos históricos, culturales y económicos entre sí, han seguido caminos muy distintos. El núcleo de Asia Central lo integran KazajistánUzbekistánTurkmenistánTayikistán y Kirguistán.

Kazajistán

Es el país más grande de Asia Central y el principal motor económico de la región. Su territorio se extiende entre Europa y Asia, con enormes reservas de petróleo, gas y minerales. Esa riqueza explica buena parte de su peso político. En los últimos años ha impulsado reformas limitadas, aunque el poder sigue muy concentrado y el margen para la oposición resulta reducido.

Uzbekistán

Situado en el corazón de la región, Uzbekistán es el país más poblado de Asia Central. Ciudades como Samarcanda o Bujará recuerdan su papel clave en las antiguas rutas comerciales. Hoy atraviesa un proceso de apertura económica y social que busca atraer inversión extranjera y reducir la pobreza, aunque parte de niveles de renta más bajos que Kazajistán.

Turkmenistán

Turkmenistán destaca por su fuerte aislamiento internacional y por una economía casi totalmente dependiente del gas natural. El Estado controla de forma estricta la vida política y la información, lo que dificulta conocer con precisión su situación interna. A pesar de contar con grandes recursos energéticos, el país sigue siendo uno de los más cerrados del mundo.

Tayikistán

Es el más pequeño y montañoso de los cinco. Su economía depende en gran medida de las remesas enviadas por trabajadores en el extranjero. La proximidad con Afganistán condiciona su seguridad y su política interior, marcada por un fuerte control del poder y escaso espacio para la disidencia.

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Kirguistán

Kirguistán ha tenido tradicionalmente un sistema político más plural que el de sus vecinos, aunque con episodios frecuentes de inestabilidad. Su economía se apoya en la minería de oro, la agricultura y el comercio con China. Aun así, sigue siendo uno de los países más frágiles de la región en términos económicos.

Asia Central, lejos de ser un bloque homogéneo, reúne realidades muy distintas bajo una misma etiqueta geográfica. Entenderla pasa por observar sus países uno a uno y por asumir que su papel en el tablero internacional sigue abierto y en evolución constante.

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La CIA en España: influencia, cooperación y límites del poder estadounidense

Durante la segunda mitad del siglo XX, la presencia de la CIA y de los servicios de inteligencia estadounidenses en España configuró una relación marcada por la cooperación, la vigilancia y una profunda asimetría de poder. Desde los Pactos de Madrid y la Guerra Fría hasta la Transición y la lucha antiterrorista, esta interrelación influyó en ámbitos clave de la política y la seguridad nacional. En este artículo, Artiom Vnebraci Popa, alumno del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo de LISA Institute analiza sus límites, tensiones y efectos reales sobre la soberanía española

La interrelación entre los servicios de inteligencia estadounidenses (en particular: la Central Intelligence Agency) es una de las dinámicas más complejas en suelo nacional español de la segunda mitad del siglo XX. Desde que la Segunda Guerra Mundial terminó hasta la consiguiente Transición, Estados Unidos configuró una presencia en el territorio español que combinaba intercambio de inteligencia, seguimiento político y cooperación militar. Pero tal presencia no puede considerarse como colaboración entre aliados iguales, sino como interacción asimétrica de poder supeditada a los intereses estratégicos de los estadounidenses. 

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Del aislamiento a la integración “subordinada” 

Entre la Guerra Civil y el fin de la Segunda Guerra Mundial, el régimen ultranacionalista de Franco quedó en cierto aislamiento internacional al ser vinculado a las potencias del Eje derrotadas. Pero el nuevo terreno de la Guerra Fría recalibró rápidamente la geoestrategia mundial. De esta forma, Estados Unidos priorizaron la lucha anticomunista al apaciguamiento y prevención del neonazismo adaptado al nuevo modelo liberal. Esto llevó a considerar a España como nuevo aliado “natural”, al tener una posición profundamente corporativista y anti-lucha social. Así, los Pactos de Madrid de 1953 formalizaron esta coordinación entre Estados Unidos y España al permitir el intercambio de inteligencia y formación técnica por la instalación de bases militares estadounidenses en Rota, Torrejón, Zaragoza y Morón. 

Estas bases representaban la cooperación militar internacional, pero una lectura más profunda reflejaría una realidad más realista para España: la asimetría de poder que dotaba a Estados Unidos de amplio movimiento y capacidades tácticas en suelo nacional. 

A su vez, como ya se mencionó con anterioridad, Estados Unidos (y, por ende: la CIA) colaboró con los servicios de información españoles en ámbitos de contrainteligencia, vigilancia interna y seguimiento de núcleos considerados pro-soviéticos (como el Partido Comunista de España, sectores mineros u obreros, exiliados políticos y los universitarios). Esta cooperación generaba una dependencia parcial y minimizaba a España en cuestiones de políticas públicas de seguridad.

Como broche de oro, la visita de Eisenhower a España en 1959 formalizó la justificación internacional del franquismo como estrategia necesaria en el ámbito occidental y ratificó los pactos operativos basados en la lucha anticomunista. 

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La Transición española: influencias internas y externas

A raíz de la muerte de Francisco Franco, la Transición se definió por ser un proceso multidimensional donde actores internos, instituciones españolas y el seguimiento del mando estadounidense fueron características base de interrelación.

Cabe destacar, según algunos autores, el hecho que Vernon Walters (subdirector de la CIA en los años 70) influyese en parte de la Transición como una operación planificada. No existe base historiográfica para confirmarlo más allá de la especulación, pero lo que sí es real es el monitoreo de Estados Unidos acerca de los acontecimientos políticos españoles de aquel entonces, y el mantenimiento de canales de comunicación e influencia con sectores estratégicos del nuevo Estado español.

A su vez, la elección de Juan Carlos I como sucesor e hijo del régimen respondió a juicios de legitimidad institucional, aunque también resultó correlacionado con los intereses norteamericanos y occidentales. Su política de paraguas, su apertura a la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) y su imagen de diplomacia discreta revelaron cierta influencia occidental en su alineamiento exterior.

A su vez, la evolución de los partidos políticos durante la Transición fue un proceso interesante. Algunos coordinadores asociados a la CIA aconsejaron al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) mantener un socialismo moderado de corte europeísta y alejarse de la lucha de clase comunista. El Secretario General Felipe González promovió contactos y acercamientos a empresas e instituciones norteamericanas, francesas, alemanas, inglesas e israelíes.

Estas, a su vez, no moldearon las directrices del partido en el sentido estricto de manipulación o de control,pero sí influyeron en la estructuración de este en el nuevo teatro occidental globalizado. El objetivo base era desviar y frenar el discurso revolucionario del Partido Comunista de España (PCE), garantizando una transición atlantista y prooccidental.

Por otro lado, el mismo PCE apostó por el eurocomunismo de Santiago Carrillo. Tal postura promovió un distanciamiento de la Unión Soviética y permitió su integración parcial en la nueva política española sin acceder directamente al poder ejecutivo. Así, el discurso de clase fue vaciado de sentido y archivos desclasificados de la CIA confirman influencia informativa de la agencia en algunas de este tipo de decisiones ideológicas.

Por otro lado, y a raíz de múltiples bulos, nunca se ha demostrado contacto de influencia hacia el presidente de la Transición Adolfo Suárez (de hecho, ni se le incluyó en informes iniciales por parte de la inteligencia estadounidense como candidato a la presidencia).

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El 23-F

El golpe de Estado fallido del 23 de febrero de 1981 representó un punto crítico para las nuevas arcas democráticas. Existen indicios y registros de que algunos representantes y agentes de inteligencia de los servicios estadounidenses tenían conocimiento de ciertos movimientos militares sublevados. A pesar de ello, esto fue un caso aislado donde la posición oficial de Estados Unidos respaldó la legalidad constitucional y el papel del Rey como garante del proceso democrático. Esto demuestra la limitación de la posible influencia norteamericana y afirma una agencia por parte de España a la hora de conservar el poder para resolver sus conflictos internos.

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Cooperación y tensiones entre España y la CIA (1980 – actualidad)

Desde la victoria del PSOE y su institucionalización en 1982, las dinámicas entre el Estado español y los servicios de inteligencia estadounidenses variaron entre la cooperación y la tensión. La Operación Gino (1984) reveló movimientos de espionaje estadounidense fuera de los marcos legales internacionales. Se buscaba ampliar la información sobre el vicepresidente Alfonso Guerra en aquel entonces para una posible influencia futura. Esto derivó en la expulsión simbólica de algunos agentes, aunque, sobre todo, generó preocupación sobre la soberanía española. Ello evidenció la complejidad de la presencia de inteligencia extranjera en el país.

Aún y a pesar de estas tesituras, la colaboración entre ambos continuó en el ámbito de contraterrorismo tanto de la ETA como del Magreb. Por ejemplo, la Operación Sokoa (1986) desarticuló redes financieras de la organización vasca gracias al seguimiento electrónico de armas y material. España también se formó en técnicas de otros servicios extranjeros, como el Mossad israelí (gracias a la intervención norteamericana y su puesta en contacto).

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la cooperación internacional evolucionó a un nuevo nivel. El Estado español se integró en operaciones antiterroristas y el territorio nacional se usó para escalas técnicas de vuelos de la CIA relacionados con detenciones en el extranjero (denominadas como extraordinary renditions). Investigaciones del Parlamento Europeo y del Consejo de Europa confirmaron la presencia de estos vuelos, algunos vinculados a la práctica de tortura, aunque la participación directa del Gobierno español sigue siendo objeto de debate.

Por último, durante esta década, el Estado español ha expulsado a tres espías estadounidenses (y solicitado la expulsión de un cuarto) al revelar que estos dieron sobornos por información sensible y clasificada a dos agentes del CNI. 

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Conclusiones: influencia, límites y soberanía 

La historia de los últimos cincuenta años de cooperación en inteligencia entre Estados Unidos y España posibilita la extracción de algunas conclusiones fundamentales. Por un lado, la influencia de los norteamericanos tanto formal como informalmente fue real y significativa en algunos momentos estratégicos (como en la Guerra Fría y la Transición), pero no se tradujo en un control mayoritario sobre los procesos políticos internos del país íbero. La CIA condicionó ciertas dinámicas y facilitó recursos informativos, pero la agencia de las instituciones españolas fue determinante.

Asimismo, la relación evolucionó con los cambios internacionales (como el fin de la Guerra Fría y la lucha antiterrorista global) y con transformaciones en el Estado español, como la consolidación democrática y la integración europea. La historia de la CIA en España refleja una intervención estratégica y cooperación bilateral con grados variables de influencia, en la que las instituciones internas mantuvieron su capacidad de decisión y la soberanía nacional jugó un papel esencial. Reconocer esta presencia no implica negar la agencia de los actores españoles ni la legitimidad de los procesos democráticos, pero sí obliga a considerar la dimensión internacional como un factor explicativo fundamental en la historia contemporánea de España.

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