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Trinidad y Tobago: la convergencia entre pandillas, narcotráfico y yihadismo en el Caribe

Análisis

Andrés Fuentealba
Andrés Fuentealba
Periodista y Máster en Análisis Internacional y Geopolítico de LISA Institute. Investigo para comprender y difundir conocimientos sobre el mundo arabo-islámico, con particular hincapié en entender el fenómeno del yihadismo y sus implicaciones sociales, económicas y políticas a nivel global.

Trinidad y Tobago representa un fenómeno único en Latinoamérica: este desconocido país caribeño mezcla pandillas, narcotráfico, yihadismo y rutas de tráfico ilícito en un mismo ecosistema criminal. En este artículo, el alumni del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, Andrés Fuentalba explica cómo esta combinación de amenazas ha convertido al país en un foco estratégico de inestabilidad y crimen transnacional.

A apenas once kilómetros de la costa venezolana (doce minutos de lancha rápida desde el puerto de Güiria), este archipiélago de 1,5 millones de habitantes concentra una combinación inédita en el hemisferio: el único intento de golpe de Estado islamista del mundo occidental, la mayor tasa per cápita de combatientes que viajaron al Estado Islámico fuera del cinturón euroasiático, y un récord histórico de 624 homicidios en 2024 que obligó a decretar tres estados de emergencia consecutivos.

Para entender este fenómeno, hay que remontarse al cruce entre tres factores fundamentales: la islamización de ciertas zonas del país, la consolidación de un ecosistema criminal multiétnico y una privilegiada posición geográfica para las rutas de narcotráfico en el Caribe.

Historia del islam en Trinidad y Tobago

El islam llegó a Trinidad con los africanos esclavizados, pero su presencia continua arranca con la inmigración de 1845-1917, cuando, según los Archivos Nacionales, aproximadamente 147.500 trabajadores indios fueron traídos a las plantaciones tras la abolición de la esclavitud.

La mayoría eran musulmanes hanafíes del norte de India (regiones de Uttar Pradesh y Bihar) que reprodujeron en el Caribe las costumbres religiosas de su tierra natal, levantando mezquitas y jamaats en cada concentración significativa. De esa matriz nacieron organizaciones moderadas como la TIA, primera entidad musulmana constituida legalmente en 1926, hoy integradas al tejido social trinitense.

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Una segunda corriente, mucho más reciente y conflictiva, surgió entre los afrotrinitenses convertidos. En 1969, Lennox Philip —personaje clave en la historia reciente de Trinidad y Tobago— abrazó el islam tras la visita de un predicador egipcio, viajó a Canadá y luego a la Libia de Gadafi, donde recibió entrenamiento y financiamiento.

De vuelta a la isla, ya como Yasin Abu Bakr, fundó en los ochenta el Jamaat al Muslimeen (JAM), una hermandad afro-musulmana inspirada inicialmente en la Nación del Islam y desplazada luego hacia el salafismo. El islam afrotrinitense se convirtió, en sus propias palabras, en un «vehículo revolucionario» para una comunidad que percibía al Estado poscolonial como ajeno y opresor. 

Crimen organizado en Trinidad y Tobago

Esa misma comunidad afrodescendiente había acumulado un sustrato de radicalismo previo. La Revolución del Black Power de 1970, liderada por el National Joint Action Committee de Makandal Daaga, y la guerrilla marxista National Union of Freedom Fighters (NUFF) (inspirada en el Che Guevara, derrotada militarmente en 1974) dejaron al descubierto que la independencia de 1962 no había transformado las jerarquías económicas: los recursos del país estaban en manos de capitales extranjeros, los terratenientes seguían siendo blancos y los barrios afrotrinitenses del corredor Este-Oeste seguían siendo los más pobres de la isla.

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El colapso del precio del petróleo en 1986 profundizó esa fractura y, simultáneamente, los cárteles de Medellín y Cali descubrieron que Trinidad era el trampolín ideal como ruta de narcotráfico hacia el resto del Caribe y Europa. En esa década, el narcotraficante indo-trinitense Nankissoon Boodram «Dole Chadee» se posicionó como una de las figuras clave del crimen organizado en la región.

Su red de complicidades con funcionarios del más alto nivel (incluidos jefes de policía) consolidó un entramado criminal que terminó por exponer la privilegiada posición geográfica del archipiélago. 

Chadee fue ahorcado en 1999 por la masacre de la familia Baboolal. El sociólogo Daurius Figueira ha sostenido en Cocaine and Heroin Trafficking in the Caribbean (2004) la tesis controvertida de que, detrás de su caída, operaba una «organización sirio-libanesa» dedicada al menudeo de crack en el Corredor Este-Oeste que habría cooperado con la DEA para neutralizar a sus rivales afro e indo-trinitenses. Esa comunidad sirio-libanesa se mantiene hoy como una élite económica fundamental, con presencia concentrada en sectores clave del país. 

En cuanto al cruce entre yihadismo y crimen organizado, el punto de inflexión se dió el 27 de julio de 1990: 114 hombres del JAM tomaron el Parlamento y la televisión estatal, hirieron de bala al primer ministro A.N.R. Robinson y se rindieron tras seis días al amparo de una amnistía. Veinticuatro muertos. Cero condenas. Décadas después, las pandillas que dominan Trinidad (Rasta City y The Muslims, con sus escisiones Sixx, Seven y Unruly ISIS) siguen organizadas en torno a esa fractura religioso-identitaria forjada en los noventa.

Situación actual

La radicalización se globalizó entre 2013 y 2016: al menos 130 trinitenses (y hasta 240 según el académico Simon Cottee) viajaron a Siria e Irak para unirse al Estado Islámico, situando al país en la mayor tasa per cápita del hemisferio occidental. No obstante, tras la muerte de Abu Bakr en octubre de 2021, el JAM nombró imán a Sadiq al-Razi, que ha replegado al grupo hacia el trabajo social y la despolitización, contribuyendo a la caída de los indicadores de radicalismo y reclutamiento yihadista en el país.

Con 624 homicidios en 2024 y un 43,68% atribuido a pandillas según InSight Crime, la primera ministra Kamla Persad-Bissessar (UNC) decretó dos estados de emergencia consecutivos en 2025 y un tercero en marzo de 2026, alineándose sin reservas con la Operación Southern Spear de Donald Trump. La política trumpista convirtió al archipiélago en plataforma logística contra Venezuela y le devolvió la licencia OFAC sobre el yacimiento Campo Dragón.

Pero la apuesta es alta. El ecosistema que combina pandillas, narcotráfico y yihadismo no ha sido desmontado: solo está contenido. Trinidad y Tobago ha jugado con fuego al apostar todo a un aliado como la administración Trump, cuya política errática hace verosímil un repliegue regional (incluso una eventual normalización con la Venezuela de Delcy Rodríguez) que dejaría abandonado a un socio que arrastra fracturas internas profundas, desde el crimen organizado hasta su propia política interior.

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