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Musk promete abundancia, el trabajo va a ser opcional

Análisis

Ingrid Amador
Ingrid Amador
Ingrid Amador es fundadora de NexuForesight, consultora de prospectiva estratégica que opera en el nexo LATAM-Iberia. Con 27 años de trayectoria internacional, ha liderado operaciones en finanzas corporativas, desarrollo de negocios para América Latina - España y transformación digital. Cursó su MBA con énfasis en Finanzas y su B.B.A., ambos Summa Cum Laude en ULACIT (Costa Rica), y completó el Máster en Internet Business en ISDI Barcelona, donde obtuvo el mejor proyecto final de su promoción. Actualmente cursa el Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo en LISA Institute. Trabaja en dos frentes: ayuda a organizaciones y ejecutivos a diseñar e implementar estrategias de expansión en el nexo LATAM-Iberia, y comienza a desarrollar su práctica prospectivista, orientada a detectar señales débiles, anticipar riesgos y explorar futuros plausibles para que líderes y organizaciones tomen mejores decisiones hoy.

Elon Musk asegura que en pocos años la inteligencia artificial hará innecesario el trabajo humano. Pero su relato deja sin resolver quién controla la producción, qué pasa mientras tanto con quienes pierdan su ingreso, y qué le ocurre a una sociedad que deja de necesitar pensar. En este artículo, la alumna del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo, Ingrid Amador, analiza los puntos ciegos de esa promesa.

El 20 de julio de 2026, en la Gigafactory de Tesla en Texas, Zanny Minton Beddoes grabó para The Economist la primera entrevista larga de Elon Musk tras la salida a bolsa de SpaceX. Ochenta y cinco minutos. De todo lo que dijo, una predicción ha circulado más que ninguna otra, seguramente por lo fácil que resulta resumirla: en unos cinco años la inteligencia artificial superaría la suma de la inteligencia humana, en 2036 el dinero habría dejado de importar y trabajar sería opcional. Musk lo formula con esas palabras. «El trabajo va a ser opcional».

Conviene recorrer el argumento completo antes de discutirlo.

Dos inteligencias

Cuando construye su economía del futuro, Musk no habla solo de inteligencia artificial. Distingue entre inteligencia digital e inteligencia física. La digital es la que ya existe, avanza cada semana y sigue confinada a su plano porque le faltan efectores finales, manos con las que actuar. La física es esa misma inteligencia manifestada en materia: robots humanoides con algo de inteligencia local para los reflejos, gobernados por un modelo grande que vive fuera de ellos, en un centro de datos. Sumadas las dos, sostiene, se obtiene una economía prácticamente ilimitada. Y si la producción no tiene techo, la escasez que el dinero administra desaparece.

Beddoes le recuerda que los robots humanoides todavía no tienen esa capacidad. Musk lo admite y mantiene el mismo plazo.

¿De qué vive la gente?

Si los robots hacen el trabajo, ¿de qué vive quién lo pierde? Beddoes lo pregunta tres veces, con palabras distintas. Musk responde que el Tesoro emita cheques. Ella objeta lo evidente, que repartir dinero sin más genera inflación. Él contesta que muchas de las categorías con las que pensamos hoy dejarán de ser pertinentes, la inflación no es más que la proporción entre dinero y bienes, de modo que si la producción crece de forma extrema, se puede crear dinero, no imprimirlo. Puede anotarse en la base de datos, siempre que esa creación vaya por debajo del crecimiento de la producción. Su pronóstico es el inverso del que ella teme. «La deflación será el problema, no la inflación». Sobre impuestos, añade que ya paga mucho y que en un futuro donde el dinero es irrelevante, la tributación también lo será.

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El trabajo, entonces, queda como afición. Metafóricamente, lo compara con cultivar tomates en el jardín: nadie lo necesita, cualquiera los compra hechos, y aun así hay quien los planta porque le gusta, aunque le salgan peores.

El ritmo del desplazamiento

Musk admite que el camino será accidentado. Desde el software ya sitúa a la máquina por encima del noventa por ciento de los profesionales, camino de lo que llama nivel Stockfish, el motor de ajedrez que gana a cualquier campeón desde un teléfono. Extiende eso al resto de oficios. «La IA podrá hacer cualquier trabajo mejor que cualquier persona«. Su precedente histórico es la palabra computer, que antes designaba a personas calculando a mano en edificios enteros, con la salvedad, dice, de que ahora el cambio va mucho más rápido.

Los límites materiales

El propio Musk describe con precisión los cuellos de botella. Fuera de China, electricidad, refrigeración y equipamiento eléctrico. Dentro de China, chips. Además, sostiene que China ya produce más electricidad que Estados Unidos, Europa e India juntos y que está más cerca de resolver la litografía de lo que se cree. De ahí su interés en llevar centros de datos a la órbita.

Poder y control

Beddoes le presiona sobre su control accionarial tras la salida a bolsa y sobre el riesgo de hombre clave. Se compara con Alphabet y Meta y defiende que ese control le permite invertir a diez años sin la presión del trimestre. Sobre quién manda en última instancia, responde que sería vanidad creer que él dirigirá a una superinteligencia. Al final de la conversación, preguntado por sus predicciones, invoca el efecto Casandra, invoca que no es infalible, pero que «mi promedio de acierto es muy alto para un humano», y que lo que anuncia se cumplirá aunque quizá no en el plazo exacto que calculó.

Lo que la entrevista deja sin resolver

El escenario deja tres vacíos. 

La primera es la travesía. Entre el desplazamiento y la producción ilimitada media un intervalo que nadie ha fechado, presupuestado ni asignado a ninguna institución, y el cheque del Tesoro es todo lo que se ofrece para cubrirlo. El precedente que él mismo elige podría jugar en su contra, pues la sustitución de los calculistas tardó décadas y dio tiempo a que nacieran oficios nuevos, mientras que su tesis central es que ahora el ritmo se ha disparado. El ingreso se pierde primero. La abundancia, si llega, llega después.

El segundo es la propiedad, Beddoes lo intenta tres veces. Le pregunta si venderá los robots o producirá con robots que controla, y él se desvía hacia el control de la inteligencia artificial, como ya se mencionó anteriormente, sería vanidad, dice, creer que dirigirá a una superinteligencia. Le pregunta si harán falta impuestos altos sobre el capital, y llega la respuesta de los cheques. Le pregunta por repartir participaciones, algo parecido al fondo soberano de Alaska, y responde lo único concreto de todo el bloque: sacó SpaceX a bolsa para que el público pudiera comprar una parte, porque como empresa privada estaba limitada a unos pocos miles de accionistas.

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Cuando ella insiste, deriva hacia lo que paga en impuestos y termina diciendo que su participación solo le sirve para dirigir sus empresas un tiempo, hasta que la inteligencia artificial sea tan capaz que mande ella. En ese punto, añade, controlar empresas dejará de importar. La pregunta no se responde. Es el mismo movimiento que hace con el dinero y con los impuestos, tres asuntos que se disuelven en el futuro en lugar de resolverse en el presente. Y hay algo más, implícito en lo que él mismo describió. Si el robot depende de un modelo que corre en un centro de datos ajeno, comprarlo no es adquirir una máquina, sino contratar un servicio. Quien fabrica y entrena el modelo conserva la capacidad productiva; quien compra el robot obtiene el uso mientras dure el contrato. Y decidir qué significa poseer algo en esas condiciones es una tarea del presente, no del futuro.

El tercero, una economía que se presenta como casi ilimitada y que a la vez depende de megavatios, refrigeración y obleas de silicio, no es ilimitada. Es una economía con recursos escasos y, por tanto, con disputa por ellos.

Queda el mecanismo que sostiene todo lo anterior. Una predicción que se cumplirá aunque no sea en el plazo previsto no puede equivocarse: si ocurre, acertó; si no ocurre, fue cuestión de los tiempos. Un escenario prospectivo hace lo contrario. Se somete a indicadores observables, fija puntos de quiebre y nombra qué lo invalidaría. Esa exigencia no es la misma en todos los horizontes. En lo inmediato, se verifica con datos, con lo que ya está ocurriendo y puede medirse. Más allá, lo que se pone a prueba no es el dato, sino el supuesto que sostiene la proyección. Y en el horizonte más lejano, el trabajo consiste en reconocer lo que no se puede saber y decirlo. Ahí está la frontera entre anticipar y profetizar. La profecía se blinda contra la refutación.

Respecto al vocabulario, Musk describe una economía entera, con su motor y su producto, sin nombrar a una sola persona. No aparecen trabajadores, ni consumidores, ni ciudadanos. Los humanos entran después, y entran en dos papeles: receptores de un cheque y aficionados a la huerta. El léxico había repartido los papeles antes de que llegara la pregunta.

Vale la pena señalar también lo que le ocurre a quien insiste en esa pregunta. Beddoes vuelve sobre el coste social y la concentración de poder, y no recibe una respuesta, sino una descalificación personal. «Usted vive una existencia enclaustrada», le dice. Más adelante, preguntado por lo que la gente entiende mal de él, responde que rebobine los últimos veinte minutos.

Hay algo más que la promesa deja sin decir. El trabajo nunca fue solo un ingreso. Es donde se aprende un oficio, donde se acumulan errores que enseñan, donde aparece la ambición de hacer algo mejor que ayer y donde se ejercita el criterio al tener que decidir. Quitarle la condición de necesidad no deja intactas esas otras funciones, las deja huérfanas. Musk lo resuelve con la huerta: el trabajo será una afición. Y ahí está una de las posibles causas más discutibles de la conversación, porque una afición, a priori, no forma a nadie, no organiza una vida y no sostiene la ambición de una sociedad entera

Conviene notar, además, quién elige esa metáfora. Alguien que trabaja dieciocho horas al día, que dirige seis empresas y que define su vida por lo que construye, describe el futuro del resto como un pasatiempo de jardín. Nadie está renunciando al trabajo en esta historia; se está prescindiendo del trabajo ajeno. Y si la máquina piensa mejor y decide mejor, la pregunta deja de ser económica y pasa a ser antropológica. ¿Qué educación tiene sentido cuando el conocimiento ya no da ventaja? ¿Qué mueve a alguien que no necesita nada? ¿Qué criterio desarrolla quien nunca tuvo que equivocarse? Una sociedad que deja de necesitar pensar no conserva la capacidad de hacerlo por gusto. La pierde. ¿Qué valor tendría ese cheque contra lo perdido? 

De modo que hay una serie de preguntas que quedan abiertas. ¿Quién decidió que el debate consistiera en acertar la fecha y no en discutir quién se queda con lo que producen las máquinas? ¿Qué le ocurre a una sociedad que acepta como inevitable un futuro que ninguna institución sometió a votación? Beddoes cuestionó el escenario y terminó siendo el problema de la conversación: ¿qué le queda al criterio propio cuando discrepar se lee como ignorancia? Y si la respuesta al desplazamiento es un cheque, ¿quién fija el importe, quién puede discutirlo y qué le sucede a quien lo discute?

La entrevista abre además una línea que excede el alcance de este análisis, el papel que cumplen las redes sociales, la desinformación y la manipulación en la disposición de una sociedad a aceptar futuros sobre los que no ha deliberado. 

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