El conflicto expone los límites de la superioridad tecnológica frente a la insurgencia hutí y redefine el equilibrio geopolítico en Oriente Medio. Franco Alfonso explica que la campaña militar contra los hutíes ha puesto en evidencia cómo la asimetría bélica puede neutralizar recursos convencionales muy superiores, y que esta dinámica está reconfigurando las alianzas y las prioridades estratégicas en la región.
La prolongada contienda en Yemen expone uno de los fenómenos más complejos de la geopolítica contemporánea: la incapacidad de ejércitos con presupuestos multimillonarios para neutralizar a fuerzas insurgentes irregulares. A pesar de las masivas inversiones en armamento por parte de Arabia Saudita, la resistencia hutí mantiene su posición operativa mediante una combinación de ventajas geográficas, cohesión socioterritorial y dinámicas de guerra asimétrica.
Más allá de la insurgencia: naturaleza y evolución de Ansar Alá
Sin embargo, la evolución reciente del conflicto obliga a matizar la imagen de los hutíes como una fuerza exclusivamente insurgente. El movimiento Ansar Alá, habitualmente denominado hutí, controla desde Saná aproximadamente un tercio del territorio y entre el 70% y el 80% de la población de Yemen. Además, dispone de instituciones propias y conserva parte de las estructuras estatales.
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El ascenso de los hutíes se aceleró en 2011, al calor de las movilizaciones de la Primavera Árabe, cuando diversos sectores sociales se rebelaron contra el régimen autoritario yemení. Este grupo de confesión chiita asumió el liderazgo de la oposición contra el Gobierno central encabezado por el presidente Saleh y contra la influencia del wahabismo imperante en el norte del país.
Sin embargo, la articulación del movimiento hutí trasciende la dimensión puramente religiosa. La insurgencia logró canalizar un descontento histórico acumulado en el sur del país, una región sistemáticamente relegada de las inversiones gubernamentales. Al posicionarse como defensores de estas poblaciones marginadas, los hutíes lograron agrupar bajo su mando a diversas facciones, regiones y grupos rebeldes descontentos, consolidando un frente común de amplia base social.
La dimensión política y estatal de Ansar Alá resulta fundamental para comprender su resistencia. Durante la guerra civil iniciada en 2014, una parte considerable del Ejército yemení se alineó con el bando de Saleh y Ansar Alá, llevándose consigo sistemas de armas modernos. De las 88 unidades de tamaño de brigada que componían entonces el Ejército yemení, 46 se alinearon completamente con los hutíes, mientras que únicamente cinco lo hicieron con el Gobierno de Abdrabbuh Mansur Hadi, reconocido internacionalmente. Tras la ruptura entre los hutíes y el expresidente Saleh en 2017, Ansar Alá conservó el control y el mando de buena parte de esas fuerzas.
El obstáculo geográfico y los límites de la fuerza
La orografía de Yemen representa uno de los obstáculos defensivos más determinantes de la contienda. Su territorio, caracterizado por vastas zonas desérticas y un relieve accidentado, resulta extremadamente hostil para fuerzas extranjeras o ejércitos convencionales que no cuentan con un conocimiento detallado del terreno. Esta barrera natural evoca los históricos reveses militares sufridos por potencias como la Unión Soviética y Estados Unidos en las montañas de Afganistán.
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En este contexto, la tecnología militar moderna encuentra límites claros. Aunque una potencia puede lanzar incursiones aéreas o misiles a distancia, ganar la guerra por estas vías requeriría un ataque indiscriminado contra toda la población civil asentada en territorio hutí, una opción que queda fuera de cualquier marco de actuación internacional.
La nueva ofensiva terrestre (septiembre de 2026)
La experiencia reciente vuelve a poner de manifiesto esas limitaciones. En septiembre de 2026, Ansar Alá pasó de una estrategia dominada por ataques de largo alcance, especialmente mediante drones, a una ofensiva terrestre destinada a modificar directamente las líneas del frente. El 4 de septiembre lanzó una operación de gran escala contra las fuerzas del Gobierno de Adén en la provincia de Taiz y en el distrito de Hayis, en Hodeidah, incluyendo armamento pesado, drones y un importante número de combatientes.
Entre el 9 y el 10 de septiembre, las fuerzas hutíes lograron conquistar más de 1.500 kilómetros cuadrados y avanzar por la costa occidental. La caída de Hays provocó el colapso de las tropas respaldadas por Riad, que iniciaron una retirada hacia Adén. Posteriormente, las fuerzas de Ansar Alá tomaron Moca y su aeropuerto internacional y continuaron avanzando hacia Dhubab, en las proximidades de Bab al-Mandeb, uno de los corredores marítimos más estratégicos de la región.
Pugna hegemónica regional y la «fuerza del débil»
El conflicto en Yemen se inserta directamente en la pugna por la hegemonía regional de Oriente Medio entre la corriente sunita, abanderada por Arabia Saudita, y el eje chiita, liderado por Irán. A pesar de que Arabia Saudita figura entre los países con mayor gasto militar del planeta y respalda al Gobierno formalmente reconocido, la superioridad financiera no se ha traducido en control territorial.
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Los hutíes, apoyados por Teherán, operan bajo la «fuerza del débil»: una determinación operativa sustentada en la percepción de no tener nada que perder. Además, el movimiento se nutre de alianzas ideológicas y tácticas con otros grupos armados de la región, como Hezbolá y Hamás, garantizando un flujo constante de financiamiento, soporte logístico y combatientes dispuestos a sacrificarse por la causa.
No obstante, la caracterización de Ansar Alá exclusivamente como una fuerza subordinada a Irán resulta insuficiente. El movimiento mantiene una alianza con Teherán y comparte afinidades ideológicas con el llamado Eje de la Resistencia, pero el análisis de su comportamiento muestra también un considerable margen de autonomía. Desde Irán, de hecho, se ha considerado en distintas ocasiones que Saná actúa por cuenta propia y asume riesgos elevados.
El proyecto de Ansar Alá también posee una dimensión soberanista. El movimiento busca reducir la interferencia de las potencias extranjeras en los asuntos internos de Yemen y consolidar su capacidad para actuar como autoridad política, controlar las conexiones aéreas, gestionar el comercio y establecer relaciones exteriores.
Rutas marítimas, infraestructura petrolera y presión global
La nueva fase de la guerra ha otorgado una importancia todavía mayor al control de las rutas marítimas. Las fuerzas de Ansar Alá lanzaron un asalto anfibio contra el archipiélago de Jabal Zuqar y las islas Hanish, situadas en el corredor marítimo del sur del mar Rojo. También tomaron la isla de Perim, ubicada en el estrecho de Bab al-Mandeb y a unos 20 kilómetros de Yibuti.
El control de estos puntos permite a los hutíes ejercer una presión directa sobre el tráfico marítimo mediante artillería y armas de corto alcance. De esta manera, el conflicto yemení deja de ser únicamente una guerra interna y adquiere una dimensión estratégica internacional vinculada a una de las principales rutas marítimas de la región.
La presión sobre Arabia Saudita también se ha intensificado. Los ataques de Ansar Alá han afectado infraestructura petrolera saudí, incluidas refinerías, puertos y el oleoducto Este-Oeste, considerado una alternativa estratégica frente al estrecho de Ormuz. Esta situación se ha traducido en un aumento del precio del petróleo, con el Brent alcanzando los 107 dólares por barril.
El rol de Estados Unidos y las alianzas internacionales
En el plano internacional, la postura de Estados Unidos descarta de forma categórica el envío de tropas de combate al territorio yemení. Para la Administración norteamericana, encabezada por Donald Trump, involucrar soldados en una guerra distante carece de viabilidad política, especialmente ante una opinión pública interna para la cual el conflicto resulta ajeno y difícil de ubicar geográficamente.
La estrategia de Washington se limita a un juego de contención geopolítica: mantener el reconocimiento diplomático al Gobierno oficial, respaldar económicamente a su aliado estratégico, Arabia Saudita, y evitar que una facción aliada de Irán consolide un poder que desestabilice aún más los intereses estadounidenses en la región.
La evolución del conflicto, sin embargo, ha complicado ese cálculo. La presión hutí sobre el mar Rojo ofrece a Irán un segundo frente estratégico desde el cual incrementar los costes para sus adversarios regionales y para Estados Unidos. Al mismo tiempo, la capacidad estadounidense para garantizar la seguridad de las rutas marítimas y de sus aliados se encuentra sometida a una presión creciente.
Fracturas y dilemas saudíes
La tregua de facto vigente desde 2022 había permitido a Arabia Saudita reducir progresivamente su implicación directa en Yemen. Riad buscaba disminuir las amenazas procedentes de territorio yemení y crear las condiciones para una solución política que no exigiera una intervención militar permanente.
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Por su parte, la nueva ofensiva de Ansar Alá pone en cuestión esa estrategia. Arabia Saudita no puede ignorar los ataques contra su territorio ni permanecer al margen mientras los hutíes aumentan su capacidad para restringir el tráfico marítimo en Bab el-Mandeb. Sin embargo, tampoco parece interesada en regresar a una intervención indefinida como la desarrollada entre 2015 y 2022.
Riad ha intentado reforzar su posición mediante nuevas alianzas. El 30 de julio lideró la creación de la Alianza Multinacional de Defensa Marítima, integrada por más de 40 países, entre ellos Estados Unidos, con el objetivo de proteger los intereses marítimos comunes en Bab al-Mandeb, el mar Rojo y el golfo de Adén. El 7 de agosto, además, Arabia Saudita firmó con Pakistán y Turquía el Acuerdo de Defensa Conjunta de la Meca.
Sin embargo, estas alianzas no han producido hasta ahora el efecto disuasorio esperado. Turquía y Pakistán no están dispuestos a quedar atrapados en el conflicto yemení ni a asumir una escalada con Irán. Paralelamente, el Gobierno de Adén continúa dependiendo de Riad y enfrenta problemas derivados de la división interna, la corrupción y su limitada capacidad militar.
El propio Ejército saudí enfrenta dificultades para adaptarse a una guerra caracterizada por el uso de drones. A pesar de contar con equipamiento militar avanzado, cazas F-16 y entrenamiento estadounidense, sus estructuras de mando fragmentadas y las rivalidades entre los distintos servicios limitan su capacidad para desarrollar una respuesta eficaz, a lo que se suma la falta de motivación de muchos de sus reclutas.
El reto político y económico de la reconciliación
La ofensiva de Ansar Alá tampoco puede entenderse únicamente como un intento de conquistar todo Yemen por la fuerza. El control sobre el mar Rojo permite al Gobierno de Saná incrementar la presión sobre Arabia Saudita y, al mismo tiempo, debilitar al Gobierno reconocido internacionalmente.
En este escenario, uno de los principales desafíos para Ansar Alá es político. La retirada de las fuerzas extranjeras, especialmente las saudíes, y la búsqueda de una reconciliación nacional constituyen obstáculos fundamentales para cualquier solución duradera. La conquista de Adén por la fuerza podría reabrir las heridas históricas del sur y recordar la conquista de la ciudad por las fuerzas del norte en 1994 y la posterior unificación forzada. Por esa razón, Saná busca evitar ser percibido como un nuevo conquistador y apuesta por una eventual reconciliación política con el sur. Dentro de Ansar Alá, incluso existe apertura hacia una posible estructura federal.
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La división interna del Gobierno de Adén constituye, además, una de las principales ventajas políticas de Saná. El desmantelamiento del Consejo de Transición del Sur y la salida de Emiratos Árabes Unidos dejaron a sectores nacionalistas sureños sin su principal respaldo externo y obligaron a muchos de ellos a integrarse en estructuras dominadas por Arabia Saudita. La reorganización de las fuerzas sureñas tampoco ha resultado sencilla. Riad creó un Comité Militar Supremo bajo la dirección de Rashad al-Alimi, presidente del Consejo de Liderazgo Presidencial, con el objetivo de reorganizar, equipar y unificar las fuerzas militares de los territorios controlados por el Gobierno de Adén. Sin embargo, muchas de esas unidades habían estado históricamente vinculadas a comandantes con aspiraciones secesionistas o autonomistas.
El problema también es económico. El Consejo de Liderazgo Presidencial tiene dificultades para pagar puntualmente los salarios de los funcionarios públicos, incluidos militares y policías, y para garantizar servicios básicos. Arabia Saudita ha intentado solucionar parte de este problema mediante la financiación de los salarios. Para 2026, Riad había presupuestado cerca de 3.000 millones de dólares para cubrir los salarios del sector público yemení, incluidos los correspondientes a personal anteriormente financiado por Emiratos Árabes Unidos.
Datos clave del conflicto (2026)
• Control Territorial y Poblacional: Saná controla 1/3 del territorio y entre el 70% y el 80% de la población yemení.
• Avance Territorial: Más de 1.500 km² conquistados en la ofensiva de septiembre de 2026. • Impacto Económico: Petróleo Brent cotizando a 107 USD por barril debido a la presión en rutas e infraestructuras petroleras.
• Financiación Estatal: Riad destina casi 3.000 millones de dólares en 2026 para salarios públicos del Gobierno de Adén.
Conclusión: los límites de la fuerza convencional
El dilema de Yemen demuestra que la superioridad tecnológica y financiera no garantiza por sí misma la victoria en una guerra asimétrica. Arabia Saudita posee recursos económicos, armamento avanzado y respaldo internacional, pero enfrenta a un adversario que combina control territorial, estructuras institucionales, experiencia militar, capacidad de adaptación y conocimiento del terreno.
La evolución reciente muestra, además, que Ansar Alá no pretende necesariamente alcanzar una victoria militar absoluta en este momento. Su control sobre la costa occidental y sobre puntos estratégicos del mar Rojo le proporciona una herramienta para aumentar la presión sobre Arabia Saudita y debilitar al Gobierno de Adén. El acercamiento hacia Adén adquiere así una importancia principalmente política: Saná pretende demostrar que puede convertirse en un actor viable para la gobernanza de Yemen, mientras que la incapacidad de Arabia Saudita para frenar el avance hutí pone en cuestión la sostenibilidad del Gobierno respaldado por Riad.
En definitiva, Yemen vuelve a demostrar los límites de la fuerza convencional frente a una estructura político-militar que no depende exclusivamente de la potencia de fuego. La geografía, las divisiones internas del adversario, la capacidad de movilización, el control territorial y la dimensión regional del conflicto convierten a la guerra yemení en un escenario en el que disponer de más armas no significa necesariamente tener más posibilidades de victoria.
El desafío para Arabia Saudita y sus aliados ya no consiste únicamente en derrotar militarmente a los hutíes. También implica encontrar una fórmula política capaz de integrar las distintas realidades territoriales de Yemen, reducir la influencia de las potencias externas y evitar que el control de las rutas marítimas estratégicas convierta el conflicto interno en una crisis regional de mayores dimensiones.
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