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Hacia un realineamiento del orden internacional: Asia y el fin del mercado cautivo

Análisis

Diego Uriel Gálvez
Diego Uriel Gálvez
Investigador y Profesor del Curso de Experto en China de LISA Institute. Jefe de Departamento ICEX de Instituciones Multilaterales en África. Anteriormente Responsable del Departamento de Promoción de la Inversión en España y Analista de Mercados en la Oficina Económica y Comercial de la Embajada de España en Pekín (China).

El cierre del estrecho de Ormuz y la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán han acelerado un reajuste energético global. Diego Uriel, profesor del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, explica  cómo Asia busca alternativas al Golfo Pérsico mientras América gana peso como proveedor estratégico de petróleo, gas y minerales críticos.

Estados Unidos e Israel iniciaron la Operación Rugido de León contra Irán al final de febrero de 2026, concretamente el 28 de febrero. Poco después, el 11 de marzo, publicamos el primer artículo de esta serie. Ese artículo lo elaboramos en medio de la «niebla de guerra» y con muy poca información que pudiéramos verificar acerca de las bajas que se producirían, de la capacidad misilística iraní real o de la distancia que cubriría un cierre de Ormuz.

No obstante, la fotografía que analizamos entonces (una intervención, esperada por algunos, para el reordenamiento energético global que empujaba a Washington hacia América Latina independientemente de lo que ocurriera en el Golfo) sigue siendo, dos meses después, prácticamente la misma. 

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Dibujamos esa fotografía precisamente durante las primeras dos semanas de conflicto porque, la lógica de incentivos era diametralmente diferente a la de la Guerra de los 12 Días: una vez cerrado Ormuz, los GCC eran los más perjudicados de su propio escenario geopolítico.

Sin exportaciones, el dinero no llegaba a los GCC, que precisan algo entre los 80 y los 96 dólares el barril para mantener sus presupuestos y por lo tanto comenzaba un calendario de quiebras con la premura de que su condición de hub de inversión global -el activo sobre el que han colocado su principal patrimonio como país post-petróleo- empezaba a deteriorarse. 

Irán, en cambio, no tiene una lógica de incentivos real para poder abrir: el estrecho es su única palanca y abrir sin nada a cambio era una forma de rendición. No había ninguna posición del juego en que todos los actores aceptaran el resultado sin querer modificarlo —lo que en términos de teoría de juegos significa la ausencia de un equilibrio estable— y esta inestabilidad estructural era justo la señal de que el mundo no podía limitarse a esperar, sino que tenía que buscar alternativas. Esto último era lo que también decía el artículo anterior cuando aún nadie sabía cuánto iba a durar aquello.

En este segundo artículo vamos más lejos: no solo queremos mostrar que el realineamiento está ocurriendo, sino desgranar las claves concretas que lo confirman, una por una.

Primera cuestión: Asia, el mercado que no podía escoger

China, India, Japón y Corea del Sur son responsables de más de un 40% de consumo de petróleo mundial. En el transcurso de cincuenta años, ese petróleo ha pasado en su mayoría por la misma trazada: el Golfo Pérsico. La geografía, la lógica del transporte y la economía no podían ofrecer otra salida a esa escala. 

Para comprender por qué, basta un número: Arabia Saudí, Iraq, los EAU y Kuwait producen conjuntamente más de 20 millones de barriles diarios, con costes de extracción situados entre los 3 y los 10 dólares por barril. Es una de las más acentuadas ventajas competitivas que hay en cualquier mercado global de las materias primas.

Ningún otro productor del mundo había conseguido ofrecer dicho volumen a tal coste al mismo tiempo. El resultado de esta combinación es que, para 2024, el 84% del petróleo que cruzó el Estrecho de Ormuz se dirigía a mercados asiáticos.

Dos estrechos de menos de 30 kilómetros de ancho —Ormuz y el Bab el-Mandeb, la «Puerta del Llanto»— daban forma a ese paso. Una geografía que durante décadas nadie tuvo capacidad real para sustituir y que convirtió a esos pasillos no sólo en eso, sino más bien en el punto de control a partir del cual se podían condicionar decisiones políticas, alianzas diplomáticas, modelos de desarrollo de media humanidad.

Un matiz importante antes de seguir: Asia no ha sido un actor pasivo en todo esto. China, India y Japón llevan años invirtiendo en diversificación, desde Rusia y África hasta América Latina y las renovables. Lo que sostenemos aquí no es que Asia no lo haya intentado, sino que hasta hace muy poco esa diversificación no alcanzaba la escala que el mercado asiático requiere. Sigue sin alcanzarla del todo. Pero esa brecha se está cerrando, y en eso reside el cambio estructural que analizamos.

Segunda clave: el hemisferio americano entra en escena

El hemisferio americano produce en pleno 2026 más petróleo que el Golfo Pérsico hace un par de décadas.

EE.UU., aunque enfrenta muchísimas dificultades de extracción, ha alcanzado en 2025 un nivel de producción de 13,5 millones de barriles por día —el más alto registrado por ningún Estado en la historia— y ha llegado a cubrir el 55% de las importaciones europeas de gas natural licuado. Lo que esto ilustra en términos estratégicos es tangible: Europa, que en el pasado dependía en gran medida del gas ruso, lo ha sustituido rápidamente por gas estadounidense.

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Guyana ha pasado en menos de seis años de una producción casi inexistente de petróleo a una producción de 900.000 barriles diarios, y se proyecta a 1,7 millones de barriles para 2030. Probablemente, la mayor velocidad de crecimiento en la historia de la industria.

Brasil ha superado los 4 millones de barriles diarios en 2025. Venezuela, aunque todavía con cifras relativamente «bajas», con 1,1 millones de barriles de crudo pesado, opera desde enero de 2026 en una fase de supervisión directa de Estados Unidos, que organiza sus ventas y liquida sus ingresos.

La sustitución de Europa del gas ruso en menos de tres años es la prueba de que, cuando hay voluntad política y se asumen los costes de transición, el hemisferio occidental puede reemplazar proveedores establecidos incluso en volúmenes muy significativos. El mismo proceso está comenzando a ocurrir a escala asiática.

Tercera cuestión: Canadá, el socio desobediente

Canadá es otro de los grandes jugadores de este hemisferio; con 4,1 millones de barriles diarios, empezó en 2024 a despachar una parte no desdeñable de su capacidad exportadora, sin que haya mediado coordinación con Washington. Esto gracias, entre otras cosas, a la ampliación del oleoducto Trans Mountain, lo que se interpreta por Washington como un movimiento autónomo hacia Asia y explica parte de la obsesión de Trump por Canadá. Pero los números de exportación de crudo canadiense hacia China todavía son escasos, al menos de forma relativa al total que Canadá exporta a los EE.UU.

La principal tensión entre EE.UU. y Canadá es que gran parte de la infraestructura de refinamiento estadounidense está preparada para procesar crudo pesado canadiense, y esa reconversión para crudo ligero es todavía temprana, además de inverosímil: EE.UU. no puede renunciar a refinar crudo pesado, porque los costes medioambientales y financieros de extraer su crudo ligero a través de la técnica del fracking son muy significativos y parecen estar llegando a fases peligrosas de madurez.

Pero de entre todas las tensiones recientes entre EE.UU. y Canadá hay una que refleja especialmente esta situación: el ejecutivo estadounidense ha mantenido varias reuniones con el grupo separatista Alberta Prosperity Project, en las cuales se habrían solicitado 500.000 millones de dólares en una línea de crédito americana para financiar una posible Alberta independiente, hasta el punto de que se ha presentado una petición formal en el Parlamento canadiense, firmada por más de 12.000 ciudadanos.

Perder ese acceso preferente, o ver cómo ese crudo comienza a redirigirse a China, es, para Washington, un problema energético de primer orden.

Cuarta cuestión: cadenas de valor del siglo XXI

En el siglo XXI los combustibles fósiles no son suficientes, y la economía se sostiene también sobre la base de litio, cobre, tierras raras y níquel, los materiales de las baterías, de los vehículos eléctricos, de los semiconductores, de las energías renovables, los insumos que han de sostener el orden industrial internacional, igual que el petróleo lo ha hecho con la economía del siglo pasado.

La región del triángulo del litio —Chile, Argentina y Bolivia— concentra el 49,6% de las reservas del mundo: casi la mitad de todo el litio que existe en el planeta, en una región compacta y accesible. La producción conjunta de Chile y Perú representa el 34% del total del cobre del mundo, metal conductor que es esencial para que funcione cualquier instalación eléctrica, motor o cable de energía renovable. Brasil posee la segunda reserva de minerales estratégicos más grande del planeta.

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El problema se plantea en la cadena de valor y ahí es donde ha caído toda la región en la trampa: China no suele controlar la mina pero sí que controla la fábrica; Refina el 70% del cobre latinoamericano, controla la cadena del litio, —en este caso sí— desde la extracción hasta la refinación o el procesado del mismo. Argentina extrae litio, lo manda a China, donde lo reimporta procesado a un precio de ocho o nueve veces el precio de salida: vende la materia prima barata y compra el producto industrial caro, ese era el modelo extractivo que sus constituciones llevan décadas intentando superar.

Lo más llamativo es que esta realidad funciona independientemente de la ideología del gobierno en cuestión: En febrero de 2025, CATL —el principal fabricante de baterías a nivel mundial— firmaba con YPF argentina una inversión de 1.400 millones de dólares para producir litio allí, en el país. Lo firmó bajo el gobierno de Milei, el ejecutivo más declarado en términos pro-Washington que ha tenido la región en muchas décadas. Una penetración china en el hemisferio que funciona mediante contratos apuntalados independientemente de si gobierna uno u otro.

Quinta cuestión: la Doctrina Monroe tiene números, y Dubai lo acaba de confirmar

La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, de noviembre de 2025, menciona entre sus prioridades la de «devolver la primacía americana en el Hemisferio Occidental» así como también la de detener las actividades de «potencias extra-hemisféricas». Las piezas operativas se colocaron antes que nadie disparara un solo misil el pasado 28 de febrero: el Canal de Panamá bajo supervisión americana, Venezuela exportando y liquidando sus ingresos en cuentas de Washington, presión sobre la India para que desplace el crudo ruso por crudo americano, etcétera.

En suma, Estados Unidos tiene hoy control directo o indirecto sobre más de un 20% de la producción mundial del petróleo. Y esa producción, a diferencia del crudo del Golfo, no necesita alimentar el ciclo de reciclaje de petrodólares a través de inversiones en EE.UU.; Hablamos de otra definición de control energético, más directo, con implicaciones monetarias que aún están por definirse. 

No obstante, la última y más contundente confirmación de que esta alineación es algo más que una mera exhibición de efectos la han brindado, curiosamente, los propios países del Golfo: El pasado 28 de abril, es decir, hace apenas unas horas en el momento en que escribo este artículo, los Emiratos Árabes Unidos anunciaron la separación de la OPEP (un miembro que producía más de 4 millones de barriles diarios antes del inicio del conflicto). 

Lo que hace del movimiento, sin embargo, especialmente significativo es, en buena medida, su contexto inmediato. Muchos días antes de que se produjese el anuncio emiratí, el secretario del Tesoro Scott Bessent defendía ante la cámara del Senado americano la creación de una línea de intercambio de dólares con Abu Dabi.

Marco Rubio se sentó a hablar de seguridad con el canciller emiratí el 26 de abril, y Trump dio su visto bueno por adelantado para que el acercamiento se materialice. No es que los EAU se sintieran simplemente saliendo de una cartel; lo que se consigue con su salida es restar protagonismo a las alianzas regionales en torno al Oriente Medio, y al mismo tiempo se permite a Washington obtener incrementos de maniobra bilaterales. Pero también a China.

Sexta cuestión: el Greater Israel y el Greater North America como vectores de debilitamiento del Golfo Pérsico

Algunas figuras muy relevantes de la geopolítica del siglo XX pensaban abiertamente que en geopolítica no existen las coincidencias, aunque, de una forma más reflexiva, sepamos que en historia suele ser difícil distinguir entre lo deliberado y lo fortuito. 

La tendencia a la erosión de los GCC como actores energéticos independientes converge necesariamente con dos proyectos políticos concretos. El primero es el proyecto conocido como «Greater Israel», que, siempre presente desde 1977 en la carta fundacional del Likud de Netanyahu –«entre el Mar Mediterráneo y el Río Jordán solo habrá soberanía israelí»–, ha ido cobrando fuerza en los últimos años.

Netanyahu no ha dudado en avanzar públicamente –de sus propias palabras se deduce esta cuestión– su capitulación a la que denomina una «misión histórica y espiritual»; esto es, no sólo el control de seguridad sobre el conjunto del territorio situado al oeste del Jordán, sino también la anexión efectiva de la Franja de Gaza y la extensión de la jurisdicción israelí sobre los más de 700.000 colonos en Cisjordania. 

Lo importante en esta argumentación va más allá de lo militar y las evidentes ganancias económicas que obtendría Israel como gran redistribuidor logístico energético, y es que, si ese proyecto prospera –independientemente de sus propias justificaciones legales y la opinión de la comunidad internacional–, generará una inestabilidad estructural de los países del Consejo de Cooperación del Golfo. 

Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Catar son estados que, en parte, sustentan su legitimidad interna en torno a la causa palestina. Una apertura manifiesta hacia la anexión directa de Palestina hacia el territorio israelí los pondría en un dilema un tanto complicado: o se oponen a Israel —y a Washington, en consecuencia— o dejan de ser creíbles en sus propias sociedades. Esa tensión erosionará todavía más la estabilidad política que hace posible su función como un hub inversor y socio energético fiable. 

En ese contexto, no es de extrañar que la derrota de Irán —el único actor regional con suficiente capacidad de proyección militar para interrumpir dicho proyecto— sea conditio sine qua non para su viabilidad. 

El segundo elemento que hay que mencionar es el «Greater North America«, como lo mencionó el pasado marzo de este 2026 el Secretario de Defensa Pete Hegseth, quien puso en términos públicos lo que se venía inscribiendo mes a mes en la política exterior de la administración norteamericana: la idea de un bloque continental que iría desde Canadá hasta Panamá y controlaría preferentemente sus recursos energéticos y minerales.

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Lo que termina de explicar la presión sobre Canadá, la tutela sobre Venezuela, el interés en el Canal de Panamá o la vigilancia de las inversiones chinas en toda la región, o la olla a presión de Cuba. 

Dos proyectos que tienen lógicas internas y orígenes distintos, sí, pero vistos desde el Golfo Pérsico, sus efectos van en la misma dirección: el Greater Israel pone a los GCC en una contradicción de falta de legitimidad interna difícil de manejar, mientras que el Greater North America establece las condiciones para que Asia tenga alternativas reales de suministro. Ninguno de los dos ha sido diseñado para debilitar a los GCC. Pero ambos, en paralelo, estrechan el margen de maniobra del que han disfrutado durante cincuenta años.

Y eso tiene una consecuencia directa sobre la Iniciativa del Cinturón y la Ruta —el BRI chino—, el mayor proyecto de infraestructura y conectividad global del siglo XXI, y que, ceteris paribus, será objeto de examen en el próximo artículo de esta serie.

Lo que aún no está resuelto

No se puede afirmar que la salida de EE.UU. de la región del Golfo pérsico sea una realidad consumada. Las tensiones son evidentes y complementan los límites de la propuesta de que, tanto EE.UU. e Irán parecen estar obsesionados en desplazar a EE.UU. de la zona. 

Pero la aplicación no es fácil, y en esto es que los grandes operadores y tomadores de decisión occidentales puedan estar en desacuerdo: los países GCC, gracias a esos costes de producción por barril tan bajos, han acumulado fondos soberanos de cerca de 6 billones de dólares bajo gestión (6 millones de millones), un colchón fiscal que les permite sobrevivir a un periodo prolongado de crisis de precios, al contrario que sus competidores con costes más altos —el shale americano necesita entre 60 y 65 dólares por barril para ser rentable—. 

Esto es una importante carta de los GCC porque los beneficios del sistema de petrodólares no son equivalentes: en 1973, vender en dólares era la única opción operativa para unos países sin infraestructura financiera propia, y el dólar ya era moneda de reserva global.

El beneficio para Washington fue real pero de naturaleza distinta al de los GCC: no tanto monetario en términos inmediatos —el dólar ya era dominante sin necesitar el petróleo del Golfo Pérsico— sino estructural a largo plazo, en forma de demanda sostenida de dólares y reciclaje de excedentes en bonos del Tesoro. Para los GCC, en cambio, el sistema ofrecía algo más inmediato y concreto, como estabilidad, acceso financiero, liquidez y seguridad militar simultáneamente. 

Lo que sí parece difícilmente reversible es la erosión del monopolio del Golfo sobre Asia. Todos los actores involucrados —incluidos los propios asiáticos— tienen incentivos para que ese proceso continúe. Y eso, hace dos meses, era exactamente lo que veíamos venir.

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Y ya para terminar, recordemos España no forma parte de ningún documento de estrategia americana como rival en América Latina (o, al menos, con carácter público). Pero Telefónica, Santander, BBVA, Iberdrola y Repsol operan en energía, banca y telecomunicaciones exactamente en los mismos países que Washington desea reordenar bajo su órbita. Madrid no tiene una estrategia de rivalidad con EE.UU. en LATAM (como lo analizamos en el artículo anterior) pero, a su vez, la fricción no necesita ser diseñada para poder serlo.

En un hemisferio donde la doctrina Monroe 2.0 nunca diferenciará competencia china de competencia europea, España ocupa lugares que Washington desearía organizar a su favor. Esto no la convierte en rival declarado. La convierte en algo más incómodo: en rival involuntario en posesión de demasiado por perder para poder ignorarlo.

El estrecho de Ormuz cerrado es la actualidad informativa hoy. Los misiles iraníes, los hutíes en el mar Rojo, la retórica de los ayatolás: el marco que los medios de comunicación recogen y que la opinión pública puede interpretar con facilidad. Pero la cuestión de fondo es quién controla los recursos del continente americano en los próximos cincuenta años y quién marca las cadenas de valor de la economía que viene. En ese proceso, el régimen de Teherán tiene un sitio real pero secundario.

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