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Lo que la Orden de Malta y la Santa Sede revelan sobre el poder en el siglo XXI

Análisis

Álvaro Aguilar del Hierro
Álvaro Aguilar del Hierro
Estudiante del Doble Grado de Derecho y Estudios Internacionales y formación complementaria en Economía en la Universidad Carlos III de Madrid. Alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute. Interesado en el comercio internacional y Derecho de la Competencia y Europeo, así como entusiasta en prospectiva en seguridad y defensa, inteligencia estratégica y terrorismo.

La Orden de Malta y la Santa Sede mantienen influencia diplomática global pese a no contar con un territorio soberano propio. En este artículo, el alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, Álvaro Aguilar del Hierro explica cómo su papel en conflictos y negociaciones internacionales demuestra que el poder en el siglo XXI no depende únicamente de las fronteras.

La Orden Soberana de Malta mantiene relaciones diplomáticas plenas con más de 110 países, emite sus propios pasaportes y despliega operaciones humanitarias en más de 120 países, incluyendo Ucrania y Gaza.

La Santa Sede lo hace con 184 Estados y ocupa un asiento como observadora permanente en las Naciones Unidas. Ambas firman tratados internacionales vinculantes y envían y reciben representantes con pleno rango de embajador. 

Sin embargo, ninguna de las dos posee territorio soberano en sentido estricto. Esta situación, lejos de parecer una curiosidad jurídica, refleja una realidad distinta que reconfigura la concepción de Estado. 

Qué define realmente a un Estado soberano

La referencia habitual cuando se discute qué hace falta para ser un Estado soberano es la Convención de Montevideo de 1933, que fija cuatro condiciones: población permanente, territorio definido, gobierno efectivo y capacidad para relacionarse con otros Estados. Es un marco útil para ordenar el debate, pero no describe la totalidad de lo que ocurre en el sistema internacional. 

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La Orden de Malta y la Santa Sede son los ejemplos más longevos y mejor documentados de entidades que ejercen derechos y asumen obligaciones propias de los Estados sin cumplir, al menos no de forma completa, con ese criterio territorial.

Lo que sostiene su presencia reside en el reconocimiento mutuo. Para ser sujeto de derecho internacional basta con tener derechos y deberes dentro de ese ordenamiento, y ese estatus no lo otorga la geografía, sino la aceptación de los demás actores del sistema. En ese sentido, la soberanía es menos un hecho físico que una atribución colectiva, algo que los Estados deciden conceder o retirar en función de criterios que incluyen la utilidad, la legitimidad histórica y la confianza institucional acumulada.

Dos modelos de soberanía sin territorio

La Orden de Malta se fundó en Jerusalén hacia 1099 con una vocación hospitalaria y militar, y fue durante siglos una potencia soberana reconocida. Tuvo territorio en Rodas y más tarde en la propia isla de Malta, con moneda propia y siendo parte de tratados con las principales potencias europeas. Tras la conquista de Napoleón, la Orden se instaló en Roma y comenzó a abandonar progresivamente su dimensión militar para concentrar toda su actividad en la asistencia humanitaria y médica. 

A día de hoy, sus dos sedes en Roma gozan de extraterritorialidad, el mismo estatus jurídico que una embajada, pero no constituyen territorio soberano. Lo que sostiene su reconocimiento internacional es la soberanía funcional acumulada durante siglos y una red de relaciones diplomáticas que ningún golpe geopolítico ha conseguido desmantelar.

La Santa Sede llegó a esa misma posición por un camino opuesto, ya que nunca necesitó el territorio para existir como actor internacional. Su personalidad jurídica es anterior e independiente del Estado de la Ciudad del Vaticano, creado en 1929 por los Pactos de Letrán con una función expresamente instrumental, dotando a la Santa Sede de independencia material. 

Sin embargo, su legitimidad internacional descansa en una soberanía espiritual reconocida históricamente por prácticamente toda la comunidad internacional, que le atribuye el derecho a enviar y recibir embajadores, la capacidad de firmar tratados y la legitimación para actuar ante organismos jurisdiccionales internacionales, las mismas prerrogativas que un Estado soberano sostenidas sin territorio.

Presencia real en los conflictos del presente

La supervivencia de estas dos entidades no es meramente formal. Su actividad en los conflictos actuales ilustra con precisión qué tipo de poder han construido y por qué ese poder resulta difícil de sustituir por otros actores.

La Orden de Malta opera en Ucrania desde mucho antes de la invasión rusa de 2022, y desde entonces ha desplegado el mayor esfuerzo humanitario conjunto de su historia reciente, con presencia en más de 60 localidades del país. Su organización internacional, Malteser International, distribuye alimentos, material médico y apoyo psicológico tanto dentro de Ucrania como en los países que acogen a los refugiados.

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Paralelamente, la red diplomática de la Orden ha intervenido en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y en la Conferencia de Seguridad de Múnich para exigir el respeto al derecho humanitario internacional, algo que su condición de sujeto reconocido del derecho internacional hace posible de una manera que las organizaciones no gubernamentales convencionales no pueden replicar.

En Gaza, en colaboración con el Patriarcado Latino de Jerusalén, la Orden comenzó en mayo de 2024 a distribuir ayuda de primera necesidad a través de la parroquia católica de Ciudad de Gaza, y gestiona el Hospital de la Sagrada Familia en la misma zona, el principal centro ginecológico y obstétrico de la región.

La influencia de la Santa Sede opera en una escala distinta, pero con una proyección comparable. Su red de nunciaturas cubre prácticamente toda la comunidad internacional con apenas un centenar de diplomáticos profesionales, una eficiencia que ninguna potencia convencional puede igualar. La razón está en que la Santa Sede no compite con los Estados en sus propios términos, ya que no tiene ambiciones territoriales, no defiende intereses económicos y su credencial de neutralidad es percibida como genuina por actores que difícilmente aceptarían sentarse a la misma mesa. 

Entre 2013 y 2014, el Vaticano medió durante dieciocho meses en secreto entre Cuba y Estados Unidos, facilitando el proceso que culminó en el restablecimiento de relaciones diplomáticas rotas desde 1961. Raúl Castro reconoció públicamente ese papel en su discurso del 17 de diciembre de 2014. 

La mediación funcionó precisamente porque la Santa Sede podía ofrecer acceso simultáneo a ambas partes sin despertar las suspicacias que habría generado cualquier potencia con intereses propios en la región.

Lo que estos casos revelan sobre el orden internacional

La supervivencia y la relevancia actual de la Orden de Malta y la Santa Sede apuntan a algo que los conflictos contemporáneos hacen más urgente de entender. El modelo westfaliano de Estado, basado en la combinación de territorio, población y gobierno, sigue siendo el elemento central del sistema internacional, pero no lo agota. 

Existen formas de subjetividad internacional que se sostienen sobre bases distintas, las cuales, lejos de ser residuos históricos en proceso de extinción, configuran actores capaces de intervenir en los conflictos del presente. 

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En un momento en que la soberanía se disputa militarmente en Ucrania, en que el reconocimiento de Palestina divide a los países europeos y en que el estatuto de Taiwán representa una tensión acumulada del sistema internacional, resulta relevante observar qué es lo que ha permitido a estas dos entidades mantener su reconocimiento durante siglos sin un metro cuadrado de territorio soberano. 

El territorio puede ser invadido, la soberanía nacional puede ser cuestionada desde el exterior y el reconocimiento de un gobierno puede convertirse en instrumento de presión entre potencias, pero estas dos figuras demuestran que ninguno de esos vectores de vulnerabilidad los afecta de la misma manera, porque su posición en el sistema no depende de ninguno de ellos.

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