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Alerta por una campaña de ciberataques que roba cuentas de WhatsApp y Signal

La Inteligencia neerlandesa advierte de una campaña rusa de phishing que compromete las cuentas de mensajería de militares, funcionarios y periodistas.

Los servicios de Inteligencia de Países Bajos han detectado una «cibercampaña global» dirigida a militares, funcionarios gubernamentales y periodistas de interés para el Kremlin. El Servicio de Inteligencia y Seguridad de Defensa (MIVD) y el Servicio General de Inteligencia y Seguridad (AIVD) han publicado un informe conjunto en el que documentan cómo piratas informáticos vinculados al Gobierno ruso utilizan técnicas de phishing e ingeniería social para robar cuentas de WhatsApp y Signal, incluyendo las de empleados del propio Gobierno neerlandés.

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El método más extendido consiste en el envío de enlaces engañosos y códigos QR fraudulentos que simulan invitaciones a grupos o inicios de sesión en nuevos dispositivos. Además, los ciberdelincuentes suplantan al chatbot oficial de Signal, donde envían mensajes a las víctimas alertando de «actividades sospechosas» en su cuenta y les solicitan tanto el código de verificación recibido por SMS como el PIN de recuperación. Una vez que la víctima facilita estos datos, el atacante toma el control absoluto de la cuenta y redirige los futuros códigos de verificación a su propio número.

Recomendaciones para proteger las cuentas

Ante esta amenaza, los servicios neerlandeses han recomendado no enviar nunca contenido sensible a través de aplicaciones de mensajería, revisar los dispositivos con sesión activa, ignorar mensajes de chatbots sobre verificaciones e impedir escanear códigos QR no oficiales. Por su parte, Signal respondió en Bluesky aclarando que «el cifrado y la infraestructura de Signal no se han visto comprometidos y siguen siendo robustos», ya que los ataques se basan en engañar a los usuarios para que entreguen sus credenciales. La aplicación también explicó que «tu código de verificación por SMS de Signal solo es necesario al registrarte por primera vez».

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En la misma línea, el portavoz de Meta, Zade Alsawah, indicó al portal TechCrunch que WhatsApp «sugiere a los usuarios que nunca compartan su código de seis dígitos con nadie» y remitió al centro de ayuda de la plataforma para identificar mensajes y enlaces sospechosos.

Hacia un realineamiento mundial: objetivo LATAM

Diego Uriel, profesor del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, te explica cómo la inestabilidad en el Golfo Pérsico reorienta la estrategia global de Washington hacia América Latina.

Tras el inicio de la Operación Rugido de León, hay muchas incógnitas que nos impiden hacer un análisis certero de la evolución del conflicto. Ni siquiera cuando escaló estrepitosamente la guerra en Ucrania hace cuatro años tuvimos tan poca información sobre qué estaba ocurriendo realmente. El analista militar prusiano Clause von Clausewitz acuñó un término llamado «niebla de guerra» para referirse a esto mismo; No sabemos cuántas bajas pueden contabilizar los americanos, el daño sufrido en Tel Aviv, o la capacidad misilística real que le queda a Irán. Pero hay algo de lo que sí podemos estar seguros: la sensación de inseguridad que va a quedar entre los países con bases americanas en el Golfo Pérsico.

El Golfo, una cuestión de confianza

Qatar, Abu Dabi, Kuwait, Arabia Saudí y, especialmente, Emiratos Árabes Unidos. Países que no solo dependen de sus exportaciones de petróleo o gas natural, sino de un ecosistema de inversión extranjera, consumo y emprendimiento que garantiza economías bien diversificadas y, por tanto, resistentes a shocks internacionales. Un modelo de renta diversificada soberana donde el Estado ya no necesita gravar a sus ciudadanos porque el capital extranjero financia en gran parte otras infraestructuras sociales.

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Sólo los EAU, con una economía diseñada para reducir la fricción regulatoria del capital internacional (lo que comúnmente se conoce como «paraíso fiscal»), han recibido en los últimos diez años más de 200.000 millones de USD en inversión extranjera directa acumulada (IED), con un récord de 30.688 millones solo en 2023, año en que el país se situó como segundo destino mundial de IED según la UNCTAD. Su sector servicios representa ya el 58% del PIB, con más de 20 millones de visitantes internacionales al año sólo en Dubái y un turismo contribuyendo entre el 13%-15% de su PIB. Una economía emiratí que puede resistir fuertes shocks de inestabilidad global, pero cuya prosperidad sí que está fuertemente atada a la paz en la región.

Cincuenta años de orden tácito

Y esa estabilidad regional ha sido uno de los acuerdos tácitos por los que el orden internacional ha funcionado desde los años 70, con Estados Unidos como garante del sistema. El mecanismo concreto fue el acuerdo del petrodólar de 1974: Washington garantizaba seguridad militar a cambio de que Arabia Saudí (y el Golfo con ella) vendiese su petróleo exclusivamente en dólares e invirtiese los excedentes en activos americanos. Un acuerdo win-win que ha funcionado durante más de cincuenta años. Un sistema, que muchos calificaron en su día como «privilegio exorbitante».

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Entre las pocas cosas que nos llegan, sí que hay una que podríamos destacar de cara a hacer predicciones: la imagen de los rascacielos humeantes de Dubái, según fuentes consultadas, tras los presuntos ataques de drones iraníes a miembros del servicio americano que se hospedaban allí. Esta es la imagen de un inminente realineamiento internacional sin precedentes recientes, quizás desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y también una amenaza para ese privilegio exorbitante.

El fin del protectorado

El conflicto llegará hasta donde ambas partes decidan, y nadie sabe hasta dónde querrán llegar. Lo que está claro es que el protectorado tácito establecido por Nixon se está desmontando, quizás, y es que no es la primera vez que una potencia hegemónica sobreentiende su perímetro de seguridad hasta niveles que no se pueden defender. Podemos estar de acuerdo en que toda esta situación empujará inevitablemente a Estados Unidos hacia regiones donde pueda proyectar influencia sin la particular inestabilidad que traen los conflictos armados de índole religiosa. Y que en el corto y medio plazo, ese giro estratégico parece reorientarse de forma inevitable hacia el sur directo de sus fronteras: Latinoamérica.

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Un incremento de la presencia americana en la zona implica también un cambio de política internacional, no sólo hacia esos países, sino hacia terceros países también interesados en la zona. Terceros países que pueden ser socios, pero también rivales. Cuando hablamos de rivales, vienen rápidamente a colación países como China, que lleva quince años construyendo esa posición en Latinoamérica con paciencia estratégica e inversiones masivas. Pero frente a esa lógica de confrontación y despliegue de capital de las grandes potencias hay otros modelos.

España, ¿socio o rival inesperado?

Modelos como el de España, con un pasado y presente de influencia cultural y económica innegable: porque España es el país europeo con mayor capital relacional en la región, con una lengua y cultura compartidas, una presencia empresarial consolidada desde los años 90 y una acción diplomática tremendamente consolidada. Pero, muy especialmente por una cuestión histórica: porque ni siquiera los territorios de los cuatro principales Virreinatos españoles cargan con el peso del intervencionismo americano más coercitivo (embargos o extracciones nocturnas de jefes de Estado), ni tampoco con el modelo extractivo del colonialismo británico, belga o francés.

Las ventanas de oportunidad en geopolítica no pueden reconocerse a posteriori. Washington encontrará en Madrid a un socio con una ventaja comparativa difícil de replicar. La pregunta no es si España está preparada para ese rol. España, por cierto, el país de Europa continental más alejado del citado conflicto en sentido figurado, y también geográfico junto a Portugal. La pregunta es si es consciente de que ya lo está jugando.

La ONU alerta de que la inseguridad en Ormuz amenaza el comercio mundial

La UNCTAD alerta del impacto en alimentos, fertilizantes y cadenas de suministro globales ante el colapso del paso estratégico.

La Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) ha advertido de que la escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán ha provocado un colapso del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, un paso por el que circula aproximadamente una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo, además de volúmenes significativos de gas natural licuado y fertilizantes. El organismo señala que las consecuencias «trascienden la región, afectando a los mercados energéticos, el transporte marítimo y las cadenas de suministro globales», en un contexto donde el precio del crudo Brent ha llegado a superar los 115 dólares en los últimos días.

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Los datos son contundentes. Entre el 1 y el 27 de febrero, el estrecho registraba una media de 129 viajes diarios, alcanzando los 141 el último día de ese periodo. Sin embargo, el 28 de febrero, jornada en la que Estados Unidos e Israel lanzaron su ofensiva contra Irán, los trayectos cayeron a 81. En los dos días posteriores, descendieron hasta los 20 y los 10, sin recuperar desde entonces los dobles dígitos.

El impacto económico se extiende

Además de la crisis energética, la UNCTAD alerta de un efecto dominó sobre la economía global. El organismo advierte de que «el aumento de los costes de la energía, los fertilizantes y el transporte podría incrementar los costes de los alimentos e intensificar las presiones sobre el coste de la vida, especialmente para los más vulnerables». La situación resulta especialmente crítica para economías en desarrollo con alta dependencia de importaciones y escaso margen fiscal para absorber nuevas fluctuaciones de precios.

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Ante este escenario, la UNCTAD ha reclamado una desescalada y la protección del transporte marítimo, los puertos y las infraestructuras civiles. La petición llega pocas horas después de que el Centro de Operaciones de Comercio Marítimo del Reino Unido (UKMTO) notificara «un incidente» a 25 millas náuticas al noroeste de Ras al Jaima, en Emiratos Árabes Unidos, donde un buque portacontenedores «sufrió daños por un supuesto proyectil desconocido». Paralelamente, el secretario del Consejo de Seguridad Nacional iraní, Alí Lariyani, advirtió de que «es poco probable que se logre algún tipo de seguridad en el Estrecho de Ormuz».

Polonia, la Fortaleza del Este de Europa

Polonia acelera su rearme en un contexto marcado por la guerra en Ucrania y la creciente tensión con Rusia. En este artículo, Roberto Pozas Lázaro, alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute analiza cómo Varsovia busca reforzar el flanco oriental de la OTAN y consolidarse como un actor clave en la seguridad europea.

La nueva Guerra Fría define el contexto en el que Europa se desenvuelve actualmente, con el  conflicto en Ucrania como catalizador del rearme europeo, especialmente el de Polonia. Rusia, un Estado que desafía abiertamente el ordenamiento internacional, se erige como un vecino peligroso,  con un formidable arsenal y la determinación de restaurar su influencia imperial sobre Europa del  Este.  

No sería la primera vez que el «Oso ruso» extiende sus garras sobre Polonia. A lo largo de la  historia, Moscú ha marchado repetidamente sobre el país, pero los polacos han aprendido la lección.  En el contexto actual, buscan consolidarse como la «Fortaleza del Este» de Europa, un baluarte que  detenga y frustre el expansionismo ruso.  

La importancia estratégica de Polonia radica en su posición central dentro de la «Gran Llanura  Europea», lo que la convierte en un corredor natural para invasiones tanto desde el este como desde  el oeste. Además, su proximidad a las regiones montañosas cercanas a los Balcanes, su acceso  al mar Báltico y su papel como nexo entre Europa Occidental y los Países Bálticos refuerzan su  papel clave en la estructura defensiva del continente.

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Este análisis busca desentrañar el fortalecimiento militar de Polonia y su papel fundamental en la  seguridad europea, examinando cómo Varsovia se prepara para asumir una posición de liderazgo en  la contención de la amenaza rusa.  

La evolución de la estrategia de defensa de Polonia

La historia de Polonia ha estado marcada por conflictos recurrentes, siendo su rivalidad con Rusia  una constante que se remonta a tiempos inmemoriales. Esta confrontación ha dejado una profunda  huella en la cultura y en la memoria colectiva de ambas sociedades. Entre los episodios más destacados se encuentra la toma de Moscú por la Mancomunidad polaco-lituana en 1612, un  hito que alimentó las tensiones entre ambas naciones. 

Posteriormente, las sucesivas particiones de Polonia entre el Imperio Ruso, el Reino de Prusia y el  Imperio Austriaco en los siglos XVIII y XIX provocaron la desaparición del Estado polaco del  mapa europeo hasta las Guerras Napoleónicas. A comienzos del siglo XX, tras la Revolución  bolchevique, Polonia declaró la guerra a la recién formada República Socialista Federativa de Rusia, logrando una victoria crucial en la Guerra Polaco-Soviética (1919-1921).

Sin embargo, dos  décadas después, el pacto Ribbentrop-Molotov entre la Alemania nazi y la Unión Soviética selló  nuevamente el destino de Polonia, que fue repartida entre ambas potencias en 1939.  

Con la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial y el avance soviético sobre Europa Oriental, Polonia quedó bajo la influencia de Moscú, convirtiéndose en un Estado satélite dentro  del bloque comunista. Esta situación perduró hasta el colapso del régimen soviético, simbolizado por la caída del Muro de Berlín en 1989, lo que permitió la transición democrática polaca.  

En 1999, Polonia se convirtió en el primer país de la esfera postsoviética en adherirse a la OTAN,  marcando un punto de inflexión en su política de seguridad. Sin embargo, la anexión rusa de  Crimea en 2014 supuso un giro radical en el escenario geopolítico europeo. Ante la creciente amenaza rusa y los preparativos militares en la región, Polonia comenzó a replantear su doctrina de  defensa, sentando las bases de un progresivo rearme.  

El estallido de la guerra en Ucrania en 2022 reforzó aún más esta tendencia. La invasión rusa,  justificada bajo el pretexto de proteger a la población rusófona del Donbás, impulsó a Polonia a  incrementar significativamente su presupuesto de defensa. Esta estrategia se ha traducido en un  aumento del personal militar, en la modernización y adquisición de equipamiento avanzado, así  como en el desarrollo de su propia industria de defensa.  

Polonia, consciente de su posición estratégica en la llanura europea y de su papel como bastión  oriental de la OTAN, busca consolidarse como una potencia militar clave en Europa del Este,  capaz de contener y disuadir cualquier intento de expansión rusa.  

Expansión y modernización del ejército polaco

El contexto geopolítico actual, sumado a la idiosincrasia estratégica polaca, exige una respuesta  firme que disuada cualquier intento de agresión o, al menos, haga replantear su viabilidad.  2

La política de defensa polaca se fundamenta en tres pilares esenciales: el aumento del presupuesto  militar, el fortalecimiento de la defensa territorial y la cooperación estratégica con sus aliados  occidentales.  

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En primer lugar, Polonia se ha convertido en el mayor inversor europeo en defensa dentro de la  OTAN, con el objetivo de destinar hasta el 4,7% de su PIB, aunque se pretende aumentar esta  cifra progresivamente hasta llegar al 5%. Este ambicioso plan contempla la expansión de sus  fuerzas armadas hasta alcanzar los 500.000 efectivos, reforzado por el reclutamiento masivo impulsado por el Gobierno de Varsovia.  

Además del refuerzo de su personal, el país está llevando a cabo una modernización sin precedentes en su equipamiento militar. Entre las adquisiciones más destacadas se incluyen:  

  • 111 vehículos de combate Borsuk y más de 200 obuses K9, fortaleciendo su capacidad de  artillería.  
  • 260 tanques K2 y 48 aviones FA-50 de fabricación surcoreana, mejorando su capacidad de  combate terrestre y aéreo.  
  • La producción de al menos 48 sistemas de defensa aérea Patriot y cientos de misiles  tierra-aire AIM-120C AMRAAM, clave para su escudo antimisiles.  
  • 96 helicópteros Apache AH-64E adquiridos a Estados Unidos, reforzando su capacidad de  ataque aéreo.  
  • Más de 20 drones Bayraktar TB2 provenientes de Turquía, esenciales para el  reconocimiento y el combate moderno.  

El segundo pilar de la nueva estrategia de defensa polaca es el fortalecimiento de la Defensa  Territorial mediante una serie de medidas de entre las que se pueden destacar, la Operación  Podlasie Segura, el mantenimiento y refuerzo del muro que proteja la frontera oriental con Bielorrusia, con zanjas antitanque, tecnología antidrones y tecnología altamente avanzada, y la  creación de unidades formadas por reservistas y voluntarios.

Estas medidas están orientadas a  mejorar la capacidad de respuesta ante amenazas híbrida que podrían desestabilizar el país antes de  un conflicto convencional. 

Por último, la cooperación militar y la interoperabilidad con los ejércitos aliados es un elemento  clave de la estrategia polaca. Varsovia no solo busca reforzar su papel dentro de la OTAN, sino  también blindar su frontera oriental, la más vulnerable, que comparte con Bielorrusia y Ucrania. 

Este esfuerzo implica la mejora de infraestructuras defensivas, la realización de ejercicios conjuntos  con tropas aliadas y el desarrollo de estrategias coordinadas para hacer frente a cualquier amenaza  potencial.  

Con estas medidas, Polonia no solo busca garantizar su seguridad nacional, sino también  consolidarse como un bastión clave en la defensa europea, diversificando sus fuentes de  equipamiento y reforzando sus alianzas estratégicas en un contexto geopolítico cada vez más  volátil.  

Implicaciones geopolíticas y desafíos  

La nueva política de defensa polaca y la transformación de su ejército en uno de los más grandes  y tecnológicamente avanzados de Europa han generado una serie de repercusiones geopolíticas y  económicas. Si bien estas medidas refuerzan la seguridad nacional y consolidan el papel de Polonia  como un actor clave en la defensa europea, también conllevan desafíos en términos de relaciones  internacionales y sostenibilidad económica.  

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El ambicioso rearme polaco ha sido recibido con una fuerte oposición por parte de Moscú, que lo  percibe como una amenaza directa a su seguridad nacional. Desde el estallido de la guerra en  Ucrania, las relaciones entre ambos países están rotas, y este refuerzo militar no ha hecho más que  profundizar la brecha.  

En respuesta, Rusia ha intensificado el uso de tácticas híbridas contra Polonia, recurriendo a  estrategias de «zona gris» para desestabilizar al país sin recurrir a un conflicto armado directo. Entre  estas tácticas destacan:  

  • El uso de la inmigración  
  • Los ciberataques a infraestructuras críticas, dirigidos a sistemas gubernamentales, redes  energéticas y de transporte para probar la resiliencia polaca y desgastar sus capacidades  defensivas. 

Estas acciones forman parte de la estrategia rusa para erosionar la estabilidad de Varsovia y medir  su capacidad de respuesta ante amenazas no convencionales.  

No obstante el ambicioso objetivo del gobierno polaco de elevar el gasto en defensa al 4,7% del PIB plantea una serie de retos económicos. Este nivel de inversión requiere un reajuste fiscal  significativo, lo que inevitablemente afecta otras áreas clave del presupuesto nacional. Si bien el  rearme cuenta con un amplio respaldo político y social, con más del 70% de aprobación popular, su  financiación plantea dilemas que el gobierno de Donald Tusk debe resolver. Entre las estrategias  valoradas para sostener este gasto se encuentran:  

  • Recortes en áreas sociales como sanidad, educación y administración pública, lo que podría  generar tensiones internas y afectar el bienestar de la población.  
  • Incremento de impuestos, una medida impopular pero que permitiría mantener la estabilidad  fiscal sin comprometer otros sectores clave.  
  • Uso de fondos europeos, aprovechando los recursos destinados al fortalecimiento de  capacidades estratégicas dentro de la UE.  

Este escenario refleja el delicado equilibrio que Varsovia debe gestionar: reforzar su capacidad  militar sin comprometer su desarrollo social y económico a largo plazo.  

Polonia y su papel como Fortaleza del Este

Polonia se ha consolidado como un pilar fundamental en la seguridad europea, al igual que Francia o Reino Unido, posicionándose como principal escudo del flanco oriental de la OTAN. Su  transformación militar, impulsada por la creciente amenaza rusa y la inestabilidad geopolítica  global, ha redefinido su papel en el continente, alejándose de su tradicional dependencia estratégica  para asumir una postura más proactiva en la defensa colectiva.  

El ambicioso plan de rearme polaco no solo refuerza su capacidad disuasoria, sino que también  establece un precedente dentro de Europa, la necesidad de una inversión sostenida en defensa  para garantizar la soberanía y estabilidad regional. Sin embargo, este proceso no está exento de desafíos. La sostenibilidad económica del proyecto y las represalias rusas en múltiples frentes  pondrán a prueba la resiliencia polaca en los próximos años. 

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A largo plazo, la pregunta clave es si Polonia logrará consolidarse como el líder militar de  Europa del Este y un referente en la autonomía estratégica del continente. A lo cual, teniendo  en cuenta su creciente influencia en la seguridad regional, sugiere que la respuesta a la pregunta será afirmativa, y además de que ya a día de hoy, Polonia es el Estado mejor preparado para un conflicto armado de larga duración de Europa del Este y prácticamente de Europa en general, desempeñando por lo tanto un papel central en la arquitectura del programa de Autonomía Estratégica.

No obstante, esto dependerá de su capacidad para equilibrar su expansión militar con la  estabilidad económica y política a largo plazo.  

Polonia ha asumido el reto de ser la Fortaleza del Este, su futuro como bastión defensivo de  Europa dependerá de su capacidad para transformar su poder militar en una herramienta de estabilidad y disuasión efectiva, asegurando no solo su propia seguridad, sino también la de toda  Europa frente al Oso Ruso.  

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Estado fantasma: qué es y cómo funcionan los países que no reconoce el mundo

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Este artículo explica qué es un Estado fantasma, cómo funcionan estos territorios que operan como países sin reconocimiento internacional y cuáles son los casos más conocidos en la actualidad.

Un Estado fantasma funciona como un país en la práctica, aunque casi ningún gobierno del mundo lo reconozca oficialmente. Tiene instituciones propias, administra su territorio y toma decisiones políticas sin depender del Estado del que se separó, pero su existencia no cuenta con legitimidad internacional.

La mayoría de estos territorios aparecen tras conflictos armados, crisis políticas o procesos de independencia fallidos. Los dirigentes locales consolidan el control del territorio y crean una estructura estatal completa con parlamento, tribunales, fuerzas de seguridad y administración pública.

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Esa situación deja a sus ciudadanos en una posición complicada fuera del territorio. Los documentos emitidos por estos gobiernos rara vez tienen validez internacional. Para viajar, trabajar o abrir cuentas bancarias en otros países, muchos habitantes necesitan conservar la nacionalidad del Estado del que formalmente siguen formando parte.

Cómo funcionan los Estados fantasma

Las autoridades de un Estado fantasma gobiernan su territorio con mecanismos muy similares a los de cualquier país reconocido. Mantienen policía, ejército y sistemas de seguridad que garantizan el control interno y protegen las fronteras frente al Estado del que se separaron.

La administración pública también funciona con normalidad dentro del territorio. Los gobiernos locales recaudan impuestos, expiden documentos oficiales, registran nacimientos y organizan elecciones. Los tribunales aplican leyes propias y resuelven conflictos civiles y penales como en cualquier sistema judicial.

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La economía suele depender de apoyos externos. Muchos de estos territorios sobreviven gracias a la ayuda financiera, militar o energética de un país que sí tiene reconocimiento internacional. Ese respaldo permite sostener infraestructuras, pagar funcionarios y mantener fuerzas armadas.

El aislamiento diplomático obliga a buscar soluciones alternativas para relacionarse con el exterior. En lugar de embajadas formales, algunos territorios abren oficinas comerciales o culturales en otros países. Estas representaciones gestionan comercio, contactos políticos o trámites administrativos sin reconocimiento oficial.

Ejemplos de Estados fantasma en la actualidad

Transnistria mantiene desde principios de los años 90 un control efectivo sobre un pequeño territorio situado entre Moldavia y Ucrania. El gobierno local administra la región con instituciones propias, fuerzas armadas y moneda, aunque ningún país miembro de la ONU reconoce oficialmente su independencia.

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Abjasia y Osetia del Sur proclamaron su separación de Georgia tras varios conflictos armados. Rusia y un reducido número de países aceptan su independencia, pero la mayoría de la comunidad internacional sigue considerándolas parte del territorio georgiano.

Por otro lado, la República Turca del Norte de Chipre administra la zona norte de la isla desde la división de Chipre en 1974. Ankara respalda políticamente a este territorio y es el único gobierno que reconoce formalmente su existencia como Estado.

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Von der Leyen cuestiona el orden internacional basado en reglas

La presidenta de la Comisión Europea pide una política exterior europea propia «más realista y guiada por intereses» ante un mundo en crisis.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha declarado que la Unión Europea «ya no puede confiar» en el orden internacional basado en reglas como «la única manera» de defender sus intereses. Lo hizo este lunes en la conferencia anual de embajadores de la UE celebrada en Bruselas, donde advirtió de que Europa «ya no puede ser la guardiana del antiguo orden mundial» ni de un mundo «que ya se ha ido y no volverá».

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La dirigente alemana reclamó una reflexión «urgente» sobre si los procesos de toma de decisiones diseñados en «un mundo de posguerra caracterizado por estabilidad y multilateralismo» han seguido el ritmo de los cambios actuales. Von der Leyen fue más lejos aún al poner en cuestión si el orden internacional basado en normas «es más una ayuda o un obstáculo para la credibilidad de la UE como actor geopolítico». Con esa base, llamó a construir un camino europeo «propio» y a impulsar «una política exterior más realista y guiada por intereses».

La guerra en Irán y sus consecuencias

En relación con el conflicto en Irán, Von der Leyen pidió a los embajadores no debatir si la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero era «necesaria» o «elegida», al considerar que ese debate «en parte pierde el punto central». Señaló que «no deberían derramarse lágrimas» por el régimen de Teherán, al que acusó de haber infligido «la muerte» y la «represión» a su propio pueblo. Al mismo tiempo, afirmó que muchos iraníes dentro y fuera del país celebraron la muerte del ayatolá Alí Jamenei y esperan que ese momento «pueda abrir un camino hacia un Irán libre».

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Sin embargo, la presidenta comunitaria no ignoró las consecuencias del conflicto. Advirtió de que «el efecto dominó ya es una realidad», con impactos en la energía, las finanzas, el comercio, el transporte y el desplazamiento de personas. Asimismo, mencionó también el ataque a una base militar británica en Chipre y los ciudadanos atrapados en fuego cruzado en la región. Ante ello, rechazó de pleno la idea de «simplemente replegarse y retirarse de este mundo caótico», calificándola de «falacia».

Ucrania y la reforma institucional de la UE

Respecto a Ucrania, Von der Leyen reafirmó que «Europa siempre estará con Ucrania, pase lo que pase en otros lugares», aunque explicó que la guerra «debe terminar de una manera que no siembre las semillas de futuros conflictos». En ese contexto, denunció las dificultades para desbloquear el préstamo de 90.000 millones de euros frenado por Hungría, que justifica su veto por el bloqueo ucraniano al tránsito de crudo ruso a través del oleoducto Druzhba. «Esto nos devuelve al punto sobre si nuestro sistema sigue siendo capaz de ofrecer resultados de manera eficiente», afirmó.

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Finalmente, Von der Leyen cuestionó el sistema de unanimidad en política exterior de la UE, aplicando «la misma lógica» a la política de ampliación del bloque. Insistió en que, más allá del debate técnico sobre los méritos de cada candidatura, la ampliación debe tratarse como «una cuestión de interés y seguridad comunes para Europa». La UE, aseguró, «cumplirá sus compromisos» porque su credibilidad y seguridad dependen de ello.

Estados Unidos designa a Afganistán como «Estado patrocinador de detenciones injustas»

Rubio exige el fin de las detenciones injustas y la liberación inmediata de Coyle y Habibi, dos estadounidenses retenidos.

El Departamento de Estado de Estados Unidos designó este lunes a Afganistán como «Estado patrocinador de detenciones injustas», en una declaración formal que acusa al régimen talibán de secuestrar personas con fines políticos y económicos. El secretario de Estado, Marco Rubio, firmó el comunicado y señaló directamente al gobierno talibán: «Los talibán continúan empleando tácticas terroristas, secuestrando personas para pedir rescate o buscando concesiones políticas». La medida eleva la presión diplomática de Washington sobre Kabul al máximo nivel institucional.

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En ese mismo comunicado, Rubio advirtió que viajar a Afganistán supone un riesgo directo para los ciudadanos estadounidenses y exigió la liberación inmediata de dos compatriotas retenidos sin cargos. «Los talibanes deben liberar a Dennis Coyle, Mahmud Habibi y a todos los estadounidenses detenidos injustamente en Afganistán ahora», reclamó, añadiendo que el régimen debe «comprometerse a cesar la práctica de la diplomacia de rehenes para siempre».

Los dos estadounidenses retenidos sin cargos

Uno de los casos más llamativos es el de Dennis Coyle, investigador lingüístico de 65 años que llevaba casi dos décadas viviendo en el país cuando la inteligencia talibán lo detuvo en enero de 2025. Según sus familiares, Coyle permanece en condiciones de casi aislamiento, sin acceso a atención médica adecuada y sin libertad para usar el baño sin permiso. No se han formulado cargos en su contra.

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El segundo ciudadano reclamado es Mahmud Habibi, empresario estadounidense de origen afgano arrestado en agosto de 2022 junto a unos treinta empleados de su empresa, la mayoría de los cuales ya han sido liberados. La Fundación Foley, ONG especializada en la liberación de estadounidenses retenidos en el extranjero, confirmó que Habibi permanece incomunicado con su familia y sin acceso a diplomáticos de su país, también sin cargos formales presentados por las autoridades talibán.

Mujeres, libertad y poder: la hora de la verdad tras medio siglo de silencio

Este artículo analiza el papel de las mujeres en la crisis actual de Irán y en el posible rediseño de su sistema político. Rosalía Fernández, alumna del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico, examina cómo durante décadas el debate internacional se centró en la seguridad y el programa nuclear, dejando en segundo plano la situación de las mujeres.

Ayer, el mundo volvió a mirar a Irán. Pero las mujeres iraníes llevan medio siglo mirando al mundo.

Durante décadas, la República Islámica fue analizada en clave nuclear, energética o securitaria. Muy pocas veces en clave humana. Y casi nunca en clave femenina. Sin embargo, las activistas iraníes llevan años recordando una verdad sencilla: la salud de una sociedad se mide por la situación de sus mujeres. Si ese hubiera sido el indicador central, el diagnóstico internacional sobre Irán habría sido inequívoco hace décadas: un sistema político teocrático sostenido sobre la subordinación legal y simbólica de la mitad de su población.

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Hoy, tras los ataques de Estados Unidos e Israel y la aparente erosión del núcleo teocrático, el debate global gira en torno a estabilidad regional, sucesión política y equilibrio estratégico. Pero hay una pregunta más profunda que debería preceder a todas las demás:

¿qué lugar ocuparán las mujeres iraníes en el rediseño del poder que inevitablemente seguirá a la crisis del régimen?

El riesgo de otra transición sin mujeres en Irán

La historia política muestra un patrón recurrente: los cambios de régimen suelen negociarse entre élites masculinas mientras los derechos de las mujeres se posponen «para después». Ese después puede durar generaciones.

El peligro actual en Irán no es solo la continuidad del autoritarismo, sino su mutación: un sistema post-teocrático que preserve estructuras patriarcales bajo nuevas formas de legitimidad. La caída de una ideología no implica la desaparición de su arquitectura social. Sin igualdad jurídica explícita, la subordinación femenina puede sobrevivir a la teocracia.

La evidencia comparada muestra que la exclusión estructural de las mujeres es un factor de inestabilidad política y fragilidad estatal, no solo una vulneración de derechos.

Medio siglo de geopolítica sin mujeres

Desde 1979, la relación internacional con Irán estuvo dominada por seguridad, energía y no proliferación. En ese tablero, los derechos de las mujeres fueron periféricos.

Mientras se negociaban las centrifugadoras del programa nuclear, las niñas podían ser consideradas adultas a los nueve años. Mientras se discutían sanciones, la ley permitía a un marido vetar el trabajo de su esposa. Mientras se hablaba de estabilidad regional, millones de mujeres vivían bajo coerción legal cotidiana.

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La ofensiva actual confirma la misma jerarquía: el mundo actúa cuando percibe amenaza estratégica, no cuando se vulneran derechos estructurales.

La distinción que las mujeres iraníes defendieron

Durante décadas, feministas iraníes insistieron en diferenciar islam —religión plural— de islamismo teocrático —ideología política totalitaria—. Esa distinción permitía defender derechos sin caer en prejuicios culturales. Sin embargo, el debate internacional evitó con frecuencia esa claridad, debilitando a las activistas internas y permitiendo al régimen presentarse como protector cultural.

Reconocer hoy esa diferencia es esencial para que cualquier transición sea legítima y no percibida como imposición externa.

Mahsa Amini y la ruptura del miedo

La muerte de Mahsa Amini hizo visible al mundo una violencia que las iraníes conocían desde hacía décadas: el control político del cuerpo femenino. El lema «Mujer, Vida, Libertad» expresó una idea democrática radical: sin igualdad de género no hay ciudadanía plena.

Ese movimiento introdujo además una transformación histórica: la alianza social entre mujeres y hombres contra el patriarcado estatal. Cuando una sociedad comprende que la opresión femenina empobrece a todos, el cambio deja de ser sectorial y pasa a ser civilizatorio.

El momento actual: oportunidad y peligro

La erosión del poder teocrático abre una posibilidad inédita. Pero la experiencia comparada advierte: el colapso de un régimen no garantiza igualdad ni democracia.

Experiencias como Afganistán, Irak o las transiciones árabes muestran que la caída de un régimen no garantiza ni igualdad ni estabilidad si la arquitectura de género no cambia.

Existe el riesgo de que la cuestión femenina vuelva a subordinarse a seguridad o estabilidad, como durante décadas. Pero también existe una oportunidad histórica: que la legitimidad de cualquier nuevo orden iraní dependa de su credibilidad en derechos humanos, incluida la igualdad de las mujeres.

La prueba de coherencia internacional

Si realmente estamos ante el final de la teocracia iraní, la comunidad internacional tiene una responsabilidad que ha evitado durante medio siglo: situar la igualdad jurídica femenina como pilar estructural —no simbólico— de cualquier normalización política futura.

Porque Irán deja una lección universal: cuando los derechos de las mujeres se consideran negociables, la libertad colectiva también lo es.

Escuchar a quienes resistieron

Durante décadas, mujeres iraníes sostuvieron resistencia cotidiana frente a un sistema que las consideraba menores legales: estudiar, trabajar, educar, protestar, sobrevivir. Esa persistencia social explica en parte la fragilidad actual del régimen: ningún sistema que reprime a la mitad de su población logra estabilidad indefinida.

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Hoy, cuando el mundo redescubre Irán en clave estratégica, conviene recordar que ellas nunca dejaron de verlo con claridad.

La hora de la verdad

¿La pregunta no es solo qué ocurrirá en Irán? Es qué hará el mundo con lo que ocurra.

Si la igualdad femenina vuelve a quedar subordinada a la geopolítica, la historia se repetirá. Si, por el contrario, la transición iraní sitúa a las mujeres en el centro, podría emerger uno de los precedentes más transformadores del siglo XXI: una transición pos-teocrática impulsada por un movimiento feminista socialmente transversal.

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Hoy, cuando el mundo redescubre Irán en clave estratégica, conviene recordar que ellas nunca dejaron de verlo con claridad. Las mujeres iraníes llevan cincuenta años resistiendo; décadas de lucha silenciosa que han sostenido la esperanza de libertad y la reivindicación de sus derechos. El mundo llega ahora, enfrentado a la responsabilidad de reconocer esa resistencia y actuar en consecuencia. La cuestión es si llega dispuesto a escuchar.

Porque la estabilidad futura de Irán (y por extensión de Oriente Próximo) dependerá en gran medida de si la igualdad de las mujeres deja de ser una cuestión social y pasa a ser un pilar estructural del nuevo orden político.

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Contrarrestar la narrativa yihadista: claves geopolíticas, históricas y teológicas para un discurso alternativo eficaz

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El yihadismo se mantiene como una amenaza global no sólo por su violencia, sino por la fuerza de su narrativa ideológica.  En este artículo, Eduardo Vieitez, alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, analiza cómo funciona ese relato y por qué comprenderlo es clave para construir una contranarrativa eficaz frente al extremismo.

El yihadismo contemporáneo ha logrado consolidarse como una de las amenazas más persistentes del siglo XXI no únicamente por su capacidad operativa o su violencia  espectacular, sino por la fuerza de su narrativa. La ideología yihadista, desde Al Qaeda hasta  Estado Islámico, ha articulado un relato que da sentido al desorden internacional, interpreta  las humillaciones históricas y ofrece una promesa de pertenencia y heroísmo a individuos que  se sienten desconectados de su entorno.

Esa narrativa (simplificada, emocional y  profundamente política) sigue teniendo un impacto global porque consigue conectar  frustraciones locales con guerras lejanas, agravios personales con injusticias estructurales y  vacíos identitarios con una supuesta misión trascendente. 

Sin embargo, esa narrativa es falsa. Su visión de la historia islámica es una reconstrucción ideológica; su interpretación teológica, selectiva y descontextualizada; su explicación  geopolítica, reduccionista; sus promesas políticas, inviables. Lo que ofrece es un espejismo  que se desmorona en cuanto los extremistas se transforman en gobernantes. Las experiencias  de Mosul, Raqqa o el norte de Malí hablan por sí mismas. 

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En este contexto, construir una contranarrativa no es un ejercicio retórico, sino una necesidad  estratégica. Requiere integrar análisis geopolítico, comprensión histórica, rigor teológico y  conocimiento sociológico. Para ello, este artículo se apoya en trabajos fundamentales de  Oliver Roy, Gilles Kepel, Shiraz Maher, Fawaz Gerges, Thomas Hegghammer y Farhad  Khosrokhavar, referentes en el estudio del extremismo y la radicalización. 

El Yihadismo como fenómeno geopolítico: insurgencias en  un orden internacional fracturado 

El error de interpretar el yihadismo como un fenómeno meramente religioso ha condicionado  durante años las estrategias internacionales. Aunque la retórica extremista se exprese en clave  islámica, la lógica que explica su emergencia y expansión está profundamente anclada en coyunturas geopolíticas. 

El patrón es claro: los grupos yihadistas prosperan en contextos donde confluyen vacíos de  poder, fracturas sectarias e intervenciones militares externas. Afganistán en los años ochenta  fue el primer gran escenario en el que se articuló un movimiento transnacional de combatientes, auspiciado por Estados que buscaban equilibrar la influencia soviética. Ese modelo (un conflicto local amplificado por dinámicas globales) se repetiría más tarde en  Irak, Siria, Libia, Yemen o el Sahel. 

Irak es quizá el caso paradigmático. La invasión de 2003 desmanteló estructuras estatales e  institucionales sin ofrecer una alternativa funcional. La disolución del ejército y la  marginación de grandes sectores sunníes generaron resentimiento, sensación de humillación y  un terreno abonado para la insurgencia. Como explica Fawaz Gerges, Estado Islámico no  surgió de la nada: es la culminación de años de guerra, rivalidades sectarias, errores  estratégicos y ausencia de gobernanza. 

Siria siguió una trayectoria similar. La represión del régimen, la proliferación de milicias, la  intervención de potencias regionales y la indiferencia selectiva de la comunidad internacional  crearon un escenario idóneo para que los yihadistas crecieran bajo la apariencia de «defensores» de las poblaciones sunníes. Cuando el Estado se fragmenta y la violencia se  vuelve estructural, quienes prometen orden y justicia (aunque sea mediante métodos  brutales) ganan atractivo. 

Por ello, una contranarrativa eficaz debe reconocer explícitamente la realidad de estas injusticias y vacíos. Negarlas o minimizarlas solo fortalece la propaganda yihadista, que  presenta a los extremistas como la única fuerza capaz de responder a la intervención  extranjera o al abandono internacional. 

Pero también debe mostrar un hecho fundamental: allí donde el yihadismo ha gobernado, la  situación ha sido mucho peor. Crisis humanitarias devastadoras, economías paralizadas,  represión masiva, desplazamientos forzosos y persecución sectaria. La narrativa que promete  orden y dignidad produce, en realidad, caos y miseria. 

Identidad, ruptura y radicalización: el atractivo de un relato totalizante

Más allá de la geopolítica, la narrativa yihadista funciona porque ofrece un marco identitario  claro en un mundo marcado por la fragmentación. Oliver Roy sostiene que la radicalización  contemporánea no es un fenómeno religioso de origen, sino una «islamización de la  radicalidad»: jóvenes en crisis identitaria adoptan una gramática islámica para canalizar su ruptura con la sociedad, pero su motivación no es religiosa en sentido estricto. 

Los perfiles son diversos (jóvenes de suburbios europeos, universitarios de clase media, inmigrantes de segunda generación, individuos sin arraigo comunitario), pero comparten  patrones: buscan un sentido vital, una misión épica, un grupo de pertenencia claro y una  explicación moral del mundo. La narrativa yihadista reduce la complejidad global a una lucha entre opresores y oprimidos, entre creyentes y enemigos, entre pureza y corrupción. Ese  relato binario otorga seguridad psicológica en un entorno incierto.

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Gilles Kepel matiza esta idea al recordar que el salafismo yihadista ha sabido construir una  identidad de sustitución: una identidad fuerte, que no admite ambigüedades, que convierte la  pertenencia religiosa en pertenencia política. Para muchos jóvenes de la diáspora, atrapados  entre culturas, esta identidad representa una salida frente a la sensación de no encajar ni en su  sociedad de origen ni en la de acogida. 

Frente a ello, una contranarrativa eficaz debe ofrecer identidades positivas, sólidas y no violentas, que conecten con la historia real del mundo islámico: una historia de civilizaciones  comerciales, centros urbanos multiculturales, avances científicos y convivencia con diversas  religiones. Identidades que muestren que ser musulmán y moderno, o ser musulmán y  ciudadano global, no solo es posible, sino que ha sido la norma histórica en vastas regiones  del mundo islámico. 

El mito del califato: la historia como recurso político

Uno de los elementos centrales de la propaganda yihadista es la promesa del retorno del califato. Pero la noción que manejan grupos como ISIS es una proyección moderna, más  cercana a los totalitarismos del siglo XX que a los califatos omeya o abasí. 

Shiraz Maher demuestra que el califato históricamente funcionó como un marco político flexible, caracterizado por la diversidad étnica, la coexistencia de distintas escuelas jurídicas  y la autonomía relativa de regiones y comunidades. Nada más lejos del proyecto homogéneo, centralizado y represivo propuesto por los extremistas. 

Políticamente, el «califato» de 2014 fue una utopía imposible: sustentado en el terror, sin  instituciones sostenibles, sin una economía viable, sin legitimidad teológica. Su colapso  territorial rápido dejó en evidencia su fragilidad estructural. 

Este punto es crucial en la contranarrativa: mostrar que los extremistas instrumentalizan la nostalgia histórica para fines políticos contemporáneos. El califato no es una alternativa real  para resolver los problemas actuales del mundo musulmán; es una fantasía movilizadora que  ignora la complejidad histórica y destruye la diversidad cultural que caracterizó a las  civilizaciones islámicas. 

Combatir la ingeniería teológica: recuperar el sentido real  de los conceptos 

El extremismo yihadista sobrevive gracias a una lectura selectiva y ahistórica del islam. Su reinterpretación pasa por: 

  • Simplificar conceptos complejos.
  • Ignorar el consenso jurídico tradicional.
  • Usar pasajes coránicos fuera de contexto.
  • Convertir elementos espirituales en mandatos militares.

El caso más paradigmático es la yihad. En el islam clásico, el término abarca dimensiones  espirituales, éticas y sociales. La yihad armada existió, pero con limitaciones estrictas:  prohibición de matar civiles, respeto por personas religiosas, protección de bienes,  prohibición de tortura y autoridad legítima para declarar la guerra. 

Nada de esto aparece en la doctrina de Al Qaeda o de ISIS. 

Otro concepto manipulado es el takfir, declarar apóstata a otro musulmán. La tradición  islámica lo ha considerado históricamente un acto extremadamente grave, prohibido salvo en  circunstancias excepcionales. Pero los extremistas lo utilizan como herramienta para  justificar ejecuciones masivas, esclavitud, persecución de minorías y purgas internas. 

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La contranarrativa debe recuperar el legado jurídico e intelectual del islam clásico: ciencias  del hadiz, jurisprudencia comparada, filosofía islámica, escuelas jurídicas. Debe mostrar que  los extremistas representan una ruptura radical con siglos de tradición, no su culminación. 

Emociones, estética y heroísmo: el atractivo simbólico del  yihadismo 

El éxito del extremismo no es únicamente doctrinal: es emocional. Thomas Hegghammer ha  demostrado que muchos reclutas se sienten atraídos por la dimensión estética del yihadismo:  banderas negras, uniformes, nasheed épicos, vídeos editados profesionalmente, estética  militar y narrativa de sacrificio. 

El yihadista se convierte en protagonista de una epopeya moderna, alguien que trasciende su  anonimato (nadie a «combatiente por una causa global»). Esta transformación  emocional es una de las claves del reclutamiento, especialmente entre jóvenes que sienten  que su vida carece de sentido. 

La contranarrativa debe ofrecer un contra-heroísmo: figuras musulmanas reales que  reconstruyen, protegen, enseñan, curan o negocian la paz. Héroes de la vida cotidiana, no de  la destrucción. 

Internet: el nuevo califato simbólico 

El yihadismo ha sabido convertir Internet en un territorio estratégico. Según Farhad  Khosrokhavar, las redes sociales crean «comunidades imaginadas» que permiten al individuo  sentirse parte de una fraternidad global, incluso cuando está aislado. 

Los extremistas han desarrollado: 

  • Canales de difusión descentralizados 
  • Revistas en PDF como Dabiq o Inspire 
  • Vídeos de alta calidad con narrativa cinematográfica
  • Redes sociales segmentadas por idioma y territorio 
  • Propaganda adaptada a nichos concretos (mujeres, jóvenes, conversos, minorías  étnicas). 

Una contranarrativa moderna debe ocupar ese mismo espacio con igual profesionalidad y más credibilidad: creadores culturales musulmanes, líderes comunitarios jóvenes, influencers,  docentes, periodistas especializados, figuras deportivas o científicas con legitimidad social. 

Mujeres y yihadismo: entre el espejismo de la dignidad y el  control absoluto 

La narrativa yihadista también se dirige a las mujeres, prometiendo respeto, comunidad,  protección y protagonismo espiritual. Sin embargo, como ha documentado Mia Bloom, la realidad es de control totalitario, coerción sexual, matrimonios forzados, explotación  doméstica y eliminación absoluta de la autonomía. 

El uso de mujeres en roles logísticos, propagandísticos o incluso operativos no representa  emancipación, sino una instrumentalización extrema del cuerpo femenino. 

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La contranarrativa debe mostrar modelos reales de liderazgo femenino musulmán (académicas, activistas, empresarias, intelectuales, imames en contextos comunitarios) que  demuestran que la dignidad no pasa por el sometimiento ni por el sacrificio de la libertad. 

Socioeconomía y radicalización: desigualdad, precariedad  y ausencia de horizontes 

En muchos contextos, la radicalización está asociada a entornos donde la desigualdad y la falta de oportunidades son estructurales. Para jóvenes sin acceso a educación, empleo o  movilidad social, la narrativa yihadista opera como una vía de escape simbólico y emocional. 

Pero los hechos contradicen esa promesa. Donde los grupos extremistas gobiernan: 

  • Las oportunidades económicas desaparecen, 
  • El comercio se paraliza, 
  • La vida cotidiana se militariza, 
  • Las mujeres pierden derechos, 
  • Los jóvenes quedan atrapados en una economía de guerra. 

Integrar esta realidad en la contranarrativa es fundamental para mostrar el fraude económico  del extremismo.

Hacia una contranarrativa integral: teología, política y  comunidad 

La contranarrativa eficaz debe unir tres dimensiones: 

1. Teológica

Para desmontar los argumentos doctrinales del yihadismo, clarificando el verdadero significado de la yihad, el estatus de los civiles, la legitimidad política y el consenso jurídico  clásico. 

2. Política y geoestratégica 

Para reconocer injusticias globales reales (ocupación, discriminación, desigualdad,  intervenciones inconsistentes) sin justificar soluciones violentas. Para mostrar vías efectivas  de acción política pacífica, participación ciudadana, diplomacia y cooperación internacional. 

3. Emocional y comunitaria 

Para ofrecer pertenencia, propósito y reconocimiento social a quienes buscan sentido. Nada derrota una narrativa emocional más que otra narrativa emocional, pero más constructiva. 

Conclusión: una narrativa para reconstruir sentido en el orden global 

El yihadismo seguirá existiendo mientras existan guerras prolongadas, Estados colapsados,  frustraciones generacionales y vacíos identitarios. Pero su fuerza depende sobre todo de su  narrativa: una historia falsa que promete dignidad y justicia, pero produce destrucción y  miedo. 

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La contranarrativa que necesitamos (desde la geopolítica, la historia y la teología) debe  afirmar la vida, la justicia, la convivencia y la dignidad humana. Debe recordar que el mundo  islámico no es hijo de la violencia, sino de la creatividad, el comercio y la filosofía. Y debe  mostrar que la estabilidad global solo puede construirse con cooperación, desarrollo y  ciudadanía activa. 

El extremismo prospera donde hay vacío. La contranarrativa debe llenarlo con sentido,  oportunidad, memoria histórica y visión de futuro. Solo así podrá competir con una ideología  que, aunque falsa, ofrece respuestas simples a problemas complejos. El reto es demostrar que existen alternativas reales, éticas y eficaces para reconstruir un orden internacional más  humano y más justo.

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La OTAN derriba por segunda vez en una semana un misil iraní sobre territorio turco

La Alianza Atlántica intercepta en Gaziantep una segunda munición balística procedente de Irán sin causar víctimas.

Los sistemas antiaéreos de la OTAN desplegados en el Mediterráneo oriental han neutralizado este lunes un segundo misil balístico lanzado desde Irán que sobrevolaba espacio aéreo turco. Los restos del proyectil interceptado cayeron en una zona deshabitada de Gaziantep, según informó el Ministerio de Defensa de Turquía en un comunicado oficial. El incidente se produce apenas cinco días después del primero, ocurrido el pasado miércoles, cuando una munición similar fue igualmente derribada por la Alianza Atlántica.

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Las autoridades turcas confirmaron que «no ha habido víctimas ni heridos» y subrayaron que la munición fue neutralizada antes de causar daño alguno. Ambos episodios se enmarcan en el contexto de las represalias de Irán contra la ofensiva militar lanzada por Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero. Sin embargo, Ankara ha dejado claro que no tolerará más violaciones de su soberanía.

Turquía advierte de respuesta contundente ante futuras amenazas

En este sentido, Turquía advirtió de que «se tomarán todas las medidas necesarias de forma decidida y sin vacilaciones contra cualquier amenaza dirigida al territorio y al espacio aéreo» del país. Además, el Gobierno turco instó a todos los actores implicados a «prestar atención a las advertencias de Turquía», al tiempo que reafirmó que el país confiere «gran importancia a las relaciones de buena vecindad y a la estabilidad regional».

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Por su parte, la portavoz de la OTAN, Allison Hart, confirmó que la Alianza ha «interceptado nuevamente un misil que se dirigía a Turquía» y añadió que «la OTAN se mantiene firme en su disposición a defender a todos los aliados ante cualquier amenaza». La organización trasatlántica había reforzado previamente su defensa antimisiles frente a los que calificó de «ataques indiscriminados» de Teherán, en respuesta directa a la escalada militar en Oriente Próximo.