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La resiliencia digital en defensa y su impulso por la Unión Europea

La digitalización ha transformado el ámbito de la defensa, pero también ha abierto la puerta a nuevas vulnerabilidades. En este artículo, Elena Bueso analiza el concepto de resiliencia digital en defensa y el impulso de la Unión Europea para consolidarla mediante políticas y estrategias clave.

En un mundo cada vez más digitalizado, la resiliencia digital en defensa es clave para garantizar la seguridad y la soberanía de las naciones. La Unión Europea (UE) ha tomado conciencia de esta necesidad y ha puesto en marcha iniciativas para reforzar su postura frente a las ciberamenazas. Estas se han convertido en una de las mayores amenazas para la estabilidad global.

La transformación digital ha tocado todos los aspectos de la vida moderna, incluido el sector de la defensa. Con la creciente dependencia de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), el ámbito militar no ha sido ajeno a la revolución digital. Sin embargo, esta digitalización también ha introducido nuevas vulnerabilidades.

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La resiliencia digital en defensa es la capacidad de un sistema para resistir, adaptarse y recuperarse tras incidentes cibernéticos. Su objetivo es garantizar que las infraestructuras críticas sigan operativas y que la información se mantenga segura.

En tiempos de creciente interconexión, la seguridad digital es crucial para proteger tanto la soberanía de los países como la integridad de las operaciones militares.

El entorno geopolítico actual está marcado por amenazas cibernéticas cada vez más sofisticadas. Esto exige que los países desarrollen una defensa cibernética robusta. En este contexto, la UE ha implementado diversas iniciativas para proteger sus infraestructuras críticas y capacidades militares. El objetivo es mantenerlas operativas frente a ciberataques que podrían tener un impacto devastador.

El marco de ciberseguridad de la UE para reforzar la resiliencia digital

La Unión Europea ha asumido un papel activo en el desarrollo de marcos normativos y estratégicos para reforzar la resiliencia digital frente a amenazas cibernéticas. Uno de los más importantes es la Estrategia de Ciberseguridad de la UE, cuyo objetivo es construir una Europa más segura en el ciberespacio.

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Esta estrategia busca proteger tanto a los ciudadanos como a las empresas. Fue revisada y actualizada en 2020. Además de proteger infraestructuras críticas, también impulsa una gobernanza sólida para gestionar y mitigar riesgos cibernéticos a nivel europeo.

Un elemento clave dentro de esta estrategia es la Ley de Resiliencia Cibernética (Cyber Resilience Act), que entró en vigor en diciembre de 2024.

Esta ley establece un marco normativo para garantizar que todos los productos con elementos digitales cumplan requisitos estrictos de seguridad cibernética durante todo su ciclo de vida. Abarca desde dispositivos de hardware hasta aplicaciones de software. Las empresas fabricantes deberán asegurar actualizaciones automáticas de seguridad y reportar cualquier incidente. Esto es esencial para prevenir vulnerabilidades antes de que sean explotadas por actores maliciosos.

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Además, el Digital Operational Resilience Act (DORA), en vigor desde enero de 2025, refuerza la ciberseguridad en sectores clave como los servicios financieros. Estos sectores también son esenciales para la defensa. Aunque su objetivo principal es garantizar la resiliencia digital en el ámbito financiero, sus principios pueden aplicarse al sector defensa. DORA exige que las instituciones con infraestructura digital cuenten con planes sólidos para mantener la operatividad frente a incidentes cibernéticos.

Iniciativas específicas en defensa

Más allá de las políticas generales de ciberseguridad, la UE ha implementado medidas específicas dentro del ámbito de la defensa para mejorar la resiliencia digital. Un ejemplo claro es la Estrategia ProtectEU, que tiene como objetivo proteger las infraestructuras críticas de la UE contra una variedad de amenazas, incluidas las cibernéticas. Esta estrategia refuerza la cooperación entre los Estados miembros para enfrentar amenazas híbridas, que combinan ataques físicos y cibernéticos.

A través de ProtectEU, la UE ha logrado establecer un marco de cooperación en defensa cibernética, que incluye tanto la protección de infraestructuras críticas como la capacitación en ciberseguridad para los equipos de defensa.

Esta estrategia se complementa con la implementación de las Directivas CER (Ciberseguridad en Europa) y NIS2 (Seguridad de las redes y la información), que tienen como objetivo estandarizar las normas de seguridad cibernética a nivel europeo, mejorando la preparación de los Estados miembros frente a incidentes de ciberseguridad.

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La Cooperación Estructurada Permanente (PESCO), lanzada en 2017, también juega un papel importante en este esfuerzo. A través de PESCO, los países de la UE trabajan conjuntamente en proyectos de defensa, muchos de los cuales están centrados en mejorar la ciberseguridad y la interoperabilidad digital entre las fuerzas armadas.

Proyectos como la Red de Vigilancia Marítima (MARSUR) y el Sistema Europeo de Drones de Media Altitud y Largo Alcance (MALE) no solo mejoran las capacidades operativas, sino que también fortalecen la defensa contra ciberataques a través de la integración de tecnologías más seguras.

La ciberdefensa y el futuro de la resiliencia digital

El futuro de la resiliencia digital en defensa se presenta desafiante, dada la naturaleza dinámica de las amenazas cibernéticas. Los actores estatales y no estatales están desarrollando nuevas formas de atacar infraestructuras críticas, y las capacidades tecnológicas están evolucionando rápidamente.

En este contexto, la UE no solo debe centrarse en la protección de sus infraestructuras actuales, sino también en anticiparse a las amenazas emergentes. Esto implica invertir en inteligencia artificial (IA), capacidades de detección y defensa automatizadas, y fomentar una cooperación más estrecha con actores fuera de la UE, como la OTAN, para crear una defensa cibernética más robusta.

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Además, la Ciberdefensa de la UE se está consolidando como una prioridad. El Centro de Ciberdefensa de la UE, establecido en 2020, coordina los esfuerzos de los Estados miembros en la defensa contra ataques cibernéticos, promoviendo el intercambio de inteligencia y recursos en tiempo real. La creación de un Ejército Cibernético Europeo, aunque aún en discusión, podría ser una de las futuras iniciativas clave para consolidar la defensa cibernética de la UE.

La resiliencia digital en defensa es un aspecto fundamental para la seguridad de la UE en un mundo digitalizado. A través de estrategias clave como la Ley de Resiliencia Cibernética, el Digital Operational Resilience Act y la Estrategia ProtectEU, la Unión Europea está reforzando su postura frente a las amenazas cibernéticas.

A medida que los ciberataques se vuelven más complejos y peligrosos, la UE está desarrollando una infraestructura de defensa digital más avanzada, que no solo protegerá sus infraestructuras críticas, sino que también fortalecerá la soberanía y seguridad de sus países miembros en el ciberespacio.

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Lee Jae-myung vence las elecciones presidenciales de Corea del Sur

El ganador promete restaurar la democracia tras vencer en unas elecciones marcadas por la crisis política derivada de la ley marcial de diciembre de 2024. El Partido Demócrata se impone y pone fin al mandato del expresidente destituido Yoon Suk-yeol. Kim Moon Soon reconoce la derrota y felicita al nuevo presidente tras una campaña polarizada.

Lee Jae-myung, candidato del opositor Partido Demócrata (PD), ganó las elecciones presidenciales en Corea del Sur con el 49,20% de los votos frente al 41,46% de Kim Moon Soon, del Partido del Poder Popular (PPP), según el 98,5% del escrutinio. La votación se produjo tras meses de crisis política, provocada por el intento fallido del expresidente Yoon Suk-yeol de imponer la ley marcial, lo que llevó a su destitución.

En su discurso de victoria, Lee prometió «superar la insurrección» y evitar un «golpe militar», comprometiéndose a restaurar la democracia y la soberanía popular. «Cumpliré mi misión de crear un mundo donde se restablezca la democracia y se respete la soberanía de pueblo en una república democrática, conviviendo en cooperación», afirmó. También aseguró que, como presidente electo, centrará sus esfuerzos en reactivar la economía y mejorar la vida de la población.

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Kim Moon Soon reconoció su derrota y felicitó a Lee, agradeciendo el apoyo recibido y destacando los avances del país a pesar de la crisis reciente. «Acepto humildemente la decisión del pueblo. No olvidaré el cálido apoyo que el pueblo me ha brindado hasta ahora», declaró Kim en conferencia de prensa. Además, subrayó que Corea del Sur ha seguido avanzando gracias a la fortaleza de su ciudadanía.

La victoria de Lee, quien ganó notoriedad por haber sido apuñalado y por su papel activo durante la proclamación de la ley marcial, marca un posible punto de inflexión en la crisis institucional. El PD interpretó los resultados como «un claro y duro veredicto» contra Yoon, quien sigue imputado por insurrección y abuso de poder. Asimismo, el partido opositor señaló que la población «desea recuperarse» de la crisis política y económica.

Por su parte, Lee también aseguró que «rendirá tributo a la decisión del pueblo» y cumplirá con su responsabilidad «sin faltar a las expectativas de la población». De igual modo, el PD volvió a acusar al PPP de liderar un «Gobierno insurrecto» y consideró que el resultado de las elecciones refleja el deseo de la ciudadanía de dejar atrás la crisis y avanzar hacia la recuperación del país.

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Así se gestó la Operación Telaraña de Ucrania a Rusia

La Operación Telaraña de la Inteligencia ucraniana constituye una de las derrotas más significativas para Rusia en su historia y marca un antes y un después en la guerra moderna. Kiev atacó bases rusas en una acción que evocó el Pearl Harbor del siglo XXI. En este artículo se analiza este ataque con drones que destruyó con pocos cientos de dólares objetivos rusos valorados en miles de millones de dólares.

La madrugada del 1 de junio de 2025 marcó un punto de inflexión en el conflicto entre Ucrania y Rusia cuando el Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) ejecutó la denominada ‘Operación Telaraña‘. Este ataque coordinado sin precedentes logró penetrar más de 4.000 kilómetros en territorio ruso para golpear el corazón de la aviación estratégica del Kremlin. Esta operación, que requirió de 18 meses de meticulosa planificación y supervisión directa del presidente Volodímir Zelenski, no solo demostró la capacidad ucraniana para proyectar su poder a distancias extraordinarias, sino que también redefinió las percepciones sobre la seguridad territorial rusa y las capacidades de la guerra moderna con drones.

18 meses de preparación silenciosa

Esta operación no fue un ataque improvisado, sino el resultado de una planificación extraordinariamente compleja que comenzó más de año y medio antes de su ejecución. Según reveló el presidente Zelenski, la operación tardó exactamente «18 meses y 9 días» desde el inicio de la planificación hasta su desarrollo y posterior ejecución exitosa. Esta preparación meticulosa involucró al más alto nivel del gobierno ucraniano, con la supervisión personal del presidente y la dirección operativa del jefe del SBU, el teniente general Vasyl Maliuk.

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Durante este período, los operativos ucranianos desarrollaron una metodología revolucionaria que desafiaría fundamentalmente los conceptos tradicionales de seguridad territorial. En lugar de lanzar ataques desde territorio ucraniano, que habrían sido detectados e interceptados por los sistemas de defensa aérea rusos, el SBU optó por una estrategia de infiltración que requería introducir de contrabando los drones directamente en suelo ruso. Esta decisión estratégica demostró las vulnerabilidades inherentes a los sistemas de defensa del adversario.

El método del caballo de Troya moderno

La innovación táctica más notable de la operación residió en su método de infiltración y despliegue. Los drones fueron transportados secretamente a Rusia utilizando camiones de carga que funcionaron como «caballos de Troya» modernos. Estos drones no viajaban expuestos, sino que estaban cuidadosamente ocultos dentro de estructuras de madera diseñadas para simular cabañas móviles o casas prefabricadas. Además, contrataron conductores rusos sin que conocieran nada para transportar los drones a las bases rusas. Una vez posicionados cerca de las bases aéreas objetivo, estos contenedores se activaban remotamente y a distancia, abriendo sus techos para liberar los drones hacia sus objetivos designados.

La ejecución: cinco bases diferentes

La operación se ejecutó simultáneamente a través de una gran extensión del territorio ruso que abarcaba cinco territorios diferentes. Los objetivos seleccionados representaban algunas de las instalaciones más estratégicas de la aviación rusa: las bases aéreas de Belaya en Irkutsk (Siberia), Dyagilevo en Ryazán, Ivanovo Severny, Olenya en Murmansk (cerca del Ártico), y Ukrainka. La selección de estos objetivos no fue aleatoria, ya que cada una albergaba componentes críticos de la capacidad de bombardeo estratégico rusa.

Bases rusas afectadas por los drones ucranianos.

La base aérea de Belaya, situada a más de 4.300 kilómetros de la frontera ucraniana, en el corazón de Siberia oriental, representó el objetivo más lejano jamás atacado por fuerzas ucranianas. Esta penetración geográfica extraordinaria envió un mensaje inequívoco al Kremlin: ninguna región de Rusia, por remota que fuera, estaba fuera del alcance de las capacidades ucranianas. Paralelamente, el ataque a la base de Olenya, situada en la península de Kola cerca del Ártico, demostró que las instalaciones estratégicas rusas en el extremo norte también eran vulnerables.

Tecnología y táctica: 117 drones FPV

La operación empleó un total de 117 drones de visión en primera persona (FPV), cada uno operado por su propio piloto. Esta elección tecnológica resultó particularmente significativa, ya que los drones FPV constituyen una tecnología relativamente económica (costando apenas unos cientos de euros cada uno) en comparación con los objetivos que atacaron, cuyo valor conjunto se estimó entre 2.000 y 7.000 millones de dólares. Esta disparidad económica subraya la efectividad asimétrica de la guerra moderna con drones.

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Además, la operación incorporó elementos de inteligencia artificial (IA) para el guiado de los drones, con un programa personalizado que sabía reconocer qué objetivos atacar y cuáles de ellos podrían ser señuelos. Esto ha marcado un gran hito en la aplicación práctica de la IA en la destrucción de objetivos. Además, esta innovación tecnológica permitió a los drones navegar hacia sus objetivos con mayor precisión y reducir su dependencia de comunicaciones constantes con los operadores, aumentando así su capacidad de supervivencia en entornos hostiles.

Los objetivos: el corazón de la aviación estratégica rusa

Los objetivos principales de la Operación Telaraña fueron los bombarderos estratégicos rusos, específicamente los modelos Tu-95, Tu-22M3 y Tu-160, así como los aviones de alerta temprana A-50. Estas aeronaves representan la columna vertebral de la capacidad de bombardeo de largo alcance de Rusia y han sido utilizadas consistentemente para lanzar ataques con misiles de crucero contra ciudades ucranianas durante el conflicto. La selección de estos objetivos tenía como misión atacar las plataformas que más daño habían causado a la población civil ucraniana.

Los bombarderos Tu-95 y Tu-22M3, en particular, ya no están en producción, lo que convierte a cada unidad destruida en una pérdida irreemplazable para las fuerzas aéreas rusas. El analista militar ucraniano Oleksandr Kovalenko destacó además la importancia especial de los posibles daños a los bombarderos supersónicos Tu-160, describiéndolos como «verdaderos unicornios» de la flota rusa debido a su rareza y sus capacidades únicas. Esta característica hace que las pérdidas infligidas sean particularmente significativas desde una perspectiva estratégica a largo plazo.

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Entre los objetivos más valiosos se encontraban los aviones A-50 de alerta temprana y control aerotransportado. Rusia posee una cantidad extremadamente limitada de estas aeronaves especializadas (se estima que solo tiene una decena en total) lo que convierte a cada unidad en un activo estratégico crítico. Estos aviones proporcionan capacidades esenciales de detección temprana y coordinación aérea que son fundamentales para las operaciones militares rusas. La destrucción o daño de cualquiera de estas unidades representa una pérdida desproporcionadamente significativa para las capacidades operativas rusas.

Los resultados: daños materiales y simbólicos

Según las fuentes ucranianas, la Operación Telaraña logró impactar en 41 aeronaves militares rusas, causando daños estimados entre 2.000 y 7.000 millones de dólares. Aunque estas cifras no han sido verificadas independientemente, analistas de inteligencia de fuentes abiertas (OSINT) han confirmado daños visibles en al menos 13 bombarderos a través de imágenes satelitales y de drones. Las imágenes publicadas mostraron aviones en llamas y explosiones masivas en las pistas de las bases afectadas, proporcionando la evidencia visual del éxito operativo.

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No obstante, el impacto económico trasciende el valor material de las aeronaves destruidas. Como señaló el experto en defensa Mikey Kay, ex oficial superior del ejército británico, las ubicaciones atacadas son críticas y los aviones afectados representan activos estratégicos de gran valor, cuya pérdida complica mucho la situación operativa para Rusia. Asimismo, la dificultad de reparación y la imposibilidad de reemplazo de muchas de estas aeronaves amplifica el impacto a largo plazo de la operación, y también plantea el riesgo de que vuelva a suceder.

La operación también expuso vulnerabilidades críticas en el sistema de defensa aérea ruso, particularmente contra las amenazas asimétricas como son los drones pequeños. Los sistemas de defensa rusos, como los S-400, están diseñados principalmente para interceptar aviones y misiles de crucero convencionales, pero no para combatir enjambres de drones pequeños operando desde el interior del territorio nacional. Esta limitación reveló un punto ciego fundamental en la arquitectura defensiva rusa que puede tener implicaciones futuras para la seguridad nacional del país.

El contexto estratégico: timing y mensaje político

La Operación Telaraña se ejecutó con un timing estratégico perfecto. Y es que sucedió apenas 24 horas antes de una nueva ronda de conversaciones directas de paz entre Ucrania y Rusia programadas para celebrarse en Estambul. Esta simultaneidad no fue coincidencia, sino que representó una decisión estratégica calculada para influir en la dinámica de las negociaciones. Al demostrar su capacidad para golpear objetivos estratégicos en el corazón de Rusia, Ucrania buscó mejorar su posición negociadora y desafiar las percepciones sobre el equilibrio militar del conflicto.

Un funcionario gubernamental ucraniano, citado por corresponsales de la BBC, había expresado previamente su frustración ante la percepción estadounidense de que «ya hemos perdido la guerra». Sin embargo, la Operación Telaraña representó una respuesta contundente a esta narrativa, demostrando que Ucrania conserva grandes capacidades ofensivas significativas y que la guerra está lejos de estar decidida. Como declaró el presidente Zelenski, la operación permitió a Ucrania demostrar que tiene «cartas para jugar» en las negociaciones.

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De igual manera, la operación se llevó a cabo presuntamente sin notificación previa a Estados Unidos ni a otros aliados occidentales, lo que refleja la determinación ucraniana de mantener su autonomía estratégica y su capacidad para tomar decisiones operativas independientes, incluso en un momento de dependencia de la ayuda occidental. El hecho de que Ucrania pudiera planificar y ejecutar una operación de tal complejidad y alcance de forma autónoma envía un mensaje importante tanto a sus aliados como sus adversarios sobre sus capacidades nacionales.

Las reacciones: desde Moscú a Occidente

El Ministerio de Defensa ruso calificó el ataque como un «acto terrorista» y confirmó daños en varias bases aéreas, aunque minimizó la magnitud de las pérdidas. Como es habitual en la comunicación oficial rusa, las declaraciones del Kremlin restaron importancia al impacto de la operación, aunque las autoridades declararon el estado de excepción en varias regiones y reforzaron la seguridad en otras instalaciones militares. Las fuentes vinculadas al Kremlin, entre ellos comentaristas y comunicadores militares rusos, llegaron a comparar el ataque con Pearl Harbor, una comparación que, irónicamente, acentúa la magnitud psicológica del impacto.

El gobierno ruso también informó de la detención o interrogatorio de camioneros presuntamente implicados en facilitar los ataques. Sin embargo, según funcionarios ucranianos, todos los operativos habían sido extraídos con seguridad antes de la ejecución de los ataques, dejando a las autoridades rusas con poco más que conductores de camiones que probablemente desconocían la verdadera naturaleza de su carga.

Además, la operación recibió grandes elogios de líderes internacionales, que la calificaron como un modelo de eficacia en la autodefensa moderna. El ex primer ministro sueco Carl Bildt comentó en redes sociales: «Ni siquiera las películas de 007 consiguieron algo así», destacando la magnitud de la operación. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, declaró a Reuters que las acciones de Ucrania demuestran su capacidad para defenderse eficazmente, añadiendo que «tienen derecho a defenderse y, a veces, eso incluye contraatacar».

Revolución en la guerra con drones

La Operación Telaraña representa un hito en la evolución de la guerra con drones, imponiendo nuevos precedentes para futuras operaciones asimétricas a gran escala. La metodología empleada de infiltración clandestina, posicionamiento interno y activación remota ofrece una nueva visión para superar las defensas aéreas tradicionales. Al lanzar los drones desde dentro del territorio enemigo, la operación eludió los sistemas de detección temprana y defensa perimetral diseñados para interceptar amenazas externas.

Esta innovación táctica tiene implicaciones que trascienden el conflicto ucraniano-ruso. Gobiernos y fuerzas armadas de todo el mundo están probablemente reevaluando sus estrategias defensivas en respuesta a las capacidades ucranianas, con el objetivo de evitar estos daños en el futuro. Además, la capacidad de utilizar drones económicos para atacar activos estratégicos de alto valor plantea muchas cuestiones sobre la efectividad actual de las defensas tradicionales contra amenazas asimétricas modernas que son sustancialmente baratas.

Inteligencia artificial en combate

La incorporación de sistemas de guiado basados en IA marca otro hito. Aunque tanto Rusia como Ucrania habían experimentado con sistemas IA para el guiado de drones como respuesta a la proliferación de sistemas de guerra electrónica, la Operación Telaraña representa una de las primeras aplicaciones exitosas a gran escala de esta tecnología en el ámbito militar. Por ello, esta evolución tecnológica plantea un futuro donde los sistemas autónomos de armas desempeñarán un papel cada vez más prominente en los conflictos militares.

Implicaciones geopolíticas y estratégicas

Este ataque ha alterado las percepciones sobre el equilibrio de poder en el conflicto ucraniano-ruso. Hasta este punto, muchos analistas habían asumido que Ucrania se encontraba en una posición defensiva desesperada. Sin embargo, han demostrado la capacidad para proyectar poder ofensivo hasta el corazón de Siberia, lo que ha desafiado esta narrativa y demostrado que Ucrania conserva iniciativa estratégica significativa.

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Esta evolución también tiene implicaciones importantes para las futuras discusiones sobre apoyo militar occidental. La demostración de que Ucrania puede planificar y ejecutar operaciones complejas de forma independiente fortalece los argumentos a favor de un apoyo sostenido y además puede influir en las decisiones de suministro de armas y tecnología. Al mismo tiempo, esta capacidad reduce los argumentos de que el apoyo occidental sería «dinero perdido».

De igual manera, la metodología y el éxito de esta operación establecen precedentes importantes para próximos conflictos. Y es que la constatación de que fuerzas relativamente pequeñas pueden utilizar tecnología comercial disponible para ejecutar ataques estratégicos contra superpotencias tiene grandes implicaciones para la estabilidad internacional. Esta capacidad puede inspirar a otros actores no estatales o estados menores a desarrollar capacidades similares, lo que puede complicar y subestimar la seguridad de las grandes potencias.

Un ciberataque a Movistar compromete la información personal de 21 millones de usuarios

Un ciberdelincuente pone a la venta la información en la dark web por un precio bajo. La detección se ha llevado a cabo por el portal HackManack y Telefónica ya investiga el alcance real del incidente.

Movistar ha sufrido una filtración masiva de datos personales que ha expuesto información de hasta 21 millones de usuarios. La información expuesta incluye nombres, DNI, números de teléfono, detalles de planes de servicio y otros datos, según ha informado la compañía de ciberseguridad HackManack.

El ataque se atribuye a un ciberdelincuente conocido como Dedale, quien asegura haber puesto a la venta esta base de datos en la ‘dark web’ y ha publicado una muestra de un millón de registros como prueba para potenciales compradores. Entre los datos filtrados también figuran actualizaciones de estado de suscripciones y, según la muestra, parte de la información corresponde a usuarios de Perú, aunque no se descarta que haya registros de otros países donde opera la compañía.

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Por el momento, Movistar no ha confirmado oficialmente la filtración ni ha detallado si ha detectado alguna violación en sus sistemas. Telefónica, propietaria de Movistar, ha declarado a Europa Press que está investigando el incidente y ha matizado que los 21 millones corresponden a registros, no necesariamente a usuarios únicos, ya que un cliente puede tener varios registros asociados (nombre, DNI, dirección, etc.). Además, la compañía ha compartido la información con el Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE) y está evaluando el alcance real del incidente.

La filtración se ha detectado en un foro de la ‘dark web’ llamado DarkForums, donde el actor malicioso ofrece la base de datos por 1.500 dólares, una cantidad inusualmente baja para este tipo de información. Tras esta filtración, se recomienda a los usuarios de la compañía estar atentos ante posibles intentos de suplantación de identidad y evitar acceder a enlaces sospechosos que soliciten información personal.

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El neorreaccionarismo: la rama del trumpismo que quiere reemplazar la democracia liberal

El trumpismo ya no es solo un fenómeno electoral, sino una corriente ideológica con múltiples ramificaciones. Entre ellas destaca el neorreaccionarismo, que rechaza la democracia liberal y propone el gobierno de una élite tecnocrática. En este artículo, Isidoro Sánchez Tejado analiza sus orígenes, figuras clave y escenarios futuros.

El cuarto pilar del trumpismo es el neorreaccionarismo (NRx), también conocido como «Ilustración Oscura». Es un movimiento intelectual que rechaza los principios de la democracia liberal y aboga por formas de gobierno autoritarias y tecnocráticas.

La neorreacción es el rechazo frontal a la democracia liberal. Para los neorreaccionarios, el problema no es el fraude electoral ni la corrupción política. Su crítica va más allá: consideran que la democracia en sí misma es el mayor obstáculo para el progreso.

Este movimiento, conocido como «Ilustración Oscura», rechaza el igualitarismo, el liberalismo y la política de masas. Defiende una forma alternativa de gobierno basada en el autoritarismo tecnocrático. En lugar de un sistema democrático, proponen un modelo centralizado en el que una élite tecnocrática gobierne sin interferencias de la opinión pública ni de ciclos electorales que, según ellos, generan inestabilidad e ineficiencia.

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El neorreaccionarismo ha ganado visibilidad en los últimos años gracias a figuras como Curtis Yarvin, quien defiende la idea de una nueva monarquía tecnocrática. También destaca Nick Land, el filósofo que introdujo el concepto de «aceleracionismo» como vía para acelerar el colapso del sistema liberal y dar paso a un orden dirigido por la inteligencia artificial y las corporaciones tecnológicas.

Curtis Yarvin y la ‘pastilla roja’ contra la democracia

Uno de los mayores ideólogos del neorreaccionarismo es Curtis Yarvin, más conocido por su seudónimo Mencius Moldbug. En sus escritos, Yarvin argumenta que la democracia es un error histórico que ha llevado a Occidente al declive. Para él, la mejor forma de gobierno no es un sistema de partidos ni una república.

Propone un modelo basado en la «CEO monarquía», donde el país es gestionado como una empresa y gobernado por un líder absoluto. Sería similar a una corporación con un director ejecutivo (CEO).

Yarvin plantea que la estructura del Estado debería reorganizarse para eliminar el sistema electoral. En su lugar, propone una gobernanza tecnocrática, donde expertos y tecnólogos tengan el control, sin las interrupciones y fluctuaciones de la política tradicional. Su modelo ideal de liderazgo está inspirado en Carlos III de España, a quien considera un monarca ilustrado que gobernó con eficiencia sin necesidad de un parlamento democrático.

La metáfora de la pastilla roja proviene de la película de ciencia ficción Matrix (1999), la película de ciencia ficción de las hermanas Wachowski. En la historia, el protagonista, Neo, descubre que la realidad en la que vive es una simulación creada por inteligencias artificiales para controlar a la humanidad.

Morfeo, su mentor, le ofrece dos opciones: tomar la pastilla azul y seguir viviendo en la ilusión, o tomar la pastilla roja y descubrir la verdad sobre el mundo real. En la narrativa de la película, elegir la pastilla roja significa aceptar una realidad dura y despiadada, pero auténtica.

En el ámbito neorreaccionario, Curtis Yarvin ha adoptado esta metáfora para describir su rechazo a la democracia liberal. Según él, quienes siguen creyendo en el sistema democrático viven en una ilusión impuesta por las élites progresistas. Estas los mantienen bajo una falsa sensación de participación y libertad. En este marco, «tomar la pastilla roja» implica aceptar que la democracia es un modelo ineficaz y corrupto. Considera que sólo perpetúa el dominio de una casta política y mediática.

Curtis Yarvin y la «nueva monarquía tecnocrática»

Para Yarvin, la alternativa a la democracia no es una reforma; es su eliminación completa. En sus escritos, defiende la instauración de una monarquía tecnocrática liderada por un «CEO soberano». Se trata de un dirigente con poderes absolutos que gobierne de manera eficiente, como si un país fuera una empresa. En este modelo, el sistema de gobierno sería gestionado como una gran corporación. Habría decisiones rápidas, optimización de recursos y se eliminarían las ineficiencias del debate parlamentario o las elecciones.

Como se mencionó anteriormente, Yarvin cita al rey Carlos III de España (1759-1788) como un modelo de liderazgo ilustrado. Argumenta que su enfoque reformista y centralizador es un ejemplo de cómo un monarca fuerte puede mejorar una nación sin la necesidad de procesos democráticos. Esta visión está alineada con la idea de que un gobierno debe estar dirigido por una élite competente y no por la voluntad de las masas.

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El pensamiento de Curtis Yarvin acerca de la monarquía o el «CEO soberano» queda reflejado en una entrevista para la revista Le Grand Continent, donde comenta:

«Actualmente, cuando llegamos a la monarquía, vemos que la buena forma de pensar, o la forma en que la monarquía existe como fuerza real, no es Carlos III de España, sino más bien… Elon Musk.

Solo la energía monárquica, la energía que proviene de un único punto, puede ser eficaz.

Esto no tiene nada que ver con la aristocracia. Napoleón era un monarca, Cromwell era un monarca. No es necesario ser descendiente de los treinta reyes que hicieron Francia para ser un monarca.

El otro día estaba hablando con alguien en Washington que tiene un trabajo, en teoría, muy importante. Me dijo: «Ahora todo se gestiona desde el Despacho Oval. Y es muy eficaz».

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Esto no había ocurrido desde la época de Franklin D. Roosevelt (FDR). Pero Roosevelt tenía la misma Constitución que nosotros.

Sin embargo, si observamos la historia de Estados Unidos, vemos que el país vuelve a ser de hecho una monarquía aproximadamente cada 75 u 80 años en lo que respecta a su funcionamiento. George Washington: jefe ejecutivo. Abraham Lincoln: jefe ejecutivo. FDR: jefe ejecutivo. Hay personalidades fuertes en medio, pero nadie puede oponerse a Washington. Nadie puede oponerse a Lincoln. Nadie puede oponerse a Roosevelt, sobre todo durante la guerra.

Si nos fijamos en este sistema, de alguna manera, la verdadera genialidad de la Constitución estadounidense, y Franklin Roosevelt lo dice en su discurso inaugural, es que se trata de una Constitución mixta. Todos los elementos están presentes. Pero el equilibrio entre ellos no es fijo, puede cambiar.

En otras palabras: la Constitución solo dice que hay tres poderes, no dice cuál es el más fuerte».

Nick Land y el ‘aceleracionismo’

Si Yarvin es el arquitecto político del neorreaccionarismo, Nick Land es su pensador más extremo. Land es un exprofesor de filosofía en la Universidad de Warwick (Coventry, UK) que desarrolló la teoría del «aceleracionismo». Esta sostiene que el colapso del actual sistema liberal es inevitable, pero también deseable. Según Land, la mejor estrategia no consiste en intentar salvarlo o reformarlo. Lo adecuado sería acelerar sus contradicciones internas para precipitar su caída definitiva.

Desde esta perspectiva, la democracia y los valores igualitarios son fallidos y deben ser reemplazados. La alternativa sería un nuevo orden en el que las corporaciones tecnológicas y la inteligencia artificial gobiernen sin restricciones. Land defiende la idea de una sociedad en la que el poder esté en manos de una élite cognitiva y tecnológica. Así se eliminaría la influencia de la política tradicional.

El pensamiento de Land también ha explorado la posibilidad de un mundo donde la eugenesia y la selección artificial de las élites sean factores determinantes en la organización social. En su visión futurista, la humanidad evolucionará hacia un modelo posthumano. En él, la biotecnología y la inteligencia artificial determinarán el destino de la civilización.

El neorreaccionarismo en la política actual

Aunque el neorreaccionarismo sigue siendo un movimiento marginal en términos electorales, ha influido en Silicon Valley y en ciertos sectores de la Nueva Derecha.

Su influencia se deja sentir en la creciente desconfianza hacia la democracia liberal, en la exaltación de modelos de gobierno basados en la tecnología y en la idea de que no todas las personas deberían tener el mismo peso en las decisiones colectivas.

Empresarios como Peter Thiel han mostrado simpatía por algunas de sus ideas. Figuras mediáticas como Tucker Carlson han amplificado partes de su discurso, especialmente el rechazo a la democracia liberal y la exaltación de una élite tecnocrática.

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El podcast Behind the Bastards ha analizado en detalle el auge de estos movimientos. Expone sus vínculos con la extrema derecha y su visión de un futuro donde las masas sean gobernadas por una minoría intelectual y tecnológica. Según sus críticos, la «Ilustración Oscura» es un intento de legitimar un nuevo modelo autoritario, disfrazado de modernidad y eficiencia.

A medida que el descontento con la democracia crece en Occidente, el neorreaccionarismo ha encontrado un público receptivo. Especialmente en ciertos círculos que buscan alternativas radicales al sistema actual. Su apuesta es clara: el futuro no debe estar en manos del pueblo, sino de aquellos que consideran más aptos para gobernar, ya sea por su inteligencia, su capacidad tecnológica o su influencia en la economía global.

Lejos de proponer una reforma del sistema, los neorreaccionarios plantean una ruptura. Quieren sustituir la participación popular por el mando de una élite tecnocrática: una clase de gobernantes que no responden ante la ciudadanía, solo ante criterios de eficiencia, control y orden. En ese sentido, su propuesta responde a un malestar real con las instituciones existentes, pero ofrece una solución que implica renunciar a los principios democráticos en nombre de una supuesta racionalidad superior.

El atractivo de estas ideas crece en tiempos de crisis. Cuando las promesas de la democracia parecen fallar y la incertidumbre lleva a buscar alternativas más simples, más rápidas, más autoritarias. Por eso, el neorreaccionarismo debe ser entendido como una rareza intelectual, pero también como un síntoma de una transformación más profunda en la cultura política occidental. Su crecimiento interpela directamente a las democracias actuales.

Si no logran renovarse, responder con eficacia y reconstruir la confianza ciudadana, dejarán espacio para que visiones elitistas y antidemocráticas ganen terreno en nombre del progreso.

Más que una propuesta política cerrada, el neorreaccionarismo actúa como termómetro cultural y laboratorio ideológico. Refleja un momento histórico marcado por la crisis de legitimidad democrática. Su crecimiento no debe ser subestimado, ya que expresa el malestar de sectores que ven en la democracia no una solución, sino un obstáculo.

Frente a estas propuestas, se plantea un debate de fondo sobre la capacidad de las democracias liberales para adaptarse. El reto es responder a los cambios sociales, tecnológicos y culturales del siglo XXI. El surgimiento de ideas neorreaccionarias, con su énfasis en la autoridad tecnocrática y el rechazo al igualitarismo, evidencia un momento de transición en el pensamiento político contemporáneo. Distintos sectores exploran modelos alternativos al orden institucional vigente.

Posibles escenarios futuros del trumpismo

Lejos de ser una simple reacción populista o un episodio pasajero en la política estadounidense, el trumpismo se ha consolidado como una corriente ideológica con múltiples dimensiones. Sus raíces combinan nacionalismo cristiano, populismo económico, tecnocracia y neorreaccionarismo, articulando un discurso que desafía los principios de la democracia liberal.

Más que una mera estrategia electoral, representa una lucha cultural e ideológica que sigue evolucionando y expandiendo su influencia en la política global.

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El futuro del trumpismo aún no está definido. Lo que hoy parece estable, mañana podría cambiar. Sin embargo, a partir de las tendencias políticas, tecnológicas y culturales actuales, es posible identificar tres escenarios futuros probables. El primero proyecta al neorreaccionarismo como una fuerza dominante dentro del Partido Republicano y del gobierno federal.

El segundo lo reconvierte en una corriente tecnocrática que apuesta por algoritmos más que por urnas. Y un tercer escenario plantea que el orden liberal logra contenerlo. A continuación, se exploran estos tres posibles desenlaces.

Escenario 1: El trumpismo se consolida como fuerza dominante en EE. UU.

En este escenario, el trumpismo sobreviviría a su fundador y se consolidaría como la corriente hegemónica del Partido Republicano. Lejos de ser una anomalía o una reacción pasajera, se convertiría en doctrina de gobierno. El conservadurismo tradicional, representado por figuras como Ronald Reagan, George W. Bush o Mitt Romney, quedaría desplazado por una nueva derecha populista, nacionalista y combativa, con capacidad de influir en la política, la cultura y las instituciones.

Varios políticos encarnarían esta nueva etapa. Josh Hawley, senador por Misuri, convertiría la defensa del cristianismo en piedra angular de su discurso. En sus intervenciones, culparía al secularismo y al individualismo moderno de socavar los valores fundacionales de EE. UU.

J.D. Vance, actual vicepresidente electo, daría voz al malestar de la clase trabajadora blanca, especialmente en zonas rurales y postindustriales. Su mensaje combinaría orgullo identitario, soberanía nacional y protección económica frente a las élites globalistas.

Ron DeSantis, gobernador de Florida, se destacaría por aplicar desde el poder estatal una agenda conservadora militante: reformas educativas, regulaciones a plataformas digitales y un combate abierto contra lo que llamaría «ideología woke».

Cambios en el Estado y la cultura

La consolidación trumpista traería consigo una profunda transformación del Estado federal. Se impulsaría la descentralización, con más competencias para los estados y menos peso del gobierno central. Iniciativas como Mandate for Leadership, de The Heritage Foundation, apuntarían en esa dirección.

También se intensificaría la llamada guerra cultural. Se podrían promover leyes que limitarían la enseñanza de contenidos sobre diversidad racial o de género, se restringirían derechos reproductivos y se reduciría el acceso a tratamientos de transición de género para menores.

La desconfianza hacia las instituciones también se haría sentir. Se cuestionarían organismos como el FBI o el Departamento de Justicia, y se promoverían reformas electorales que podrían reducir la participación o alterar la representación política.

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En el plano económico, se impulsaría una política de soberanía industrial y tecnológica, con proteccionismo selectivo y una alianza más explícita con figuras del sector privado como Elon Musk o Peter Thiel.

Grupos religiosos conservadores ganarían protagonismo en la vida pública. Las clases medias rurales y periurbanas, que han sentido el impacto de la desindustrialización y los cambios culturales, encontrarían una narrativa que les devolvería visibilidad y poder simbólico.

También se verían favorecidos sectores empresariales afines al trumpismo, especialmente aquellos vinculados a la tecnología o la energía, que buscarían un entorno menos regulado y más abierto a la disrupción.

Pero no todos saldrían beneficiados. Diversas libertades podrían verse limitadas, en especial las relacionadas con la expresión, la identidad de género y la diversidad. Además, el modelo institucional estadounidense, basado en el equilibrio de poderes y el pluralismo, podría tensarse ante el avance de un liderazgo más plebiscitario y centralizado.

En política exterior, una posible reorientación aislacionista pondría en cuestión alianzas históricas con Europa, Asia o América Latina.

Un nuevo ecosistema conservador para el trumpismo

La consolidación del trumpismo iría acompañada de una nueva cultura política, con apoyo de think tanks como Claremont Institute que desde California promueve una visión ‘originalista’ de la Constitución de EE. UU., es decir, interpretarla tal como fue concebida por los padres fundadores, y ha sido uno de los principales impulsores del concepto de ‘nacionalismo americano’, que busca reforzar la identidad nacional frente a la globalización y la multiculturalidad. 

The Heritage Foundation, con sede en Washington. Fundado en los años 70, este instituto conservador lleva décadas diseñando propuestas de gobierno para presidentes republicanos. Su documento más reciente, ‘Mandate for Leadership‘, busca reestructurar por completo el aparato estatal para alinearlo con los principios del trumpismo: menos burocracia, más poder presidencial y un retorno a valores tradicionales.

Medios digitales afines como The Daily Wire, Breitbart y Revolver News. El primero de ellos fundado por el comentarista Ben Shapiro, combina noticias, columnas de opinión y contenido cultural con un estilo provocador y directo. Su éxito en redes sociales y plataformas de streaming ha convertido a sus presentadores en verdaderas celebridades dentro del universo conservador.

Breitbart fue el primer gran altavoz del trumpismo digital. Bajo la dirección de Steve Bannon, se convirtió en el medio de referencia de la llamada «alt-right» o derecha alternativa, con una línea editorial abiertamente combativa contra el progresismo, la inmigración y las élites globales.

Más reciente es el caso de Revolver News, un portal fundado por Darren Beattie, antiguo asesor de Trump. Con un enfoque aún más disruptivo, Revolver ha difundido teorías sobre el «Estado profundo» y ha cuestionado el papel de las agencias de inteligencia en episodios como el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021.

Juntos, estos actores conforman la infraestructura cultural del trumpismo: informan, piensan y moldean un imaginario político que mezcla religión, nacionalismo, desconfianza institucional y una fe creciente en la tecnología como instrumento de poder.

Escenario 2: Evolución hacia una trumpismo tecnocrático

En este escenario, el trumpismo mutaría hacia una forma de gobernanza tecnocrática, donde el poder se articula desde la eficiencia técnica y no desde la emoción política. No se trataría de abandonar el populismo. Habría que traducirlo en un nuevo lenguaje: el de la inteligencia artificial, los datos masivos y la gestión algorítmica.

Este giro supondría un cambio profundo en el modo de concebir el Estado, la autoridad y la ciudadanía. La prioridad sería resolver, no convencer.

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En este modelo, el trumpismo abrazaría la tecnología y la convertiría en su nueva forma de gobernar. El Estado dejaría de funcionar como una burocracia tradicional para adoptar el esquema de una startup tecnológica. Eso implica una transformación total en el modo de relacionarse con los ciudadanos, administrar recursos y tomar decisiones.

En lugar de parlamentos o debates legislativos extensos, las políticas se concebirían como «productos mínimos viables»: soluciones rápidas, testeables y ajustables de la forma más rápida posible. La gestión pública se parecería a la gestión de una startup: se prueba, se mide, se aprende.

El presidente actuaría como un CEO (el CEO soberano): rodeado de tecnólogos y emprendedores en lugar de políticos tradicionales. Las decisiones clave se tomarían según datos y resultados, no necesariamente según el voto popular o el debate democrático. El Congreso y los tribunales perderían influencia frente a gabinetes técnicos, plataformas digitales y paneles de expertos.

Los ciudadanos dejarían de ser vistos como votantes y empezarían a ser tratados como usuarios. Lo que importaría sería su satisfacción con los servicios públicos y no su ideología, medido en tiempo real. El objetivo: reducir la fricción, aumentar la eficiencia y eliminar intermediarios.

En el centro de este modelo de gobernanza tecnológica emergente o democracia algorítmica, se perfilarían cuatro ideas centrales que redefinirían la manera en que se ejerce el poder público:​

  • Un gobierno automatizado: Muchas de las decisiones estarían en manos de sistemas basados en inteligencia artificial y no en manos de políticos electos. En lugar de largos procesos legislativos, los algoritmos analizarían datos en tiempo real y ofrecerían respuestas rápidas a problemas complejos. La promesa: más eficiencia, menos burocracia.​
  • La privatización de servicios: Algunos servicios que tradicionalmente dependen del Estado, como la salud, la educación o incluso la defensa, pasarían a manos del sector privado, total o parcialmente. Grandes empresas tecnológicas asumirían funciones públicas, con la lógica de que pueden ofrecer mejores resultados en menos tiempo y a menor coste.​
  • El fin del debate político: En este modelo, discutir ya no sería una prioridad. El objetivo sería optimizar, no convencer. Se tomarían decisiones con base en datos y rendimiento, no en ideologías o mayorías parlamentarias. La deliberación democrática se vería reemplazada por la lógica del “cuadro de mando”.​
  • El elitismo tecnológico: La legitimidad del poder la daría la competencia técnica, no el voto popular. Gobernar no sería un derecho del ciudadano, sería una responsabilidad de quienes tienen las habilidades, científicas, financieras o tecnológicas, para hacerlo “mejor”, todo ello basado en la lógica meritocrática donde el mérito personal como el talento, el esfuerzo, los resultados medibles sería el principal criterio de acceso al poder o a posiciones de responsabilidad.

Para algunos, este enfoque representa una modernización inevitable: una administración pública más ágil, menos politizada y centrada en resultados. Para otros, plantea riesgos profundos. ¿Qué pasa con los derechos ciudadanos si todo se reduce a eficiencia? ¿Y quién controla los algoritmos que deciden por todos?​

No es una teoría futurista: estas ideas ya circulan en debates estratégicos dentro de Silicon Valley más politizado y en sectores influyentes del nuevo conservadurismo estadounidense. La «nación startup» ya no sería solo una metáfora: sería un modelo que empieza a tomar forma.

Un nuevo aparato de Estado: datos en lugar de debates

La nueva administración tecnocrática ya no estaría centrada en la figura de Donald Trump. Habría un relevo generacional tecnopolítico que podría impulsar una reestructuración del aparato estatal, con el objetivo de modernizarlo y reducirlo. Se introducirían sistemas automatizados de gestión pública, plataformas digitales de control y vigilancia, e inteligencia artificial aplicada a la toma de decisiones en sectores clave como la seguridad, la inmigración o el gasto público.

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Liderazgo político y figuras clave

El vicepresidente J.D. Vance podría emerger como figura central en esta nueva etapa. Vinculado a una narrativa de reconstrucción nacional, Vance combinaría su defensa del orgullo identitario con una apuesta por la innovación tecnológica. Su cercanía con figuras clave de Silicon Valley, como Peter Thiel, reforzaría una coalición entre poder político y capital tecnológico.

En este escenario, nombres como David Sacks, el «zar» de las criptomonedas y la inteligencia artificial de la Casa Blanca, empresario vinculado a PayPal y a la firma Craft Ventures, asumirían un rol destacado y estaría encargado de crear un marco normativo flexible para promover el desarrollo de estos sectores estratégicos.

Peter Thiel, aunque sin ocupar cargos públicos, podría tener una influencia indirecta a través de su red empresarial e intelectual. Thiel ha cuestionado en repetidas ocasiones la compatibilidad entre democracia y progreso tecnológico. 

En su libro Zero to One (2014), Peter Thiel utiliza la expresión «de cero a uno» para describir el salto de no tener nada a crear algo completamente nuevo, es decir, una innovación radical, no una simple mejora incremental. En ese contexto ya planteaba que el consenso democrático puede ser un freno para ese tipo de avances, argumentando que las verdaderas disrupciones tecnológicas requieren decisiones rápidas y centralizadas, no procesos deliberativos ni aprobación colectiva.

Su visión encuentra respaldo en firmas como Andreessen Horowitz (a16z), liderada por Marc Andreessen. Desde allí se impulsa la idea del American Dynamism, una estrategia para convertir a EE. UU. en el centro global de desarrollo de IA, defensa, biotecnología y sistemas educativos alternativos, con mínima regulación estatal.

Balaji Srinivasan, ex CTO de Coinbase y ex socio de Andreessen Horowitz, es una de las voces más influyentes en el cruce entre tecnología, criptomonedas y modelos alternativos de gobernanza. En 2022, publicó The Network State: How to Start a New Country (El Estado Red: Cómo fundar un nuevo país), donde propone una visión radical: comunidades digitales que, unidas por valores compartidos y financiadas mediante criptomonedas, podrían formar nuevos “estados en red” descentralizados, sin necesidad de fronteras físicas ni estructuras estatales tradicionales. 

Además, Srinivasan mantiene una activa presencia en su boletín de Substack, donde explora temas como la descentralización, la inteligencia artificial y la transformación del poder político en la era digital. Su enfoque propone reemplazar las instituciones tradicionales por redes digitales autogestionadas, donde la autoridad emana de contratos inteligentes y consensos algorítmicos, más que de procesos democráticos convencionales.​

En este contexto, Srinivasan se perfila como una figura clave en la articulación de un nuevo conservadurismo tecnológico, que busca rediseñar el poder desde la eficiencia y la innovación, dejando atrás los mecanismos clásicos de representación política.

Transformaciones culturales y mediáticas trumpismo

Culturalmente, el trumpismo tecnológico articularía una narrativa donde la eficiencia y la innovación serían valores nacionales. Se fomentaría una visión empresarial del país: el Estado como startup, el presidente como «CEO soberano» y el ciudadano como usuario.

La educación cívica tradicional sería desplazada por competencias digitales y conceptos como «pluralismo» podrían quedar en segundo plano frente a la promesa de soluciones rápidas y efectivas. La idea de que «los mejores deben gobernar», medida por capacidad técnica y no por votación, ganaría fuerza en el discurso público.

El ecosistema mediático también se transformaría. Más allá de Fox News o Breitbart, surgirían plataformas y podcasts tecnológicos con discurso político. Medios emergentes como The Free Press, se posicionarían como referentes de un nuevo conservadurismo digital, más disruptivo que nostálgico.

Las redes sociales serían clave. En lugar de grandes mítines, la batalla política se daría en plataformas como X (antes Twitter), YouTube o Substack, donde los algoritmos y las comunidades digitales organizarían la opinión pública más eficazmente que los partidos tradicionales.

‘Nación startup’ o la política sin política

El trumpismo nació con discursos encendidos, mítines masivos y un estilo confrontativo. Pero en esta versión tecnocrática, en política ya no se grita: se ejecuta, se programa, se optimiza. El poder se desplaza del Congreso a los servidores, del debate al algoritmo, de la voluntad popular a la promesa de eficiencia.

Pero en este nuevo escenario, la estrategia ha cambiado. Ya no se trata de encender pasiones, ahora el objetivo es optimizar procesos. La consigna ya no es «Make America Great Again», ahora es «Make America Efficient».

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La «nación startup» describe un modelo de gobernanza en el que el Estado comienza a funcionar como una empresa tecnológica. El debate público cede espacio a los algoritmos; el consenso, a la eficiencia; y el poder legislativo, a sistemas automatizados de decisión. Es la deriva tecnocrática del trumpismo, impulsada por una nueva generación de dirigentes que hablan menos de patriotismo y más de disrupción.

Para sus defensores, representa la modernización necesaria para mantener el liderazgo global. Para sus críticos, una deriva que vacía la democracia de contenido político y la convierte en un proceso técnico orientado exclusivamente a resultados.

El escenario deja abierta una pregunta esencial: ¿puede una democracia sobrevivir si empieza a gobernarse como si fuera una startup? ¿Y qué queda de la democracia cuando los algoritmos ocupan el lugar del voto?

Escenario 3: Derrota del trumpismo y vuelta al orden liberal

En este escenario, el trumpismo no se impone. No logra consolidarse como fuerza dominante ni muta hacia una élite tecnológica. Pierde. Y con su derrota, se abre paso una etapa de restauración del sistema liberal-democrático en Estados Unidos.

El punto de giro llega con una derrota electoral, ya sea de Trump, J.D. Vance o cualquier figura que encarne su legado político, que marca el inicio de un nuevo ciclo. Pero esto no se da solo por una votación. La caída viene acompañada por el desgaste del discurso populista, los conflictos internos del movimiento, y el cansancio de una parte del electorado.

En este escenario, las instituciones, los tribunales, la prensa y las universidades recuperarían parte del terreno perdido. Líderes moderados, tanto demócratas como republicanos institucionalistas, vuelven a tener espacio político. Y nuevos movimientos civiles, que defienden el Estado de derecho y la participación democrática, ayudan a frenar la erosión del sistema democrático.

El proyecto trumpista no desaparecería, pero perdería visibilidad, se fragmentaria, y dejaría de marcar la agenda. Su legado sigue presente en ciertos sectores, pero sin capacidad real de gobierno.

El país seguiría polarizado. La confianza en las instituciones no se recupera de un día para otro. Y muchos de los problemas que alimentaron al trumpismo, como la desigualdad, la pérdida de identidad y el miedo al cambio, seguirán ahí. De hecho, si la restauración liberal no logra respuestas concretas, podrían aparecer nuevas formas de radicalización más adelante.

Lo que sí queda claro es que este escenario supondría un freno. Un punto de inflexión donde el sistema democrático logra resistir. Y una oportunidad, no garantizada, para reconstruir, desde dentro, una política que vuelva a conectar con la ciudadanía antes de que otra crisis vuelva a sacudirlo todo.

La democracia, en este escenario, no se impondría con fuerza. Resistiría con constancia. El desafío no sería únicamente frenar al trumpismo. Habría que reconstruir el vínculo roto entre ciudadanía e instituciones. No bastaría con restaurar normas. Habría que recuperar la legitimidad desde abajo, con políticas que respondan al malestar social y no a manuales constitucionales.

En una época de desconfianza y fragmentación, el verdadero triunfo democrático no está en volver al pasado. Está en lograr que más personas crean, de nuevo, que vale la pena participar en el presente.

¿Una dinastía Trump?

Aunque el trumpismo ha dado lugar a nuevos liderazgos con proyección nacional, como J.D. Vance, Josh Hawley o Marco Rubio, no puede pasarse por alto una ambición latente en el núcleo familiar del expresidente: la construcción de una dinastía política Trump. Desde el primer mandato, Donald Trump ha proyectado su figura como algo más que un liderazgo coyuntural. Su nombre, su retórica y su estilo de confrontación han funcionado como marca ideológica. Esta lógica, heredada del mundo empresarial y mediático, se traduce en la aspiración de que sus hijos continúen el legado.

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Durante su presidencia, Ivanka Trump y su marido Jared Kushner ocuparon roles clave como asesores, con influencia directa en temas de política económica y diplomacia internacional. Ivanka, en particular, consolidó su figura dentro del círculo de poder, siendo vista por muchos como una sucesora natural en la política, mientras que Jared Kushner jugó un papel crucial en la negociación de acuerdos de paz en el Medio Oriente.

Por su parte, Donald Trump Jr. se ha posicionado como una de las voces más fieles al ideario MAGA, con presencia habitual en medios, mítines y redes sociales, donde moviliza a las bases más activas del movimiento. A lo largo de los años, Donald Jr. ha mostrado su disposición a continuar el legado de su padre, y su involucramiento en el activismo político ha aumentado, especialmente entre los sectores conservadores más radicalizados.

Sin embargo, hasta ahora ninguno de los hijos de Trump ha buscado un cargo electo de relevancia, lo que representa un obstáculo en la creación de una verdadera dinastía política.

El apellido Trump conserva un enorme peso simbólico, pero la falta de una carrera institucional propia y la presencia de otros líderes emergentes dentro del Partido Republicano han dificultado la consolidación de una estructura dinástica sólida. La influencia mediática y social de los Trump es innegable, pero la política electoral en EE. UU. es un terreno de competencia constante, y el apellido, por muy potente que sea, no siempre garantiza el éxito.

A pesar de estos desafíos, el deseo de Trump por crear una dinastía es real y explícito. La familia Trump ha invertido tiempo y esfuerzo en cimentar una presencia política más allá de la figura de Donald. La aparición de sus hijos en los mítines y en el discurso público sugiere que el futuro del movimiento podría estar vinculado a un relevo generacional. En este sentido, el trumpismo podría estar en una fase de transición, moviéndose hacia una fase post-Trump, en la que la marca familiar podría perder algo de su centralidad frente a actores con mayor autonomía política.

En este contexto, la pregunta ya no es solo si otro Trump ocupará un cargo relevante, sino si el apellido será capaz de competir con un legado ideológico que ha adquirido vida propia. El movimiento MAGA, impulsado por las promesas de nacionalismo económico y populismo de derecha, ha trascendido a la figura de Trump. Y en muchos sectores, la política de Trump ha dejado de ser una cuestión de dinastía familiar para convertirse en una corriente política con bases firmes que podrían perdurar más allá de la familia Trump.

Su legado ideológico se ha expandido a través de figuras como Ron DeSantis, que ha adoptado muchas de las políticas de Trump, pero con una identidad política propia. De igual manera, otros miembros del Partido Republicano han abrazado su enfoque sin necesariamente depender de su figura. Esto podría ser una señal de que el trumpismo ha pasado de ser un proyecto personalista para convertirse en un movimiento más amplio y autónomo.

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A pesar de todo, la familia Trump sigue siendo una presencia significativa dentro de la política estadounidense, y las futuras generaciones tienen el potencial de continuar su legado. Es posible que, con el tiempo, los hijos de Trump o incluso sus nietos asuman roles de liderazgo más destacados.

A medida que el Partido Republicano se enfrenta a desafíos internos, como la creciente influencia de nuevos liderazgos o la polarización política, la familia Trump podría encontrar nuevas formas de posicionarse en el escenario político, aprovechando tanto la marca familiar como la ideología que ha calado profundamente en muchos de sus seguidores.

Sin embargo, la verdadera cuestión es si esta dinastía podrá perdurar más allá de la figura de Donald Trump o si el movimiento que él encarnó se disolverá en la evolución natural del panorama político estadounidense.

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El tecnopoder: cuando la eficiencia desplaza a la democracia

El trumpismo ha sido uno de los primeros movimientos en abrazar el tecnopoder como forma de autoridad. En lugar de reforzar la democracia, apuesta por la eficiencia, el control y la rapidez en la toma de decisiones. En este artículo, Isidoro Sánchez Tejado analiza cómo los algoritmos sustituyen al debate y la tecnología se impone sobre la representación.

Otro de los pilares ideológicos del trumpismo, menos visible que su nacionalismo o su retórica populista, pero igual de influyente, es el tecnopoder. Se trata de una nueva forma de ejercer autoridad en la era digital, donde la eficiencia técnica, el control algorítmico y la gestión de datos empiezan a reemplazar los mecanismos clásicos de representación democrática.

En las últimas décadas, hemos asistido a una transformación profunda del modo en que se ejerce el poder político. La irrupción de nuevas tecnologías (como las redes sociales, la inteligencia artificial o la minería de datos, que permite extraer patrones predictivos de comportamiento) ha alterado las bases tradicionales de la autoridad. Estas tecnologías han ido desplazando progresivamente a las instituciones representativas en favor de estructuras gestionadas por algoritmos y plataformas digitales.

Sin embargo, estas tecnologías no operan de manera autónoma. Su diseño, implementación y uso están determinados por actores concretos: principalmente corporaciones tecnológicas globales, élites tecnocráticas, capitalistas de riesgo y aparatos estatales con capacidad de vigilancia masiva.

Este fenómeno, al que denominamos tecnopoder, representa una innovación funcional. Pero también supone una mutación en la legitimidad misma del poder: ya no es el voto ni el derecho constitucional el fundamento exclusivo de la autoridad. Ahora lo es la capacidad de generar orden, anticipar comportamientos y producir resultados medibles.

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En este sentido, el tecnopoder se impone como un nuevo horizonte de gobernanza posdemocrática, en el que «el rendimiento sustituye al procedimiento». El trumpismo ha sido uno de los primeros movimientos políticos contemporáneos en incorporar y potenciar esta lógica.

No se trata solo de su uso intensivo de redes sociales o de big data con fines electorales. Algunos de sus teóricos y aliados han defendido abiertamente la idea de que los sistemas democráticos tradicionales son ineficaces frente a los desafíos del siglo XXI. Según esta visión, deben ser reemplazados (o al menos complementados) por formas de administración tecnocrática basadas en inteligencia artificial, control digital y gestión algorítmica.

Esto significa que el tecnopoder no es, por sí mismo, una ideología. Es una infraestructura que puede ser apropiada por distintos proyectos políticos.

En el caso del trumpismo, esa infraestructura se ha alineado con una visión autoritaria y ejecutiva del poder. Lo importante no es el procedimiento democrático; es la capacidad de actuar con rapidez y controlar flujos de información.

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El trumpismo ha integrado de manera temprana y sistemática diversas formas de tecnopoder en su estrategia política y comunicacional, como se ve a continuación:

Uso estratégico de tecnologías digitales. 

Desde su primera campaña presidencial, Donald Trump y su entorno hicieron un uso intensivo y disruptivo de plataformas como Twitter, Facebook o YouTube. Las utilizaron para comunicarse directamente con sus seguidores y para redefinir los marcos del discurso público, esquivando los canales tradicionales de legitimidad mediática e institucional. Empresas como Cambridge Analytica emplearon técnicas de minería de datos y microsegmentación electoral para maximizar el impacto de los mensajes.

Esto no fue un simple uso de herramientas modernas: fue una forma de trasladar el campo de batalla político al entorno digital, reconfigurando el proceso democrático.

Desconfianza hacia las instituciones representativas

El trumpismo promueve una visión crítica y, a veces, abiertamente hostil hacia las estructuras tradicionales del poder liberal: Congreso, medios, universidades, agencias de inteligencia, tribunales, organismos reguladores, etc. En su lugar, plantea un liderazgo fuerte, centralizado, operativo y directo, con poca tolerancia a los procedimientos formales.

Este desplazamiento de la legitimidad hacia lo inmediato y lo eficiente se alinea con la lógica del tecnopoder. Lo que importa es que se decida rápido y con resultados visibles, no cómo se decide.

Conexiones con el sector tecnocrático y empresarial

Figuras clave del trumpismo, como Peter Thiel, Elon Musk o J.D. Vance, han defendido abiertamente modelos de gobernanza donde la tecnología, los datos y la meritocracia técnica reemplazan a los procesos deliberativos.

Thiel, cofundador de PayPal junto con Elon Musk y uno de los primeros inversores de Facebook, ha afirmado que «la libertad y la democracia ya no son compatibles», y ha financiado proyectos tecnológicos (como Palantir) que apuntan a automatizar funciones estatales clave, desde la vigilancia hasta la toma de decisiones estratégicas.

El propio Musk ha impulsado un modelo de innovación empresarial que complementa o asume funciones de agencias públicas como la NASA, con SpaceX. También ha intervenido en sistemas de infraestructura básica, como las telecomunicaciones, con Starlink.

Autoritarismo funcional y posdemocracia

El trumpismo propone una forma de autoridad que se legitima por la eficacia, el control y la acción decidida, más que por la legalidad o el consenso. Esta lógica converge con la idea central del tecnopoder: la creencia de que la tecnología permite resolver problemas sin necesidad de política. O mejor aún, reemplazando la política por algoritmos, plataformas o soluciones empresariales.

El trumpismo convive con el tecnopoder y ha sido uno de sus principales vehículos políticos. Le ofrece una narrativa populista con base emocional, pero le suma una infraestructura de poder basada en datos, control, automatización y eficiencia.

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En este sentido, el trumpismo no es un simple populismo analógico. Es una vanguardia del poder digital, que desborda los cauces tradicionales de la democracia liberal.

El tecnopoder puede orientarse en direcciones opuestas según el modelo político e institucional que lo acompañe: autoritario o democrático. 

El tecnopoder autoritario

El tecnopoder autoritario es una forma emergente de organización del poder. En ella, las decisiones políticas y administrativas se desplazan desde los procesos democráticos hacia sistemas automatizados, plataformas digitales y élites técnicas. No se trata necesariamente de una dictadura en el sentido clásico. Pero sí de un modelo donde el rendimiento técnico reemplaza al consentimiento ciudadano como principio de legitimidad.

Esta visión del poder parte de la convicción de que los sistemas democráticos tradicionales son lentos, ineficaces y vulnerables al conflicto.

Frente a ello, se propone una arquitectura de gobierno basada en algoritmos, datos masivos e inteligencia artificial. El objetivo es anticipar comportamientos, prevenir amenazas y maximizar la eficiencia del Estado.

Uno de los casos más visibles de esta lógica es el uso de herramientas de vigilancia predictiva en la gestión de la seguridad. Empresas como Palantir Technologies (cofundada por Peter Thiel y dirigida por Alex Karp) han desarrollado plataformas que permiten a agencias gubernamentales analizar grandes volúmenes de datos en tiempo real. Así pueden detectar patrones y posibles riesgos.

Estas herramientas han sido utilizadas por cuerpos de seguridad en Estados Unidos y otros países. Se aplican en tareas como la detección de delitos, la prevención del terrorismo o la gestión migratoria.

En The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West (La República Tecnológica: Poder duro, creencias blandas y el futuro de Occidente, 2025), Alex Karp, junto a Nicholas Zamiska, describe con claridad esta aproximación al poder. Karp argumenta que, ante desafíos como la competencia estratégica con China o el auge de la inteligencia artificial, las democracias occidentales deben apoyarse en el sector tecnológico para preservar su capacidad de acción.

Su propuesta no plantea una ruptura abierta con el modelo democrático. Pero sí una reconfiguración en la que la autoridad se fortalece a través del conocimiento técnico y la capacidad anticipatoria del software.

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Desde esta perspectiva, la autoridad no se basa en la participación, sino en la capacidad de generar orden, estabilidad y resultados medibles. La administración Trump adoptó algunos de estos elementos, especialmente en el ámbito migratorio y de seguridad.

Durante su primer mandato, se implementaron sistemas de reconocimiento facial en aeropuertos y fronteras. También se reforzaron las herramientas digitales de control migratorio y se impulsó la creación de bases de datos masivas para identificar posibles fraudes electorales.

Aunque muchas de estas iniciativas fueron finalmente bloqueadas por los tribunales, reflejaban una tendencia clara. La creciente confianza en soluciones tecnológicas para gestionar áreas sensibles del poder público.

Peter Thiel y la crítica a la democracia liberal

La postura de Peter Thiel frente a la democracia y el libertarismo es particularmente relevante para entender su influencia en el tecnopoder autoritario. En un ensayo publicado en 2009 en la revista Cato UnboundThe Education of a Libertarian (La educación de un libertario), Thiel expone su desencanto con la democracia liberal.
Sugiere que los libertarios deberían buscar alternativas fuera del sistema político convencional para lograr una sociedad más libre.

Thiel, una de las figuras más influyentes en el ámbito tecnológico, declaró: «Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles». Para Thiel, los mecanismos democráticos tradicionales no protegen la libertad individual, en muchos casos, la obstaculizan.

Él aboga por formas de organización social que estén fuera del alcance del Estado y de las instituciones representativas. En esos espacios, el progreso tecnológico puede superar las limitaciones del sistema político democrático.

Esto se alinea con su apoyo al tecnopoder autoritario. En ese modelo, las élites tecnológicas tienen un papel central en la toma de decisiones, sin necesidad de recurrir a la participación popular.

El tecnopoder en la seguridad nacional

Anduril Industries, fundada por Palmer Luckey en 2017, es un ejemplo de cómo la visión de un tecnopoder autoritario se materializa a través de empresas tecnológicas emergentes. Anduril desarrolla sistemas autónomos y herramientas de vigilancia avanzadas, que combina drones y sensores para monitorear fronteras y detectar amenazas en tiempo real.

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La empresa se especializa en tecnologías que mejoran la eficiencia de la defensa. Pero también reemplaza el juicio humano con algoritmos que maximizan la precisión y la rapidez en la toma de decisiones.

Anduril refleja cómo las empresas tecnológicas están comenzando a asumir un papel central en la gestión de la seguridad nacional. En lugar de depender de los métodos tradicionales del gobierno, se posicionan como actores clave en este ámbito.

En muchos casos, estas empresas se convierten en proveedoras fundamentales de las tecnologías que los gobiernos utilizan para monitorizar y controlar a sus ciudadanos. Esto muestra la creciente privatización de la seguridad y la dependencia de la tecnología, en lugar de los métodos democráticos tradicionales.

Este tipo de empresas, como Palantir y Anduril, están marcando el camino hacia un modelo de gobernanza basado en la eficiencia tecnológica y el control predictivo. Un modelo que desafía los principios democráticos clásicos al poner el poder en manos de un reducido grupo de élites tecnológicas.

El vínculo entre este modelo de tecnopoder autoritario y el trumpismo se hace evidente. Basta con observar cómo Trump ha buscado rodearse de aliados tecnológicos en lugar de instituciones tradicionales.

Figuras como Peter Thiel (gran donante de campañas trumpistas y mentor político de candidatos como J.D. Vance) han ofrecido un respaldo ideológico y financiero clave. Ese respaldo ha sido fundamental para avanzar hacia un modelo donde la autoridad emane de la eficacia técnica más que del voto.

En este sentido, el trumpismo ha funcionado como un canal político para introducir y normalizar una visión tecnocrática del poder. Una visión en la que el Estado se comporta como una empresa de datos y seguridad.

Empresas como Palantir o Anduril, que han colaborado activamente con agencias federales bajo gobiernos republicanos, se alinean con esta visión. Son parte de una coalición emergente entre el poder político conservador y el capital tecnológico. Esa alianza está redefiniendo la gobernanza en clave de automatización, vigilancia preventiva y delegación de autoridad en los algoritmos.

El trumpismo ha servido como vehículo político para avanzar un proyecto más amplio de reorganización del poder. En él, la legitimidad pasa por la capacidad de dar resultados. Ese es el corazón del tecnopoder autoritario.

Elon Musk y el rediseño tecnocrático del poder

También Elon Musk, aunque desde una posición menos ideológica y más pragmática, encarna esta visión tecnocrática del poder. A través de sus empresas (SpaceX, Neuralink, Tesla, Starlink o xAI) ha intervenido en sectores estratégicos como las comunicaciones, la defensa o la movilidad. Muchas veces lo ha hecho en sustitución o colaboración con el aparato estatal.

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Musk ha defendido públicamente la necesidad de reducir la burocracia y automatizar funciones gubernamentales. Además, ha promovido iniciativas como el «Department of Government Efficiency» (DOGE), una propuesta informal que resume su idea de una administración pública gestionada como una startup: ágil, automatizada y centrada en resultados.

Su influencia en políticas públicas es cada vez mayor, especialmente en áreas como la defensa o la infraestructura digital. Elon Musk no ha formulado una teoría política sistemática. Pero a través de sus decisiones empresariales y declaraciones públicas, ha perfilado una visión implícita del poder y del Estado.

En sus intervenciones, ha criticado repetidamente la lentitud y la ineficiencia de los gobiernos. También ha cuestionado su capacidad para responder a los desafíos tecnológicos contemporáneos.

En contraste, ha defendido que los avances reales (en campos como el espacio, la energía o la inteligencia artificial) provienen de emprendedores que actúan con rapidez, sin esperar autorizaciones burocráticas.

En ese marco, su modelo de acción sugiere una lógica de funcionamiento estatal inspirada en el mundo de la innovación tecnológica. Un modelo ágil, orientado a resultados y con una fuerte centralidad del liderazgo técnico.

Más que una institución deliberativa, el Estado aparece como una plataforma que facilita soluciones. Coordina actores privados y maximiza la eficiencia operativa. No importa tanto el procedimiento político, como la capacidad de ejecutar con rapidez y eficacia.

El impulso de Elon Musk a Starlink como infraestructura estratégica de comunicaciones se ha convertido en un claro ejemplo de cómo la tecnología y la geopolítica se entrelazan en el siglo XXI.

Starlink (la constelación de satélites de bajo costo desarrollada por SpaceX) ofrece acceso a internet en áreas remotas y de difícil acceso. También se ha convertido en un actor clave en situaciones de crisis.

El auge del tecnopoder: cuando la tecnología reemplaza a la política

Un caso particularmente significativo de esta integración de tecnología y geopolítica ha sido la guerra en Ucrania. Desde los primeros días del conflicto, Starlink proporcionó una solución vital en términos de comunicaciones. Especialmente en regiones donde las infraestructuras de telecomunicaciones tradicionales habían sido destruidas o desactivadas por los ataques rusos.

Gracias a Starlink, las fuerzas ucranianas pudieron mantener comunicaciones seguras y coordinadas, incluso en medio de la ofensiva rusa. Esto resultó ser crucial para la resistencia y la organización. Este episodio subraya cómo una infraestructura tecnológica avanzada como Starlink no solo es un recurso comercial. También se ha convertido en un elemento crucial en la guerra moderna.

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La capacidad de mantener comunicaciones a través de satélites de bajo costo (en lugar de depender de redes terrestres vulnerables) ha hecho que Starlink sea un jugador clave en la geopolítica. Un área donde la tecnología tiene un impacto directo en la seguridad nacional y en los conflictos internacionales.

El concepto de un «Department of Government Efficiency» (DOGE), propuesto por Elon Musk, es una idea que busca aplicar principios de eficiencia y agilidad propios del sector privado, particularmente de las startups, al funcionamiento de la administración pública. Musk ha defendido en diversas ocasiones que el gobierno, al igual que las empresas, puede beneficiarse de una mayor automatización. También de la adopción de enfoques más innovadores para optimizar procesos y servicios.

La idea central de esta propuesta es que las entidades gubernamentales, que tradicionalmente han sido lentas y burocráticas, podrían operar con mayor eficiencia si adoptaran prácticas más similares a las de las startups tecnológicas.

Por ejemplo, en lugar de seguir procesos rígidos y burocráticos, se propondría que el gobierno adoptara un modelo más ágil. Uno basado en la toma de decisiones rápidas, la automatización de tareas repetitivas y la mejora constante.

Esto incluiría la implementación de tecnologías como la inteligencia artificial, la automatización de procesos administrativos y una gestión orientada a la mejora continua de los servicios públicos. La lógica detrás de esta sugerencia es que, al igual que las startups tienen que ser flexibles y capaces de adaptarse rápidamente a los cambios para sobrevivir y prosperar, las instituciones gubernamentales también deberían ser más dinámicas. Más orientadas a resultados y menos sujetas a la burocracia tradicional.

Al aplicar métodos más eficientes y automatizados, Musk sugiere que el gobierno podría reducir costos, aumentar la transparencia y ofrecer mejores servicios a los ciudadanos.

La iniciativa de Musk busca llevar la eficiencia al gobierno.
Aprovecha las herramientas tecnológicas y la flexibilidad organizativa para mejorar la administración pública. Sin embargo, el concepto plantea desafíos importantes. Entre ellos, cómo equilibrar la eficiencia con la necesidad de justicia, equidad y responsabilidad social en el sector público.

Esta concepción del Estado como plataforma, en lugar de institución deliberativa, encaja de forma orgánica con la evolución del trumpismo hacia una gobernanza tecnocrática. Mientras el trumpismo clásico se apoyaba en la confrontación política y la movilización emocional, su versión tecnológica busca legitimarse a través de la eficiencia, la rapidez y el rendimiento medible.

En este marco, figuras como Elon Musk no representan una alternativa al poder político. Actúan como arquitectos de un rediseño institucional: el empresario como nuevo gestor público, el algoritmo como nuevo parlamento y la innovación como criterio último de autoridad.

La alianza entre capital tecnológico y agenda populista no es una paradoja. Es una nueva síntesis de poder. Una en la que la promesa de disrupción y control convergen bajo un mismo objetivo: gobernar para ejecutar. Y hacerlo desde arriba, con la menor fricción posible. Como si un país pudiera calibrarse igual que una máquina.

Más allá del caso estadounidense, esta lógica se ha desarrollado en otros contextos. En China, el uso intensivo de inteligencia artificial y vigilancia digital ha servido para reforzar un control social estricto.

Aunque los modelos difieren en sus fundamentos ideológicos, comparten una idea central: la política debe ser reemplazada (o al menos subordinada) a la capacidad técnica de anticipar y controlar el comportamiento colectivo.

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El tecnopoder autoritario no se presenta siempre de forma explícita. A menudo se justifica en nombre de la eficiencia, la modernización o la seguridad. Pero su lógica subyacente implica una transformación profunda del orden democrático.

Se desplaza el foco desde el debate y la representación hacia la gestión algorítmica. En ella, el ciudadano deja de ser sujeto activo para convertirse en objeto de análisis y regulación. El tecnopoder, en su versión trumpista, no aspira a reformar la democracia. Aspira a superarla por la vía de la eficiencia.

El tecnopoder democrático: una vía alternativa

Si el tecnopoder autoritario representa la forma más visible de cómo el trumpismo ha abrazado la tecnología (ya sea como instrumento de control, vigilancia o disrupción), existe otra línea de pensamiento que recorre el mismo terreno. Pero lo hace en dirección opuesta: el tecnopoder democrático.

Este enfoque no busca reemplazar la democracia, busca renovarla. Parte de un diagnóstico compartido, la crisis de legitimidad y eficacia del sistema representativo, pero ofrece una respuesta diferente: usar la tecnología para ampliar la participación, mejorar la transparencia y fortalecer la rendición de cuentas. Es una defensa de la democracia con herramientas del siglo XXI.

A diferencia de su variante autoritaria, el tecnopoder democrático busca modernizarlo mediante herramientas tecnológicas que aumenten su eficacia, transparencia y capacidad de respuesta, pero sin sustituir los principios del sistema representativo. En lugar de reemplazar la política, propone complementarla con datos, algoritmos y plataformas digitales al servicio del interés público.

Este enfoque parte de un diagnóstico compartido: las instituciones públicas tradicionales están desbordadas por la complejidad del mundo contemporáneo. Pero, frente a quienes proponen soluciones tecnocráticas y centralizadas, los defensores del tecnopoder democrático creen que es posible fortalecer la democracia con ayuda de la tecnología.

Una de las voces más representativas de esta corriente es Beth Simone Noveck, directora del GovLab en la Universidad de Nueva York y exasesora de gobierno abierto (open government) durante la administración Obama.

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En su libro Smart Citizens, Smarter State (Ciudadanos inteligentes, estado más inteligente, 2015), propone un modelo de «Estado inteligente» que incorpore algoritmos y plataformas cívicas para ampliar la participación ciudadana, la transparencia y la colaboración entre sociedad civil y administración, y mejorar la calidad del proceso deliberativo.

También ha sido relevante el trabajo de Tim O’Reilly, editor y tecnólogo, quien en su libro WTF?: What’s the Future and Why It’s Up to Us (Cuál es el futuro y por qué depende de nosotros, 2017) plantea que la regulación tradicional puede ser mejorada mediante lo que denomina regulación algorítmica. O’Reilly sostiene que los algoritmos no deben sustituir a los legisladores, pero sí pueden ser herramientas útiles para responder en tiempo real a cambios sociales o sanitarios, y para tomar decisiones más informadas basadas en evidencia empírica.

Otro referente en este campo es Alex Pentland, investigador del MIT, quien en Social Physics (Física Social, 2014) argumenta que el análisis de grandes volúmenes de datos puede ayudar a comprender los patrones de comportamiento colectivo. Si se gestiona bajo principios éticos y democráticos, el big data puede ser un instrumento para anticipar fenómenos como la desinformación o la polarización, y para diseñar políticas públicas más adaptativas y precisas.

Todos estos enfoques coinciden en un punto esencial: la tecnología no es neutral, pero puede ser orientada hacia fines democráticos si se aplica con criterios de transparencia, supervisión pública y control institucional. Esto exige una nueva arquitectura normativa: marcos de regulación claros, mecanismos de auditoría algorítmica, acceso abierto a los datos públicos y una ciudadanía informada capaz de exigir responsabilidades.

En este modelo, el tecnopoder no busca reemplazar la política ni concentrar el mando en élites técnicas. Al contrario, plantea que la democracia necesita herramientas nuevas para sobrevivir en un mundo con un entorno cada vez más VUCA: Volátil, Incierto (Uncertainty), Complejo y Ambiguo. 

El tecnopoder democrático no encaja con la lógica del trumpismo. Mientras el trumpismo tiende a desconfiar del sistema institucional, el tecnopoder democrático confía en que el Estado puede mejorar sin dejar de ser democrático, y que la participación ciudadana puede ser reforzada y, no sustituida, por herramientas tecnológicas.

Más que una variante del trumpismo, el tecnopoder democrático representa su antítesis reformista: una tentativa de renovar la democracia desde dentro, con los mismos instrumentos que otros emplean para desbordarla. Una disputa que no solo es técnica, sino profundamente política.

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La influencia del populismo nacionalista en el trumpismo

El trumpismo no surgió de la nada. Su fuerza ideológica bebe del populismo nacionalista estadounidense, que lleva décadas enfrentando al «pueblo» con las élites. En este artículo, Isidoro Sánchez Tejado analiza cómo figuras como Pat Buchanan o movimientos como el Tea Party prepararon el terreno para el ascenso de Donald Trump.

Un segundo pilar de la ideología trumpista es el populismo nacionalista, que constituye el esqueleto emocional y retórico del trumpismo. Este populismo articula una identidad cerrada, homogénea y defensiva. La presenta como víctima de un proceso histórico de traición: por las élites progresistas, los acuerdos globales, la inmigración masiva y la burocracia federal.

Esta narrativa no nace con Trump. Tiene raíces profundas en el conservadurismo estadounidense. Sin embargo, su formulación contemporánea debe mucho a figuras como Pat Buchanan, al movimiento del Tea Party y al papel estratégico de los medios alternativos. Estos últimos articulan emocional y simbólicamente este antagonismo.

De Pat Buchanan al Tea Party

El populismo nacionalista en Estados Unidos tiene raíces que se remontan, al menos, a la figura de Pat Buchanan. Fue asesor de Nixon y Reagan, y candidato presidencial en los años 90.

Su discurso de «guerra cultural» contra las «élites liberales», su defensa del proteccionismo económico y su oposición a la inmigración anticiparon muchas de las ideas que más tarde articularía el trumpismo. Ya en los años 2000, el surgimiento del Tea Party marcó una nueva etapa en la radicalización del conservadurismo.

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Entre sus figuras más destacadas estuvo Sarah Palin, entonces gobernadora de Alaska y candidata republicana a la vicepresidencia en 2008. Su retórica combativa contra el establishment de Washington, junto con su defensa del conservadurismo fiscal y social, la convirtieron en una portavoz central del movimiento.

Junto a ella, Ted Cruz, senador por Texas, fue uno de los políticos más emblemáticos que emergieron del Tea Party. Elegido con el respaldo de este movimiento, Cruz representó su vertiente más libertaria y constitucionalista. Defendía una lectura estricta de la Constitución, el recorte del gasto público y la soberanía nacional frente a las instituciones federales.

Su papel fue clave en la politización del descontento popular y en la construcción de una agenda conservadora insurgente, que acabaría confluyendo con el discurso del trumpismo.

Steve Bannon y la arquitectura ideológica del populismo nacionalista

Donald Trump no inventó el populismo en Estados Unidos, pero logró convertirlo en una poderosa maquinaria electoral. Bajo el lema de su primera presidencia, America First (2017–2021), y con el eslogan Make America Great Again (MAGA) durante su segunda campaña, articuló una narrativa centrada en la idea de que las élites globales han traicionado al ciudadano común.

Esta traición se habría manifestado en la promoción del comercio internacional desregulado, la apertura migratoria masiva y la imposición de una cultura progresista dominada por la corrección política.

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En este marco, el trumpismo moviliza un sentimiento de agravio nacional y cultural. Proyecta al «pueblo americano» como víctima de un orden global que privilegia a otros a expensas de su bienestar e identidad.

Detrás de esta estrategia estaba Steve Bannon, considerado el principal arquitecto ideológico del trumpismo.

Bannon ve a Trump no sólo como un político, sino también como el líder de una «revolución populista» que enfrenta al pueblo con los grupos de poder. Su retórica, marcada por un lenguaje beligerante y movilizador, construye un relato de confrontación civilizatoria, en el que la «élite globalista» aparece como el enemigo sistémico a derrotar.

No es casual que Bannon recurra con frecuencia a la noción de destino manifiesto. Reinterpreta esta antigua doctrina geopolítica como una misión providencial: Estados Unidos debe proteger su soberanía, pero también liderar una restauración cultural que devuelva al país su papel ejemplar en el mundo. Esta expansión, económica, cultural, espiritual, se plantea como una responsabilidad histórica ineludible.

Este populismo nacionalista que ha dado forma al trumpismo no surgió de forma espontánea. Es el resultado de una estrategia diseñada cuidadosamente para canalizar el descontento de amplios sectores de la población. Busca dirigirlo hacia una narrativa de conflicto entre «el pueblo» y una «élite global» desconectada de las necesidades reales de los ciudadanos.

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Desde su papel como asesor presidencial hasta su activismo en redes internacionales de derecha, Bannon ha sido una figura central en la articulación de este discurso. Hoy trasciende las fronteras de Estados Unidos y resuena en movimientos afines en Europa y América Latina.

Steve Bannon va más allá de ser un simple estratega político. Ha construido toda una visión del mundo donde se mezclan elementos del tradicionalismo cristiano, el nacionalismo económico y un fuerte rechazo a las élites globalistas.

Su pensamiento está influenciado, entre otros, por el filósofo italiano Julius Evola (1898–1974), quien defendía una restauración de valores aristocráticos, espirituales y culturales anteriores a la modernidad. Evola concebía la historia como una decadencia progresiva, desde un orden tradicional sagrado hacia la modernidad materialista. En obras como Revuelta contra el mundo moderno (1934), propuso un retorno a principios perennes y a una civilización jerárquica, fundada en la autoridad espiritual y el liderazgo heroico.

Bannon ha citado explícitamente a Evola como referente de su visión contrarrevolucionaria. Especialmente en lo que se refiere a la necesidad de una restauración cultural radical frente al liberalismo occidental.

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Desde esta óptica, Bannon ha promovido la idea de que Occidente vive una guerra cultural contra «fuerzas globalistas». Estas estarían representadas por la élite política en Washington, los mercados financieros de Wall Street y los gigantes tecnológicos de Silicon Valley.

En este relato, el adversario no es únicamente interno. También existe una amenaza externa, claramente identificada con China y el comunismo. Este enfoque ideológico trasciende lo económico o migratorio. Se enmarca en una narrativa más amplia de resistencia cultural. Según esta visión, la identidad nacional debe ser protegida frente a fuerzas externas que buscan diluirla o modificarla.

Bannon define esta lucha como un combate contra el globalismo. Lo acusa de erosionar la soberanía estadounidense con el objetivo de imponer un mundo sin fronteras, sin naciones definidas y sin identidades claras.

El populismo promovido por Bannon se apoya en una estrategia efectiva y concreta de movilización social. El resentimiento entre las clases trabajadoras blancas, la preocupación por la inmigración y la nostalgia hacia un pasado idealizado son los ejes principales sobre los que ha edificado su discurso político.

Considera que el trumpismo es una herramienta para realizar una revolución cultural de derechas. Una guerra total contra el globalismo, la corrección política y la hegemonía liberal.

En sus propias palabras, en una entrevista en The Economics en 2018: «We’re building a movement. It’s not about Trump; it’s about a global revolt of working people» (Estamos construyendo un movimiento. No se trata de Trump; se trata de una revuelta global de la gente trabajadora)

Los enemigos del trumpismo según Steve Bannon

Una de las claves del éxito de Steve Bannon ha sido definir un adversario claro y fácilmente reconocible para sus seguidores. Según su narrativa, este adversario tiene múltiples caras:

  • La élite política y financiera: Denominada por Bannon como «la casta», está formada por políticos en Washington, empresarios en Wall Street y magnates tecnológicos de Silicon Valley. Desde su perspectiva, estas élites no representan los intereses del pueblo. Más bien, explotan y someten a la ciudadanía mediante un modelo económico globalizado que erosiona la industria nacional y destruye la clase media estadounidense.
  • China y el comunismo: Desde su paso por la Casa Blanca, Bannon enfatizó constantemente que China representa la mayor amenaza para Estados Unidos. Y no sólo en el terreno económico.
  • Considera al gobierno chino como un régimen autoritario decidido a extender su influencia mundial. Por eso, para Bannon, la guerra comercial iniciada durante la presidencia de Trump va mucho más allá de simples disputas económicas. Refleja un enfrentamiento profundo entre dos visiones opuestas del mundo.
  • La inmigración y el multiculturalismo: Fiel a la tradición del populismo nacionalista, Bannon promueve la idea de que la inmigración masiva erosiona la identidad. También debilita la cohesión cultural estadounidense.
  • En sus discursos, la diversidad no fortalece a la sociedad; la fragmenta, haciéndola vulnerable ante las influencias globalistas y los intereses de las élites.

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Otra pieza fundamental en la estrategia de Bannon es el uso inteligente y pionero de medios alternativos y redes sociales para amplificar su mensaje. Durante años lideró Breitbart News, un medio digital que se convirtió en el epicentro del discurso ultraconservador en Estados Unidos. A través de esta plataforma, logró posicionar narrativas ignoradas por los medios tradicionales y llegar directamente a millones de estadounidenses.

Su enfoque innovador se complementa con una poderosa presencia en redes sociales. En lugar de depender exclusivamente de los medios convencionales, ha apostado por plataformas como Twitter, Facebook y YouTube para viralizar sus mensajes, movilizar a sus seguidores y cuestionar públicamente a sus críticos. El resultado ha sido efectivo: ha consolidado una base militante que defiende activamente sus posturas, expandiendo de manera natural y masiva su discurso populista.

El mediático Tucker Carlson

Si Steve Bannon es considerado el estratega del populismo nacionalista, Tucker Carlson se ha convertido en su rostro mediático más visible. Desde su influyente programa en Fox News, y ahora desde una plataforma independiente, Carlson se ha posicionado como uno de los mayores difusores de este discurso. Lo ha hecho dentro y fuera de Estados Unidos.

Su mensaje, que empezó dentro de los parámetros del conservadurismo tradicional, se ha desplazado hacia posiciones abiertamente nacionalistas y populistas.

Carlson ha adoptado teorías controvertidas como la del «gran reemplazo». Según esta idea, ciertas élites globalistas estarían promoviendo la inmigración masiva con el objetivo de cambiar la composición demográfica del país. De este modo, se debilitaría su identidad cultural y política.

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Además, ha sido decisivo en popularizar la narrativa de que Occidente atraviesa un profundo proceso de decadencia.

Según Carlson, los valores progresistas están erosionando la sociedad estadounidense. Esto estaría generando crisis como la debilitación de la masculinidad, el avance del feminismo radical y la corrupción generalizada de las élites. Son temas que han calado profundamente en amplios sectores conservadores.

La nave de los locos

En su libro La nave de los locos: Cómo la clase dirigente está destruyendo Estados Unidos (Ship of Fools, 2018), Carlson presenta una dura crítica hacia las élites políticas, económicas y culturales del país. Su tesis central es clara: estas élites han dado la espalda al ciudadano medio. Han implantado políticas que sólo han beneficiado a minorías privilegiadas, perjudicando directamente a la clase trabajadora.

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El libro, cuyo título hace referencia a la alegoría medieval alemana de 1494, Das Narrenschiff (La nave de los locos), describe a EE. UU. como una nave sin rumbo, dirigida por unos líderes incompetentes que conducen al país hacia un desastre económico y cultural. Según Carlson, las élites han impulsado cuatro procesos que han puesto al país al borde del colapso:

  • Globalización descontrolada: Acusa a los líderes políticos y económicos de favorecer políticas que fomentan la deslocalización industrial, destruyendo empleos en EE. UU. y empobreciendo a la clase trabajadora.
  • Multiculturalismo impuesto: Considera que la promoción de la inmigración masiva no ha tenido en cuenta sus efectos negativos. En especial, sobre la cohesión social y la identidad cultural estadounidense.
  • Corrección política y censura: Carlson denuncia que las instituciones han impuesto un pensamiento progresista rígido. Según él, este limita la libertad de expresión, castigando la disidencia y cualquier opinión contraria a la agenda dominante.
  • Crisis de masculinidad y familia tradicional: Argumenta que el feminismo radical y la redefinición de los roles de género han debilitado a la familia. También han afectado a los hombres estadounidenses, generando graves problemas sociales.

El libro tiene un estilo provocador y polémico. Está diseñado para despertar la indignación en el lector. Resalta la necesidad urgente, según Carlson, de recuperar los valores tradicionales y detener la influencia de lo que él denomina la agenda progresista.

El trumpismo como un movimiento en expansión

Lo que comenzó como una estrategia electoral en 2016 se ha transformado en un fenómeno político con presencia global. Steve Bannon ha llevado su particular modelo de populismo nacionalista más allá de Estados Unidos, ofreciendo asesoramiento estratégico a líderes europeos como Matteo Salvini en Italia y Viktor Orbán en Hungría.

Su intención es replicar la fórmula que ayudó a Donald Trump a llegar al poder, explotando el rechazo a las élites políticas tradicionales, la defensa de la identidad nacional y la oposición frontal al multiculturalismo.

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Mientras tanto, en EE. UU., Tucker Carlson se ha convertido en uno de los mayores altavoces del movimiento, ajustando constantemente el discurso populista a las circunstancias del momento. Desde su salida de Fox News en 2023, Carlson ha redoblado su presencia en plataformas digitales y redes sociales, ampliando su alcance y renovando su discurso sobre la supuesta decadencia occidental y la amenaza que representan la inmigración y las élites globalistas.

En Europa, el impacto del populismo nacionalista también se nota con fuerza. Movimientos políticos como Agrupación Nacional en Francia, Vox en España o Alternativa para Alemania han encontrado inspiración en la retórica de rechazo a las elites y soberanista promovida por Bannon y sus aliados estadounidenses. Aunque cada uno adaptado a sus particularidades nacionales, todos comparten el mismo núcleo ideológico: el rechazo al globalismo, la defensa de las fronteras nacionales y la promoción de una identidad cultural homogénea.

El populismo nacionalista continúa evolucionando y adaptándose constantemente a las circunstancias cambiantes. En cada etapa identifica diferentes desafíos, que van desde el multiculturalismo hasta la creciente influencia de China.

A la vez, perfecciona sus métodos de movilización mediante el uso de nuevas plataformas digitales, lo que le permite ampliar su mensaje y alcanzar audiencias más diversas. El movimiento impulsado por figuras como Bannon y Carlson sigue expandiéndose, aumentando su influencia tanto dentro como fuera de Estados Unidos.

En conjunto, el populismo nacionalista actúa como el lenguaje emocional y simbólico del trumpismo: convierte el malestar económico en agravio cultural, y el desencanto político en identidad combativa. Desde Bannon hasta Carlson, este relato ha articulado una respuesta a la crisis del liberalismo y ha logrado construir una narrativa transnacional de resistencia contra las élites globales.

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La influencia del nacionalismo cristiano en el trumpismo

El nacionalismo cristiano ha dejado de ser una corriente marginal para convertirse en una fuerza ideológica con peso en la política estadounidense. Inspirado en referentes teológicos como San Agustín y en símbolos fundacionales del país, hoy marca el discurso de líderes como Josh Hawley. En este artículo, Isidoro Sánchez Tejado analiza cómo esta visión busca redefinir el papel de Estados Unidos en el mundo desde una raíz religiosa y providencial.

Desde los primeros días de la colonización inglesa en América, la religión ha sido el fundamento de la identidad política estadounidense. Los protestantes puritanos que desembarcaron en Massachusetts en el siglo XVII buscaban libertad religiosa. Pero también llegaron con la convicción de que estaban fundando una sociedad nueva con un propósito divino.

En 1630, a bordo del barco Arbella, el líder puritano John Winthrop pronunció un sermón que marcaría profundamente la identidad de los colonos ingleses en América. Titulado A Model of Christian Charity (Un modelo de caridad cristiana), este discurso estableció un ideal. Uno que influiría en la historia de Estados Unidos hasta la actualidad.

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Winthrop sostenía que los puritanos que llegaban al Nuevo Mundo no eran simplemente emigrantes en busca de prosperidad. Eran una comunidad elegida por Dios, con la misión de construir una sociedad ejemplar. Para ello, recurrió a la metáfora de la «Ciudad sobre una colina», tomada del evangelio de San Mateo.

«Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una lámpara y se pone debajo del almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa» (Mateo 5:14-15).

Esta imagen, la Ciudad sobre una colina, establecía la idea de que EE. UU. tenía un papel especial en la historia, una luz que debía guiar a otras naciones.

Desde el inicio, Winthrop dejó claro que los colonos puritanos no solo estaban fundando una nueva comunidad. También asumían una responsabilidad moral ante el mundo. Su destino dependía de algo más que su capacidad para sobrevivir en tierras desconocidas: estaba ligado directamente a su compromiso con los valores cristianos. Si fracasaban en su misión de construir una sociedad piadosa y ejemplar, estarían desobedeciendo el mandato divino, convirtiendo su empresa colonial en un fracaso humillante.

La imagen de la «Ciudad sobre una colina» fue mucho más que una simple metáfora religiosa. Se convirtió con el tiempo en una idea central en la identidad política de Estados Unidos. Lo que comenzó como un principio teológico entre los puritanos terminó consolidándose como eje fundamental del pensamiento estadounidense.

A lo largo de la historia, esta noción de excepcionalismo religioso reforzó la creencia de que la nación tenía un propósito especial. Justificaba tanto la resistencia frente a ideologías consideradas una amenaza para su esencia cristiana como, más adelante, la expansión territorial bajo la visión del «destino manifiesto».

Esta visión impulsó la expansión hacia el oeste. También influyó en la política exterior estadounidense, presentando sus intervenciones en América y en otras partes del mundo como parte de una misión moral. 

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Lo que empezó como un sermón en la cubierta de un barco en 1630 terminaría convirtiéndose en uno de los principios rectores de la doctrina geopolítica del país. Este imaginario teológico no desapareció con el tiempo, ha ido adaptándose a las circunstancias políticas de cada época. En el siglo XXI, figuras como Josh Hawley han revitalizado esta narrativa.

Josh Hawley y la cruzada por la América cristiana

Uno de los más fervientes defensores del nacionalismo cristiano en la actualidad es Josh Hawley, de 45 años, senador republicano por Misuri y figura clave del trumpismo. Más que un político, Hawley es también un pensador. Encuentra en la tradición teológica de San Agustín un marco conceptual para su visión de Estados Unidos.

Para Hawley, la obra de San Agustín La ciudad de Dios es fundamental para comprender la crisis de la civilización occidental. También lo es para entender el papel que Estados Unidos debe asumir en el mundo.
En este texto, Agustín describe el conflicto eterno entre la «ciudad terrenal», gobernada por la corrupción, el pecado y el materialismo, y la «ciudad celestial», que representa el orden divino, la virtud y la justicia moral.

Hawley ha retomado esta idea para interpretar la lucha política actual en EE. UU. como una batalla entre la decadencia progresista y la restauración de los valores cristianos.

En su libro Manhood: The Masculine Virtues America Needs (Las virtudes masculinas que América necesita, 2023), Hawley argumenta que la crisis de la masculinidad en EE. UU. es un síntoma de una transformación más profunda: la desintegración del orden cristiano que sostenía la sociedad.

La cultura progresista, según él, ha debilitado la figura del hombre, ha desarraigado la familia y ha promovido una agenda secular que socava los cimientos sobre los que se construyó el país. Para contrarrestar este declive, Hawley propone recuperar las virtudes tradicionales, inspiradas en la visión agustiniana de una sociedad gobernada por principios cristianos inmutables.

Esta influencia de San Agustín se reflejó también en su intervención en la 4ª Conferencia Nacional de Conservadurismo (NATCON 4), celebrada en Washington en 2024. Allí pronunció el discurso «The Christian Nationalism We Need» (El nacionalismo cristiano que necesitamos).

En él, Hawley defendió la idea de que EE. UU. fue fundado sobre principios cristianos y que la supervivencia de la nación depende de su capacidad para preservar y fortalecer su identidad religiosa.

Para Hawley, la historia de EE. UU. debe entenderse dentro del marco de la teología política agustiniana. El secularismo y el globalismo representan la «ciudad terrenal», donde las pasiones humanas y los intereses egoístas destruyen el sentido de comunidad y el respeto por la ley divina.

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En contraste, el nacionalismo cristiano sería el camino para restaurar la «ciudad celestial» dentro del orden político estadounidense. Esto permitiría que la nación recupere su misión moral en el mundo.

En su discurso, Hawley afirmó que el cristianismo ha sido la base de la identidad nacional. Según él, ha proporcionado los principios fundamentales de la democracia estadounidense.

Sostuvo que valores como el gobierno limitado, la libertad de conciencia y el respeto por la dignidad humana no surgieron de la Ilustración secular. Surgieron, en cambio, de la tradición cristiana que llegó a América con los colonos puritanos y que, a lo largo de los siglos, ha dado cohesión a la nación.

Desde esta perspectiva, Hawley no ve la política como una simple disputa electoral; para él es una batalla espiritual. En su visión, el destino de EE. UU. está ligado a la restauración de un orden cristiano que guíe a la nación y le permita ejercer un liderazgo moral en el mundo.

La lucha contra el secularismo, el feminismo radical y la ideología de género no es solo un asunto cultural. Es un conflicto que determinará si EE. UU. puede seguir siendo una «ciudad sobre una colina» o caerá en la disolución moral de la «ciudad terrenal» que San Agustín describió hace más de 1.500 años.

Su mensaje, que resuena con una creciente base conservadora, refuerza la idea de que la lucha política en EE. UU. es también una batalla espiritual. Para Hawley y quienes lo apoyan, la restauración del orden cristiano es una necesidad histórica.

Patrick Deneen y la crítica intelectual al liberalismo

Pero el nacionalismo cristiano no es solo una cruzada política. También tiene sus ideólogos. Patrick Deneen, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Notre Dame, ha sido uno de los más influyentes en la nueva derecha conservadora.

En su libro Why Liberalism Failed (Por qué fracasó el liberalismo, 2018), Deneen argumenta que el liberalismo moderno ha fracasado. Según él, ha llevado a una sociedad atomizada, sin raíces ni propósito. La idea de que la libertad individual y el progreso material traerían prosperidad ha terminado, en su opinión, en un vacío moral. Un vacío que ha destruido la comunidad y la tradición.

Deneen no es un populista al estilo de Trump, pero su trabajo ha servido como base intelectual para quienes buscan una restauración del orden cristiano. En su último libro, Regime Change: Toward a Postliberal Future (Cambio de régimen: hacia un futuro posliberal, 2023), propone un cambio de régimen donde la democracia liberal sea reemplazada por una sociedad basada en la virtud y los valores cristianos tradicionales. No es una llamada a la dictadura, pero sí a una reestructuración radical del sistema político.

J.D. Vance y la reivindicación de la América olvidada

Si Hawley representa el marco teológico del nacionalismo cristiano y Deneen su justificación intelectual, J.D. Vance es quien ha sabido traducir estas ideas en un discurso que resuena en la clase trabajadora blanca.

Vance, exsenador y actual vicepresidente, alcanzó la fama con su libro Hillbilly Elegy (Hillbilly, una elegía rural, 2016). Es una autobiografía donde narra su infancia en una familia blanca pobre de Ohio y Kentucky. La obra, que en un principio fue interpretada como una denuncia de los efectos devastadores de la desindustrialización, terminó convirtiéndose en un manifiesto. Un manifiesto del resentimiento de la América profunda contra las élites progresistas.

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Criado en un entorno evangélico conservador, atravesó una conversión religiosa significativa en 2019, convirtiéndose formalmente al catolicismo. Su acercamiento fue tanto espiritual como intelectual, influenciado por autores como San Agustín y Joseph Ratzinger (Benedicto XVI).

En una entrevista en junio de 2024 con Fox News, Vance señaló que su esposa, Usha Chilukuri (de origen indio y religión hindú) lo había ayudado a «reencontrarse» con su fe cristiana. Vance entiende el catolicismo como una estructura moral firme y ordenada. Cree que es capaz de resistir las fuerzas disgregadoras del secularismo y de sostener una visión tradicionalista de la sociedad.

Esta conversión ha reforzado su perfil como defensor de un orden providencial, en el que la familia, la fe y la patria constituyen los pilares de la vida moral y política. Desde su entrada en la política, Vance ha articulado un discurso donde la defensa de los valores cristianos se fusiona con una crítica feroz a las élites progresistas.

Para él, la descomposición social y económica de EE. UU. es inseparable de su abandono de Dios, de la familia tradicional y del orden natural. Vance no es un teórico, pero su mensaje conecta emocionalmente con millones de personas. Su alianza con Hawley y su cercanía con intelectuales como Deneen consolidan el nacionalismo cristiano como una corriente moral y además como un programa político concreto.

Vance, en discursos recientes, ha alertado sobre una élite que quiere «destruir las tradiciones familiares y religiosas de los estadounidenses». Esta narrativa lo ha convertido en una de las figuras más populares del movimiento trumpista.

El nacionalismo cristiano no es solo una corriente ideológica dentro del trumpismo: es uno de sus pilares fundamentales. Ha moldeado la visión de muchos de sus líderes y ha servido de justificación moral para resistir el avance del progresismo, la globalización y el secularismo.

Para sus defensores, la batalla política en EE. UU. es una lucha espiritual. Y mientras la derecha siga considerando que la democracia liberal ha fracasado en preservar la esencia cristiana del país, el nacionalismo cristiano seguirá siendo un motor clave del trumpismo y de la política estadounidense en el siglo XXI.

Kevin Roberts y la cruzada conservadora por transformar Estados Unidos

El nacionalismo cristiano ha dejado de ser solo un sentimiento identitario para convertirse en un programa político concreto. Figuras clave del movimiento están impulsando iniciativas para moldear el futuro de Estados Unidos bajo una visión que mezcla fe, tradición y poder político.

Uno de los arquitectos de esta estrategia es Kevin Roberts, presidente de la Heritage Foundation, uno de los think tanks conservadores más influyentes del país.

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Bajo su liderazgo, la institución ha lanzado el ambicioso proyecto «Mandato 2025». Es un plan para transformar el aparato estatal con políticas que refuercen los valores cristianos tradicionales.

Esta propuesta busca reducir el papel del gobierno federal, limitar el aborto, debilitar el feminismo y reformar la educación. El objetivo es contrarrestar lo que denominan la influencia progresista y woke en las nuevas generaciones.

La guerra cultural

Para los defensores del nacionalismo cristiano, la lucha no es solo política, es también moral. En su visión, el progresismo, el feminismo y la diversidad de género representan una amenaza directa a la identidad de EE. UU. y a su herencia cristiana. Consideran que el secularismo ha erosionado los valores familiares, ha debilitado la autoridad de la Iglesia y ha promovido una agenda que desafía las normas tradicionales de género y sexualidad.

Este discurso ha encontrado un eco poderoso en la Iglesia Evangélica, donde líderes religiosos han asumido un papel fundamental en la movilización de votantes. Entre las figuras más influyentes destacan Franklin Graham, hijo del icónico predicador Billy Graham, y el cardenal Raymond Burke, conocido por sus posturas conservadoras dentro de la Iglesia Católica. Ambos han utilizado sus plataformas para reforzar la idea de que Estados Unidos está librando una batalla espiritual y que la única forma de preservar su identidad es a través de una política alineada con la fe cristiana.

En este contexto, Donald Trump ha sabido capitalizar este fervor religioso, presentándose como un líder dispuesto a defender la nación contra las fuerzas del progresismo. En sus discursos, ha reiterado que su administración protegerá la libertad religiosa, combatirá la cultura woke y devolverá a EE. UU. su carácter de «nación bajo Dios». Con este mensaje, ha consolidado una base electoral leal, que ve en su figura la última barrera contra lo que perciben como una transformación radical del país.

Lo que antes era una disputa de ideas se ha convertido en un enfrentamiento directo. Para los nacionalistas cristianos, la guerra cultural es más que un eslogan: es una cruzada para restaurar la esencia de EE. UU. en un siglo XXI donde los valores tradicionales están siendo desafiados como nunca.

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El nacionalismo cristiano dota al trumpismo de una narrativa de misión histórica, un lenguaje de redención moral y una justificación simbólica para una confrontación política percibida como existencial. Más que una corriente ideológica dentro del movimiento constituye su raíz teológica y emocional, al vincular la política con una visión trascendente del orden y del tiempo.

Desde esta perspectiva, la lucha política no se limita al ámbito institucional; se convierte en una disputa por el alma de la nación. En este contexto, el nacionalismo cristiano actúa como el núcleo doctrinal del trumpismo: le proporciona dirección histórica, legitimidad cultural y una expectativa redentora que articula el conflicto político como una batalla por la supervivencia espiritual de Estados Unidos. Esta épica mesiánica no es solo una fuente ideológica del trumpismo: es su columna vertebral teológica, moral y narrativa.


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Raíces ideológicas del trumpismo: de San Agustín al ‘CEO soberano’

Donald Trump ha canalizado un movimiento que va más allá de su figura y del ciclo electoral estadounidense. En este artículo, Isidoro Sánchez Tejado analiza cómo el trumpismo busca reemplazar el consenso liberal por nuevas formas de autoridad. Una transformación que podría redefinir no solo la política de EE. UU., sino también el orden global.

El trumpismo no es un fenómeno político espontáneo ni un simple culto a la personalidad de Donald Trump. Se trata de un movimiento con raíces profundas en la historia, la religión y la filosofía política. Es una amalgama de ideas donde, algunas de ellas, han evolucionado a lo largo de los siglos y que ahora se expresan a través de un discurso que desafía las estructuras tradicionales del liberalismo.

Este fenómeno no puede entenderse únicamente como una reacción populista al grupo de poder o una estrategia electoral exitosa.

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Su éxito radica en que ha absorbido y reformulado diversas corrientes ideológicas. Ha logrado atraer a grupos muy distintos bajo un mismo paraguas: desde cristianos conservadores que ven en el progresismo una amenaza para los valores tradicionales, hasta tecnócratas que buscan reemplazar la democracia por un sistema de gobierno más eficiente y centralizado.

El modelo de democracia liberal, basado en el estado de derecho, los derechos individuales, la separación de poderes y el consenso político, es el enemigo común de las distintas corrientes que conforman el trumpismo. Para unos, representa el abandono de los valores cristianos fundacionales de EE. UU. Para otros, es una estructura corrupta que protege a una «élite globalista» en detrimento del pueblo. Y para los más radicales, es un sistema ineficiente que debe ser reemplazado por una jerarquía tecnocrática.

Bajo esta premisa, el trumpismo se sostiene sobre cuatro grandes pilares ideológicos. Cada uno tiene su propio enfoque y orientación estratégica, pero todos están alineados en su crítica al modelo liberal-democrático actual:

  • El nacionalismo cristiano sostiene que Estados Unidos es una nación fundada sobre principios cristianos y reclama la recuperación de esos valores en la esfera pública. Esta corriente promueve una lectura providencial de la historia nacional. Considera que el declive moral y cultural del país solo puede revertirse mediante la restauración de sus valores religiosos tradicionales.
  • El populismo nacionalista rechaza la globalización, la multiculturalidad y la pérdida de soberanía nacional. Apela a valores como la identidad cultural, el control de fronteras y la protección económica frente a las lógicas del mercado global.
  • El tecnopoder es una forma emergente de autoridad que reemplaza los principios de la democracia liberal. Lo hace por una lógica centrada en la eficiencia técnica, el control de datos y la gestión algorítmica del Estado.
  • La neorreacción (NRx) va más allá de la crítica. Plantea directamente la abolición de la democracia para instaurar una monarquía tecnocrática liderada por un «CEO soberano».

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El denominador común de estos pilares ideológicos del trumpismo, es el rechazo al modelo clásico de democracia liberal:

  • Todos critican la democracia representativa tal como hoy se entiende: por considerarla ineficaz, corrupta, moralmente decadente o incapaz de proteger el bien común.
  • Todos desconfían de las instituciones tradicionales (Congreso, medios, sistema judicial, burocracia internacional) vistas como mecanismos de una élite desconectada del pueblo real.
  • Todos buscan restaurar o imponer un nuevo orden político, basado en fundamentos distintos: ya sea el mandato religioso, la identidad nacional, la eficiencia tecnológica o la autoridad jerárquica.
  • Todos valoran más la eficiencia o los resultados que el debate y el consenso democrático clásico.

La revolución ideológica del trumpismo: del liberalismo a nuevas formas de autoridad

Estos cuatro pilares ideológicos buscan la superación del paradigma liberal, basado en los derechos individuales, la separación de poderes y la deliberación pública. En su lugar, proponen sistemas de autoridad más directos, homogéneos y verticales.

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Cada uno de estos pilares ha dado forma a la ideología trumpista y ha contribuido a su consolidación como un movimiento político con aspiraciones de largo plazo. Todos han confluido en el fenómeno político más influyente de las últimas décadas.

No se trata sólo de una estrategia electoral. Es una transformación cultural e institucional que podría cambiar radicalmente el sistema de gobierno en Estados Unidos e influir en otros países.

Estos cuatro vectores (espiritual, identitario, tecnocrático y autoritario) no se contraponen. Tienden a integrarse en un ecosistema ideológico flexible, que ha dotado al trumpismo de un pragmatismo insólito dentro de la derecha contemporánea.

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Bajo sus distintas expresiones (la fe redentora, la identidad nacional, el algoritmo eficiente o la monarquía digital) comparten un objetivo común: reemplazar la fragilidad del consenso democrático por nuevas formas de autoridad. Ya sea espiritual, cultural, tecnológica o jerárquica.

No buscan reformar la democracia: buscan trascenderla. Y este es el núcleo de esta revolución ideológica de nuestro tiempo.



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Unicef aplaude el descenso de la pobreza en la Argentina de Milei

El organismo destaca la bajada de la pobreza general e infantil pese al gran ajuste fiscal del mandatario libertario. La mejora del empleo y el aumento de los salarios han contribuido a la mayor caída de la pobreza en décadas en el país latinoamericano.

En un contexto de ajuste fiscal sin precedentes y reformas económicas profundas, Argentina ha experimentado una reducción drástica y rápida de la pobreza, desafiando las previsiones iniciales. Tanto la pobreza general como la infantil han caído de forma notable, lo que ha llamado la atención de organismos internacionales. Rafael Ramírez Mesec, representante Unicef en el país, asegura que cerca de 1,7 millones de niños han salido de la pobreza en el último año, fenómeno que calificó como «muy llamativo y digno de destacar» pese a los recortes en el gasto público.

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Este logro se produce en medio de una reducción del gasto público equivalente a cinco puntos del PIB, la mayor en las últimas décadas. Sin embargo, la mejora en los indicadores sociales más sensibles se explica en parte por una mejor redistribución del gasto, especialmente a través del aumento de la Asignación Universal por Hijo (AUH) y la ampliación de la Tarjeta Alimentar. Mesec señaló que, aunque existe debate sobre si el efecto es coyuntural o estructural, el impacto ha sido real y positivo. Además, economistas coinciden en que la bajada de la pobreza infantil se habría dado igualmente, aunque en menor medida, incluso sin el incremento de estas partidas.

Desinflación y aumento de poder adquisitivo

La recuperación de los salarios reales y la mejora del mercado laboral también han sido factores clave. La fuerte desinflación (con el IPC mensual bajando del 25% al 2,8% en poco más de un año) ha permitido que los salarios superen a los precios, incrementando el poder adquisitivo de la población. El empleo ha alcanzado máximos históricos, con más de 13 millones de ocupados, según el Indec, lo que ha contribuido también a que cientos de miles de niños salgan de la pobreza. Por lo tanto, el aumento de las partidas sociales, en combinación con la mejora del empleo y los salarios, ha resultado determinante para la magnitud y rapidez del descenso de la pobreza infantil.

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En términos generales, la pobreza en Argentina se desplomó en la segunda mitad de 2024 hasta el 38,1%, una caída de casi 15 puntos porcentuales respecto al semestre anterior. De igual modo, el empleo se ubicó en máximos históricos y los salarios reales superan en más de un 3% los niveles previos a la llegada de Javier Milei a la presidencia. Esta combinación de crecimiento económico, creación de empleo y aumento de salarios reales ha impulsado este descenso de la pobreza, mientras la indigencia también cayó al 8,2% en el segundo semestre de 2024.

Asimismo, el informe del Indec mostró que la pobreza infantil, aunque sigue siendo elevada, se redujo de manera significativa. Entre los niños de hasta 14 años, la tasa de pobreza es del 51,9% y la de indigencia, del 11,5%. La pobreza también bajó entre los mayores de 65 años, favorecida por la menor inflación. El contexto de recuperación económica es respaldado por las previsiones del FMI, que estima un crecimiento del PIB argentino del 5,5% para 2025, lo que supondría una gran recuperación tras la contracción de 2024 y consolidaría la tendencia positiva en los indicadores sociales.

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