spot_img

La gastrodiplomacia como poder blando en la política exterior española

Análisis

Álvaro Aguilar del Hierro
Álvaro Aguilar del Hierro
Estudiante del Doble Grado de Derecho y Estudios Internacionales y formación complementaria en Economía en la Universidad Carlos III de Madrid. Alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute. Interesado en el comercio internacional y Derecho de la Competencia y Europeo, así como entusiasta en prospectiva en seguridad y defensa, inteligencia estratégica y terrorismo.

La gastronomía se ha consolidado como uno de los principales activos de poder blando de España. En este artículo, el alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, Álvaro Aguilar del Hierro explica que, más allá de su dimensión cultural, el nuevo Plan Internacional de la Gastronomía Española formaliza su uso como una herramienta estratégica de gastrodiplomacia, proyección exterior, competitividad económica y cohesión nacional.

Desde la alta cocina hasta el fenómeno de la tapa, la cocina española opera hoy como un instrumento donde la experiencia gastronómica precede a la consolidación del producto en el mercado, con el objetivo de afianzar a España como una potencia alimentaria de reputación sólida y liderazgo mundial.

Gastrodiplomacia como poder blando en la política exterior española

«La gastronomía española es el resultado de un rico mestizaje cultural forjado a lo largo de los siglos. Marcada por los diversos pueblos que han llamado a esta tierra su hogar, por los flujos comerciales del Mediterráneo y por el intercambio con las Américas, nuestros alimentos, nuestra cocina y nuestras tradiciones se han enriquecido gracias a la profusión de conocimientos llegados durante siglos y desde todo el mundo.»

➡️ Te puede interesar: La geopolítica de la mitología: cuando lo sagrado dicta la política

Con estas palabras comienza el reciente Plan Internacional de la Gastronomía Española. El documento, presentado el día 9 de febrero de 2026, supone la hoja de ruta para situar la cocina en el centro de la acción exterior del Estado. Representa el reconocimiento institucional de que la identidad culinaria no es solo un legado cultural, sino un activo estratégico capaz de articular la proyección exterior del país.

A través de este plan, España formaliza la transición de una valoración tradicional de sus productos a una estructura de gastrodiplomacia profesionalizada, centrada en fortalecer la Marca España, atraer un turismo de Alto Valor, fomentar la internacionalización y generar talento. Se trata, en términos claros, de convertir el prestigio gastronómico en una herramienta estable de competitividad e influencia internacional. 

Aunque parezca un enfoque reciente, el uso de la gastronomía como instrumento diplomático hunde sus raíces en la Antigua Grecia, cuando la alimentación funcionaba como espacio de encuentro entre comunidades políticas. Por ello, no es casual que en 2012, Hillary Clinton definiera la gastronomía como «la herramienta diplomática más antigua del mundo».

Siguiendo esta línea, la gastrodiplomacia puede entenderse, en palabras de la ex diplomática Mary Jo A. Pham, como la estrategia de proyectar el patrimonio culinario de una nación para reforzar su identidad, estimular el comercio y atraer inversiones. Al conectar con públicos amplios a nivel personal y cultural, esta práctica se convierte en una forma eficaz de diplomacia pública, es decir, de comunicación estratégica orientada a mejorar la reputación y la capacidad de influencia de un Estado. 

«Si me dais buenos cocineros, yo os conseguiré buenos tratados», exclamó el ministro Talleyrand a Napoleón antes del Congreso de Viena. Bajo esta misma premisa, la política exterior española utiliza hoy su excelencia culinaria no solo para mejorar su reputación, sino como un instrumento complementario en la construcción de relaciones económicas y alianzas internacionales.

Esta filosofía encuentra su reflejo más visible en la Guía para la diplomacia gastronómica (2021), elaborada por el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, la cual coordina a embajadas y consulados como plataformas de promoción. 

➡️ Te puede interesar: La geopolítica de la vainilla de Madagascar: entre el oro negro y la pobreza extrema

En determinados contextos, la selección gastronómica trasciende la mera función protocolaria y pasa a integrarse en la narrativa que el Estado anfitrión proyecta sobre sí mismo. Un ejemplo fue el menú diseñado por Paco Roncero para la cumbre de la OTAN celebrada en Madrid en 2022, donde la apuesta por la alta cocina contemporánea y el producto nacional formó parte de la imagen de modernidad, solvencia e innovación que España quiso asociar al evento.

De la Tapa a la Política de Estado

Este despliegue institucional responde al peso de un sector que, considerando el conjunto de la cadena agroalimentaria, la restauración y su estrecha vinculación con el turismo, aporta en torno al 27% del PIB nacional y sostiene aproximadamente el 37% del empleo.

Según el Real Instituto Elcano, la gastronomía es, junto al deporte, el activo mejor valorado de la Marca España en el extranjero. Además, presenta una ventaja comparativa notable, ya que genera aceptación transversal y rara vez despierta resistencias culturales o ideológicas, algo que sí ocurre con otros instrumentos de poder blando.

Para sostener esta capacidad de atracción, España se apoya en un prestigio construido a partir de hitos que transformaron la disciplina y proyectaron una narrativa propia. La irrupción de la Nueva Cocina Vasca en los años setenta no solo reivindicó el producto y la tradición regional, sino que introdujo una idea de modernización culinaria vinculada a la identidad.  

A este movimiento le siguió el impacto global de El Bulli, donde Ferran Adrià lideró un cambio de paradigma al situar la innovación y la técnica española como el nuevo referente de la gastronomía mundial.

Este liderazgo ha permitido que figuras como José Andrés, con su proyecto Mercado Little Spain en Nueva York, o chefs como David Muñoz y Dani García en Dubái, gestionen espacios que operan como embajadas culturales privadas. 

Estos establecimientos no solo comercializan experiencias gastronómicas, sino que contribuyen a posicionar productos agroalimentarios españoles en mercados estratégicos, combinando prestigio simbólico y apertura comercial.

➡️ Te puede interesar: De las rutas imperiales al siglo XXI: la geopolítica del té

Sin embargo, el éxito más sutil reside en lo que puede denominarse el «efecto tapa». Al internacionalizar este formato flexible y social, España ha estimulado una demanda específica de productos como el aceite de oliva, los embutidos ibéricos o determinados quesos, facilitando su entrada en nuevos mercados. La experiencia gastronómica precede así a la consolidación del producto en el mercado.

Un ejemplo significativo es la revalorización del vino de Jerez en el Reino Unido. Gracias a cadenas como Barrafina e Ibérica, este producto ha pasado de percibirse como tradicional o desfasado a convertirse en una referencia premium dentro de la hostelería londinense. Barrafina, con su estrella Michelin, ha familiarizado al consumidor británico con denominaciones de origen españolas, mientras que espacios como Ibérica han funcionado como plataformas donde instituciones como el ICEX pueden desplegar campañas de promoción sobre un público ya predispuesto.

Entre la gastrodiplomacia y los desafíos de la cohesión nacional

Más allá de la dimensión exterior, esta estrategia refuerza la cohesión nacional. El denominado «gastronacionalismo» permite que se reconozca al país por su diversidad regional, donde distintas tradiciones culinarias encuentran reconocimiento bajo un marco común.

La Dieta Mediterránea (reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad) se convierte en un referente asociado a salud, sostenibilidad y calidad de vida, al tiempo que refuerza el posicionamiento del sector primario en un mercado global altamente competitivo. Desde esta perspectiva, el objetivo es consolidar a España como una potencia alimentaria con reputación sólida y liderazgo culinario.

No obstante, este horizonte enfrenta un desafío relevante: el riesgo de que la proyección internacional derive en procesos de «gastrificación«, en los que la estandarización orientada al visitante global diluya la autenticidad de los entornos locales que dieron origen a ese prestigio. La cuestión de fondo, por tanto, no es solo cómo proyectar la cocina española, sino cómo hacerlo sin desvincularla de su base territorial y social.

  ➡️ Si quieres adentrarte en las Relaciones Internacionales y adquirir habilidades profesionales, te recomendamos los siguientes programas formativos:

Artículos relacionados

Masterclass y eventos relacionados

Formación relacionada

spot_img

Actualidad

Dejar respuesta:

Por favor, introduce tu comentario!
Introduce tu nombre aquí

spot_img