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El nuevo síndrome de Munchausen por poderes digital: cuando el daño se transmite por el ciberespacio

Análisis

Ángela Martínez Vallejo
Ángela Martínez Vallejo
Trabajadora social, colegiada en el COTS Madrid, con experiencia en formación teórica en el ámbito de intervención con infancia y adolescencia, así como en la práctica aplicada con personas mayores y colectivos en situación de vulnerabilidad. Estoy especializada en mediación civil, mercantil y familiar, y actualmente amplío mi formación en el ámbito del peritaje social y la intervención con víctimas. A lo largo de mi trayectoria he trabajado en servicios públicos, entidades sociales y recursos de atención directa, desarrollando funciones de coordinación, acompañamiento social y trabajo en red. Me interesan especialmente los enfoques centrados en la escucha activa, la gestión emocional y la resolución de conflictos en contextos complejos. Comprometida con la formación continua y el análisis crítico, participo en espacios que promueven la justicia social, los derechos humanos y el fortalecimiento profesional del trabajo social. Alumna del Máster Profesional de Análisis Criminal y Criminología Aplicada de LISA Institute.

El crimen se transforma con la tecnología, adaptándose a nuevos entornos como el ciberespacio, donde surgen formas inéditas de daño. En este contexto, las vulnerabilidades psicológicas encuentran un terreno fértil para amplificarse. En este artículo, Ángela Martínez, alumna del Máster Profesional de Analista Criminal y Criminología Aplicada, analiza cómo ciertas dinámicas digitales pueden reconfigurar trastornos clásicos y dar lugar a nuevas expresiones de violencia, como la evolución del síndrome de Münchausen hacia su versión digital.

El crimen evoluciona; no es estático ni permanece ajeno a los cambios del mundo. Se adapta a las nuevas circunstancias sociales, culturales y tecnológicas. Como señala Paz Velasco en su obra Homocriminalis, define el delito en tres categorías: como fenómeno social, geográfico y temporal.  El ciberespacio es un nuevo territorio donde emergen formas renovadas de agresión, fraude o daño emocional, como respuesta a la etapa contemporánea en la que nos encontramos.

La irrupción de las tecnologías digitales en nuestra vida cotidiana ha transformado profundamente la forma en que nos relacionamos, nos mostramos y buscamos validación, pero también ha abierto espacios donde pueden surgir dinámicas dañinas y distorsionadas.

¿Es la tecnología la que provoca determinadas conductas, o actúa simplemente como un amplificador donde se desarrollan aspectos internos ya existentes? Con el fin de abordar esta respuesta, es útil considerar una dinámica contemporánea que ilustra esta problemática.  La aparición de brotes psicóticos derivados por el uso de la IA.

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Conforme a lo desarrollado por la psicóloga Claudia Nicolasa, explica este fenómeno y ayuda a dar respuestas a por qué puede suceder. En primer lugar, señala que los motivos detrás de que alguien pueda sufrir una ruptura de la realidad y se sucedan estos brotes psicóticos (pueden ser amplios y de diferentes tipos) suelen aparecer por la combinación de un contexto de vulnerabilidad biológica o psicológica y un desencadenante. 

Determinados perfiles, con el uso continuado de refuerzo complaciente basado en una única percepción (la del mismo sujeto) , que únicamente confirman su propia realidad  y no la de un contexto objetivo(sin confrontaciones, ni límites), refuerzan ideas delirantes y, por lo tanto, puede llegar a agravar delirios.

El uso excesivo de esa búsqueda de apoyo emocional en la IA dentro de un entorno de aislamiento patológico puede provocar una ruptura con la realidad y descompensar un cuadro previo.

El autor Vicente Garrido ha señalado en repetidas ocasiones y más recientemente con el caso de Dominique Pelicot la capacidad del mundo digital para satisfacer pulsiones que, en otros contextos, quedarían reprimidas o limitadas. La tecnología, (como recordó en su podcast el perfilador) a propósito del caso Unabomber, puede llegar a sojuzgarnos y destruirnos. 

Internet posee una fuerza enorme para propagar, acelerar y amplificar el mal: permite que ciertas conductas encuentren un espacio inmediato, visible y rentable en términos de reconocimiento social, algo que antes era mucho más difícil de conseguir.

Podemos concluir que las herramientas que facilitan nuestra vida cotidiana pueden, al mismo tiempo, convertirse en un puente que amplifica vulnerabilidades y patologías preexistentes.

Dentro de este escenario, me gustaría examinar cómo determinados trastornos psicológicos clásicos pueden verse modificados y/o reconfigurados por este mundo digital. Antes de abordar esta nueva versión del síndrome de Munchausen por poderes, es imprescindible comprender primero su versión clásica, que permitirá después analizar con mayor precisión cómo estas mismas motivaciones se adaptan al entorno digital y qué cambia cuando el escenario deja de ser íntimo y pasa a ser público y global.

Tomando como referencia el DSM-5, o también conocido como El Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales, Quinta Edición. Es una obra de referencia elaborada por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) que proporciona criterios diagnósticos específicos y descripciones detalladas de una amplia variedad de trastornos mentales.

Cuya función principal es servir como una guía estandarizada y globalmente reconocida para profesionales de la salud mental, permitiéndoles evaluar y diagnosticar trastornos con precisión. Además, establece un lenguaje común y una terminología estándar que facilita la comunicación entre clínicos y garantiza la coherencia en los diagnósticos. 

Criterios del DSM-5 del trastorno facticio

El trastorno facticio, también conocido como síndrome de Munchausen, es un trastorno mental caracterizado por la falsificación intencionada de síntomas médicos o psicológicos en uno mismo o en otros sin recompensa externa evidente. Es un tipo de trastorno de síntomas somáticos del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. 

Existen dos tipos principales: El trastorno facticio impuesto a uno mismo y el trastorno facticio impuesto a otro (anteriormente conocido como trastorno facticio por poderes). En el primer tipo, los individuos se presentan como enfermos o lesionados. En el segundo tipo, los individuos presentan falsamente a otra persona, a menudo un niño, como enfermo o lesionado.

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Este trastorno se asocia a una angustia psicológica grave y a un deterioro funcional significativo, que afecta no solo al individuo, sino también a su familia, amigos y profesionales de la salud.

Criterios diagnósticos del DSM-5 para el trastorno facticio:

Trastorno facticio impuesto a otro (anteriormente trastorno facticio por poderes)

  • – Criterio A: Falsificación de signos o síntomas físicos o psicológicos, o inducción de lesión o enfermedad en otro, asociado a un engaño identificado.
  • – Criterio B: El individuo presenta a otro individuo (víctima) ante los demás como enfermo, deteriorado o lesionado.
  • – Criterio C: El comportamiento engañoso es evidente incluso en ausencia de recompensas externas obvias.
  • – Criterio D: El comportamiento no se explica mejor por otro trastorno mental, como un trastorno delirante u otro trastorno psicótico.

Nota: El autor, no la víctima, recibe este diagnóstico.

Especifique:

  • – Episodio único
  • – Episodios recurrentes (dos o más eventos de falsificación de enfermedad y/o inducción de lesiones)

Considerando lo anteriormente expuesto, abordamos ahora la interacción entre el uso de la tecnología y el síndrome de Münchausen por poderes clásico, una combinación que ha dado lugar a una variante contemporánea que se está comenzando a señalar como: el denominado síndrome de Münchausen digital o cibernético.

En este contexto surge una variación contemporánea del clásico Munchausen por poderes. Su rasgo distintivo es el uso de las redes sociales como instrumento para fabricar enfermedad, victimización o sufrimiento (propio o ajeno) con el fin de obtener atención, apoyo o validación pública. No se trata simplemente de un fenómeno psicológico aislado, sino del resultado de la interacción entre vulnerabilidades individuales y un entorno digital que legitima, visibiliza y recompensa determinadas narrativas.

Una ejemplificación de este nuevo paradigma podemos encontrarla en el reciente documental denominado «Número desconocido» de la famosa plataforma de Netflix.

En el documental (advertencia de posible spoiler) se expone un caso en el que, durante un periodo aproximado de dos años, una madre ejerce un acoso digital sostenido contra su hija de 12 años mediante el envío reiterado de mensajes de texto.

Tal y como recoge la resolución judicial, la víctima llegó a recibir hasta diez mensajes diarios. Para asegurar la persistencia de esta dinámica y reducir el riesgo de detección, la agresora (la propia madre) simuló desempeñar un empleo a jornada completa, utilizándolo como estrategia de ocultación que le proporcionaba una coartada funcional para mantener la continuidad del acoso sin generar sospechas en su entorno. 

La madre vulnera de forma directa y continuada el bienestar psicológico y emocional de su hija. Lo hace creando un entorno de acoso digital que incluye mensajes sexualizados, insultos, amenazas, intentos de aislamiento social y, en último término, la incitación al suicidio.

Estas conductas constituyen una forma de violencia psicológica y maltrato emocional, porque atacan la identidad, la autoestima y la seguridad de la menor. También violan su derecho a un desarrollo sano y a un entorno libre de intimidación, manipulación y daño.

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La gravedad radica en que el agresor no es un desconocido, sino su figura de apego principal, lo que multiplica el impacto traumático. Al mismo tiempo, la madre instrumentaliza el sufrimiento de la niña para reforzar su propio rol social: se presenta como protectora, implicada y vigilante, mientras en secreto es la causante del daño.

Esa doble cara encaja con los mecanismos descritos en los casos de Münchausen por poderes, donde el adulto provoca o mantiene el perjuicio para obtener atención, reconocimiento o control.

En resumen, lo que infringe es el núcleo más básico del rol parental: cuidar, proteger y garantizar la integridad física y emocional del menor a través de una nueva herramienta de la era contemporánea, el mundo digital.

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