En este artículo se explica qué es el nearshoring, cómo funciona esta estrategia empresarial y por qué México concentra buena parte de las inversiones que buscan acercarse al mercado de Estados Unidos.
Durante décadas, fabricar en China o en el sudeste asiático era la opción más barata para las empresas estadounidenses. Eso cambió. Desde 2020, muchas de esas compañías han movido parte de su producción a México, un país que está a unas horas por carretera de sus almacenes en Texas o Arizona. A ese movimiento se le llama nearshoring.
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La idea es producir cerca del cliente final en lugar de hacerlo al otro lado del mundo. No se trata solo de ahorrar en transporte. Cuando una fábrica está en Monterrey y no en Shenzhen, la empresa puede recibir piezas en tres días en vez de seis semanas, ajustar pedidos sobre la marcha y hablar con el equipo de planta sin poner el despertador a las cuatro de la mañana.
Esto pasa ahora porque la pandemia dejó en evidencia lo frágil que era el modelo anterior. En 2021, cientos de fábricas en Estados Unidos tuvieron que parar líneas de producción porque un contenedor con componentes llevaba semanas atascado en un puerto de Los Ángeles o de Shanghái.
Al mismo tiempo, la guerra comercial entre Washington y Pekín encareció las importaciones chinas con aranceles que en algunos productos superan el 25 %. Muchos directivos se hicieron la misma pregunta: ¿tiene sentido seguir fabricando tan lejos?
México ofrece respuestas concretas a esa pregunta. El T-MEC (el tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá) permite exportar sin aranceles en sectores como el automotriz o el electrónico, siempre que se cumpla con las reglas de origen. El país cuenta con ingenieros formados en automoción, aeroespacial y electrónica, y sus costes laborales, aunque han subido, siguen siendo competitivos frente a los de Estados Unidos.
Cómo está cambiando México con el nearshoring
En 2025, México ha recibido más de 40.000 millones de dólares en inversión extranjera directa, buena parte vinculada a proyectos industriales que buscan abastecer al mercado estadounidense. Audi amplió su planta en Puebla. Nissan contrató a cientos de técnicos en Aguascalientes. Whirlpool abrió nuevas líneas en Coahuila. No son casos aislados: el norte del país y el Bajío se han llenado de naves industriales en los últimos tres años.
Las universidades técnicas de Querétaro, Nuevo León y Guanajuato han rediseñado sus planes de estudio para formar los perfiles que piden las fábricas. El Gobierno ha invertido miles de millones en carreteras, parques industriales y conexiones logísticas. Ciudades como Saltillo o San Luis Potosí, que hace diez años apenas aparecían en el radar de los inversores, hoy compiten por cada proyecto nuevo.
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Lo que exporta México también ha cambiado. Ya no se trata solo de coches y cerveza. El sector aeroespacial factura más de 10.000 millones de dólares al año. Los dispositivos médicos crecen a doble dígito. La electromovilidad empieza a pesar en las líneas de montaje. México se ha convertido en el principal proveedor industrial de Estados Unidos en varias categorías, por delante de China en algunas de ellas.
Hay quien ve en el nearshoring un colchón frente a las crisis globales: mientras la demanda estadounidense se mantenga, las fábricas mexicanas seguirán produciendo. Las estimaciones más optimistas calculan que este fenómeno puede sumar hasta un punto porcentual al crecimiento del PIB cada año. Pero el modelo no está libre de riesgos. La dependencia excesiva de un solo mercado (el estadounidense) deja a México expuesto a cualquier giro político o arancelario en Washington. Y la presión sobre infraestructuras, agua y energía en las zonas industriales ya genera tensiones que no se resuelven con más naves.
El nearshoring es una reorganización de las cadenas de producción globales que está redibujando el mapa industrial de Norteamérica. México tiene la oportunidad delante, pero aprovecharla depende de mucho más que de estar cerca de la frontera.
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