Un porcentaje fijo del patrimonio, destinado siempre a las mismas categorías de personas, lleva catorce siglos funcionando como mecanismo de solidaridad en el mundo islámico. En este artículo, Balbanuz Ferreras explica que, hoy en plena crisis de los sistemas de bienestar occidentales, algunos economistas se preguntan si esa lógica religiosa podría inspirar alternativas de redistribución a mayor escala. La respuesta, sin embargo, tiene más matices de los que parece a primera vista.
El zakat o limosna (زكاة) es uno de los cinco pilares del islam y hace referencia a la obligación de ayudar económicamente a los más necesitados a través de la donación de un porcentaje de la riqueza individual. Más que una simple forma de caridad, el zakat es una obligación religiosa (fard) que aparece más de 30 veces mencionada en el Corán y que articula la relación entre fe y solidaridad.
Más de catorce siglos después de su instauración, el zakat ha trascendido su dimensión religiosa para convertirse también en objeto de análisis económico. En un momento en el que muchos países afrontan el reto de financiar sistemas cada vez más costosos, surge una pregunta inevitable: ¿puede un mecanismo basado en la obligación religiosa de redistribuir riqueza cumplir algunas de las funciones que desempeña el Estado del bienestar?
La gestión del zakat en el mundo islámico
El zakat se considera fard, es decir, una acción obligatoria para todo musulmán. No es caridad voluntaria (sadaqa), sino un deber religioso. Sin embargo, hay personas que quedan exentas del pago del zakat, como por ejemplo aquellos musulmanes que no cuenten con una riqueza mínima (nisab). Su incumplimiento puede tener distintas implicaciones, según la postura doctrinal de la persona, entre ellas que la riqueza no se considere purificada y que exista la posibilidad de enfrentar reproches el Día del Juicio.
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Los países musulmanes cuentan con tres modelos distintos de recaudación en función del nivel de intervención del Estado.
- En el modelo estatal obligatorio, las autoridades recaudan formalmente el zakat y lo redistribuyen mediante organismos públicos (Pakistán).
- En el modelo semiestatal, existen instituciones oficiales religiosas que gestionan el zakat, pero con cierta descentralización (Malasia).
- En el modelo voluntario, el más común, el zakat no es obligación legal, sino una responsabilidad religiosa que queda en manos de cada persona, que debe donar una cantidad a ONGs islámicas, mezquitas o directamente a personas necesitadas. Es decir, aquí el control depende únicamente de la conciencia religiosa (Marruecos, Turquía).
¿Cómo se controla el destino del zakat?
Para garantizar que los fondos se destinen realmente a las personas necesitadas, existen diversos mecanismos de control. En sistemas estatales cuentan con registros administrativos y bases de datos donde se recogen tanto los contribuyentes como los posibles beneficiarios y se realizan controles financieros. Las organizaciones también publican memorias anuales y auditorías externas para reforzar la transparencia y mantener la confianza de los donantes. En países donde el zakat no está centralizado por el Estado, la gestión recae en mezquitas, organizaciones islámicas o iniciativas comunitarias. Las propias organizaciones tienen responsables financieros que revisan cómo se usan los fondos. En estos casos, la confianza juega un papel clave: si una mezquita o asociación usa mal los fondos, su prestigio dentro de la comunidad se ve afectado, lo que reduce donaciones futuras.
El potencial y los límites del zakat
Diversos estudios en economía islámica (entre los que destaca “Zakat for the SDGs” de UNDP) estiman que, si todos los musulmanes con patrimonio superior al nisab pagaran correctamente el 2,5% anual, el volumen global podría alcanzar cientos de miles de millones de dólares al año. Según el Banco Islámico de Desarrollo (IsDB), se ha estimado que el zakat podría generar alrededor de 600.000 millones de dólares al año si se explotara todo su potencial, aunque en la práctica solo se recolecta una fracción de esa suma. Eso sería suficiente para reducir la pobreza extrema y sostener sistemas básicos de bienestar, lo cual no se alinea con la situación real de muchos países islámicos, ya que el zakat no basta para aliviar la situación económica de esas naciones.
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Uno de los principales problemas que presenta el zakat es la falta de cumplimiento total, que se debe a que, en los países donde la limosna no es una obligación legal, no existe un mecanismo de verificación patrimonial ni hay sanciones civiles para aquellos que no pagan el importe correspondiente. El resultado es que gran parte del potencial recaudatorio nunca se materializa. Por otro lado, la fragmentación institucional en aquellas naciones donde existen múltiples fundaciones que no cuentan con coordinación nacional conlleva problemas como duplicación de ayudas y desigualdad territorial.
También han surgido, a raíz de los cambios en la estructura económica, nuevos desafíos para determinar qué bienes están sujetos al zakat. En sus orígenes, esta obligación se aplicaba dentro de una economía agraria y comercial. Ahora, gran parte del patrimonio se encuentra en instrumentos financieros más complejos (acciones, fondos de inversión, derivados, criptomonedas) cuya naturaleza no siempre encaja fácilmente en las categorías clásicas desarrolladas por la jurisprudencia islámica. Aunque los juristas contemporáneos han intentado adaptar los principios tradicionales a estas nuevas formas de riqueza, no existe un consenso sobre cómo calcular el patrimonio sujeto a zakat en todos los casos.
¿Puede sustituir el zakat al Estado del bienestar?
Una de las preguntas recurrentes en el debate sobre economía islámica es si el zakat podría reemplazar al Estado moderno en sus funciones redistributivas. Desde un punto de vista técnico, la respuesta mayoritaria es negativa.
El zakat es un mecanismo proporcional que grava un 2,5% del patrimonio acumulado que supera el nisab. No es un impuesto progresivo en sentido estricto, ya que no aumenta el porcentaje conforme crece la riqueza. Además, su finalidad es la redistribución directa hacia categorías específicas de beneficiarios, no la financiación de servicios públicos universales. El propio Corán establece que los fondos del zakat solo pueden destinarse a ocho categorías concretas de beneficiarios, entre ellas las personas pobres, los necesitados, quienes administran el zakat, las personas endeudadas, los viajeros sin recursos y otras categorías recogidas en la aleya 9:60. Esto significa que el zakat no está diseñado para sostener sistemas masivos de sanidad pública, educación, infraestructuras nacionales, etc.
En contraste, el Estado moderno recauda impuestos progresivos; redistribuye recursos mediante gasto público permanente; y garantiza servicios colectivos, no solo transferencias monetarias directas. Por tanto, el zakat no puede sustituir al Estado, sino que funciona como un mecanismo complementario dentro de un sistema económico más amplio.
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Del asistencialismo al desarrollo económico
Más allá del debate sobre su relación con el Estado del bienestar, existe otra cuestión relevante: el alcance real del zakat frente a la pobreza. Este instrumento fue concebido como un mecanismo de redistribución de la riqueza existente. Su lógica es correctiva, pero no necesariamente transformadora. El zakat no fue diseñado para reconfigurar estructuras productivas, impulsar procesos de industrialización o generar empleo de manera sostenida. En otras palabras, puede mitigar los efectos de la pobreza, pero no aborda sus causas profundas.
Ante esta limitación, algunos especialistas en economía islámica contemporánea proponen una aplicación más amplia del zakat, orientada no solo a la asistencia directa, sino al empoderamiento económico. En el artículo “Effectiveness of zakat-based programs on poverty alleviation and economic empowerment of poor women: a case study of Bangladesh” se sugiere destinar parte de los fondos a programas de microfinanciación sin interés, apoyo al emprendimiento o capitalización inicial de familias con escasos recursos, con el objetivo de transformar beneficiarios en agentes productivos. De esta manera, el zakat dejaría de operar como mecanismo de alivio para integrarse en estrategias de desarrollo económico y reducción de la pobreza.
Redistribuir sí, sustituir no
Desde el punto de vista económico, aunque el potencial recaudatorio del zakat podría alcanzar cifras significativas, su finalidad redistributiva limita su capacidad para sustituir al Estado moderno en aspectos como la provisión de servicios públicos.
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En definitiva, los servicios públicos esenciales no pueden depender de fondos cuyo cumplimiento descansa en la conciencia individual o en sistemas descentralizados. La estabilidad de estos servicios requiere una base fiscal planificada, que solo puede garantizarse mediante un sistema impositivo estatal estructurado. El zakat no puede sustituir al Estado, sino que debe entenderse como un mecanismo complementario dentro de un sistema más amplio.
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