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EEUU activa una fuerza conjunta con 18 países de América para combatir a los cárteles

La nueva estructura reúne a 18 países de la Coalición Contra los Cárteles de las Américas. El Mando Sur busca reforzar la inteligencia, la interoperabilidad y la respuesta humanitaria.

El Mando Sur del Ejército de Estados Unidos (SOUTHCOM) lanzó este martes la Fuerza Operativa Conjunta del Hemisferio Occidental, integrada por los 18 países que forman parte de su Coalición Contra los Cárteles de las Américas. El objetivo, según el comunicado militar, es «contrarrestar amenazas» de organizaciones delictivas y mejorar la seguridad regional. La nueva estructura busca, además, reforzar la capacidad del Mando Sur para «responder rápidamente a contingencias y crisis humanitarias en toda la región».

Según la autoridad castrense, esta fuerza permitirá «aumentar la eficacia operativa frente a las amenazas que socavan la seguridad regional y afectan a Estados Unidos y a las naciones asociadas». En ese sentido, el comunicado advierte que «los actores malintencionados amenazan la seguridad nacional, desestabilizan la región y se aprovechan de las poblaciones vulnerables». Por ello, sostiene la institución, la nueva estructura permitirá «sincronizar las capacidades militares y ejercer una presión sostenida contra las redes que amenazan la seguridad colectiva» de todo el hemisferio.

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El general de división del cuerpo de Marines Kevin Jarrard estará al mando de esta fuerza operativa. Bajo su dirección, se prevé reforzar el intercambio de inteligencia y ampliar el entrenamiento combinado entre los países miembros. Asimismo, la iniciativa mejorará la interoperabilidad entre fuerzas, apoyará las labores de interceptación marítima y desarrollará la capacidad operativa de los socios regionales. Al mismo tiempo, se mantendrá disponible para brindar asistencia humanitaria y respuesta ante desastres cuando la situación lo requiera.

El comandante del SOUTHCOM, general Francis Donovan, definió a la nueva estructura como «el brazo operativo del SOUTHCOM para hacer frente a las amenazas en todo el hemisferio». Donovan explicó que «este cuartel general aúna capacidades militares a medida y alianzas de confianza para aumentar la resistencia sistémica global y el ritmo operativo, ejercer una presión sostenida sobre las organizaciones criminales y reforzar la seguridad de Estados Unidos y nuestros socios».

¿Por qué Ceuta y Melilla no son colonias españolas?

Te explicamos las razones históricas y jurídicas que explican por qué Ceuta y Melilla no encajan en la categoría de colonias.

Ceuta y Melilla generan una carga simbólica enorme en el imaginario político de España y Marruecos, lo que explica que con frecuencia se hable de ellas como si se tratara de colonias. Sin embargo, esa etiqueta no encaja con la realidad jurídica, histórica y política de estas dos ciudades enclavadas en la costa norte de África.

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Ambas forman parte del Estado español desde hace varios siglos, cuentan con Estatuto de Autonomía desde 1995 y sus habitantes disfrutan de los mismos derechos de ciudadanía que cualquier otro ciudadano español. Además, el sistema internacional de Naciones Unidas nunca las ha incluido en la lista de territorios no autónomos pendientes de descolonización, a diferencia de casos como el Sáhara Occidental o Gibraltar.

Un debate cargado de emociones

El debate sobre Ceuta y Melilla se alimenta de memorias coloniales, disputas de soberanía y narrativas nacionalistas que buscan conectar estos territorios con la historia del reparto de África. Desde la perspectiva marroquí oficial se reclama la devolución de las ciudades, asociándolas a la lógica de la descolonización posterior al año 1956, cuando Marruecos alcanzó la independencia de Francia y España.

España, por su parte, sostiene que se trata de parte integrante del Estado y niega cualquier negociación sobre la soberanía, insistiendo en que estas ciudades han sido españolas durante más de cinco siglos y que comparten el mismo estatus que las comunidades autónomas de la península. A partir de ahí, el lenguaje de «colonia» funciona más como arma retórica en la arena política y mediática que como descripción jurídica precisa.

De enclaves medievales a ciudades españolas

La presencia peninsular en esta franja del norte de África se remonta a la época de las grandes monarquías ibéricas y a la expansión sobre antiguos enclaves comerciales y militares. Ceuta fue tomada por Portugal en 1415 y durante la unión de las coronas ibéricas pasó a estar bajo autoridad de la Monarquía Hispánica, quedando definitivamente bajo soberanía española cuando Portugal recuperó su independencia en el siglo XVII.

Melilla, por su parte, fue conquistada en 1497 por una expedición dirigida por Pedro de Estopiñán y Virués, por encargo del duque de Medina Sidonia y con apoyo de los Reyes Católicos. En ese momento la ciudad estaba prácticamente abandonada tras varios conflictos entre los reinos de Fez y Tremecén, lo que facilitó su ocupación y posterior integración en la Corona de Castilla.

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En los siglos posteriores ambas plazas fueron reforzadas como presidios y fortalezas, sufrieron ataques y asedios y se consolidaron como puestos militares y comerciales que enlazaban África con Europa. La trayectoria de estos territorios es anterior en varios siglos a la constitución del Estado marroquí contemporáneo, un dato clave para entender por qué el derecho internacional no los trata dentro del mismo marco que los procesos de descolonización del siglo XX.

Tratados que reconocen la soberanía española

Más allá de la ocupación inicial, la soberanía española sobre Ceuta y Melilla se ha visto confirmada mediante diversos tratados firmados con potencias europeas y con sultanes marroquíes. En el caso de Ceuta la permanencia bajo autoridad española quedó reconocida tras la separación de Portugal, consolidando su estatus como ciudad vinculada a la Monarquía Hispánica.

Para Melilla, los tratados firmados con Marruecos en el siglo XIX son especialmente significativos. El Tratado de Wad Ras de 1860 y los acuerdos posteriores en 1861 y 1863 fijaron los límites de la ciudad y su entorno y reconocieron formalmente la soberanía española sobre la plaza. En estos documentos las autoridades marroquíes aceptaron que Melilla quedaba bajo control español, lo que genera un título jurídico claro en el derecho internacional sobre el territorio.

A lo largo del siglo XVIII también se firmaron tratados de paz entre España y los sultanes de Marruecos donde se mencionaban las plazas españolas del norte de África como parte del ámbito reconocido de soberanía de la Corona. Esa práctica diplomática continuada refuerza la idea de que no se trata de posesiones ambiguas, sino de territorios cuya situación se ha pactado y aceptado en múltiples ocasiones entre las partes implicadas.

Ceuta y Melilla en el orden constitucional español

El argumento de que estas ciudades son colonias se debilita todavía más cuando se observa su posición dentro del orden político y jurídico de España. La Constitución de 1978 reconoce que Ceuta y Melilla forman parte del Estado y les abre la puerta a un régimen de autonomía similar al de las comunidades autónomas. En 1995 se aprobaron sus Estatutos de Autonomía, que las convierten en ciudades autónomas con instituciones propias y competencias de autogobierno.

Sus habitantes eligen representantes municipales, pero también diputados y senadores que participan en las Cortes Generales junto al resto de representantes de la ciudadanía española. El marco legal que rige la vida política, económica y social en Ceuta y Melilla es el mismo que opera en el resto del territorio nacional, lo que incluye la aplicación del derecho europeo en tanto que partes del ámbito territorial de la Unión Europea.

A diferencia de un territorio colonial clásico, no existe una administración separada, ni un régimen de sujeción política sin representación ni un sistema jurídico subordinado a la metrópoli. Al contrario, las ciudades están plenamente integradas en el entramado institucional de España y el estatus de sus residentes equivale al de cualquier ciudadano de Cádiz, Zaragoza, Bilbao, etc.

Qué es una colonia y por qué el encaje no funciona

En el lenguaje del derecho internacional contemporáneo, la noción de colonia se vincula sobre todo a los territorios catalogados por Naciones Unidas como «no autónomos», sujetos a un proceso de descolonización y con una relación de subordinación política y económica respecto a una potencia administradora. Ese esquema se pensó para lugares como el Sáhara Occidental, Gibraltar, las islas Malvinas o antiguos dominios africanos y oceánicos que habían sido gobernados sin integración plena en la metrópoli.

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Ceuta y Melilla nunca han aparecido en la lista de territorios no autónomos elaborada por Naciones Unidas. En cambio, el Sáhara Occidental figura allí desde 1963 como un territorio pendiente de descolonización, con España primero y posteriormente Marruecos situados en el centro del debate sobre su futuro político. El hecho de que las dos ciudades españolas no estén incluidas en esa lista refleja que para la organización internacional no encajan en la categoría jurídica de colonia.

Además, los habitantes de Ceuta y Melilla disponen de nacionalidad española, pueden votar en elecciones generales y europeas y están protegidos por el mismo marco de derechos fundamentales que el resto de la población del país. En las antiguas colonias, la población local se encontraba a menudo sometida a regímenes discriminatorios, sin participación plena y con un sistema económico dirigido principalmente a servir a la metrópoli, rasgos que no describen la realidad actual de estas ciudades.

El papel de Marruecos y la dimensión geopolítica

Marruecos mantiene una reivindicación permanente sobre Ceuta y Melilla, presentándolas ante su opinión pública como territorios «ocupados» y vinculando su reclamación a la lógica general de la integridad territorial y la memoria anticolonial. Desde Rabat se intenta encuadrar este asunto en el mismo plano que otras disputas, lo que permite reforzar un relato nacional que busca cerrar el mapa del país frente a vestigios de la presencia europea.

Sin embargo, los principales órganos internacionales y los gobiernos europeos tratan este contencioso como una diferencia de soberanía entre dos Estados y no como un proceso de descolonización pendiente. De hecho, diversos análisis académicos señalan que las bases jurídicas de la reclamación marroquí sobre Ceuta y Melilla son más débiles que en otros casos del mundo y que cualquier cambio de estatus se enfrentaría a importantes barreras legales y políticas.

El resultado es una tensión recurrente que se manifiesta en momentos de crisis migratoria, gestos diplomáticos o visitas oficiales, pero que no altera el marco jurídico básico dentro del cual se entiende la situación de las dos ciudades. Los episodios de presión en la frontera o de escalada retórica recuerdan la sensibilidad del tema, aunque no modifican el hecho de que Ceuta y Melilla continúan siendo consideradas internacionalmente parte del territorio español.

Más allá de las etiquetas

Por todo ello, llamar colonias a Ceuta y Melilla puede funcionar como recurso político para simplificar un conflicto histórico y geopolítico complejo, pero no describe de manera rigurosa el estatus real de estas ciudades. La historia de su integración en la Corona de Castilla y en la Monarquía Hispánica, los tratados que reconocen la soberanía española, su plena incorporación al orden constitucional y la ausencia en la lista de territorios no autónomos de Naciones Unidas apuntan en otra dirección.

Son espacios fronterizos con una fuerte carga simbólica, atravesados por dinámicas migratorias, militares y comerciales, que seguirán generando debate y tensiones entre España y Marruecos. No obstante, desde el punto de vista del derecho internacional y del marco constitucional español, Ceuta y Melilla no encajan en la categoría de colonias, sino en la de ciudades españolas autónomas asentadas en suelo africano.

China, el gigante del siglo XXI

De país fragmentado y humillado a potencia que disputa el liderazgo mundial: así fue el ascenso de China en apenas medio siglo. Mao unificó el Estado, Deng abrió la economía sin soltar el control político y Xi Jinping consolidó la ambición tecnológica y global. En este artículo, Santiago Torres Kuri explica que el resultado no es fruto de la improvisación, sino de una estrategia paciente que hoy sitúa a China en el centro del poder internacional.

Durante siglos, China se pensó a sí misma como el centro del mundo. Después vinieron las invasiones, las guerras, las humillaciones extranjeras y el colapso imperial. El siglo XX encontró a un país fragmentado, pobre y devastado. Mao Zedong logró reunificarlo bajo un nuevo poder revolucionario y construir un Estado capaz de imponer dirección nacional. Luego llegó la Revolución Cultural, una etapa de ruptura que sacudió al Estado, a la educación, a la producción y a la vida social. Ese periodo no creó por sí mismo a la China de la actualidad, pero sí dejó una lección profunda. A partir de ese momento, los chinos entendieron que ningún proyecto nacional podía sostenerse solo sobre ideología. China necesitaba orden, producción, conocimiento, una estrategia más pragmática para desarrollarse.

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Esa necesidad de corregir el rumbo y establecer una hoja de ruta clara abrió paso a una nueva etapa. Tras la muerte de Mao, Deng Xiaoping entendió que China no podía modernizarse aislándose del mundo. En lugar de destruir completamente el sistema anterior, decidió transformarlo desde dentro. Conservó el control político del Estado, pero permitió reformas económicas, inversión extranjera y apertura comercial. China empezó a combinar planificación estatal con mecanismos de mercado, disciplina política con crecimiento económico. Así nació la fórmula que marcaría su ascenso: control interno, apertura externa y objetivos de largo plazo.

1978: el punto de inflexión

Desde 1978, China convirtió la reforma en estrategia. El Banco Mundial calcula que el país creció a un promedio superior al 9% anual desde el inicio de la reforma y apertura. También estima que casi 800 millones de personas salieron de la pobreza extrema y que China pasó de ser una economía de bajos ingresos a una de ingresos medios altos.

La transformación no fue sólo económica, sino que fue histórica. China movió poblaciones, construyó ciudades, levantó puertos, capacitó trabajadores y convirtió la manufactura en una escuela y orgullo nacional. Las zonas económicas especiales, como Shenzhen, funcionaron como laboratorios de apertura controlada. El Estado permitió la entrada de capital, tecnología y conocimiento empresarial, pero mantuvo su brújula política.

Ahí estuvo la astucia china. China empezó a producir para el mundo, pero también aprendió del mundo. Primero ensambló. Después mejoró procesos. Más tarde creó proveedores, empresas nacionales, cadenas logísticas y capacidades industriales propias. Y, por último, supo aprovechar la oportunidad que el mismo mundo le ofreció de ser la gran fábrica de producción global.

El camino hacia la grandeza

Durante décadas, China hizo el trabajo más intenso de la globalización. Produjo lo que el mundo consumía. Ensambló y fabricó lo que las marcas diseñaban y vendían.

La mano de obra se convirtió en ingeniería. La exportación se convirtió en influencia. China no solo se integró a las cadenas globales; las estudió, las dominó y empezó a moverlas a su favor.

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En 2025, China destinó 3.926 billones de yuanes a investigación y desarrollo, equivalentes al 2,8% de su PIB. Ese mismo año, China encabezó las solicitudes internacionales de patente bajo el sistema PCT, con 73,718 registros. El dato importa porque una patente no es solo un trámite, sino que es una señal de capacidad tecnológica, propiedad intelectual y ambición industrial.

Todo esto explica la posición actual del país. China ya no compite solo por precio, sino que compite por tecnología, patentes, minerales críticos, infraestructura, energía, vehículos eléctricos, baterías, telecomunicaciones, inteligencia artificial y estándares industriales.

La Belt and Road Initiative (BRI)

La Belt and Road Initiative es la estrategia global de China para financiar y construir infraestructura —puertos, trenes, carreteras, energía y corredores comerciales— con el objetivo de conectar mercados, asegurar rutas de comercio y ampliar su influencia económica y geopolítica. A través de ella, China pasó de vender mercancías a financiar infraestructura estratégica. 

El Banco Mundial estima que, si la iniciativa se ejecuta plenamente, puede elevar el comercio global hasta 6.2% y el comercio de las economías corredor hasta 9.7%. Sin embargo, también advierte riesgos importantes en materia de deuda, transparencia, gobernanza y sostenibilidad. Ahí reside su verdadero peso geopolítico, en el hecho de que la infraestructura abre mercados, conecta regiones y crea influencia duradera.

Esa tensión define la presencia china. Para algunos países, la iniciativa representa infraestructura y acceso a financiamiento. Para otros, representa dependencia y presión financiera. Para Pekín, representa algo más, es una oportunidad para materializar su presencia estratégica sin necesidad de ocupar territorios.

Estados Unidos y China, una rivalidad necesaria e interdependiente

Estados Unidos y China componen la rivalidad más significativa del siglo XXI. A este respecto, es importante mencionar que China posee una parte relevante de bonos del Tesoro de Estados Unidos, aunque sus tenencias han bajado en años recientes. Reuters reportó, con base en datos del Departamento del Tesoro, que en marzo de 2026 China redujo sus tenencias a 652 mil millones de dólares, su nivel más bajo desde 2008.

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El dato no significa que China controle la economía estadounidense. Significa algo más complejo, significa que Washington y Pekín compiten, pero también se necesitan. Estados Unidos representa consumo, innovación, poder financiero y capacidad militar. China representa producción, escala, infraestructura, reservas industriales y presencia global.

La visita de Donald Trump a China, en mayo de 2026, mostró esa realidad. Los días que el presidente estadounidense pasó en territorio chino no produjeron grandes avances comerciales ni soluciones permanentes. Las partes publicaron lecturas separadas y reportaron algunos puntos concretos, como venta de aviones Boeing, levantamiento de restricciones a exportaciones agrícolas y futuras reducciones arancelarias.

El mensaje de fondo fue más importante que el resultado inmediato. Estados Unidos y China ya no discuten solo aranceles, sino que discuten cadenas de suministro, semiconductores, tierras raras, minerales estratégicos, deuda, seguridad, energía, alimentos y poder tecnológico. La reunión no resolvió la rivalidad, la administró.

La paciencia que dio sus frutos

China es el gigante del siglo XXI porque convirtió su historia en estrategia. Mao construyó el Estado revolucionario y recuperó la unidad política. Deng Xiaoping abrió la economía sin renunciar al control del Estado. Xi Jinping consolidó una ambición tecnológica, financiera y global que actualmente coloca a China en el centro de las grandes decisiones y acontecimientos internacionales.

Su ascenso no responde a la improvisación, sino que responde a una estrategia de acumulación paciente. China fabrica, planifica, financia, conecta e innova. Cada fábrica, cada puerto, cada patente, cada corredor comercial y cada inversión forman parte de una misma arquitectura de poder.

Esa es la clave para entender nuestro tiempo. El siglo XXI no se explica sin China, porque China ya participa en casi todas las preguntas que definirán el futuro, estas son sobre quién produce, quién innova, quién financia, quién controla los recursos críticos y quién escribe las nuevas reglas del poder global.

China es el gigante del siglo XXI porque convirtió su historia en método. Mao construyó el Estado revolucionario. Deng abrió la economía sin soltar el control político. Xi Jinping consolidó la ambición tecnológica, financiera y global. El resultado es una potencia que no improvisa su ascenso. Lo administra.

Hoy China no se limita a fabricar, también planifica, conecta, crece, pero, sobre todo, acumula poder. El siglo XXI no es posible explicarlo sin China y es que el gigante asiático está presente en todos los posibles escenarios que definirán el futuro.

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La custodia de datos como nueva frontera de la protección digital

En la sociedad digital, proteger los datos ya no basta: hay que custodiarlos con responsabilidad. En este articulo Juan Pablo Castillo Cubillo, CEO de Quantum Babylon y alumni del Máster Profesional de Analista de Inteligencia de LISA Institute, explica que esto implica controlar quién accede a la información, con qué fin y durante cuánto tiempo, combinando seguridad, ética y gobernanza en toda la organización.

Las organizaciones ya no pueden limitarse a proteger la información frente a ataques externos. Es necesario que sean capaces de demostrar cómo recogen, almacenan, usan, comparten y eliminan los datos. La seguridad sigue siendo esencial, pero ya no basta por sí sola. La verdadera confianza depende de una custodia responsable.

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La custodia de datos va más allá de guardar información en servidores seguros. Implica establecer reglas claras sobre quién puede acceder a los datos, con qué finalidad, durante cuánto tiempo y bajo qué controles. En un contexto marcado por la digitalización, la inteligencia artificial y el intercambio masivo de información, esta responsabilidad se ha convertido en una pieza clave para empresas, administraciones e instituciones.

Qué significa custodiar datos

Custodiar datos significa asumir una responsabilidad continua sobre la información. No consiste solo en evitar filtraciones. También exige garantizar que los datos permanecen íntegros, actualizados, trazables y disponibles solo para las personas autorizadas.

Una organización puede tener sistemas seguros y, aun así, gestionar mal sus datos. Por ejemplo, puede conservar información durante más tiempo del necesario, permitir accesos excesivos, duplicar bases de datos sin control o compartir información sin una justificación clara. Estos errores no siempre nacen de un ciberataque. Muchas veces aparecen por falta de procedimientos internos.

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Por eso, la custodia de datos combina seguridad, gobernanza y ética. Obliga a responder preguntas básicas: qué datos se conservan, dónde están, quién los utiliza, para qué sirven y cuándo dejan de ser necesarios.

El acceso importa tanto como la protección

Uno de los pilares de una buena custodia es el control de acceso. No todas las personas de una organización necesitan acceder a toda la información. El principio es más sencillos de lo que se pueda pensar, cada usuario debe manejar solo los datos que necesita para cumplir su función. Como consecuencia, se reducen riesgos y mejora la trazabilidad.

En sectores sensibles, como el sanitario, financiero, educativo o institucional, este control resulta todavía más importante. Un dato personal mal utilizado puede afectar a la privacidad, la reputación, la seguridad o incluso los derechos de una persona.

Conservar datos también exige límites

Muchas organizaciones tienden a guardar información “por si acaso”. Esta práctica aumenta el riesgo. Cuantos más datos se conservan, mayor es la superficie de exposición ante incidentes, errores o usos no previstos.

Una buena política de custodia define plazos de conservación y criterios de eliminación. No todos los datos tienen el mismo valor ni deben conservarse durante el mismo tiempo.

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Aplicar estos principios ayuda a ordenar la información y evita acumulaciones innecesarias. También refuerza la confianza de usuarios, clientes y ciudadanos.

La custodia necesita personas responsables

La tecnología ayuda, pero no sustituye la responsabilidad humana; tiene que verse como un complemento. El cifrado, las copias de seguridad, los sistemas de autenticación y herramientas de monitorización son elementos necesarios. Sin embargo, una custodia eficaz también requiere formación, protocolos y cultura organizativa.

Los equipos deben saber cómo tratar la información, cómo detectar riesgos y cómo actuar ante un incidente. La custodia de datos no pertenece solo al departamento tecnológico. Afecta a dirección, asesoría jurídica, recursos humanos, comunicación, operaciones y cualquier área que maneje información sensible.

Organismos como la Agencia Española de Protección de Datos, ENISA o los estándares internacionales de seguridad de la información han impulsado durante años esta visión integral: proteger los datos exige combinar medidas técnicas, organizativas y legales.

La confianza se construye con trazabilidad

La confianza digital ya no es exclusiva de manifestar que los datos están seguros, exige demostrarlo. Las organizaciones deben poder explicar qué hacen con la información y acreditar que siguen criterios responsables.

La trazabilidad permite reconstruir el ciclo de vida del dato. Es la muestra de cuándo se recoge, quién lo consulta, qué modificaciones recibe, dónde se almacena y cuándo se elimina. Es justo esa capacidad la que resulta clave ante auditorías, investigaciones internas, reclamaciones o incidentes de seguridad.

Y es que en un entorno donde los datos alimentan decisiones, servicios digitales e incluso sistemas de inteligencia artificial, la custodia se convierte en una garantía de calidad. Sin una gestión responsable, los datos pierden fiabilidad y aumentan los riesgos.

Proteger ya no es suficiente

La custodia de datos representa un giro radical en el escenario actual. Las organizaciones deben blindar la información para gestionarla con criterio, transparencia y responsabilidad.

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Proteger es sinónimo de evitar daños, de la misma forma que  custodiar genera confianza. Esa es justo la diferencia que marcará cada vez más la relación entre instituciones, empresas y ciudadanos en la sociedad digital.

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Marruecos culpa a las redes de trata y a la desinformación de la crisis migratoria en Ceuta

Rabat asegura que la avalancha no fue «espontánea» y atribuye su origen a mensajes engañosos. El Ministerio del Interior sostiene que su respuesta permitió «controlar el curso de los acontecimientos».

Marruecos atribuye la crisis migratoria de Ceuta a redes de trata y a la desinformación sobre el fallo judicial español del Tribunal Supremo, en su primera reacción pública tras la entrada masiva de decenas de miles de marroquíes por el espigón del Tarajal durante el jueves y el viernes, episodio que dejó al menos 72 muertos, la mayoría ahogados. Así lo expresó un portavoz del Ministerio del Interior marroquí en un comunicado difundido por medios nacionales del país.

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Según el citado ministerio, lo sucedido no obedeció «ni a circunstancias espontáneas ni a factores circunstanciales», sino a una combinación de elementos concretos. El texto oficial habla de «la explotación maliciosa del espacio digital y de la actividad de redes de trata de personas», sumada a «la promoción de información engañosa y malas interpretaciones que acompañaron a las recientes decisiones emitidas por las autoridades judiciales españolas», en referencia a la sentencia del Tribunal Supremo sobre las devoluciones en caliente.

El origen de la confusión

Esas confusiones, precisamente, habrían sido el motor de buena parte del movimiento migratorio. El propio Interior marroquí sostiene que las «malinterpretaciones» derivadas de esa intoxicación informativa «reforzaron entre algunos de los que deseaban migrar la convicción de que era posible evitar el retorno inmediato». Es decir, Rabat traslada el origen del fenómeno a una lectura errónea de la decisión judicial española, más que a un fallo propio en la contención fronteriza.

Frente a esa explicación, el Gobierno marroquí defiende su propia gestión de la crisis. Asegura haber aplicado «un enfoque proactivo e integral, basado en la vigilancia temprana, el aumento de los niveles de vigilancia y movilización, y el fortalecimiento de la preparación de los diversos servicios de seguridad y autoridades territoriales», lo que, a su juicio, permitió «controlar el curso de los acontecimientos, proteger vidas, preservar el orden público y asegurar las fronteras», siempre «respetando estrictamente las disposiciones legales y el principio de proporcionalidad en la intervención».

Rabat defiende su respuesta

En paralelo, Rabat ofreció por primera vez su propio balance de víctimas, sensiblemente inferior al difundido por las autoridades españolas: once fallecidos, de los cuales diez murieron ahogados y uno más por lesiones tras caer «desde una zona rocosa cerca de la ciudad de Ceuta». El Ministerio del Interior añadió que Marruecos trabaja ya con las autoridades españolas para verificar «el número real de personas afectadas, sus identidades y nacionalidades», con vistas a completar los trámites legales, administrativos y humanitarios pendientes.

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Por último, el comunicado plantea una lectura de fondo sobre la migración en general. Insiste en que este fenómeno solo puede gestionarse «dentro del marco de un enfoque integral basado en la responsabilidad compartida, la auténtica solidaridad y el reparto equitativo de la carga», y remata afirmando que Marruecos «seguirá siendo, como sus socios esperan, un socio fiable y responsable», comprometido con reforzar la cooperación internacional contra la migración irregular y la trata de personas, mientras continúa, en sus propias palabras, «adoptando todas las medidas necesarias para proteger el orden público, salvaguardar la seguridad fronteriza y garantizar la seguridad de las personas y los bienes».

Sudán: el rostro olvidado de la guerra 

En este artículo, Camila Gallo analiza la guerra en Sudán entre el Ejército (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), que en tres años provocó la mayor crisis humanitaria del mundo, con millones de desplazados y una economía de guerra sostenida por el oro y los intereses internacionales. A la luz del concepto de «nuevas guerras» de Mary Kaldor, la autora muestra cómo la población civil se convirtió en el verdadero blanco del conflicto

Es fundamental no confundirlos, porque desde 2011 son dos países distintos: Sudán (norte): con capital en Jartum, es mayoritariamente árabe-musulmán (suní), tiene salida al mar Rojo, lo que le da valor geoestratégico para potencias interesadas en esa ruta comercial, y concentra buena parte de los recursos auríferos de la región, especialmente en Darfur. Es el país donde ocurre la guerra que se aborda en este informe. Sudán del Sur: independizado en 2011 tras décadas de guerra civil (1955-1972 y 1983-2005) entre el norte árabe-musulmán y el sur de mayoría cristiana, de población predominantemente nilótica (un conjunto de grupos étnicos originarios de la región del valle del Nilo, como dinka, nuer, entre otros).

Es un país sin salida al mar, rico en petróleo, pero ese petróleo depende de los oleoductos que cruzan Sudán para llegar al mar Rojo, lo que mantiene a ambos países interconectados económicamente pese a la separación política. Sudán del Sur, además, hoy recibe a cientos de miles de personas refugiadas que huyen de la guerra del norte. La separación de 2011 fue resultado de un referéndum de autodeterminación pactado en el Acuerdo de Paz Integral, firmado en Kenia el 9 de enero de 2005, que puso fin a la segunda guerra civil sudanesa. Las causas profundas de la partición combinan factores religiosos, étnicos, económicos (control del petróleo) y el legado colonial británico, que administró el norte y el sur de forma diferenciada y dejó al país con fronteras internas y conflictos de identidad sin resolver tras la independencia conjunta en 1956. 

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Para comprender la crisis actual de Sudán, es necesario remontarse a 1989, cuando Omar al-Bashir llegó al poder mediante un golpe de Estado e instauró un régimen que se mantuvo durante casi tres décadas. Durante su gobierno, una de las etapas más violentas fue la guerra de Darfur (2003-2005), en la que recurrió a las milicias árabes Yanyauid para reprimir la rebelión de comunidades no árabes, como los fur, zaghawa y masalit. El conflicto dejó alrededor de 300.000 muertos,  2,7 millones de desplazados y llevó a que la Corte Penal Internacional acusara a al-Bashir de genocidio, crímenes de guerra y de lesa humanidad, aunque nunca fue extraditado ni juzgado. 

Lejos de desaparecer, esas milicias fueron institucionalizadas en 2013 como las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), bajo el mando de Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti. Desde esa posición, el líder paramilitar consolidó un importante poder económico gracias al control de minas de oro y de rutas comerciales estratégicas. En 2019, una ola de protestas populares logró derrocar a al-Bashir. Sin embargo, la esperanza de una transición democrática duró poco. El Ejército sudanés (SAF) y las RSF, que habían actuado conjuntamente para sacar al presidente del poder, terminarían reprimiendo las movilizaciones civiles y, en 2021, protagonizaron un golpe militar que frustró el proceso de democratización. 

La ruptura entre ambos aliados comenzó a hacerse evidente durante las negociaciones

impulsadas por la ONU a finales de 2022. El principal punto de conflicto era la integración de las RSF dentro del Ejército regular, mientras el jefe del Ejército, Abdel Fattah al-Burhan, exigía una incorporación rápida que subordinara a Hemedti. Éste reclamaba un proceso más gradual que le permitiera conservar la autonomía política, militar y económica de sus fuerzas. Las diferencias terminaron por estallar el 15 de abril de 2023, cuando el Ejército sudanés y las RSF iniciaron una guerra abierta en Jartum que rápidamente se extendió a Darfur, Kordofán y otras regiones del país, desencadenando una de las crisis humanitarias más graves del mundo en la actualidad. 

La guerra en Sudán, como todo conflicto armado, también se ha convertido en un escenario de competencia e intereses internacionales. Diversos actores externos sostienen, directa o indirectamente a las partes enfrentadas, lo que contribuye a prolongar el conflicto. Emiratos Árabes Unidos ha sido señalado por Amnistía Internacional como uno de los principales apoyos de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), motivado por su interés en el comercio del oro extraído en Darfur y por su estrategia de fortalecer su influencia sobre el mar Rojo. De hecho, el notable incremento de las reservas de oro emiratíes, sin registros oficiales de compras internacionales que lo justifiquen, ha reforzado las sospechas sobre el origen de ese metal. 

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A su vez, China y Rusia también aparecen vinculadas al conflicto como países de origen del armamento que continúa llegando a Sudán pese al embargo impuesto por las Naciones Unidas sobre Darfur desde 2004. Mientras tanto, los países vecinos, Chad, Egipto, Etiopía, Libia, República Centroafricana y Sudán del Sur, enfrentan las consecuencias humanitarias de la guerra al recibir a millones de personas refugiadas, lo que ha desbordado sus economías, sistemas sanitarios y capacidades de asistencia. En paralelo, la Unión Africana y las Naciones Unidas, a través de su enviado especial Ramtane Lamamra, continúan impulsando iniciativas de mediación para alcanzar un alto el fuego y una solución política, aunque hasta el momento ninguno de esos esfuerzos ha logrado detener la violencia. 

La guerra en Sudán dejó de ser, hace tiempo, un conflicto contenido dentro de sus fronteras: el corredor de armas, oro y combatientes que conecta Darfur con el este de Libia y Chad, sumado al cierre de pasos fronterizos y al riesgo de convergencia con la guerra civil que se reactiva en Sudán del Sur, confirman que esta crisis es, ante todo, un fenómeno regional que se retroalimenta con la inestabilidad crónica del Sahel. 

El costo humano del conflicto sudanés 

Tres años después del inicio de la guerra, Sudán atraviesa la mayor crisis humanitaria y de desplazamiento del mundo. Según Naciones Unidas, cerca de 34 millones de personas, es decir, casi dos de cada tres habitantes del país, necesitan asistencia humanitaria urgente. El desplazamiento forzado alcanzó niveles sin precedentes. Si bien las cifras varían según la fuente y la fecha de relevamiento, todas coinciden en la magnitud del fenómeno. ACNUR estima que más de 11,6 millones de personas han sido desplazadas, de las cuales 6,8 millones permanecen dentro de Sudán y 4,4 millones buscaron refugio en países vecinos. 

A la violencia se suma una crisis alimentaria sin precedentes. Más de 21 millones de personas padecen inseguridad alimentaria aguda y la hambruna ya fue declarada oficialmente en varias localidades. La situación golpea con especial dureza a la infancia: 2,9 millones de niños sufren malnutrición aguda y más de 729.000 menores de cinco años presentan cuadros graves. El acceso de las organizaciones humanitarias también se encuentra severamente restringido, ya que ambas partes del conflicto obstaculizan la distribución de ayuda y utilizan el hambre como herramienta de guerra. 

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El colapso también alcanza al sistema sanitario. La Organización Mundial de la Salud informa que más de un tercio de los centros de salud del país dejó de funcionar y ha documentado 217 ataques contra instalaciones médicas desde el inicio de la guerra, con más de 2.000 muertes asociadas. A ello se suman brotes activos de cólera, sarampión, dengue y poliomielitis, que agravan aún más la emergencia. 

Aunque las cifras verificadas hablan de más de 18.800 civiles muertos, diversas estimaciones consideran que el número real de víctimas podría situarse entre 150.000 y 200.000 personas, debido a las enormes dificultades para acceder a las zonas bajo control de las Fuerzas de Apoyo Rápido. La niñez vuelve a ser uno de los sectores más afectados ya que  solo durante el primer trimestre de 2026 fueron asesinados al menos 160 niños y otros 85 resultaron mutilados, mientras que más de ocho millones de menores permanecen fuera del sistema educativo, según informes de Naciones Unidas. Las consecuencias económicas son igualmente devastadoras. Solo en 2023, Sudán perdió 6.400 millones de dólares de su producto interno bruto, mientras que el ingreso promedio de la población retrocedió a niveles de comienzos de la década de 1990. De continuar la guerra, las proyecciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) advierten que la pobreza extrema podría afectar a más del 60 % de la población hacia 2030. 

Más allá de la disputa militar entre el Ejército sudanés (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), numerosas organizaciones internacionales coinciden en que el principal blanco del conflicto ha sido la población. Amnistía Internacional define la guerra en Sudán como una auténtica «guerra contra la población civil», caracterizada por violaciones sistemáticas de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario cometidas por ambos bandos. La dimensión étnica del conflicto también resulta particularmente preocupante a raiz de que diversos informes verificaron ataques sistemáticos contra comunidades no árabes, especialmente contra la población masalit en Darfur Occidental. 

Dentro de este panorama, la violencia sexual se ha consolidado como una de las expresiones más brutales de la guerra. Naciones Unidas y organizaciones humanitarias advierten que el número de personas que requieren asistencia por este tipo de violencia se ha multiplicado desde el inicio del conflicto. Mujeres y niñas han sido víctimas de abusos sistemáticos, lo que la ONU ha llegado a describir la violación como un «arma de guerra sistemática». A ello se suma un importante subregistro de casos, ya que muchas víctimas temen denunciar por miedo a represalias o al estigma social. Como señaló una sobreviviente de Omdurmán: «Las mujeres no dirigen esta guerra ni participan en ella, pero son las mujeres las que más sufren». La prolongación de la guerra también ha favorecido nuevas formas de explotación. En un contexto de colapso económico y escasez extrema, numerosas mujeres se han visto obligadas a intercambiar relaciones sexuales por alimentos, refugio o protección, convirtiendo la supervivencia cotidiana en otra de las caras invisibles del conflicto. 

Al mismo tiempo, tanto las SAF como las RSF han desarrollado mecanismos de control sobre la sociedad civil en los territorios que dominan. Organizaciones de derechos humanos denuncian detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, listas negras de activistas, confiscación de documentos y restricciones a la libertad de movimiento para quienes son considerados simpatizantes del bando rival. 

Sudán a la luz de las «nuevas guerras» de Mary Kaldor 

Mary Kaldor (1999) propuso el concepto de «nuevas guerras» para describir un tipo de violencia organizada que emergió con fuerza tras el fin de la Guerra Fría, y que se distingue de los conflictos interestatales clásicos en al menos tres dimensiones: sus actores, sus objetivos y su economía. Sudán encaja con una precisión casi de manual en este marco. Actores difusos, no sólo ejércitos estatales, para Kaldor, las nuevas guerras involucran una combinación de fuerzas estatales, paramilitares, milicias y redes transnacionales que operan en zonas grises de legalidad. Las RSF son exactamente eso, una milicia que nació de los Yanyauid, se institucionalizó dentro del aparato estatal sin perder su autonomía de mando ni sus recursos propios, y hoy combate al ejército regular del que alguna vez fue socio. No hay un «frente» claro entre Estado y rebeldes, sino una fragmentación del propio poder armado del Estado. 

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La población civil como objetivo, no como daño colateral. Kaldor sostiene que en las nuevas guerras la violencia se dirige deliberadamente contra civiles, a través del terror, la limpieza étnica y el desplazamiento forzado, porque el control territorial se busca homogeneizando a la población, no derrotando a un ejército enemigo. Los asedios y el uso sistemático de la violación como arma de guerra y el bloqueo deliberado de ayuda humanitaria como herramienta de presión no son excesos aislados de una guerra «tradicional», en los términos de Kaldor, son el método mismo de la guerra. 

Una economía de guerra que se autoalimenta. Quizás el aporte más relevante de Kaldor para entender Sudán es su idea de que las nuevas guerras tienden a generar economías propias que hacen rentable su propia continuidad, en lugar de buscar una victoria definitiva. El oro de Darfur que fluye hacia Dubái y financia a las RSF es el ejemplo perfecto, mientras existan compradores externos para ese oro, y socios geopolíticos dispuestos a mirar para otro lado a cambio de acceso a recursos y posición estratégica en el mar Rojo, no hay incentivo estructural para que la guerra termine. La paz, en este modelo, no es solo un problema militar o diplomático, sino que requiere desarmar la economía que sostiene el conflicto. 

A modo de conclusión

Lo que comenzó como una disputa de poder entre dos generales por el control del Estado post Bashir se transformó, en apenas tres años, en la mayor crisis humanitaria y de desplazamiento del mundo, que excede ampliamente cualquier lógica de «daño colateral». Leído con Kaldor, Sudán no es una guerra que se haya salido de control, es una guerra que funciona exactamente como está diseñada para funcionar, sostenida por actores que se benefician económicamente de su prolongación y por una comunidad internacional que, pese a documentar exhaustivamente los crímenes, no ha logrado, o no ha querido, interrumpir el flujo de armas y de oro que la financia. Mientras esa economía de guerra permanezca intacta, la diferencia entre «conflicto» y «catástrofe humanitaria» seguirá siendo, en la práctica, una distinción sin diferencia para la población civil sudanesa. 

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Trump anuncia un acuerdo para el desarme total de Hamás y una nueva gobernanza en Gaza

La Junta de Paz confirma una «hoja de ruta» aceptada por Hamás tras meses de negociaciones. El plan prevé la retirada de las fuerzas israelíes tras completar el desarme. Una fuerza internacional supervisará la transición hacia un nuevo Gobierno palestino.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha anunciado que la Junta de Paz ha alcanzado un acuerdo para el «desarme total» de Hamás y de «otros grupos armados» en Gaza. Según el mandatario, esto permitirá que el enclave quede en manos de «un nuevo Gobierno palestino al servicio de su pueblo». El anuncio llega a través de un mensaje en redes sociales en el que Trump ha calificado el pacto como un «paso monumental hacia una paz y una seguridad duraderas».

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De acuerdo con lo expuesto por el mandatario republicano, Gaza pasará a estar gobernada «por fin» por una nueva administración palestina que «colaborará estrechamente con la Junta de Paz». Además, el proceso se ejecutará «en fases cuidadosamente estructuradas»: cuando se complete el desarme, las fuerzas israelíes «se retirarán» y la Fuerza Internacional de Estabilización trabajará junto a una nueva fuerza policial palestina para «garantizar la seguridad» en el territorio.

Implementación del acuerdo y retirada israelí

Por otra parte, esta decisión se produce días después de que el diplomático búlgaro Nickolay Mladenov, director general de la Junta de Paz, confirmara que el gabinete de seguridad de Benjamín Netanyahu había dado luz verde a la entrada de dicha fuerza internacional en la Franja. Trump, en ese sentido, ha agradecido la mediación de Egipto, Qatar y Turquía por sus «importantes esfuerzos», aunque también ha advertido que «no se permitirá que la amenaza que surgió desde Gaza el 7 de octubre se reconstruya».

En paralelo, la propia Junta de Paz ha señalado en un comunicado que Hamás «ha aceptado una hoja de ruta detallada para implementar las próximas fases del alto el fuego», tras «meses de intensas negociaciones de buena fe». Este documento, destaca el organismo, representa «un avance histórico», ya que, «por primera vez, Hamás se ha comprometido oficialmente a un plan para renunciar a todas sus armas», lo que iría seguido de la retirada israelí del territorio.

La hoja de ruta y el papel de Hamás

Asimismo, la Junta de Paz ha precisado que trabaja «estrechamente» con el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG) con el fin de iniciar «una transición por fases hacia la plena autoridad», respaldada por la Fuerza Internacional de Estabilización. Sin embargo, desde la delegación negociadora de Hamás, Ghazi Hamad ha reconocido en declaraciones a Al Jazeera que las conversaciones han sido «difíciles» y que se han realizado «concesiones» para «proteger al pueblo palestino de la violencia y el desplazamiento forzoso».

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Finalmente, Hamad ha aclarado que el desarme está condicionado a la «retirada de las fuerzas de ocupación israelíes» y al inicio del proceso de reconstrucción, de modo que el inventario de armamento no comenzará hasta que concluya la primera fase del acuerdo. En este contexto, Hamás confirmó el martes el envío de una delegación a El Cairo para reunirse con los equipos negociadores egipcio, qatarí y turco y abordar la segunda fase del plan.

Crisis migratoria en Ceuta: causas, contexto y claves

Ceuta vive un nuevo repunte migratorio. Estas son las claves para entender sus posibles causas, su dimensión humanitaria y el fondo geopolítico.

La ciudad autónoma de Ceuta vive desde finales de julio de 2026 la mayor presión migratoria desde la crisis de 2021, con cientos de miles de personas entrando a nado cada noche desde la costa marroquí y unos servicios de acogida claramente desbordados. Las autoridades locales hablan ya de «emergencia nacional» y alertan de que, si el flujo no se frena, la situación puede recordar al episodio de mayo de 2021, cuando miles de personas cruzaron la frontera en apenas dos días.

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A primera vista, la narrativa oficial apunta a una combinación de factores, como el cambio en la interpretación de la Ley de Extranjería por parte del Tribunal Supremo, unas condiciones meteorológicas favorables para el paso a nado y un contexto social de precariedad en la vecina región marroquí. Pero, como suele ocurrir en la frontera sur de Europa, debajo de la superficie late también una lógica política y geopolítica en la que Marruecos, España y Argelia juegan su propia partida.

Ceuta al límite

Desde el inicio de la crisis se han registrado miles de entradas irregulares a Ceuta, en su mayoría jóvenes marroquíes y argelinos que han cruzado a nado desde la zona de Castillejos, aprovechando las altas temperaturas y la niebla para bordear los espigones fronterizos. El presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, cifró el ritmo en unos 300 migrantes al día y advirtió de que esa oleada equivalía ya a casi el 2% de la población total de la ciudad. No obstante, desde el 30 de julio de 2026, el ritmo de entrada ha aumentado de forma exponencial.

El Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) está completamente saturado, con centenares de personas durmiendo en la calle a la espera de poder entrar, mientras los dispositivos para menores no acompañados soportan una sobreocupación de hasta el 1.600% según las autoridades locales. A ello se suma un balance trágico, ya que en lo que va de año, la Guardia Civil ha recuperado decenas de cadáveres en el mar. Además, solo en las últimas semanas se han localizado varios cuerpos más, y las familias en Marruecos y Argelia denuncian desapariciones de jóvenes de entre 16 y 23 años que se lanzaron al agua y nunca regresaron.

El giro judicial: la sentencia del Supremo

Un elemento clave para entender el momento concreto de esta crisis es la sentencia del Tribunal Supremo del pasado 8 de julio, que limita de forma drástica las devoluciones en caliente para quienes entran a nado. El fallo establece que el régimen especial de rechazo en frontera solo puede aplicarse a quienes vulneren los «elementos de contención fronterizos», como las vallas, pero no a las personas que alcanzan territorio español por vía marítima.

La Asociación Unificada de Guardias Civiles y las autoridades ceutíes sostienen que esta interpretación ha desactivado uno de los instrumentos básicos de control en la frontera marítima y ha generado un «efecto llamada» inmediato visible en el aumento de intentos de entrada a nado.

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Desde Ceuta se reclama modificar de nuevo la Ley de Extranjería para extender el régimen de rechazo en frontera a cualquier acceso irregular, terrestre o marítimo, argumentando que la actual situación deja a los cuerpos de seguridad sin herramientas claras y genera inseguridad jurídica.

Precariedad y expectativas al otro lado de la valla

Mirar solo a la norma jurídica es insuficiente. Del lado marroquí concurren factores sociales y económicos de largo recorrido que empujan a miles de jóvenes a asumir el riesgo de cruzar a nado. Diversos análisis sobre la crisis de 2021 recuerdan que la región fronteriza ha sufrido una auténtica «asfixia económica» asociada al cierre prolongado de la frontera y al bloqueo del comercio transfronterizo, que durante años fue el principal sustento de muchas familias.

Los testimonios recogidos estos días en Ceuta describen a chicos de 16 a 23 años, marroquíes y argelinos, que llevan meses sin trabajo, sin perspectivas y que ven en la ciudad autónoma una puerta, por estrecha que sea, hacia la península y, eventualmente, Europa. La combinación de precariedad, redes informales de información y la percepción de que ahora es más difícil ser devuelto automáticamente crea un caldo de cultivo ideal para que cada noche centenares de jóvenes se lancen al agua con aletas, flotadores improvisados o simple determinación.

El recuerdo de 2021: Marruecos y la diplomacia migratoria

La crisis actual se interpreta en Ceuta a la luz del incidente fronterizo de mayo de 2021, cuando más de 8.000 personas (algunas fuentes hablan de más de 10.000) cruzaron de forma irregular hacia la ciudad en apenas dos días, ante la relajación de los controles marroquíes. Aquel episodio estuvo directamente ligado al deterioro de las relaciones diplomáticas entre Madrid y Rabat después de que España acogiera al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, para ser tratado en un hospital de La Rioja.

Varios estudios y resoluciones europeas señalaron entonces que Marruecos había instrumentalizado la migración como herramienta de presión política, utilizando incluso menores, y que Ceuta se había convertido en escenario de una «diplomacia migratoria» en toda regla. El Parlamento Europeo aprobó una moción criticando a Rabat por haber puesto en riesgo la vida de miles de personas para enviar un mensaje político, y la crisis se entendió como un aviso a España y, por extensión, a la Unión Europea, sobre la capacidad de Marruecos para abrir o cerrar el grifo migratorio.

Con estos antecedentes, no extraña que muchos actores locales y analistas pregunten hoy si la nueva oleada de entradas a nado es, al menos en parte, otra forma de presión en un contexto de reajuste geopolítico en el Magreb.

Argelia entra en escena: gas, rivalidad y la visita de Sánchez

En ese tablero regional, la relación triangular España–Marruecos–Argelia es determinante. El 20 de julio de 2026, Pedro Sánchez viajó a Argel acompañado por ministros y directivos de grandes compañías energéticas, con el objetivo declarado de reforzar el suministro de gas a España y culminar la normalización de la relación tras la crisis provocada por el giro de postura español sobre el Sáhara. El presidente fue recibido por el primer ministro argelino, Sifi Ghrieb, y mantuvo una declaración conjunta con el presidente argelino en la que ambos subrayaron la voluntad de intensificar la cooperación energética.

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La visita se inscribe en una rivalidad abierta entre Argel y Rabat por la hegemonía regional y el control de las rutas de gas hacia Europa, que ya se tradujo en decisiones como el cierre en 2021 del gasoducto Magreb–Europa que llevaba gas argelino a España pasando por Marruecos. Ese cierre supuso un golpe económico para Marruecos, que perdió el peaje y parte del gas que utilizaba para consumo interno, y reforzó la idea de que Argelia y Marruecos utilizan la energía como herramienta política.

En este contexto, la escenificación de un acercamiento entre España y Argelia, justo cuando Ceuta vuelve a estar desbordada por llegadas de personas desde territorio marroquí, alimenta la hipótesis de que Rabat podría estar enviando un mensaje de descontento o advertencia. No hay, por ahora, pruebas directas de una orden política explícita detrás de cada joven que se lanza al mar, pero la coincidencia temporal entre la visita de Sánchez a Argel y el repunte de entradas, sumada a los antecedentes de 2021, hace que el componente geopolítico sea difícil de ignorar.

¿Instrumentalización de la migración en la crisis actual?

Los especialistas en seguridad y migraciones advierten desde hace años de que la instrumentalización de los flujos migratorios en las fronteras exteriores de la UE se ha convertido en una práctica cada vez más habitual, desde Turquía hasta Bielorrusia, pasando por Marruecos. La externalización de los controles por parte de la Unión, delegando en terceros países buena parte de la gestión de la migración irregular, otorga a estos gobiernos una capacidad de presión considerable sobre sus vecinos europeos.

En el caso de Ceuta, la crisis actual parece responder a una conjunción de factores: un cambio jurídico que ha limitado las devoluciones en caliente y ha alterado el equilibrio de disuasión; una realidad social de precariedad y expectativas frustradas en la costa marroquí; y un contexto geopolítico en el que España reequilibra sus relaciones con Argelia mientras Marruecos recuerda, de forma más o menos implícita, que controla una de las principales rutas terrestres y marítimas hacia Europa.

Reducir la situación a un único motivo, sea la sentencia del Supremo, la pobreza en Castillejos o la supuesta «venganza» de Rabat por el viaje de Sánchez a Argel, sería simplificar en exceso una crisis que es a la vez humanitaria, jurídica y política. Lo que sí parece claro es que, si no se actúa en esos tres planos (protección de vidas, revisión de la normativa y gestión diplomática honesta con Marruecos y Argelia) Ceuta y Melilla corren el riesgo de seguir encadenando crisis migratorias que ponen al límite su capacidad de acogida y tensan de nuevo la relación entre España y sus vecinos del sur.

Empleados de OpenAI, Google y Anthropic piden regular el desarrollo de la IA para evitar perder el control

Más de 1.100 trabajadores reclaman al Gobierno de Estados Unidos medidas para «marcar el ritmo de forma deliberada». El manifiesto advierte de sistemas que podrían dejar de ser comprensibles o controlables.

Más de mil empleados de OpenAI, Anthropic y Google han firmado una carta abierta dirigida al Gobierno de Estados Unidos para pedir que respalde herramientas que permitan «marcar el ritmo de forma deliberada» del desarrollo de la inteligencia artificial. En concreto, son 1.178 firmantes los que respaldan el manifiesto hasta el momento, según recoge el propio texto.

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Los trabajadores de estas compañías de IA de frontera advierten que las capacidades de esta tecnología podrían alcanzar un punto en el que ya no se pueda «comprender ni controlar los sistemas resultantes». Por ello, reclaman una desaceleración del ritmo de avance antes de que ese límite se traspase, según explican en la carta.

Riesgo de sistemas que ya no puedan comprenderse ni controlarse

El documento, sin embargo, no descarta los beneficios de la IA, aunque los matiza con cautela. Los firmantes reconocen que esta tecnología «podría contribuir a crear un futuro mucho mejor», pero advierten de inmediato que «este resultado no está garantizado». Esta diferencia entre lo condicional y lo afirmativo marca el tono general del manifiesto.

Ante la cercanía de la automatización de la investigación en IA, los empleados sostienen que resulta necesario «regular de forma deliberada el progreso en este campo». Además, defienden que, junto a los beneficios prometidos para la industria y la sociedad, también deben abordarse los riesgos emergentes derivados de este avance tecnológico.

Petición de regulación y supervisión internacional

Con el objetivo de «ganar tiempo» para investigar dichos riesgos, los firmantes reclaman «desarrollar medidas de seguridad y fortalecer la supervisión». Asimismo, piden al Gobierno estadounidense que «apoye un esfuerzo internacional para desarrollar las herramientas técnicas y de gobernanza necesarias» que permitan controlar el ritmo del desarrollo de la IA automatizada. El manifiesto, titulado ‘Pacing the Frontier’, cuenta con el respaldo de figuras como Jared Kaplan y Dario Amodei, de Anthropic; Mark Chen, de OpenAI; y Anca Dragan, de Google.

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No obstante, el documento carece de la firma de Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, quien recientemente abordó este tema en el pódcast ‘Invest Like the Best’. Allí, Altman admitió que «quizás tengamos que moderar el ritmo de desarrollo de la IA», aunque insistió en que debe hacerse sin que «parezca una captura regulatoria» ni «una colusión entre los laboratorios de vanguardia». En la misma línea, añadió: «Me aterra un mundo donde los temores reales sobre la IA se utilicen para decir: ‘Solo este pequeño grupo de personas puede tenerla porque es demasiado peligrosa (…) pero no se preocupen, tomarán las decisiones correctas para todos nosotros’. No creo en eso».

Trump pide a Zelenski «poner fin a la guerra» tras su reunión en la Casa Blanca

El presidente de EE.UU. califica de «no aceptable» la muerte de miles de personas en el conflicto. Zelenski asegura que la relación bilateral es ahora «más constructiva» tras meses de tensión.

Donald Trump exigió este miércoles a Volodimir Zelenski que «pusiera fin a la guerra» con Rusia, tras la reunión bilateral mantenida el martes en el Despacho Oval. El presidente estadounidense calificó de positivo el encuentro con su homólogo ucraniano y afirmó a los medios: «Me gustaría que pusiera fin a la guerra». Asimismo, sostuvo que su reunión con Zelenski «fue bien», mientras destacaba también su buena relación con el mandatario ruso, Vladimir Putin.

En consecuencia, Trump criticó con dureza la magnitud de las bajas provocadas por el conflicto. «25.000 personas murieron el mes pasado. Eso es algo habitual. Y no es aceptable», declaró el republicano, quien añadió que le trasladó directamente a Zelenski: «Simplemente, pon fin a la guerra». De este modo, el mandatario estadounidense insistió en que la persistencia de muertes masivas de forma recurrente «no es aceptable».

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Por su parte, Zelenski valoró positivamente la evolución de las relaciones bilaterales durante esta tercera visita al Despacho Oval desde el tenso encuentro de febrero de 2025. «Nuestras relaciones son mucho mejores y más constructivas. Ya no son tan emocionales como antes y creo que es bueno que hayan mejorado», señaló el jefe del Ejecutivo ucraniano tras la cita con Trump. Además, consideró que este viaje debía servir como preámbulo a una próxima visita de los enviados especiales estadounidenses.

Concretamente, Zelenski adelantó que Jared Kushner y Steve Witkoff podrían viajar a Kiev en un plazo de dos semanas, en lo que constituiría la primera visita de ambos enviados a la capital ucraniana. Hasta ahora, los emisarios de Trump han mantenido contacto con las partes rusa y ucraniana, aunque han concentrado sus esfuerzos principales en la crisis de Irán. Esta cita, de confirmarse, llegaría después de varios encuentros previos celebrados en el Kremlin.