Hezbolá ha construido durante décadas una estructura paralela que desafía la autoridad del Estado libanés y refuerza la influencia de Irán en la región. En este artículo, Miguel Á. Melián explica qué es un pseudoestado, cómo opera Hezbolá en la zona gris y por qué su desarme es clave para el futuro del Líbano.
Un pseudestado es, en su definición más simple, una entidad que ejerce funciones propias de un Estado (control territorial, seguridad, servicios sociales, recaudación) sin reconocimiento internacional y sin someterse a la soberanía de cualquier otro Estado legítimo. No aspira necesariamente a la independencia formal, ya que únicamente le basta con vaciar de contenido al Estado anfitrión y sustituirlo allí donde le interesa.
Este fenómeno florece de forma idónea en la zona gris, ese espacio de confrontación situado entre la paz y la guerra abierta, donde los actores compiten mediante herramientas políticas, económicas, informativas y paramilitares sin cruzar el umbral del conflicto convencional. En esta línea, la zona gris premia la ambigüedad a quien opera en ella y difumina la línea entre lo civil y lo militar y dificulta la respuesta del adversario. El pseudoestado es, precisamente, la materialización territorial de esa ambigüedad. Y pocos ejemplos lo ilustran mejor que Hezbolá en el sur del Líbano.
Un Estado dentro del Estado
Hezbolá, organización terrorista designada como tal por Estados Unidos, la Unión Europea y buena parte de la comunidad internacional, ha construido durante cuatro décadas una arquitectura estatal paralela. Dispone de un brazo armado que ha llegado a superar en capacidad al propio Ejército libanés, con arsenales de cohetes, drones y una red de túneles en el sur del país. Gestiona servicios sociales que fidelizan a la población chií allí donde el Estado libanés no llega. Opera un sistema financiero propio, articulado en torno a entidades como Al-Qard Al-Hasan, y mantiene representación parlamentaria que le permite bloquear desde dentro las instituciones que combate desde fuera.
➡️ Te puede interesar: La migración de familiares de Hezbolá hacia América Latina: ¿un riesgo de nuevas conexiones?
Su identidad funde tres capas principales. La resistencia islámica chií nacida en 1982 al calor de la revolución iraní; el partido político libanés y la milicia transnacional al servicio de Teherán. Esa triple naturaleza es su mejor escudo en la zona gris, adecuando cuando conviene cada una de las facetas que es capaz de desarrollar y operativizar con relativa rapidez y alta eficacia.
Pieza clave de la defensa mosaico iraní
Hezbolá no se entiende sin Irán. Teherán lo financia, lo arma y lo entrena a través de la Fuerza Quds, y lo integra como pieza central de su defensa mosaico. Una doctrina que dispersa la capacidad de disuasión iraní en una constelación de proxies para golpear a sus adversarios desde múltiples direcciones sin exponerse directamente. Cada pieza del mosaico ofrece a Irán negación plausible y profundidad estratégica. Así se ha mostrado desde el inicio del actual conflicto, desde el pasado 28 de febrero.
Frente a Israel, Hezbolá aplica una estrategia asimétrica palpable. En el despliegue actual de sus capacidades, este actor no busca vencer a un ejército convencional superior, sino imponerle costes constantes y sobrevivir para proclamarse vencedor. Y este esquema sigue vigente en el marco de tensiones geopolíticas que experimenta Oriente Próximo.
Tras el inicial ataque de Israel y Estados Unidos contra Irán, Hezbolá reactivó el frente norte y provocó una ofensiva israelí que devastó el sur del Líbano y desplazó a varios centenares de miles de personas. El grupo salió gravemente debilitado, pero el acuerdo marco firmado a finales de junio entre Israel y Líbano condiciona la retirada israelí a su desarme y demuestra que la comunidad internacional identifica hoy a Hezbolá como el eje central de cualquier paz duradera en la región. Aunque la milicia chií expone este acuerdo como vergonzoso y humillante para el pueblo libanés. Así, su respuesta de rechazar el pacto y amenazar con seguir combatiendo, confirma que antepone la agenda iraní a la reconstrucción libanesa.
Un Líbano sin Hezbolá: la única salida
La conclusión que tenemos que extraer de este contexto es que la desaparición de Hezbolá como actor armado no es una exigencia israelí ni estadounidense, sino una necesidad libanesa. Mientras el pseudoestado subsista, las ambiciones de la organización primen sobre el bienestar poblacional y sigan activas las redes que alimentan a esta organización terrorista, el Líbano seguirá hipotecado a decisiones tomadas en Teherán. Por ende, expuesto a guerras que no elige y privado del monopolio de la fuerza que define a todo Estado soberano.
➡️ Te puede interesar: Israel, Líbano, Irán y Gaza: claves para leer un conflicto que parece no terminar nunca
Cabe destacar un ápice de esperanza, ya que el desarme que impulsa el gobierno de Joseph Aoun abre, por primera vez en décadas, una ventana real. Un Líbano que aspire a recuperar el sur del Litani (o al menos disponga de una zona de seguridad frente a los avances israelíes), reconstruya su ejército y reintegre a la población chií mediante servicios estatales podrá atraer inversión, repatriar a sus desplazados y salir de la ruina económica. La disolución del pseudoestado no dejaría un vacío, sino que dejaría espacio. Espacio para que el Estado libanés vuelva a existir de verdad y para que su población, la primera víctima de la zona gris, deje por fin de pagar las guerras de otros.
➡️ Si quieres adquirir conocimientos sobre Geopolítica y análisis internacional, te recomendamos los siguientes cursos formativos:




