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¿Qué une a Trump y a Kennedy en política exterior?

Análisis

Miguel Á. Melián
Miguel Á. Melián
Analista internacional, investigador y consultor especializado en geopolítica, seguridad y defensa internacional. Su enfoque se centra en el análisis de la competición estratégica entre grandes potencias, el equilibrio de poder global y la evolución del orden internacional en un contexto marcado por la creciente fragmentación geopolítica y la intensificación de las rivalidades interestatales. Participa como analista y colaborador en distintos medios y espacios especializados en geopolítica, seguridad y política internacional. A lo largo de su trayectoria ha combinado investigación, análisis y consultoría en instituciones internacionales, organismos públicos y entidades especializadas en asuntos internacionales y asuntos públicos. Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Rey Juan Carlos, ha complementado su formación con estudios de máster en Inteligencia, Diplomacia, Relaciones Internacionales, Negocios Internacionales y Ciencia Política y Gestión Pública. Comprender el escenario internacional exige combinar historia, estrategia y visión de largo plazo. Y hoy esa idea sigue más viva que nunca.

Aunque Trump y Kennedy parecen opuestos, ambos comparten una lógica estratégica basada en el realismo flexible. En este artículo, Miguel Ángel Melián explica cómo esta doctrina sigue marcando la política exterior de Estados Unidos desde la Guerra Fría hasta el conflicto con Irán.

Pocos ejercicios resultan más contraintuitivos que comparar a Trump con Kennedy. Y sin embargo, ese contraste aparente es precisamente lo que hace el análisis más revelador. Cuando se examinan las doctrinas estratégicas de ambas administraciones, emerge un elemento estructural común que trasciende la ideología y el estilo personal: el realismo (o respuesta) flexible como instrumento rector de la política exterior estadounidense en escenarios de conflicto.

Impulsada en 1961 por el general Maxwell Taylor, este planteamiento sustituyó a la represalia masiva de la administración Eisenhower, que estaba orientada a una disuasión fuerte aunque ello conllevase a soportar costes militares, políticos y económicos desmesurados.

En contraposición, la aplicación de esta doctrina permite disponer una amplia gama de opciones que, ejecutadas proporcionalmente y acorde al grado de tensión, posibilitan controlar una escalada bélica ante cualquier enemigo. En última instancia, permite al presidente disponer de un amplio abanico de opciones de respuesta militar al mismo tiempo que genera un espacio de actuación hacia una escalada gradual. 

De Cuba a Irán: continuidad estructural

Para la administración Kennedy la crisis de los misiles de Cuba fue el teatro de pruebas directo. En este ejemplo histórico se aprecian elementos de presión controlada, transacciones sobre los intereses nacionales de ambas partes y, sobre todo, adecuación del objetivo al transcurso de las operaciones. La crisis se saldó positivamente para Kennedy, sentando las bases de una doctrina que sería aplicada hasta prácticamente el fin de la Guerra Fría. Y el paralelismo con el actual conflicto en Oriente Medio es bastante apreciable. 

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Acorde al desarrollo de la operación militar en Irán, se pueden observar cada uno de los elementos mencionados. Entre ellos, la instrumentalización del objetivo de la operación, empleo de medios militares controlados (aéreo y naval) y cálculo transaccional en torno a elementos político-económicos y militares. Todo ello bajo el paraguas estratégico construido por la administración Kennedy, un método más pragmático y eficaz que la aplicación excesiva del uso de la fuerza y la guerra total. 

Tal es así, que en las primeras etapas el esfuerzo militar estuvo orientado al dominio y neutralización de objetivos críticos mediante la superioridad aérea para pasar a otros objetivos. Como consecuencia, el ejército estadounidense desactivó tanto a gran parte del mando operativo-político como las capacidades defensivas del régimen iraní. Posteriormente, el bloqueo parcial del Estrecho de Ormuz, la amenaza persistente del uso de la fuerza y la inviabilidad de una transición de poder en Irán sin que el sucesor nazca políticamente condicionado por Washington conforman los instrumentos concretos de esa estrategia.

Lo que permite a Trump operar en un entorno ajustado a sus intereses geopolíticos. No obstante, esto no significa la inexistencia de riesgos estratégicos, sino un contexto operacional donde EE.UU. pueda llevar la delantera. 

El retorno al desacople atlántico

Profundizando en la similitud, encontramos otro nexo común: para ambos presidentes la desvinculación de la defensa estadounidense de la seguridad europea era (y es) una cuestión fundamental. Por eso, el uso de esta doctrina es una palanca que acelera la consecución de este objetivo, con el fin de lograr el desarrollo pleno de la misma es necesario el desarrollo de tres ejes críticos: un rearme convencional sólido; multiplicar el poder de las fuerzas convencionales (principalmente del armamento nuclear táctico) y, por último, desarrollar una disuasión nuclear capaz de contrarrestar los objetivos de cualquier rival. 

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Y cada uno de ellos sigue vigente en la actualidad. En primer lugar, Trump ya ha anunciado un aumento histórico del gasto militar de 1,5 billones de dólares, lo que supone un incremento del 42%. Este aumento está dirigido tanto a rearmar la industria de defensa estadounidense (en parte como consecuencia de lo empleado en Irán) como a mejorar las capacidades militares del país en todas sus ramas.

Seguidamente, enlazando también el segundo y el tercer punto, la suspensión del New Start es bastante relevante. El fin de este acuerdo entre Moscú y Washington abre la puerta a un impulso de las capacidades disuasorias de ambas potencias (sustentadas esencialmente en la denominada tríada nuclear, donde las armas nucleares tácticas son indispensables). 

Una doctrina que trasciende presidencias

Todo ello acontece, además, en un momento en que la arquitectura de seguridad occidental atraviesa su mayor tensión desde la Guerra Fría. Un momento en el Washington se desmarca progresivamente de sus lazos atlánticos y la OTAN muestra fracturas internas difícilmente superables. Por tanto, el realismo flexible sigue vigente, siendo capaz de atravesar administraciones e ideologías, respondiendo a una lógica de poder que une a presidentes aparentemente tan dispares. 

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Kennedy y Trump son, en apariencia, la antítesis el uno del otro. Pero esta doctrina los iguala porque no se basa en una elección personal, sino la respuesta lógica de una superpotencia con compromisos globales que ya no puede sostener en su totalidad.

Así, la doctrina no los une por afinidad. Los une el entendimiento de que la fuerza máxima es aquella que no necesita emplearse en su totalidad porque el rival ya ha internalizado el coste de resistir. Desde Cuba a Irán, la lección sigue siendo la misma.


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