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Las batallas perdidas de Putin y por qué la guerra en Ucrania seguirá por un tiempo

Análisis

Nacho Montes de Oca
Nacho Montes de Oca
Escritor y periodista especializado en relaciones internacionales.

Un interesante hilo de Twitter del periodista y escritor Nacho Montes de Oca sobre las derrotas de Putin que explican por qué la guerra seguirá por un tiempo y lo que quizás podría pasar en un futuro inmediato.

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A poco más de un mes de iniciada la invasión a Ucrania, Putin ya perdió once batallas en diferentes frentes. Pero aún resta mucho por suceder. Vamos a contar esas derrotas que explican por qué la guerra seguirá por un tiempo y lo que quizás podría pasar en el futuro inmediato.

La peor batalla perdida por Putin es la de Kiev. Aunque sus propagandistas y simpatizantes abiertos o velados insisten en que solo hay un repliegue una vez logrados los objetivos y que nunca existió la idea de una campaña de días de duración, la realidad muestra todo lo contrario. Putin pensó que Ucrania se derrumbaría en cuestión de días y la prueba está en que su logística preveía una semana de combates. Luego de ese tiempo, sus fuerzas dejaron de tener provisiones, los planes de batalla quedaron desactualizados y la tropa se mostró desconcertada.

Rusia sufrió pérdidas desastrosas en el norte frente a fuerzas muy inferiores, es un hecho. Es difícil establecer cuantos tanques, aeronaves y soldados perdió hasta hoy. Pero en lo cualitativo, lo mejor de su ejército fue destrozado en su intento por tomar la capital ucraniana. Aquí sucedió la segunda derrota militar. Putin abrió tres frentes simultáneos. Desde el norte para tomar el centro político de Ucrania, desde el este para ocupar el Donbás y desde el sur para destrozar las regiones industriales y privar a Ucrania de su salida al Mar Negro.

El Donbás sigue aun en gran parte en manos ucranianas y Mariupol aun aguanta pese a que Rusia destruyó el 85% de la ciudad. En el sur, Odesa es libre pese a que las bombas y misiles machacan la ciudad avisando de una destrucción total si no accede a caer. Pero resisten. Si la idea era controlar Ucrania desalojando su gobierno para poner otro afín, tomar posesión de su territorio como hicieron con Crimea en 2014 y que obtener apoyo de una parte considerable de la población, hasta ahora Rusia fracasó de modo sin discusión posible.

Esto nos conduce a la tercera derrota: la tecnológica. Desde el 2002 Putin preparó un programa de salto tecnológico militar que se frustró ante las imágenes de tanques ardiendo y sus aviones y helicópteros derribados por los ucranianos armados con misiles occidentales. Esa circunstancia es doblemente grave para Rusia. Por un lado, es un marketing muy adverso para sus ventas de material militar de las cuales depende el 25% del ingreso estatal y que ya habían sido afectadas por las sanciones.

Y por otro lado, arruina los planes futuros de Putin. Porque las imágenes de los tanques en llamas o averiados instala una duda muy seria sobre la calidad militar rusa hacia el futuro y más aún cuando tiene enfrente a la OTAN con sus ejércitos intactos mientras el Kremlin no resuelve qué hacer frente a la resistencia ucraniana.

La caída del mito del oso imbatible tuvo un capitulo humillante el 1° de abril cuando dos helicópteros ucranianos cruzaron la frontera evadiendo el sistema de defensa ruso y atacaron Belgorod. Fue el primer ataque de otro país a territorio ruso desde la Segunda Guerra Mundial. Rusia presentó meses atrás sus “supertanques” T14 “Armata” y el MBPT-72 “Terminator” como parte de sus armas de vanguardia. No los enviaron a Ucrania. Quizá por el riesgo de que fuesen secuestrados por tractores o terminaran como chatarra en un bosque o una avenida.

La cuarta derrota rusa fue estratégica. En su pretensión que la OTAN no sumara a Ucrania, desató una reacción en cadena que se tradujo en un formidable muro defensivo en toda la frontera con la alianza y un flujo de armas hacia Ucrania que impactó de lleno en sus tropas. Zelensky ya dijo que Ucrania no va a ingresar en la OTAN, pero la alianza le proveerá de más armas en el futuro y lo hará desde una coalición con presupuestos militares reforzados desde al Mediterráneo al Ártico y sumando a países como Finlandia y Suecia, ambos linderos con Rusia.

Es ahí donde llega la quinta derrota sobre Putin y su credibilidad. El presidente ruso amenazó con avanzar más hacia el oeste y con otras consecuencias de orden económico si no cesaba el apoyo occidental a Ucrania y si Occidente avanzaba con más sanciones. Esta vez, no funcionó. La OTAN no cayó en el apuro de cerrar el espacio aéreo ucraniano ante la evidencia que el derribo de un avión ruso esparciría la guerra hacia su territorio. Tampoco cedió ante otras formas de chantaje. El oso ruso, no pudo intimidar a Occidente como lo hizo con Crimea en 2014.

La sexta derrota está en el fracaso de la amenaza usar armas atómicas. Putin amenazó 14 veces a occidente con utilizarlas. Se acerca a las 17 amenazas de Nikita Krucshev durante la crisis de los Misiles en 1963. Todos saben ahora que no es tan sencillo pulsar el botón rojo. Queda claro que sus advertencias atómicas no frenaron las sanciones ni el envío de armas occidentales a Ucrania. Por el contrario, exacerbaron la idea de que hay que detener y erosionar el poder ruso en el frente ucraniano para alejar el riesgo de un nuevo avance hacia el oeste.

La caída en la credibilidad de Putin abre el camino para explicar su séptima derrota, que es la que sucedió en la batalla por conquistar a la opinión pública global. Rusia arrancó con un traspié cando no pudo imponer la idea que la invasión era una “operación militar especial”.

Putin falló sucesivamente en varios capítulos: no pudo convencer a nadie que Ucrania no existía y que era parte de Rusia, que su invasión era una operación defensiva frente a la OTAN, que había armas químicas en ese territorio que lo amenazaban, que en Donbás pedía su ayuda… En la realidad, todo el mundo –salvo un grupo de terraplanistas políticos y un Papa diletante – comenzó a nombrar la invasión como lo que era: una irrupción ilegal de tropas rusas sobre territorio soberano ucraniano. La propaganda rusa se desbarató entre evidencias y llantos.

Ya se acumularon las pruebas de que nunca hubo una operación de salvataje del pueblo ucraniano: ciudades devastadas, viviendas atacadas, hospitales bombardeados, un teatro con civiles dentro arrasado y más recientemente la ejecución masiva de civiles en Bucha. Putin ya no puede esconder la evidencia de que su ejército comete crímenes de guerra. Y queda agregar el secuestro de miles de ucranianos en territorio ruso y la salida forzada de civiles para cambiar el equilibrio de minorías y mayorías en regiones a las que aspita controlar.

Se le suma el arrasar la infraestructura ucraniana para negarle un futuro en la mesa de negociaciones y los saqueos y violaciones que cometen las tropas rusas. Esas atrocidades eran las que Putin denunció sin presentar pruebas de parte de Ucrania en Donbás y usó para invadir. Hay una derrota dentro de otra en esa circunstancia: en su afán de demoler a un líder oponente como es su costumbre, Putin construyó en el “nazi” Zelensky un paradigma de resistencia homérica y se vistió con un traje de genocida hitleriano que tenía reservado para su adversario.

La imagen de Putin en occidente se aproxima a la de un monstruo político que extorsiona a Occidente y comete masacres medievales en pleno siglo XXI. Así llegamos a la octava derrota: la del gas y el petróleo. Es un revés que está en curso y que es inevitable para Rusia. Es cierto que el 40% del gas que consume Europa proviene de Rusia y que Putin sigue montado sobre sus ductos bombeando entre risotadas. Pero en el corto y mediano plazo esa situación debe y va a cambiar por una serie de movimientos en curso para reducir la dependencia europea.

EEUU, Canadá y Gran Bretaña dejaron de comprar petróleo y gas ruso. Los países bálticos cortaron la importación de gas. Alemania y Francia reactivan sus centrales nucleares y construirán otras para deducir su dependencia al humor de Putin. Es cuestión de tiempo. Europa activó la opción del GNL norteamericano y la provisión de petróleo desde ese país, además de reforzar la producción noruega en el Mar del Norte que podría satisfacer en unas semanas hasta el 80% del consumo de gas ruso que llega a Alemania. Y hay más en el sur.

Azerbaiyán apura el refuerzo del gasoducto de Trans-Anatolia que pasa por Turquía y llega al sur de Italia para reforzar la previsión de fluido. Sumando la flexibilización de las políticas de reemplazo de energías renovables en Europa, el horizonte luce muy mal para Putin. Es una enorme amenaza para Rusia, que sabe que en unos meses perderá gran parte de los 77 mil millones de dólares anuales de gas que vende a Europa y su principal arma de chantaje político. Y allí viene la novena derrota: la de la batalla por el rublo en donde Putin fue vapuleado.

Al pedir el pago de su gas en rublos elevó artificialmente la cotización. Pero es un avance temporal, porque la moneda refleja su situación económica y financiera real y alejada la dependencia del gas ruso, el rublo debería volver a su valor real del 30% del inicio de la guerra. Putin representa para Europa el 40% de sus compras de gas. Pero a la inversa, Europa abarca el 78% de las ventas de gas ruso y el 53% de petróleo ¿Quién tiene más para perder si se modifica el mercado de intercambio de petróleo? Pasamos entonces a la décima derrota.

En la guerra económica, Putin ya sumergió a Rusia en un fracaso sin precedentes. Solo entre pérdidas de material bélico comprobable, inversiones que huyeron, caída de negocios, retención de reservas había perdido en el primer mes cerca de 500.000 millones de dólares. Es un cálculo conservador y con diez días más de guerra es factible sumarle un proporcional que lo eleve, por lo menos, en un 20% en pérdidas militares que se aceleraron con la retirada. Hablamos de más del 35% de su PBI de 1,49 millones de dólares. Vamos a la última derrota.

La undécima derrota, es el plano diplomático. En los foros internacionales, Rusia quedó más sola que Putin en el día del amigo. Ni siquiera China acompaña sus ofensivas diplomáticas en la ONU y dejó de apoyarlo en los organismos de créditos internacionales y regionales. Putin debió conformarse con el apoyo de estados de menor categoría internacional y nulo peso político como Eritrea, Cuba, Venezuela, Siria, Bielorrusia, Corea del Norte y alguna otra nación de prestigio dudoso. El resto se puso el barbijo del veto o directamente votó en su contra.

Es cierto que China, al igual que India, negocia en posición de ventaja comprar las materias primas que Rusia deja y dejará de vender a Occidente por las sanciones y el reemplazo de proveedores. Pero lo hace a menores precios y están lejos de poder reemplazar las divisas perdidas. El aislamiento de Putin es consecuencia de las once derrotas que sufrió en todos los frentes y pone un interrogante en lo que hará en el futuro. En el plano interno, sostiene la situación con el tupperware informativo en el que encerró a su población para aislarla de las derrotas.

¿Occidente sufrió derrotas? Sí, falló a la hora de evitar la invasión. Sufre y sufrirá por la inflación que se elevó a niveles nunca antes vistos en Europa y llegó al 7,4% en EEUU. Eso implica costos mayores y monedas bajo asedio. Es una guerra, nadie gana en términos absolutos. Solo se necesita comparar los 1,49 billones del PBI ruso con los 19,43 billones de EEUU y los 16,4 billones de euros de la Unión Europea. Es una pelea de 21 a 1 y con el adicional que Occidente no puede ser sancionado por Rusia en la medida que fue penalizado. Jaque semi mate.

Además, a un mes y diez días es poco tiempo para que las consecuencias de la invasión empiecen a hacer efecto profundo en Rusia. Aún quedan stocks de bienes y algunas reservas para maquillar la situación por un tiempo. Luego, Putin deberá mostrar pronto resultados concretos.

Entonces hay que revisar que hará Putin. Descartemos en un repliegue militar completo como solución. El daño no se cubre con retiradas y las atrocidades no se olvidan, por lo que las sanciones se sostendrán por largo tiempo .Y Rusia no soporta liderazgos de derrotados. Es posible que Putin y sus generales tomen las fuerzas del norte para enviarlas a Donbás y completar así el control de esa región. Necesitan una victoria y dejar de combatir a tres frentes. En el norte no solo se empantanaron por el deshielo, también por sus errores de cálculo.

Quizás intenten otra incursión sobre Kiev en el futuro habiendo reorganizado sus ideas y reforzado sus batallones, siendo Putin no debe descartarse. Pueden también completar el avance por el sur para privar a Ucrania de su costa e intentar asfixiarla en la mesas de negociaciones. Putin necesita un mapa de conquista territorial para mostrarle a los rusos que tanto sacrificio presente y futuro no es en vano y que el sueño imperial ruso sigue firme bajo su liderazgo. De allí que sea previsible que no se dé por vencido aun. Su supervivencia depende de ello.

Por lo pronto ya sabemos que instruyó a sus títeres en Donbás para que organicen un plebiscito para que los ciudadanos de Luhansky y Dontesk pidan ser integrados al territorio ruso. Quizás intenten lo mismo en el sur, si es que logran tomar Mariupol y Odesa. La “maniobra Putin” para anexarse territorios depende de que las zonas sean “limpiadas” previamente de pobladores que resisten la presencia rusa. El éxodo de a miles y la política de terror de parte de soldados y milicias prorrusas para lograrlo, presagian más masacres.

Dominar el sur ucraniano es vital además para establecer un corredor que llegue a Transnistria, la franja poblada por rusos étnicos en Moldavia en donde hay una gran base rusa que está siendo reforzada desde hace quince días. Esa espina en el flanco sur de la OTAN es crucial. Rusia sabe que no puede triunfar en un combate convencional contra occidente. Quizás las armas europeas y norteamericanas no sean tan buenas como dicen. Pero el hecho es que los tanques y aviones que arden en el campo de batalla son rusos y cayeron por las armas occidentales.

Sin expectativas de poder amenazar a la OTAN, solo le queda instalarse en Ucrania en una situación irregular que sostenga la tensión mientras espera que Occidente reconozca su ganancia territorial o negocie algo a cambio que deje de joder al mundo con sus guerras. Putin sabe que debe sostener la tensión dentro y fuera de Rusia.

De ese modo enrola a sus ciudadanos en una épica militarista que justifica cortar sus libertades individuales y las restricciones a las que los somete. Necesita un enemigo para no ser el enemigo. En el plano externo porque incluso con una economía en ruinas y un ejército dañado, aun representa una amenaza y un riesgo impreciso en el plano nuclear. En última instancia, puede deslizar que ante una amenaza extrema de Occidente, no le quedará otra que volar todo.

Para terminar, Putin sufrió once derrotas superpuestas, pero no puede admitir su derrota. Porque si lo hace, significaría su fin y el del grupo que lo acompañó en su aventura militar fallida, por ahora. Sabe que si erra de nuevo el camino a Kiev, puede terminar en La Haya. La guerra no termina. Zelensky no puede aceptar un trato que implique ceder territorios mientras sigue expulsando rusos en el norte. Sabe que Putin no se rendirá y que ya no puede pactar nada con un adversario que cavó una grieta insalvable con esa fosa común en Bucha.

PS: en este ajedrez, todo depende de si uno de los reyes sale del tablero. Incluso si quedaran frente a frente, un rey no puede comerse al otro. Estamos lejos de un jaque mate y el tablero humeante todavía tiene muchas piezas. Que el mundo de apiade de Ucrania mientras tanto.

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Nacho Montes de Oca

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