SeguridadEtiología de la ofensa sexual juvenil: modelo de triple riesgo delictivo

Etiología de la ofensa sexual juvenil: modelo de triple riesgo delictivo

Análisis

Lucía Delgado Parra
Lucía Delgado Parra
Graduada en Criminología por la Universidad Rey Juan Carlos. Colaboradora como psicóloga en prácticas en el Tratamiento para Delincuentes Sexuales Juveniles impartido en el Centro de Ejecución de Medidas Judiciales “Teresa de Calcuta”. Voluntaria en sesiones de justicia restaurativa impartidas en la Comunidad de Madrid.

la criminóloga, Lucía Delgado Parra, expone en este artículo las diversas tipologías de ofensores sexuales juveniles y los factores de riesgo asociados explicados a través de una equiparación al modelo del triple riesgo delictivo.

La delincuencia sexual forma parte de uno de los delitos de mayor gravedad, no únicamente por la sanción que conlleva sino también por la victimización que genera. Este tipo de delictivo es más común observarse en adultos, generando una gran alarma social su presentación en jóvenes, la cual existe y puede prolongarse hasta la adultez.

Es debido a ello por lo que se establece la necesidad de identificar aquellos factores de riesgo y patrón conductual que presentan estas conductas desde su iniciación para, de esta manera, ejercer una labor preventiva en sus primeros niveles, primario y secundario, que resulte eficaz en la eliminación de comportamientos sexuales desviados.

En este artículo se aglutinan diversas tipologías de ofensores sexuales juveniles, así como los factores de riesgo asociados explicados a través de una equiparación al modelo del triple riesgo delictivo realizado por Santiago Redondo en un contexto general de las conductas delictivas.

La violencia sexual constituye uno de los comportamientos violentos que más incide en la generación de un sentimiento de inseguridad a nivel global, adquiriendo una relevancia social de gran envergadura debido a los altos grados de victimización que son derivados de este tipo de comportamientos antisociales.

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Tenido en cuenta esta preocupación social, es de evidenciar la importancia que por tanto adquiere aquella violencia sexual generada por menores ofensores, haciendo alusión a los adolescentes con edades comprendidas entre los 14 y 17 años.

La notoria importancia de los delitos sexuales cometidos por adolescentes ha sido reflejada en numerosos estudios en los que se manifiesta que aproximadamente el 20% de las violaciones y entre el 30% y el 50% de los abusos sexuales a niños en Reino Unido eran cometidos por menores.

Tipología de ofensores sexuales juveniles

A partir de la información aportada por expertos criminólogos a lo largo de estos últimos años, se puede realizar una breve recopilación informativa sobre las diferentes tipologías o situaciones que se pueden dar en la comisión de delitos sexuales y que presentan una etiología diferente entre sí.

1. Ofensas realizadas por personas desconocidas para las víctimas

La ofensa sexual en la que participan personas que disponen de una relación previa puede verse precipitada por una motivación que resulte de la relación que mantienen tales como una revancha, una venganza o una discusión. Sin embargo, si las personas no se conocen con anterioridad, las circunstancias que facilitan la comisión de la agresión sexual pueden ser muy diversas.

Estos ofensores desconocidos presentan un riesgo mayor de ser reincidentes, no únicamente de un delito sexual sino también de delitos de cualquier naturaleza. Entre los individuos que cometen únicamente delitos de naturaleza sexual podemos distinguir a los agresores seriales que serían aquellos que cometen infracciones de manera continuada en el tiempo y escogen momentos para actuar en los que la víctima se encuentre indefensa, con ausencia de luz y de tráfico de gente.

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2. Ofensas realizadas por personas conocidas para las víctimas

Estos comportamientos suelen ocurrir en un contexto de confianza o de relaciones habituales entre amigos, compañeros o vecinos, entre otros. La base principal en la que se producen estos actos reside en las relaciones que se establecen entre chicas y chicos referentes al ámbito sexual.

En estas interacciones sexuales se pueden producir malentendidos o acciones mal interpretadas que crean confusión y, por lo tanto, el consentimiento no está del todo visible, siendo posible que una de las partes implicadas acepte la realización de ciertas actividades mientras que la otra no.

Lo habitual en una ofensa sexual es que la víctima sea conocida y, mayoritariamente, familiar. Según diversos estudios en torno al 60% de los ofensores conocen previamente a su víctima, mientras que únicamente aproximadamente en el 10% de los casos la víctima es una persona desconocida.

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3. Ofensas en el contexto de relaciones de pareja

Generalmente, entre dos personas que mantienen una relación sentimental o amorosa, las relaciones sexuales siempre están consentidas. No obstante, se pueden dar contextos en los que alguna de las dos partes no esté dispuesta o con las condiciones de salud necesarias para llevar a cabo este tipo de prácticas, por lo que se puede incurrir en una agresión o abuso sexual. 

Este tipo de ofensas pueden producirse en discotecas dónde una de las dos partes se encuentre bajo la influencia grave de tóxicos que generen un estado de inconsciencia en la persona y no disponga de la capacidad para decidir, o en situaciones donde no sea apropiado mantener relaciones sexuales como en sitios públicos o en presencia de más personas, a lo que alguno de niegue y se vea intimidado por el deseo sexual de su pareja. 

4. Agresiones sexuales en grupo

En este apartado, se utiliza la palabra agresión ya que las relaciones sexuales llevadas a cabo en grupo pasan a ser consideradas como agresión sexual, no cabe la posibilidad de ser abuso al ser ejercidas por más de una persona consistiendo en una intimidación derivada de la vulnerabilidad que dispone una persona ante dos o más. 

Las agresiones sexuales en grupo suelen ser producidas mayoritariamente por jóvenes, del mismo modo que la mayor parte de los delitos de distinta naturaleza también tienden a ser producidos en grupo. Esto se debe a la influencia que ejercen los miembros del grupo, el sentimiento de poder que tienen en compañía y la necesidad de impresionar a los miembros del grupo buscando una identidad común mediante la que se sientan identificados.

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De esta manera, la etiología que tienen estas conductas es diferente a las ofensas realizadas de manera individual, teniendo más peso en ellas los factores de riesgo sociales y culturales que los individuales. Del mismo modo, estas agresiones en grupo tienden a ser más violentas y agresivas, causan una elevada victimización que provoca daños tanto físicos como psicológicos más graves en la víctima. 

5. Ofensas sexuales cometidas por mujeres

A pesar de la poca relevancia social que se le otorga, las mujeres también pueden ser ofensoras sexuales. Si bien es cierto, los casos donde la mujer es la generadora de los hechos suelen ser muy escasos y poco conocidos ya que las víctimas masculinas sienten un rechazo aún mayor que las femeninas a denunciarlo. No obstante, lo más común en una mujer es realizar un abuso sexual a niños y en muy pocas ocasiones producirse una agresión sexual consistente en violación, presentando una etiología diferente que los ofensores varones.

6. Tipología de ofensores en función de la edad de sus víctimas

Entre las características criminógenas que presentan la variedad de ofensores sexuales juveniles también cabe diferenciarlas en función de la edad de la víctima. De esta manera, podemos establecer la existencia de ofensores sexuales de iguales o mayores y ofensores sexuales de menores. 

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En esta última clasificación existe una debate entre diversas investigaciones a la hora de establecer la edad de la víctima para ser considerada menor, mientras que en algunos estudios se determina como víctima menor aquella 4 años menor que el ofensor, en otros se considera como tal hasta los 12 años independientemente de la edad de aquel.

No obstante, otros eruditos establecen en sus investigaciones un criterio combinado entra ambas, es decir, para ser considerado como ofensor de menores la víctima tiene que ser menor de 12 años y que la diferencia de edad entre ambos sea al menos de 3 o 4 años, esta clasificación será la que se utilice en el presente artículo.  

Por su parte, hay otros autores que señalan diferencias entre los ofensores sexuales de menores y de iguales, encontrando que los primeros “presentan mayores déficits en el funcionamiento psicosocial, mayores alteraciones emocionales de ansiedad y depresión y son más propensos a abusar de familiares que de desconocidos”. 

En la misma línea, otros investigadores “hallaron diferencias significativas entre ambos grupos, presentando los agresores sexuales de menores un mayor índice de neuroticismo y una autoestima más deficiente; igualmente los agresores sexuales de menores aparecieron más frecuentemente como víctima de acoso escolar y presentaron un mayor aislamiento social”. 

Del mismo modo, los resultados obtenidos en el estudio previamente mencionado consistentes en la prevalencia en los ofensores sexuales de iguales de rasgos caracterizados por una mayor violencia tanto verbal como física relacionadas con la necesidad de poder y dominio, la mayor probabilidad de que la víctima sea mujer, de tener un historial delictivo previo y de que la agresión sea realizada en grupo, así como de que presenten un mayor absentismo escolar y un elevado consumo de drogas, serían rasgos que pondrían de manifiesto la similitud existente entre los ofensores sexuales de iguales con los infractores no sexuales.

Por el contrario, los ofensores sexuales de menores eligen víctimas de ambos sexos siendo esta de fácil acceso, tienden a cometer el hecho en solitario debido a la condición reprobable de la conducta en cualquier contexto cultural y presentan mayor probabilidad de haber sido víctimas de abuso sexual o de acoso escolar.

Delincuencia sexual juvenil y el modelo del triple riesgo delictivo

La Criminología española ha elaborado un modelo comprensivo de la delincuencia en general, de carácter integrador. Mediante este modelo se pretende explicar las dimensiones que inciden en la generación de un riesgo delictivo, así como realizar una predicción más exacta de esta conducta. 

Concretamente, este modelo se denomina Modelo de Triple Riesgo Delictivo – TRD y fue elaborado por Santiago Redondo. En este artículo se adapta a las peculiaridades de la conducta de la agresión sexual, por lo que se tratará de explicar dichas dimensiones de riesgo mediante la propuesta realizada por Santiago Redondo. 

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Dimensiones de riesgo personales

Los tres tipos de dimensiones de riesgo engloban factores que pueden ser estáticos -es decir, no se pueden modificar-, dinámicos que son aquellos que sí se pueden modificar y los parcialmente modificables. A nivel personal destacamos la existencia de los únicos factores estáticos compuestos por el sexo, la victimización, la iniciación precoz en el delito y factores relacionados con la genética, constitucionales y pre y perinatales.

Refiriéndose por un lado a la condición de ser varón, al ser la mayoría de las ofensas sexuales llevadas a cabo por varones y existir un porcentaje excesivamente bajo de ofensoras mujeres, condición esta última que no debe ser olvidada. El sexo masculino presenta unas características neuroendocrinas y psico-fisiológicas que le son propias y diferentes de aquellas del sexo femenino. 

Por otro lado, la condición de víctima es un factor de riesgo que facilita la ofensa. En muchos casos, los ofensores sexuales han sido objeto en la infancia de abusos sexuales, en ocasiones cometidos por familiares y otras por personas ajenas a la familia. No obstante, en ambos casos se crea una predisposición a repetir las mismas conductas vividas en edades más tardías.

Asimismo, se incluye entre la condición previa de víctima aquella derivada del acoso escolar. Diversos estudios muestran una mayor prevalencia de haber sufrido acoso escolar en aquellos jóvenes que abusan sexualmente de niños más pequeños. Del mismo modo, a partir de la experiencia de estos hechos traumáticos se generan una serie de emociones derivadas configurando a un individuo reacio a la cooperación social impidiendo que se genere una socialización efectiva.

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A nivel emocional los ofensores sexuales tienden a carecer de empatía, tener problemas de ansiedad, bajo autocontrol y autoestima, mostrar dificultades para controlar sus impulsos en general y sexuales en particular, presentando una serie de fantasías sexuales que se alejan de lo normal. 

Estas emociones se presentan como consecuencia de una experiencia traumática, pero también pueden deberse a alteraciones en el Sistema Nervioso o en el Sistema Endocrino de los individuos, es por ello por lo que se denominan factores de riesgo estáticos ya que eliminarlos resulta prácticamente imposible, de lo que se trata es de reducirlos y controlarlos.

Por el contrario, en caso de que únicamente se deban a la experiencia traumática o cualquier circunstancia influyente, estas emociones se presentan parcialmente modificables, cabiendo la posibilidad de que se puedan controlar de manera eficaz llegando incluso a eliminarlas. 

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En lo referente a la iniciación precoz en el delito, es un factor precipitante del comienzo de la carrera delictiva. Cuanto más larga sea esta carrera delictiva mayores serán las dificultades existentes para tratar de pararla. Este es el caso de niños de 7 u 8 años que se inician en la delincuencia bajo órdenes de sus progenitores con el objetivo de contribuir en los gastos familiares a través de los comportamientos antisociales. 

Si bien estos comportamientos no constituyen delitos sexuales, como se ha visto, no todos los delincuentes sexuales juveniles cometen únicamente delitos de esta naturaleza, por lo que esta iniciación precoz constituye un factor de riesgo estático en la delincuencia sexual juvenil. 

Estos comportamientos son aprehendidos a través de la propia familia y no deben confundirse con aquellos de naturaleza hereditaria. En esta línea, podemos destacar los factores genéticos, constitucionales o las complicaciones pre y perinatales. 

Es decir, determinadas características biológicas y hereditarias como pueden ser los altos niveles de testosterona, bajos niveles de serotonina, lesiones craneales o las alteraciones en el Sistema Nervioso o Endocrino mencionadas, son factores que pueden presentar los individuos con comportamientos antisociales. Lo cual no implica que todas las personas que dispongan de estas características pongan en práctica comportamientos antisociales, ya que al ser un fenómeno multifactorial se ven implicados otros factores. 

Igualmente, determinados problemas en el embarazo que causan consecuencias negativas en el desarrollo del feto como el consumo de alcohol o tabaco, o complicaciones en el parto generadoras de daños cerebrales o similares, forman parte de estos factores de riesgo estáticos.

Dentro de esta misma caracterización de factores de riesgo estáticos, también encontramos las alteraciones psicopatológicas. Tradicionalmente se ha considerado a los ofensores sexuales como personas con un trastorno mental que les incita a cometer las ofensas, sin embargo no existe evidencia científica que afirme este hecho, incluso la mayoría de las investigaciones reparan en la inexistencia de trastornos mentales en los ofensores.

Una minoría de estos presenta algún tipo de trastorno mental que no implica necesariamente la ofensa, sino que coexiste con el resto de los factores de riesgo aquí mencionados. Si bien es cierto, el diagnóstico más común es el del trastorno de conducta, según el estudio realizado por O’Reilly y Carr, siendo más común en los delincuentes que no solo cometen delitos de naturaleza sexual al presentar dificultades de comportamiento a nivel general, mientras que los ofensores únicamente sexuales sueles presentar problemas de conducta relacionadas con la conducta sexualmente coercitiva. 

Por su parte, sí es de evidenciar la existencia de distorsiones cognitivas, no estando relacionadas con trastornos mentales y siendo estas factores de riesgo dinámicos. Estas distorsiones cognitivas se deben generalmente a la educación tanto por exceso como por defecto, de lo que se hablará más adelante. Con ello se hace referencia a determinadas creencias o pensamientos que los ofensores tienen acerca de la sexualidad, de los valores sexuales o de cómo llevar a la práctica determinados actos de manera saludable. 

Errores en esta información pueden provocar que los jóvenes no sean capaces de anticiparse a las consecuencias de sus actos al no ser conscientes de la gravedad de estos, igualmente se crea un clima de justificación en cuanto al delito, impidiendo la contextualización como daño para los demás. 

De aquí se extrae la ausencia de una capacidad empática a nivel cognitivo, más común que la empatía emocional. Muchos ofensores sexuales son capaces de identificar sus emociones mostrando altos grados de afectividad. Sin embargo no sienten una empatía a nivel cognitivo que permita reconocer el daño causado al encontrarse los hechos en consonancia con las distorsiones cognitivas que presentan. 

Por otra parte, se identifica también como factor de riesgo parcialmente modificable el consumo abusivo de alcohol o de sustancias tóxicas. La ingesta de este tipo de productos provoca cambios en el estado de ánimo de los ofensores, genera desinhibiciones que impiden la elaboración de un pensamiento ordenado y lógico, favoreciendo la aparición de actitudes incontrolables violentas y agresivas.

En cuanto a esa violencia o agresividad, no es un rasgo característico de los ofensores únicamente de naturaleza sexual, es decir aquellos que no tienen un historial delictivo previo relacionado con delitos de naturaleza no sexual. Los que sí que disponen de ese historial presentan con más probabilidad actitudes agresivas o la utilización de la violencia en sus ofensas. 

En este sentido, se refiere a la influencia de las habilidades sociales de las que se disponga. En los ofensores sexuales se nota la clara carencia de habilidades sociales que permitan llevar a cabo unas prácticas sexuales adecuadas, las dificultades en la interacción con los demás generan un aislamiento social que contribuye a conformar un contexto proclive a la ofensa, en donde se requiere de la violencia o de la elección de víctimas vulnerables. 

De manera sintética, las variables de personalidad que generalmente presentan los ofensores sexuales juveniles consisten en dureza emocional, hostilidad e irritabilidad, impulsividad, falta de confiabilidad, búsqueda de sensaciones, baja tolerancia a la frustración, trastorno de estrés post- traumático o baja autoestima y autoconcepto negativo. Del mismo modo, pueden presentar diversos déficit como pueden ser en el razonamiento moral, en inteligencia, en inteligencia emocional o presentar bajo rendimiento académico.

Por último, es necesario tener en cuenta que no todos los ofensores sexuales juveniles muestran todos estos rasgos de personalidad, incluso pueden no llegar a presentar ninguno, debido a ello es por lo que se necesita prestar atención a las características individuales de cada caso para identificar los factores de riesgo que presenta. 

Dimensiones de riesgo en el apoyo prosocial

El apoyo prosocial es todo aquel que recibe una persona durante las etapas infanto juveniles y es otorgado por la familia, el grupo de iguales y los diversos mecanismos e instituciones de educación y socialización. La carencia de este apoyo prosocial genera una falta de factores de protección que contrarresten la influencia en una persona de los factores de riesgo mencionados, por lo que contribuyen a generar ese riesgo de tipo dinámico. 

En esta línea, se destaca principalmente las características de la familia y del entorno familiar del joven ofensor. En muchos estudios se considera como factor de riesgo pertenecer a una familia desestructurada, sin embargo esta no es una variable de riesgo en sí, lo que contribuye al riesgo es el estilo educativo que esa familia, ya sea estructurada o no, ejerza sobre sus hijos. 

Las pautas educativas negligentes pueden darse tanto en familias tradicionales como en familias de cualquier composición y esas negligencias son las que crean las distorsiones cognitivas de las que se hablaba en el apartado anterior. La educación facilitadora del riesgo consiste en la utilización del castigo físico de manera abusiva, la creación de un entorno familiar sexualizado donde se tengan experiencias sexuales o se consuma pornografía de manera temprana y normalizada que puedan provocar una hipersexualidad en los menores. 

Si bien es cierto, a pesar de que una familia desestructurada no constituya necesariamente un factor de riesgo, se suele repetir en muchos casos de ofensores sexuales la ausencia de la figura paterna sobre todo. Igualmente la ausencia de cualquiera de los dos progenitores o el abandono familiar también pueden ser desencadenantes de conductas antisociales. 

Del mismo modo, se hace referencia a la influencia del consumo abusivo de sustancias tóxicas o de alcohol, consistentes en factores propiciantes de actitudes violentas o agresivas que implican necesariamente conductas negligentes. 

Este tipo de pautas educativas y comportamentales que llevan a cabo en algunos núcleos familiares tiene diversas consecuencias que pueden consistir en factores de riesgo, sobre todo la falta de apego que se genera a nivel familiar. La familia es el principal factor de protección que puede haber, cuando esta se convierte en un factor de riesgo se crea un entorno precipitante a la actividad delictiva en general. 

En este sentido, se refiere a las agresiones sexuales llevadas a cabo en grupo. Estas agresiones son cometidas por personas que no únicamente cometen delitos de naturaleza sexual, sino que cometen delitos de diversas índoles motivándose y apoyándose unos en otros. Generalmente, estos grupos de iguales se encuentran unidos por relaciones afectivas más allá de la amistad, se configuran como una familia, poniendo en práctica estilos de vida marginales caracterizados por lo antisocial. 

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Es debido a ello por lo que el apego familiar y el clima afectivo en la familia ejerce un papel muy importante a la hora de evitar, prevenir o proteger a una persona de las actividades antisociales. No obstante, no es únicamente la familia la encargada de dar un apoyo social sino también todas aquellas instituciones públicas que están al servicio de la generalidad de las personas y tienen funciones relacionadas con la educación y socialización. 

Entre estas instituciones se destaca principalmente los colegios, la respuesta de los colegios o institutos ante acontecimientos antisociales se reduce únicamente al castigo generando un mayor aislamiento social y omitiendo otorgar ayudas sociales a personas con dificultades conductuales, así como reaccionando de manera pasiva ante el absentismo escolar, estado común entre estos adolescentes. 

Este aspecto se produce ante cualquier tipo de conducta antisocial, sin embargo la agresión o abuso sexual genera un mayor reproche social por lo que se crean barreras más fuertes que impiden proporcionar las ayudas necesarias ante estos problemas, así como la vergüenza tanto de la víctima como del agresor o de las familias se presenta como un hándicap que invisibiliza el problema y, por lo tanto, reduce las escasas posibilidades de apoyo social.

En cuanto a los grupos de iguales, constituyen otro de los aspectos dignos de estudio dentro de esta problemática. Como se ha mencionado estos grupos pueden convertirse en la segunda familia y por lo tanto seguir las reglas y normas que en ellos se establezcan. No obstante, no en todos los casos el grupo de iguales constituye una familia pero sí ejercen una gran influencia en el estilo comportamental de las personas, llegando a compartir el mismo estilo de vida ya sea antisocial o prosocial. 

Por último, dentro de esta dimensión de riesgo no se debe olvidar el papel tan importante que tiene la cultura y la construcción social sobre la masculinidad y la feminidad. Valores tradicionalmente transmitidos en las civilizaciones como ya ha sido desarrollado anteriormente. Sin embargo en este sentido se encuentra la paradoja, se transmiten valores alejados de la igualdad entre hombres y mujeres que predisponen la generación de conductas violentas y degradantes hacia las mujeres, pero el varón que ha sido educado en este contexto y lleva a cabo estas conductas no es aceptado socialmente. 

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Dimensiones de riesgo en las oportunidades delictivas

Los factores de riesgo de los que se ha hablado anteriormente interactúan entre sí, no es necesario que se den todos, incluso a veces resulta complicado establecer los factores predisponentes y precipitantes que conllevan la ofensa, tal y como ha sido comentado en alguna ocasión. 

En otros casos pasa todo lo contrario, hay algunos jóvenes que por sus circunstancias familiares, sociales y personales acumulan factores de riesgo de las dos dimensiones anteriores lo cual se conoce como modelo de riesgo acumulado.

A diferencia de este modelo, se encuentra el modelo de riesgo en escala. Este modelo hace referencia a aquellos jóvenes en los que interaccionan algunos de los factores de riesgo mencionados pero también inciden en él factores de protección provenientes del apoyo social generado por su familia, por su grupo de iguales o por las instituciones.

Las personas que se encuentran en el modelo de riesgo acumulado presentan mayores probabilidades de que se desencadene la conducta ofensora sexual, sobre todo si se presenta la oportunidad para llevarla a cabo, denominado riesgo situacional o de oportunidad. 

Estas situaciones que generan una oportunidad pueden estar protagonizadas por chicas solas en lugares oscuros, por la experimentación de una negativa a mantener relaciones sexuales, por verse instigado por su grupo de amigos o por tener a una persona vulnerable accesible, como podría ser algún miembro de la familia o conocido cercano. 

En definitiva, los riesgos situacionales o de oportunidad generan un menor peso en la comisión de la actividad antisocial, si bien en algunos casos podrían ser la única dimensión de riesgo participante en la acción, generalmente en los comportamientos antisociales de naturaleza sexual ejercen una mayor influencia las dos dimensiones anteriores que, complementadas con la presencia de una oportunidad delictiva, la ofensa sexual se precipitaría. 

Esta influencia puede verse en los casos clínicos en los que los sujetos presentan numerosos factores de riesgo tanto en la dimensión personal como en la dimensión de apoyo prosocial, mientras que los riesgos situaciones pueden presentarse más débiles. Es decir, en caso de que los factores de riesgo en las dos primeras dimensiones no existiesen es poco probable que se llevase a cabo el comportamiento antisocial con la mera presencia de la oportunidad delictiva.

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Lucía Delgado Parra

Graduada en Criminología por la Universidad Rey Juan Carlos. Colaboradora como psicóloga en prácticas en el Tratamiento para Delincuentes Sexuales Juveniles impartido en el Centro de Ejecución de Medidas Judiciales “Teresa de Calcuta”. Voluntaria en sesiones de justicia restaurativa impartidas en la Comunidad de Madrid.

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