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Las consecuencias de la invasión de Ucrania para Europa

Análisis

Juan Antonio Falcón
Juan Antonio Falcón
Juan Antonio Falcón Blasco estudió Derecho, especializándose en Derecho Internacional, Relaciones Internacionales y Unión Europea. Durante cuarenta años ha desarrollado su actividad profesional en organizaciones y empresas públicas y privadas, pero siempre cerca de las cuestiones internacionales. Fundó, presidió y es miembro del Consejo Aragonés del Movimiento Europeo. Pertenece al Team Europe de la Comisión Europea. Igualmente, fundó y presidió en Instituto de Relaciones, Geopolítica y Economía Internacionales.

Una reflexión sobre las consecuencias para Europa (y Occidente en general) de la agresión militar de Rusia a Ucrania.

Sin duda, la invasión de Ucrania es un ataque directo al orden de seguridad europeo y mundial establecido tras la Segunda Guerra Mundial y, por ello, también es una amenaza directa para la Unión Europea y lo que representa. Se trata de un desafío calculado a las democracias independientes en todo el orbe y a los valores que personifican: libertad, sobre todo la libertad, pluralidad, igualdad y respeto por el Estado de derecho y los derechos humanos. Y esto es así porque, desde el punto de vista de Vladímir Putin y del grupo de autócratas que gobiernan Rusia, este país no puede integrarse en Europa dado que la casta dominante rusa considera a Occidente como un sistema corrupto y decadente.

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El trasfondo de la invasión rusa de Ucrania

Por primera vez desde la guerra de los Balcanes de los años noventa, Rusia -o, mejor dicho, Vladimir Putin y su camarilla- ha desencadenado un hecho sin presentes: una guerra para invadir Ucrania sin ningún motivo. La diferencia con aquella guerra es que hoy no se trata de un conflicto interno, sino de una agresión por parte de una superpotencia nuclear a un país vecino sin mediar provocación.

Lo cual, aduciendo la motivación “geoestratégica” de la necesidad de un colchón defensivo dada la amenaza constante de Occidente y de la OTAN, quizás se suponía aceptable durante la Guerra Fría y en los años siguientes, pero actualmente es totalmente inaceptable. En cualquier caso, es necesario llamar la atención y denunciar la falsedad del relato malintencionado utilizado por Putin acerca de que no se ha dejado otra salida a Rusia.

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Al ordenar esta invasión, Putin mostró un descarado desprecio por el Derecho internacional (que a él le gusta invocar), y enumerar todas las normas internacionales conculcadas sería muy prolijo. En realidad, el presidente ruso con tal dinámica se ha aislado del resto del mundo y ha buscado su propio ostracismo.

Desde luego, no ha habido un evento comparable en Europa desde los tiempos de Hitler. Según las declaraciones de Putin, Ucrania no tiene derecho a existir como Estado soberano, a pesar de que es miembro de las Naciones Unidas, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, el Consejo de Europa, etc., y aunque la propia Rusia (bajo Boris Yeltsin) reconociera la independencia del país.

Putin afirmó que Ucrania es una parte inseparable de Rusia. La grandeza de Rusia y su posición internacional son lo único que aparentemente le importa. Pero el Kremlin quiere bastante más que Ucrania. Con esta guerra busca dinamitar todo el sistema europeo articulado desde la Segunda Guerra Mundial y que descansa sobre en la inviolabilidad de las fronteras.

Al tratar de volver a dibujar el mapa del Viejo Continente por la fuerza espera revertir el proyecto europeo y restablecer a Rusia como la potencia preeminente, al menos en Europa del Este. Las humillaciones que Rusia sufrió en la década de los años noventa deben ser borradas, y ésta tiene que convertirse en una potencia global una vez más, a la par de Estados Unidos y China.

Escapar de la prisión geopolítica del Kremlin

Según Putin, Ucrania no tiene tradición de Estado y ha devenido en una mera herramienta del expansionismo estadounidense, de la OTAN y de Occidente. Esto y otras burdas justificaciones, según el presidente ruso, representan una amenaza para la seguridad de Rusia. Lo que Putin y sus defensores no contemplan es que ya no estamos ni en la Edad Media, ni en la Rusia imperial, ni en el periodo soviético, cuando se podía tratar a los súbditos como se quisiera. Estamos en el siglo XXI.

Obviamente, frente a los hechos históricos, las declaraciones de Putin no tienen sentido. Su propósito principal, claramente, es dar a su propia población una justificación que le permita invadir Ucrania. Putin sabe que si a los rusos comunes se les diera a elegir entre una guerra para dominar Europa del Este y una vida mejor, preferirían lo segundo. Reparemos en que si el presidente de Rusia creyera realmente esa justificación, tuviera ese deseo de dominar Europa del Este, estaríamos frente a un personaje impredecible y un escenario aún más inestable.

De lo que Putin no parece darse cuenta es de que la tradicional política de Rusia basada en dominar a los pueblos extranjeros de su esfera de influencia hace que tales países se concentren en escapar de la prisión geopolítica del Kremlin. La expansión hacia el este de la Alianza Atlántica después de 1991 da fe de esta dinámica.

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Ucrania quiere unirse a la OTAN no porque la OTAN tenga la intención de atacar a Rusia, sino porque Rusia demostró de forma palpable su intención de atacar a Ucrania. Lo cual supieron prever rápidamente los países bálticos y el resto de países europeos anteriormente subyugados por el Pacto de Varsovia, ahora miembros de la UE y de la OTAN. No es baladí evocar que en la década de los noventa la propaganda rusa acusó a Occidente de albergar todo tipo de planes malvados. 

El proyecto imperial ruso siempre se ha caracterizado por una mezcla de pobreza interna, opresión brutal, paranoia florida y aspiraciones de poder mundial. Y, sin embargo, ha demostrado ser excepcionalmente resistente a la modernización, no solo bajo los zares y luego bajo Lenin y Stalin, sino también bajo Putin.

Simplemente, comparemos la economía de Rusia con la de China. Ambos son sistemas autoritarios, pero los ingresos per cápita chinos han crecido considerablemente mientras que los niveles de vida rusos han ido en declive. En términos históricos, Putin está retrocediendo a Rusia hacia el siglo XIX, en busca de una grandeza pasada, mientras que China avanza para convertirse en la superpotencia definitoria del siglo XXI.

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Si bien China ha logrado una modernización económica y tecnológica sin precedentes, Putin ha estado invirtiendo los ingresos de la exportación de energía de Rusia en gasto militar desmesurado, estafando, una vez más, al pueblo ruso y robándole su futuro.

Podría decirse que quizá Ucrania ha tratado de escapar de este ciclo interminable de pobreza, opresión y ambición imperial con una orientación cada vez más pronunciada hacia Europa. Pero, sin embargo, el problema real es que una democracia liberal al estilo europeo que funcione bien en Ucrania pondría en peligro el gobierno autoritario de Putin.

Resultados para Europa de la invasión de Ucrania

Hay que ser conscientes de que un bloque próspero como el europeo, disfrutando de una zona de confort a pesar del arco de inestabilidad en sus vecindarios del este y del sur, se mantuvo después de la caída del muro de Berlín en una dinámica que evitó actuar estratégicamente.

La Unión Europea y sus Estados miembros no tuvieron una percepción de amenaza. Y por supuesto, pese al desperezamiento que se produjo tras la firma del Tratado de Lisboa y, sobre todo, por la estupefacción que supuso la Administración Trump, no hubo una política exterior y de seguridad coherente y consistente que debería haber surgido después de las guerras yugoslavas de la década de los años noventa. El único éxito duradero fue la ampliación de la UE hacia el este. Lo cual, dados los inconvenientes que provocó, no se ha tenido como un logro por parte algunos dirigentes de los Estados miembros.

Más recientemente, hubo mucha autocomplacencia cuando los Estados miembros acordaron un enorme fondo de gastos (NextGenerationEU) para que las economías europeas se recuperaran de la pandemia de la COVID-19. También existió un elemento de presunción acerca de cómo fue la UE la que lideró el camino para abordar el cambio climático. Y el bloque incluso albergó ilusiones de que era hora de desarrollar su propio tipo de autonomía estratégica.

De hecho, da la sensación de que los avances realizados por la Unión Europea más han tenido que ver con los intereses de Berlín, al menos hasta ahora, que con un avance estratégico para colocar a Europa como actor de peso en el contexto mundial.

Todo este tramo ya se vino abajo con la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero de 2022 porque contrastó las teorías con las realidades como diría Ch. de Visscher. Aunque, en cualquier caso, nadie más que Putin ha sido capaz de hacer avanzar a Europa con una rapidez inusitada (en tan sólo unos días y tras décadas de lentos avances) hacia sus objetivos de autonomía estratégica y de una política de defensa común.

Lo cierto es que para Europa, y Occidente, ya no hay vuelta atrás a una zona de confort. De este contexto, Europa tendrá que afrontar y dar solución a varios temas cruciales. En primer lugar, la UE necesita una política estratégica hacia sus socios orientales. Esto significa reevaluar el modelo de ampliación y la política de vecindad, porque, en realidad, aún no tiene claros sus objetivos al respecto.

El futuro de las relaciones Unión Europea-Rusia

Es del todo lógico que la invasión rusa de Ucrania plantea grandes preguntas sobre las relaciones de la UE con Moldavia, Armenia, Georgia y, por supuesto, Ucrania (incluso posteriormente con Bielorrusia). El ataque militar de Rusia contra Ucrania ha hecho que estos países sean inseguros y vulnerables. Por tanto, requerirán una asistencia económica y política sustancial anclada en una nueva perspectiva sobre su relación a largo plazo con la UE mejor planteada que la desarrollada a través de Asociación Oriental que une a Bruselas con tales países.

En segundo lugar, con el parón de la certificación de Nord Stream 2 y con el abandono de Rusia por parte de las grandes empresas energéticas, incluidas BP y Shell, Europa tendrá que revisar su política energética por completo. No se puede continuar en el error cometido por Alemania y otros países de no querer ver los peligros de estar en las manos de la Rusia de Putin. Es posible que deba revisarse la decisión de eliminar gradualmente las plantas de energía nuclear como se preveía anteriormente.

En tercer lugar, esta vez sí, la UE debe encontrar la manera de convertirse en un actor viable en materia de defensa y seguridad que encaje con la OTAN. No hay duda de que, sin el presidente de Estados Unidos Joe Biden a la cabeza, la OTAN no se habría movido rápidamente para reforzar sus flancos este y sur, e incluso los gobiernos europeos se habrían demorado en imponer sanciones más duras a Rusia.

En cuarto lugar, Europa debería pensar qué relación tendrá con Rusia en un hipotético futuro y planear una relación tras la época de Putin. Si no hay males mayores, sería aconsejable promover un acercamiento entre Europa y Rusia. Además, en el fondo, Rusia sabe que tiene un mejor encaje cerca de Europa que bajo una creciente China.

Esto conlleva enormes riesgos relacionados con la reacción de Rusia. Pero la guerra en Ucrania ha trastornado el orden de seguridad europeo posterior a 1991. Dar marcha atrás ya no es posible. Configurar el futuro de Europa, Occidente y Rusia se está convirtiendo en una prerrogativa que los europeos deben aprovechar. Esta vez, con un sentido estratégico.

*Este artículo fue publicado el 4 de marzo de 2022.

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Juan Antonio Falcón

Juan Antonio Falcón Blasco estudió Derecho, especializándose en Derecho
Internacional, Relaciones Internacionales y Unión Europea. Durante cuarenta años ha
desarrollado su actividad profesional en organizaciones y empresas públicas y privadas, pero siempre cerca de las cuestiones internacionales.

Fundó, presidió y es miembro del Consejo Aragonés del Movimiento Europeo. Pertenece al Team Europe de la Comisión Europea. Igualmente, fundó y presidió en Instituto de Relaciones, Geopolítica y Economía Internacionales.

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