ActualidadNuevo orden mundial: ¿la geopolítica por delante de la economía?

Nuevo orden mundial: ¿la geopolítica por delante de la economía?

Análisis

Samuel Gil
Samuel Gil
Managing Partner en JME Ventures y creador de la Newsletter "Suma Positiva".

A nadie se le escapa que vivimos un momento de grandes cambios a nivel político y económico en la esfera mundial. En este artículo, Samuel Gil, partner de JME Ventures y autor de la Newsletter Semanal “Suma Positiva”, analiza de dónde venimos y hacia dónde va la economía global.

“Chimérica” (2000 – 2020)

Tras la Segunda Guerra Mundial creímos que aumentar la interdependencia económica entre países a través del comercio internacional sería la mejor forma de evitar futuros conflictos. ¿Cómo vas a entrar en guerra con países de los cuales depende en buena parte tu bienestar económico?

El “fin de la historia” de Fukuyama —el equilibrio estable que se alcanzaría cuando todas las naciones adoptasen la democracia liberal como forma de gobierno— estaba a la vista. ¿No había estado la flecha de la historia apuntando siempre a la diana de la globalización? 

Sin embargo algunos países —China, Rusia y los “petro-estados” de Oriente Medio, entre otros— se resistieron y persistieron en sus regímenes de partido único o sucedáneos.

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El mundo con los Estados Unidos a la cabeza siguió con su gran apuesta y se le dio a China la oportunidad de participar del comercio mundial, a pesar de que muchas de sus políticas y prácticas —tanto internas como externas— no cumplían con los requerimientos mínimos que se exigían a otros. Y tanto que China la aprovechó. 

China pasó a convertirse en el punto central de la economía mundial en cuanto a manufactura, comercio y cadenas de suministro se refiere, relegando a Estados Unidos, Japón y Alemania—antiguos centros—a un segundo plano. En 2021 China manufacturó bienes por un importe igual a la suma de los manufacturados en Estados Unidos y Europa. Por supuesto que China no fue la única que se benefició de este movimiento. 

Por un lado, las empresas de los países desarrollados vieron aumentar sus beneficios al externalizar su producción a China mientras se relamían ante la posibilidad —que nunca acabó de cuajar— de entrar en el gigantesco mercado chino. Por otro lado, los consumidores de estos países se beneficiaron del acceso a más productos y más baratos.

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Los que claramente “pagaron la fiesta” fueron los antiguos trabajadores de las fábricas, quienes se vieron relegados al paro o a ser los conserjes, cocineros o guardias de seguridad en empresas que hacían investigación y desarrollo en América y Europa y producían en China. Campo abonado para el “Make America Great Again” de Donald Trump y regado por el odio mimético que se generaba en las redes sociales. “Chimérica” —como así se llamó en algunos círculos a esta etapa— no era el anticipado “fin de la historia”, pero era una solución de compromiso que muchos estaban dispuestos a aceptar. 

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Punto de Ruptura (2020 – 2021)

Durante la crisis del COVID, la percepción de muchos sobre China fue que había superado a los Estados Unidos en vitalidad económica, estabilidad política y poder nacional. 

Por su parte, China, que había estado abriéndose al mundo durante los años de auge de la inversión extranjera, comenzó a cerrarse mucho más a causa de sus políticas de “Covid-zero”, así como por otros factores como el aumento de los costes de producción.

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En la cabeza de sus líderes comenzó a fraguar la idea de que los beneficios de la apertura al exterior ya no superaban a los costes de la misma en forma de pérdida de control de la sociedad y la economía. Desde entonces, China se quita la careta y comienza a mostrarse más agresiva en política exterior, como se ha visto con el “apoyo suave” a la invasión de Ucrania por parte de Rusia y a sus intenciones para con Taiwan. 

Como la guerra tiene cada vez más una componente tecnológica, los Estados Unidos han respondido restringiendo la exportación de chips y otras tecnologías de doble uso a China, anteponiendo sus intereses de seguridad nacional a los económicos. Y así es como el interés económico, principal motor de la etapa simbiótica anterior, va cediendo terreno al juego de suma cero del interés geopolítico de la nueva etapa en la que entramos, y en la cual la economía pasa a ser un ingrediente más. 

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Nuevo orden (2022 – ?)

Nos llevará un tiempo ver cuál es el nuevo orden mundial que se conforma tras la caída de Chimérica, lo cual dependerá además en gran medida de posibles eventos como guerras.  Para Noah Smith, algunas predicciones razonables sobre esta nueva etapa son las siguientes:

1. Las cadenas de valor globalizadas permanecerán. Las empresas han aprendido a operar de esta forma y lo tienen tan internalizado que no parece posible una vuelta atrás, al menos de forma inminente.

2. El mundo se fragmentará en varios bloques, cada uno de ellos albergando sus propias cadenas de valor.

  • Está bastante claro que China será uno de estos bloques. Lo único que importará del exterior serán materias primas y productos de bajo valor. La acción militar puede que sea necesaria para asegurarse algunos de estos suministros.
  • Es posible que en primera instancia los países desarrollados jueguen a intentar relocalizar parte de su manufactura internamente, pero, como decíamos, será más bien un espejismo o una mera estrategia electoral.
  • Lo más probable es que se conforme otro bloque parecido a lo que fue Chimérica pero compuesto por los Estados Unidos y sus aliados más otros países emergentes que vengan a reemplazar el rol de China. Los candidatos más claros son India y Vietnam, seguidos por Filipinas, Bangladesh, México o Turquía. La efectividad económica de este bloque dependerá de si se acompaña de coordinación política de algún tipo.

Creo que alguien ha sido capaz de encapsular todo lo anterior en un tweet:

“Si no te gustó la era de la hegemonía estadounidense, la globalización y la interdependencia económica, te va a encantar el orden multipolar emergente definido por una gran rivalidad entre potencias, revisionismo histórico por parte de los estados, proteccionismo económico y el resurgir del populismo nacionalista”.

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¿Qué le ocurrirá a la economía?

Según Russell Napier, la economía de los próximos 15-20 años no se parecerá en absoluto a la de los 40 anteriores. Se vienen años de elevada inflación y represión financiera por parte de los Estados. Veamos cuál es su teoría.

Desde los años 80, la economía ha estado guiada principalmente por el libre mercado. Sin embargo, entramos en una era en la que los gobiernos participarán mucho más activamente en la economía, tal y como sucedió entre el final de la Segunda Guerra Mundial y los años 80. No hablamos de una economía centralizada al estilo marxista, sino de lo que los franceses llamarían dirigismo. Es una vuelta al Keynesianismo.

¿Por qué está ocurriendo esto? Porque los niveles de deuda pública y privada son demasiado altos y nuestra economía no es ya capaz de tolerar una recesión normal sin asomarnos demasiado al precipicio de un colapso sistémico, como casi ocurre en 2008. Los gobiernos intervendrán una y otra vez para evitar que esto pase, pero claro esto tiene consecuencias negativas (spoiler: inflación y paro). 

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Para que podamos volver a tener una economía que funcione normalmente, tenemos que conseguir que el ratio de deuda (privada y pública) respecto al PIB disminuya. Y la forma de hacer esto más fácilmente es aumentando el crecimiento del PIB nominal. Así es como se hizo en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. 

El argumento central de la teoría de Napier es que los gobiernos han encontrado la forma de arrebatar el control de la política monetaria a los bancos centrales, uno de los paradigmas centrales de la economía de libre mercado de la que venimos. Lo hacen interviniendo el sistema bancario. En concreto, ofreciendo garantías para que los bancos presten dineros a los sectores que el gobierno considere en cada momento. Lo vimos durante la crisis del Covid, y lo veremos a futuro en proyectos destinados a combatir la desigualdad económica o el cambio climático, por ejemplo. 

De esta forma, como hay una relación directa entre el crédito, el dinero en circulación y el crecimiento nominal de la economía, los gobiernos serán capaces de hacer crecer artificialmente la economía por un tiempo y de disminuir el ratio deuda/PIB nominal del que hablábamos. La economía crecerá a una tasa real del 2% y el resto del crecimiento en términos nominales provendrá de la inflación. 

Para que el truco funcione, se necesitan dos cosas:

  • La inflación debe situarse en un rango entre el 4% y el 6%. Lo suficientemente alta para que los ahorradores vayan pagando la fiesta al ritmo requerido y lo suficientemente baja para que el robo no sea demasiado descarado.
  • Necesitas obligar a agentes importantes del sistema —aseguradoras y fondos de pensiones, principalmente— a comprar sistemáticamente deuda del Estado independientemente de su interés, de modo que el interés de la deuda—que tiene una relación inversa con su precio—no supere a la inflación. 

Esta es la represión financiera a la que nos referíamos. ¿Cuál es el problema de todo esto? El problema de todo esto es que la intervención del gobierno en la economía se traducirá en algún momento en paro, pues eso es lo que sucede tras años de asignar el capital ineficientemente por criterios que no son de mercado. 

Y a la combinación de paro con inflación es a lo que se denomina “estanflación” y es muy muy dolorosa. Y entonces es cuando de nuevo reclamaremos de nuevo un cambio a un régimen de economía de mercado, tal y como hicimos en los ochenta, algo que será factible gracias a que el nivel de deuda con respecto al PIB habrá bajado considerablemente. 

*Este artículo ha sido previamente publicado en la Newsletter Semanal, Suma Positiva, de Samuel Gil. Si te ha interesado este análisis te recomendamos suscribirte a la Newsletter de Samuel Gil en este enlace.

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