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¿Qué son las cookies y cómo afectan a tu privacidad?

Aprende qué son las cookies, cómo influyen en tu privacidad y qué pasos seguir para eliminarlas o configurarlas correctamente.

Cada vez que ingresas a una página web, dejas huellas digitales más profundas de lo que imaginas. Esa experiencia fluida que permite recordar contraseñas, mostrarte productos que te interesan o personalizar anuncios tiene un origen común: las cookies. Pero, ¿qué papel juegan realmente en tu privacidad y cómo puedes gestionarlas sin perder comodidad en la navegación?

¿Qué son las cookies?

Las cookies son pequeños archivos que los sitios web guardan en tu dispositivo con el fin de recopilar información sobre tu actividad en línea. Pueden registrar desde tus preferencias de idioma hasta los artículos que añadiste al carrito de compra. En términos simples, actúan como una memoria digital que ayuda a los sitios a reconocerte cuando vuelves.

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Aunque su propósito original era facilitar la experiencia del usuario, con el tiempo su función ha evolucionado. Hoy también se emplean para analizar hábitos de navegación y ofrecer contenidos o anuncios personalizados, lo que plantea un delicado equilibrio entre comodidad y privacidad.

¿Cómo afectan las cookies a tu privacidad?

Cuando aceptas las cookies de un sitio web, permites que este rastree parte de tu comportamiento en línea. Algunos usos son inofensivos (como almacenar el idioma predeterminado o recordar tus credenciales de inicio de sesión), pero otros pueden ser más invasivos. Existen cookies que crean perfiles detallados sobre tus intereses, edad, ubicación o consumo digital, alimentando sistemas de publicidad segmentada.

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Este intercambio de datos puede comprometer tu anonimato. Empresas publicitarias, redes sociales o intermediarios tecnológicos pueden conectar la información de distintas plataformas para obtener una imagen más completa de tu identidad digital. Por eso, entender cómo funcionan y aprender a gestionarlas es clave para proteger tu privacidad.

¿Qué tipos de cookies existen?

Existen varios tipos de cookies, clasificadas según su función y duración:

  1. Cookies técnicas o necesarias: permiten que la web funcione correctamente. Gestionan acciones básicas como mantener la sesión iniciada o procesar un pago.
  2. Cookies de preferencias: almacenan ajustes personalizados como el idioma o la región.
  3. Cookies estadísticas o analíticas: recopilan datos anónimos sobre cómo navegas, ayudando a mejorar el rendimiento del sitio.
  4. Cookies publicitarias o de marketing: rastrean tus hábitos para mostrar anuncios alineados con tus intereses. Son las más controvertidas en términos de privacidad.
  5. Cookies de terceros: creadas por servicios externos integrados en la web (como redes sociales o plataformas de análisis). Estas amplían el alcance del seguimiento a múltiples sitios.

Cada una tiene una influencia distinta sobre la experiencia de navegación y el nivel de exposición de tus datos personales.

¿Cómo eliminar las cookies?

Eliminar las cookies es un paso sencillo pero esencial para mantener el control sobre tu información. Puedes hacerlo directamente desde la configuración de tu navegador:

  • Google Chrome: en Configuración → Privacidad y seguridad → Borrar datos de navegación.
  • Mozilla Firefox: en Opciones → Privacidad y seguridad → Cookies y datos del sitio → Limpiar datos.
  • Safari: en Preferencias → Privacidad → Administrar datos del sitio web.
  • Microsoft Edge: en Configuración → Privacidad, búsqueda y servicios → Borrar datos de navegación.

También puedes configurarlo para que las cookies se eliminen automáticamente cada vez que cierras el navegador o para bloquearlas por completo, aunque esto puede afectar el funcionamiento de ciertos sitios.

¿Por qué las cookies son importantes para los sitios web?

Para las empresas, las cookies representan una herramienta de análisis fundamental. Permiten entender qué páginas son más visitadas, cuánto tiempo permanecen los usuarios o qué secciones necesitan mejoras. Sin ellas, sería más difícil optimizar la experiencia del visitante u ofrecer contenidos relevantes.

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Desde una perspectiva técnica, también ayudan a reducir la carga en los servidores y a mantener sesiones activas de forma segura. Por eso, aunque puedan parecer invasivas, muchas son necesarias para que los sitios funcionen correctamente.

Legislación y consentimiento del usuario

En Europa y gran parte del mundo, el uso de cookies se encuentra regulado por normativas como el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) y la Directiva ePrivacy. Estas leyes exigen que los sitios web informen al usuario sobre qué cookies utilizan y para qué fines, además de solicitar su consentimiento previo antes de instalarlas, salvo aquellas estrictamente necesarias.

De ahí surgen los avisos de «Aceptar» o «Personalizar» que ves al entrar en la mayoría de las páginas. Aceptar todo es rápido, pero gestionar las preferencias manualmente te da mayor control sobre la información que compartes.

Cómo mantener tu privacidad sin complicarte

No es necesario renunciar a la comodidad para navegar de forma segura. Aquí algunos consejos:

  • Revisa tus configuraciones de privacidad: ajusta qué tipos de cookies aceptas o rechazas.
  • Usa el modo incógnito: impide que se guarden cookies al cerrar la sesión.
  • Utiliza extensiones o navegadores enfocados en la privacidad, como Brave o DuckDuckGo.
  • Usa bloqueadores de anuncios, rastreadores y cookies.
  • Limpia tus cookies periódicamente: una limpieza mensual reduce el seguimiento acumulado.

No obstante, es importante mencionar que las cookies no son necesariamente malas. Su función es simplificar la vida digital y permiten que Internet sea más personal y funcional. Sin embargo, comprender su funcionamiento es esencial para ejercer un control consciente sobre tus datos. Con unas pocas prácticas de gestión, puedes disfrutar de una navegación más segura, sin sacrificar la personalización que tanto facilita tu día a día.

Madagascar: entre la protesta social, la intervención militar y las sombras de su pasado colonial francés

Este artículo analiza las causas que han llevado a esta situación de inestabilidad de la nación insular situada a la costa sureste del continente africano.

Las manifestaciones iniciadas hace semanas por jóvenes del movimiento Gen Z Madagascar contra la corrupción, la falta de oportunidades, servicios básicos y el deterioro institucional han desembocado en una ruptura del Cuerpo de Protección y Apoyo a las Instituciones del Estado (Capsat) (una unidad de élite de las fuerzas armadas) con el Gobierno del presidente Andry Rajoelina, y estos han declarado que asumen funciones de seguridad ante la «incapacidad del Estado».

Legado colonial francés

El análisis de la crisis malgache no puede separarse del legado histórico del dominio francés. Tras las guerras franco-hova (1883–1896), Madagascar se convirtió en colonia francesa, adoptando un sistema administrativo, jurídico y educativo alineado con el modelo de la metrópoli. La resistencia a la colonización culminó en el levantamiento de 1947, en el que los malgaches exigieron mayor autonomía dentro de la Unión Francesa, presentaron un proyecto en la Asamblea Nacional en París demandando independencia para la isla, proyecto que fue rechazado.

En consecuencia, el 29 de marzo de 1947, se produjo una insurrección nacionalista que fue brutalmente reprimida por las fuerzas coloniales francesas, dejando un saldo de más de 100.000 muertos para una población local de 4.000.000 en la época. Ese episodio dejó una profunda huella en la memoria colectiva y consolidó la percepción de Francia como potencia opresora.

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La independencia de 1960 no implicó una ruptura completa. Francia mantuvo vínculos económicos y militares a través un modelo de dependencia poscolonial, denominado Françafrique, que garantiza su influencia en sectores estratégicos, particularmente en el comercio y la defensa.

Todo lo anterior, unido a una falta de asunción real de los crímenes coloniales cometidos (en 2023, el presidente francés Emmanuel Macron reconoció «responsabilidades históricas» de Francia en la violencia colonial de 1947, pero evitó ofrecer disculpas formales) y la persistencia de temas no resueltos, como la soberanía sobre las islas Dispersas (territorios dispersos en el canal de Mozambique), han mantenido viva la tensión diplomática entre París y Antananarivo.

Pobreza estructural y fragilidad estatal

Según el Banco Mundial, más del 75% de la población vive por debajo del umbral nacional de pobreza, con un ingreso per cápita inferior a 500 dólares americanos anuales. La infraestructura básica presenta déficits crónicos: menos del 40% de la población tiene acceso constante a electricidad y menos del 60 % dispone de agua potable segura, según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Los cortes prolongados en 2025, provocados por la falta de inversión en redes hidroeléctricas y un sistema de distribución obsoleto, fueron el detonante inmediato del estallido social.

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La corrupción y la debilidad institucional han agravado esta situación. Transparencia Internacional ubica a Madagascar en el puesto 140 de 180 países en su índice de percepción de corrupción. Los escándalos de malversación de fondos públicos y los contratos opacos con empresas mineras extranjeras de la élite han minado la confianza ciudadana. En este contexto, las protestas de jóvenes urbanos reflejaron no solo una crisis de servicios, sino una erosión de la legitimidad política. Estas movilizaciones evocan a otras de la Generación Z que se han dado recientemente en países como Marruecos, Kenia o Nepal.

En este sentido, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos condenó el uso excesivo de la fuerza por parte de las autoridades durante las protestas en Madagascar, que dejaron más de una veintena de muertos y más de un centenar de heridos, según reportes de medios internacionales. La represión ha deteriorado aún más la confianza pública y ha reforzado la narrativa de que las instituciones civiles son incapaces de garantizar la justicia y la transparencia.

Geopolítica del Índico: Madagascar entre potencias

Madagascar ocupa una posición estratégica en el canal de Mozambique, una de las rutas marítimas más transitadas del mundo y punto de interés para el control energético y pesquero regional. En este espacio convergen los intereses de Francia, India, China y Estados Unidos, cada uno con agendas diferenciadas.

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Geopolíticamente, Francia sigue considerando al Índico como una zona de interés estratégico, debido a su presencia militar, ejercicios conjuntos y vínculos diplomáticos con estados insulares como Mayotte y La Reunión, que forman parte de su proyección regional. Por su parte, India ha incrementado su cooperación naval con Madagascar desde 2018 y China ha consolidado sus inversiones en infraestructura y minería, dentro de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

Sin embargo, la narrativa malgache ha ido virando hacia una demanda de soberanía y reparación histórica que condiciona cualquier apoyo exterior. La percepción local de involucramiento extranjero (incluso si es económico o diplomático) puede ser interpretada como neocolonial.

Continuidad de una historia de golpes militares

La intervención de Capsat en 2025 tiene precedentes directos. En 2009, la misma unidad respaldó el ascenso de Andry Rajoelina al poder tras un conflicto con el entonces presidente Marc Ravalomanana. Esa crisis derivó en sanciones internacionales y un aislamiento prolongado. Desde entonces, el ejército ha mantenido un papel ambiguo como garante del orden y, simultáneamente, árbitro político en momentos de crisis.

Analistas regionales advierten de que la falta de liderazgo civil alternativo podría facilitar una transición militar prolongada. Este patrón refleja una constante en la historia política del país desde la independencia, Madagascar ha experimentado episodios de inestabilidad y golpes de Estado, lo que ha debilitado la evolución política del país.

La crisis malgache muestra la acumulación de una sensación de abandono y la vigencia de narrativas que conectan problemas actuales con heridas históricas. La recomposición del poder en Antananarivo podría traducirse en reorientaciones de alianzas, en renegociación de contratos estratégicos (energía, minería, pesca) y en aperturas a socios externos que ofrezcan ayuda rápida.

¿Qué es el cibercrimen y cómo protegerse?

Este artículo explica qué es el cibercrimen y cómo actúa, desde fraudes y robos de datos hasta ataques que comprometen la seguridad de personas y empresas.

Internet forma parte de nuestra vida diaria: pagamos facturas, trabajamos, compramos y hablamos con amigos desde un ordenador o un móvil. Esa comodidad también ha abierto la puerta a nuevas amenazas, y el cibercrimen es una de las que más crece.

No hace falta ser una empresa para convertirse en objetivo. Un enlace fraudulento, una llamada sospechosa o conectarse a una red Wi-Fi pública pueden bastar para que un ciberdelincuente robe datos o acceda a nuestras cuentas. La prevención empieza con gestos básicos y atención a los detalles.

Qué es el cibercrimen

El cibercrimen reúne todo tipo de delitos cometidos con ordenadores, redes o dispositivos conectados. En la mayoría de los casos busca un beneficio económico, aunque también puede tener como objetivo la extorsión, el sabotaje o el robo de información valiosa.
Las técnicas son variadas.

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El phishing emplea mensajes o correos que imitan a empresas reales para engañar y obtener contraseñas. El malware (software malicioso) se infiltra para robar datos, bloquear sistemas o pedir un rescate. También están el robo de identidad, el acoso en redes o la intrusión en dispositivos privados.

Con la inteligencia artificial, los ataques son más precisos y creíbles. Los ciberdelincuentes ya pueden imitar estilos de escritura, generar mensajes impecables e incluso fabricar vídeos falsos (deepfakes) que parecen reales, lo que complica la detección y multiplica el riesgo.

Ejemplos de cibercrimen que conviene conocer

El cibercrimen no es algo que ocurra solo en grandes empresas o administraciones públicas. Muchos ataques empiezan con situaciones cotidianas. Por ejemplo, recibir un correo que parece de la compañía de mensajería con la que esperas un paquete, pero que en realidad contiene un enlace falso para robar tus datos. O un mensaje de WhatsApp de un supuesto «hijo» o «sobrino» pidiendo dinero urgente porque ha cambiado de número.

También es frecuente el fraude bancario por teléfono, donde un falso agente de seguridad te avisa de movimientos sospechosos y te pide que confirmes claves o realices transferencias. Incluso las aplicaciones falsas que imitan a otras populares pueden instalarse en tu móvil para recopilar contraseñas o acceder a tus fotos y contactos.

Conectarse a una red Wi-Fi abierta en un aeropuerto o una cafetería y acceder al correo o a la banca online sin protección también puede dar acceso a los ciberdelincuentes para interceptar la información. Estos ataques no requieren grandes conocimientos por parte de la víctima: basta un momento de confianza para que el daño esté hecho.

Cómo protegerse del cibercrimen

El Parlamento Europeo recuerda que la primera defensa está en el propio usuario. La Ley de Ciberresiliencia, aprobada en 2024, obliga a los fabricantes a garantizar la seguridad digital de sus productos durante todo su ciclo de vida, pero ninguna norma sustituye la precaución individual.

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Siete medidas clave pueden marcar la diferencia:

  • Desconfiar de mensajes o llamadas que pidan información personal.
  • Usar contraseñas largas y únicas para cada servicio.
  • Activar la autenticación en dos pasos.
  • Mantener actualizado el sistema y las aplicaciones.
  • Evitar redes Wi-Fi públicas para operaciones sensibles.
  • Revisar periódicamente los movimientos de las cuentas bancarias.
  • Instalar y mantener un software de seguridad actualizado.

En un escenario en el que lo físico y lo digital se mezclan sin que apenas lo percibamos, la ciberseguridad es tan necesaria como cerrar con llave al salir de casa.

Internet ofrece oportunidades inmensas, pero también es terreno fértil para quienes se aprovechan del descuido. La diferencia entre navegar seguro o convertirse en víctima sigue estando en la atención que ponemos cada día.


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Protección de datos personales: cómo mantener tu información segura en línea

Este artículo explica cómo proteger tus datos personales en internet y qué métodos utilizan los ciberdelincuentes para robar información, desde contraseñas y cuentas bancarias hasta la suplantación de identidad.

Cada día entregamos fragmentos de nuestra vida a internet: fotos, mensajes, compras, registros en webs. Lo hacemos casi sin pensar, pero esa información puede acabar en manos equivocadas con un simple clic mal dado.

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Los ciberataques ya no son cosa de películas. Son reales, constantes y cada vez más sofisticados. La clave para no convertirse en víctima está en adoptar hábitos digitales que actúen como un candado para tu vida online.

Cómo mantener tu información segura en línea

El primer paso es usar contraseñas fuertes: mezcla mayúsculas, minúsculas, números y símbolos. Nada de datos obvios como fechas o nombres. Un gestor de contraseñas es útil para no repetir claves ni olvidarlas.

Activa siempre la autenticación de dos factores. Ese código temporal que llega al móvil o a una app es un muro extra que frena a cualquiera que intente entrar sin permiso.

Mantén actualizado tu sistema, navegador y aplicaciones. Las actualizaciones cierran puertas que los atacantes intentan forzar. Lo mismo con el antivirus: activo y al día.

Evita conectarte a redes Wi-Fi públicas sin protección. Si no queda otra, utiliza una VPN para cifrar la conexión. Y antes de introducir datos en una web, comprueba que sea legítima y que tenga «https» en la dirección.

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En redes sociales, limita la información que muestras. Cuantos menos datos expuestos, menos material tendrán para suplantarte. Y en el correo, desconfía de mensajes que pidan información personal: revisa el remitente y no abras enlaces sospechosos.

Por último, borra información que ya no uses y haz copias de seguridad periódicas. Así reduces riesgos y recuperas tus datos si algo sale mal.

¿Cómo roban tu información en internet?

La técnica más común es el phishing: un ciberdelincuente se hace pasar por una empresa o persona de confianza, envía un mensaje convincente y dirige a la víctima a una web falsa. Allí, el usuario introduce sus datos creyendo que está en un sitio legítimo.

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Con esa información en sus manos, el atacante puede vaciar cuentas bancarias, usar tarjetas de crédito, vender datos en la web oscura o suplantar tu identidad para cometer otros fraudes. En algunos casos, incluso te bombardearán con publicidad o nuevas estafas.

Protegerse no es complicado, pero exige constancia. No se trata de vivir con miedo, sino de moverse por internet con la misma prudencia que en la vida real. En la red, la mejor defensa es anticiparse.


 
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¿Cómo protegerte contra el robo de identidad en línea?

Este artículo ofrece estrategias prácticas para protegerte contra el robo de identidad en línea y presenta herramientas clave que refuerzan tu ciberseguridad personal.

Tu nombre, tu dirección, tus fotos, tus gustos, tus movimientos bancarios. Cada uno de esos datos vive en algún rincón de la red. Algunos los diste tú. Otros, quizá sin saberlo. Y otros más, simplemente los sacaron de tus huellas digitales.

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Internet no olvida y, si no sabes cómo proteger tu identidad, tampoco perdona. Hay quien piensa que esto solo le pasa a los famosos, pero no. Es un error. Tu información interesa, y mucho. Y si cae en manos equivocadas, el problema no es virtual. Es real, costoso y duradero.

¿Qué es el robo de identidad y por qué debería preocuparte?

El robo de identidad ocurre cuando alguien se apropia de tus datos personales para hacerse pasar por ti. No necesita conocerte. Le basta con saber dónde encontrar lo que tú mismo (quizá sin querer) has ido dejando por ahí: nombre completo, DNI, fecha de nacimiento, dirección, datos bancarios, acceso a tus redes. Con eso puede abrir cuentas a tu nombre, contratar servicios o pedir créditos.

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Es un delito que puede complicarte la existencia durante meses o incluso años. Perder dinero es solo el primer golpe. Lo peor llega después: demostrar que tú no hiciste esas compras, limpiar tu historial financiero, recuperar tu nombre.

Los ladrones de identidad utilizan métodos que van desde ataques de phishing disfrazados de mensajes oficiales hasta filtraciones masivas de datos o malware que se cuela en tus dispositivos. Una vez dentro, ya no hay marcha atrás.

Cómo protegerte contra el robo de identidad en línea

La única forma de evitarlo es tomar el control de tu seguridad digital, y estas son algunas claves que deberías tomar en cuenta.

Contraseñas y autenticación

No repitas contraseñas. Usa combinaciones largas, con mayúsculas, minúsculas, números y símbolos. No pongas el nombre de tu perro, ni tu fecha de nacimiento. Si no puedes recordarlas todas (es normal), usa un gestor de contraseñas. Hay herramientas fiables como Bitwarden o 1Password que hacen ese trabajo por ti y de forma segura.

Activa la autenticación de dos factores (2FA) siempre que puedas.

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Ciberseguridad personal

No te conectes a redes Wi-Fi públicas sin protección. Si no hay más remedio, usa una VPN. Es como enviar tus datos por un túnel cifrado, lejos de miradas ajenas. Hay opciones gratuitas, aunque las más fiables suelen ser de pago.

Mantén actualizado tu sistema operativo, tu navegador y todas tus apps. Muchas brechas de seguridad aparecen porque alguien olvidó instalar un parche a tiempo.

Instala un antivirus bueno No sirve cualquiera. El que viene por defecto en tu dispositivo puede no ser suficiente. Y no olvides revisar periódicamente tu configuración de privacidad en redes sociales. No todo lo que compartes debería estar al alcance de cualquiera.

Por último, vigila tus cuentas bancarias. Si ves algo raro, actúa. No esperes. Notifica al banco, cambia las contraseñas y, si es necesario, denuncia.

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Seguridad en redes sociales: 10 consejos para proteger tu privacidad online

Este artículo recopila consejos concretos para proteger tu privacidad en redes sociales y te guía en el uso de configuraciones clave que refuerzan tu seguridad digital diaria.

Vivimos gran parte de nuestras vidas en línea, compartiendo fotos, opiniones y rutinas con una facilidad que habría sido impensable hace solo unos años. Las redes sociales nos conectan, informan y entretienen, pero también recogen una cantidad abrumadora de datos personales. Y no todos los usos que se hacen de esa información son inocentes.

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Muchas veces entregamos la privacidad a cambio de likes, visibilidad o servicios gratuitos. Lo preocupante no es solo lo que publicamos, sino lo que permitimos que se recoja sobre nosotros. Aplicaciones que acceden al micrófono, permisos exagerados, ubicaciones activadas por defecto… todo eso deja un rastro que puede explotarse con fines maliciosos.

Los peligros más comunes de la privacidad online

El entorno digital está plagado de riesgos que evolucionan constantemente. Uno de los más extendidos es el malware, que puede colarse en el móvil o el ordenador solo con abrir un enlace infectado o descargar una app dudosa.

Lo mismo ocurre con el phishing: correos o mensajes que se disfrazan de tu banco o de una empresa conocida para robarte información. Cada clic que das puede ser una puerta de entrada para un atacante.

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A esto se suma el robo de identidad, un problema creciente. Basta con que alguien acceda a tus contraseñas o a una copia de tu DNI para suplantarte, pedir préstamos, abrir cuentas falsas o incluso cometer delitos a tu nombre.

La sextorsión, por otro lado, ha crecido alarmantemente en los últimos años: alguien consigue material íntimo tuyo y te amenaza con hacerlo público si no pagas.

Pero los riesgos no se limitan al plano digital. Publicar, por ejemplo, que estás de viaje, deja tu casa expuesta a robos. Y si compartes demasiados detalles sobre tu vida privada, tu imagen pública puede verse afectada. En contextos laborales, una publicación antigua o un comentario desafortunado puede cerrarte puertas sin que te enteres.

Cómo proteger tu privacidad en redes sociales

Para mantener tu información a salvo, hay medidas muy concretas que puedes tomar desde hoy:

  1. Crea contraseñas únicas y fuertes. No repitas claves y combina letras, números y símbolos.
  2. Activa la autenticación en dos pasos. Una capa extra que complica mucho el acceso a terceros.
  3. No compartas tus contraseñas con nadie. Ni amigos, ni familiares. Nadie.
  4. Configura bien la privacidad de tus perfiles. Revisa quién puede ver qué y ajústalo a tu gusto.
  5. Evita aceptar a desconocidos. No todo el mundo que te sigue tiene buenas intenciones.
  6. No publiques información sensible. Teléfonos, direcciones, planes personales… mejor mantenerlos fuera de foco.
  7. Desactiva la geolocalización cuando no sea necesaria. No hace falta que el mundo sepa dónde estás en cada momento.
  8. Ten cuidado con los enlaces y archivos. No abras lo que no esperas o no reconoces.
  9. Controla lo que publicas. Las redes tienen memoria. Piensa si te sentirías cómodo viendo eso dentro de cinco años.
  10. Actualiza tus dispositivos. Muchas brechas de seguridad se aprovechan de software desactualizado.

No hace falta desaparecer de las redes, ni mucho menos. Basta con ser consciente de lo que compartes, con quién y cómo. Un gesto tan simple como revisar los permisos de una app o cambiar una contraseña puede marcar la diferencia. Porque en la red, quien no se protege, se expone.

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Qué es el hacktivismo

En un mundo donde las protestas ya no necesitan pancartas ni calles, el hacktivismo se ha convertido en una herramienta de presión tan disruptiva como polémica. Pero ¿quién está detrás de estos ataques digitales y qué buscan realmente?

El término suena reciente, pero su trasfondo arrastra décadas de evolución digital y desobediencia ideológica. El hacktivismo surge como un cruce entre el mundo del hacking y el activismo tradicional, trasladado al terreno más volátil del siglo XXI: el ciberespacio. No se trata de simples bromas informáticas ni de delitos sin sentido.

Hablamos de una forma de protesta que emplea herramientas digitales para golpear la infraestructura digital de gobiernos, empresas, medios y cualquier organización que el hacktivista considere parte del problema.

Este fenómeno ha ganado peso con los años. Ya no es un asunto anecdótico de foros marginales. En algunos contextos, es incluso percibido como una extensión de los movimientos sociales de calle. La diferencia es que aquí no hay pancartas ni megáfonos: hay código, vulnerabilidades explotadas y ataques bien dirigidos.

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Las herramientas son líneas de código, brechas de seguridad y acciones informáticas planificadas. Lo que antes era una manifestación en una plaza, hoy puede traducirse en tirar abajo la web de un ministerio o filtrar documentos internos de una multinacional.

El hacktivista usa sus conocimientos técnicos con una intención muy clara: empujar una causa, señalar a los poderosos o poner en jaque un sistema que considera injusto. Las razones son tan diversas como los métodos, pero en el fondo todo gira en torno a lo mismo: hacer ruido en un entorno que, supuestamente, lo controla todo.

Técnicas habituales del hacktivismo

Una de las acciones más frecuentes es colapsar un sitio web mediante un aluvión de accesos simultáneos. Esto se conoce como ataque DDoS. El objetivo no es robar información, sino dejar fuera de servicio una página clave, como puede ser la de un organismo público o una gran empresa. Así, se fuerza a la opinión pública a mirar hacia donde el grupo quiere.

También es habitual acceder a sistemas internos y sacar a la luz datos sensibles: correos electrónicos, bases de datos, documentos privados. Esta táctica busca provocar impacto y abrir debates incómodos. No hace falta irse muy lejos para encontrar ejemplos. El caso de WikiLeaks lo ilustra perfectamente, una organización que ha logrado poner contra las cuerdas a gobiernos enteros con la publicación de información clasificada.

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Otra vía consiste en modificar el contenido visible de una página web. Cambiar el mensaje, mostrar una imagen crítica, dejar claro que el sistema ha sido vulnerado. Este tipo de intervención tiene un componente simbólico fuerte: no sólo afecta la operación del sitio, también lanza un mensaje directo al público.

Por otro lado, hay quienes optan por el doxing: exponer públicamente información personal de individuos concretos. Puede tratarse de funcionarios, ejecutivos o personas vinculadas a una organización específica. Es una forma de presión que mezcla activismo con intimidación.

¿Qué motiva a un hacktivista?

Detrás del teclado no siempre hay un perfil homogéneo. Algunos buscan justicia social, otros notoriedad. Los hay que se alinean con causas políticas muy concretas, y también quienes simplemente quieren mostrar las grietas del sistema. Lo que sí comparten casi todos es una profunda desconfianza hacia las estructuras tradicionales de poder.

El hacktivismo no funciona con jerarquías claras. Colectivos como Anonymous lo dejan claro: no hay líderes, ni un manifiesto único, ni una línea ideológica cerrada. Pueden actuar coordinados, pero también de forma espontánea.

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No obstante, sus acciones no están exentas de polémica. Algunas rozan el activismo digital legítimo. Otras cruzan la línea de lo legal, con consecuencias penales para quienes las ejecutan.

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Las claves para crear contraseñas seguras (y evitar sustos digitales)

Este es el manual que deberías haber leído antes de usar la misma contraseña en todas tus cuentas. Aquí tienes los consejos clave para crear contraseñas seguras, según las recomendaciones de Microsoft y Google. 

Proteger tus cuentas digitales empieza por algo tan básico como elegir bien tu contraseña. Parece algo obvio, pero todavía hay quien sigue usando «123456» o el nombre de su perro como clave de acceso.

Lo preocupante no es solo que esas contraseñas sean débiles, sino que muchos las reutilizan en varios sitios, dejando la puerta abierta a ataques en cadena.

Según datos de expertos en ciberseguridad, la mayoría de brechas en cuentas personales no se producen por fallos técnicos, sino por errores humanos: contraseñas fáciles de adivinar, credenciales filtradas en otras webs o simplemente una mala gestión de la seguridad. Y lo peor es que no hace falta ser hacker para aprovecharse de eso.

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Crear una contraseña segura no cuesta nada y puede marcar la diferencia entre mantener tu privacidad o exponer tus datos a cualquiera.

Estos son los consejos para crear una contraseña segura

Desde Microsoft ofrecen una guía bastante clara para que cualquier usuario pueda reforzar la seguridad de sus cuentas. Estos son algunos de los puntos clave:

  • Apuesta por contraseñas de al menos 12 caracteres. Si puedes llegar a 14 o más, mejor.
  • Mezcla mayúsculas, minúsculas, números y símbolos.
  • Evita palabras de diccionario, nombres propios, productos o lugares conocidos.
  • Nada de claves recicladas. Cada cuenta debe tener su propia contraseña.
  • Tiene que ser fácil de recordar, pero difícil de adivinar para otros. Por ejemplo: «VacacionesEnTokio2023+».

Además, tanto Microsoft como Google recomiendan evitar cualquier tipo de información personal. Nada de fechas de nacimiento, teléfonos o nombres de familiares. Son datos fáciles de encontrar o deducir.

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Otra opción útil es combinar una base fija con algo relacionado con el servicio. Si tu clave maestra es «ClaveUltra+2024», podrías usar «gmClaveUltra+2024» para Gmail o «igClaveUltra+2024» para Instagram.

Así debes proteger tus contraseñas según Microsoft y Google

Una contraseña segura pierde todo su valor si no la gestionas bien. Desde Microsoft recuerdan varios puntos esenciales:

  • No compartas tu contraseña con nadie. Ni con amigos ni familiares.
  • No la envíes por correo, WhatsApp o similares.
  • Usa una contraseña única por cada plataforma.
  • Si te resulta difícil recordarlas, utiliza un gestor de contraseñas. Microsoft Edge incluye uno, y Google también permite gestionarlas desde la cuenta de usuario.
  • Cambia tu contraseña inmediatamente si sospechas que alguien ha podido acceder sin permiso.

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Google, por su parte, insiste en la importancia de añadir una capa extra de seguridad activando la verificación en dos pasos. Esta función requiere, además de tu contraseña, un código que sólo tú puedes generar desde tu móvil. Es una forma sencilla de blindar tus cuentas frente a accesos no autorizados.

Otra recomendación útil: si apuntas tus contraseñas en papel, que no sea en un sitio obvio. Mejor aún, apunta pistas que sólo tú entiendas. Por ejemplo, si tu contraseña es «RomaPrimavera2024#», anota «viaje favorito».

Ambas compañías también alertan sobre los intentos de suplantación. Si recibes un correo o llamada pidiéndote tus credenciales, aunque parezca legítimo, desconfía. Nadie serio te pedirá nunca tu contraseña por esos medios.

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¿Qué es un antivirus y por qué lo necesitas?

Guía clara para entender qué hace un antivirus, cómo te protege y por qué sigue siendo esencial en la actualidad. Si quieres aprender más, te recomendamos el Curso de Concienciación en Ciberseguridad de LISA Institute.

Un antivirus es una pieza clave de la seguridad digital. Actúa como un guardián que previene, detecta y elimina software malicioso antes de que cause daños, robe datos o interrumpa la actividad de un dispositivo. Aunque nació para combatir virus informáticos, hoy protege frente a una amplia variedad de amenazas como troyanos, spyware, ransomware y más.

Qué es un antivirus

Un antivirus es un programa diseñado para prevenir, detectar y eliminar código malicioso en ordenadores, móviles y redes antes de que cause daños. Funciona como un servicio en segundo plano que analiza archivos, procesos y tráfico entrante para identificar comportamientos o firmas propias de código malicioso y neutralizarlos en tiempo real. Con el tiempo, su función se ha ampliado para bloquear enlaces maliciosos, phishing y sitios peligrosos, además de limpiar infecciones cuando aparecen.

¿Qué protege un antivirus?

  • Malware es el término paraguas que engloba virus, gusanos, troyanos, spyware, adware, ransomware, rootkits y más.
  • Virus: se autorreplican insertando su código en otros programas, pudiendo dañar datos y el funcionamiento del sistema.
  • Troyanos: se disfrazan de software legítimo para lograr acceso y, desde ahí, robar información, registrar teclas o abrir puertas traseras.
  • Spyware: espía la actividad del usuario para extraer datos sin permiso, a menudo afectando la experiencia y privacidad.
  • Ransomware: cifra archivos o bloquea el dispositivo y exige un pago para devolver el acceso, con modelos criminales como “RaaS” que han disparado su alcance.

Cómo funciona un antivirus en la práctica

Un buen antivirus monitoriza en tiempo real, analiza descargas, archivos, adjuntos y páginas web, y detiene la ejecución de elementos maliciosos antes de que se propaguen. Cuando detecta una amenaza, suele aislarla en cuarentena para impedir que afecte al resto del sistema y permite su eliminación segura. Además, muchos programas incluyen escaneos bajo demanda y al acceder, filtros anti‑phishing en el navegador y módulos para bloquear enlaces o sitios peligrosos.

Por qué necesitas un antivirus

  • Ningún sistema operativo es invulnerable y las protecciones integradas no cubren todos los vectores, especialmente si se usan navegadores o servicios de terceros fuera del ecosistema del fabricante.
  • Las amenazas no desaparecen: cada día surgen nuevas variantes de malware que buscan vulnerar dispositivos y datos.
  • El volumen y la variedad de amenazas nuevas es constante, por lo que contar con capas adicionales de detección y respuesta reduce el riesgo de infección y pérdida de datos.
  • Las amenazas actuales no solo buscan dañar el equipo: persiguen robar credenciales, secuestrar archivos, vigilar actividad y monetizar el acceso a tus sistemas, lo que exige controles proactivos.
  • Protección más allá del sentido común: incluso webs conocidas pueden servir anuncios maliciosos, por lo que un antivirus añade una capa crítica si algo se cuela.

¿Y si ya tienes protección integrada?

Windows, macOS y otros sistemas cuentan con mecanismos, pero depender exclusivamente de estas capas puede dejar huecos. Por ello, una solución de terceros suele ampliar la cobertura y añadir funciones de endurecimiento. La prudencia reduce riesgos, por eso se recomienda mantener un antivirus activo como barrera de contención. Además, los actores maliciosos usan tácticas automatizadas y de ingeniería social que evolucionan constantemente, lo que hace valiosa una protección en tiempo real con actualizaciones frecuentes.

Qué buscar en un antivirus

  • Detección combinada (firmas+heurística+comportamiento) con actualizaciones automáticas.
  • Protección web y anti‑phishing, además de cortafuegos o endurecimiento del navegador si es posible.
  • Módulos anti‑ransomware, y funciones de cuarentena y recuperación fiables.
  • Consumo ligero de recursos y compatibilidad con tus dispositivos y sistema operativo.

Consejos para elegir y usar un antivirus

  • Prioriza la protección en tiempo real, la detección por comportamiento, el filtrado web anti‑phishing y las actualizaciones frecuentes.
  • Evalúa los que integren firewall, gestor de contraseñas o protección de identidad si se busca una solución todo en uno.
  • Mantén el software siempre actualizado: bases de firmas y motores son clave para detectar amenazas emergentes.
  • Complementa con hábitos seguros: copias de seguridad regulares, desconfianza ante adjuntos/enlaces, y descarga solo desde fuentes oficiales.

Buenas prácticas junto al antivirus

  • Mantener sistema y apps actualizados para cerrar vulnerabilidades que explotan virus, gusanos y troyanos.
  • Activar análisis en tiempo real y programar escaneos regulares para detectar amenazas latentes.
  • Ser cauto con adjuntos, descargas y enlaces. El antivirus ayuda, pero la higiene digital sigue siendo esencial.
  • Hacer copias de seguridad periódicas para mitigar el impacto de ataques ransomware o corrupción de datos.

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Ciberseguridad: qué es, tipos y amenazas actuales

Este artículo explica qué es la ciberseguridad, los tipos de protección más importantes y las amenazas que siguen creciendo en el entorno digital.

Cada clic, cada acceso a la nube o dato que compartimos deja una huella que puede quedar expuesta si no se protege bien, y ahí es donde entra en juego la ciberseguridad.

Podría decirse que esta actúa como una capa invisible de protección. Una barrera que detecta y frena peligros que muchas veces ni se ven. Filtra amenazas, bloquea intrusos y mantiene a salvo lo esencial.

¿Qué es la ciberseguridad?

La ciberseguridad puede definirse como el conjunto de prácticas, tecnologías y decisiones que protegen los sistemas informáticos, los datos y las redes frente a ataques digitales. Es una estrategia completa que busca prevenir robos, sabotajes, fraudes y accesos no autorizados.

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El campo de la ciberseguridad está en constante evolución. Los atacantes no descansan y sus métodos son cada vez más creativos. Desde el ransomware que bloquea sistemas enteros hasta el phishing que intenta engañarte por correo para robar tus credenciales, las amenazas cambian, se adaptan y se camuflan. Por eso, una buena defensa no se basa en una única herramienta, sino en una combinación de políticas, hábitos, formación y tecnología.

Tipos de seguridad digital que necesitas conocer

No toda protección digital es igual. Dependiendo de qué se quiera salvaguardar, existen distintas áreas:

  • Seguridad de red: Protege la infraestructura de comunicaciones frente a accesos no autorizados. Supervisa el tráfico, detecta actividades sospechosas y establece controles para mantener la integridad de la red.
  • Seguridad de dispositivos (endpoint): Asegura ordenadores, móviles, tablets y otros dispositivos conectados frente a amenazas como malware, accesos remotos no autorizados o ataques dirigidos.
  • Seguridad en la nube: Garantiza la protección de los datos, aplicaciones y servicios alojados en entornos cloud. Incluye cifrado, control de accesos y monitorización continua.
  • Seguridad de aplicaciones: Previene vulnerabilidades en el software, tanto durante el desarrollo como en su uso. Refuerza las aplicaciones frente a ataques como inyecciones de código o accesos indebidos.
  • Gestión de identidades y accesos (IAM): Regula quién accede a qué recursos dentro de una organización. Incluye autenticación multifactor, control de privilegios y auditoría de actividad.

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Estas capas actúan de forma complementaria para reducir riesgos, contener incidentes y garantizar la continuidad de las operaciones en un entorno cada vez más digitalizado.

Principales amenazas de ciberseguridad que siguen creciendo

El mayor problema de las amenazas actuales no es solo su volumen, sino su capacidad para camuflarse. Estas son algunas de las técnicas más frecuentes hoy:

  • Phishing: Correos o mensajes que imitan a empresas conocidas para engañar al usuario. Suelen pedir que verifiques tu cuenta o accedas a un enlace falso. Su objetivo es robar contraseñas, datos bancarios o identidades.
  • Ransomware: Bloquea el acceso a sistemas o archivos y exige un rescate económico para liberarlos. Afecta tanto a usuarios individuales como a grandes empresas. La recuperación suele ser lenta y costosa.
  • Malware: Programas maliciosos que se instalan sin permiso y que permiten espiar, dañar o extraer información confidencial. Puede llegar por un archivo adjunto, un USB infectado o una descarga insegura.
  • Robo de credenciales: Obtener tu usuario y contraseña es, para los atacantes, una puerta abierta. Una vez dentro, pueden moverse sin restricciones y comprometer todo el sistema.
  • Amenazas internas: No todos los riesgos vienen del exterior. Empleados descontentos, errores humanos o malas prácticas también pueden provocar brechas de seguridad graves.

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Estas amenazas no sólo evolucionan, también se combinan entre sí para resultar más efectivas. Por eso, una estrategia de ciberseguridad sólida debe estar preparada para detectarlas, contenerlas y responder sin perder tiempo.


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